Él se sentó, tomó la pluma y volvió a mirar los papeles que había en su escritorio.
—Mi secretaria se pondrá en contacto con usted para darle más detalles, cuando haya firmado el acuerdo de confidencialidad —murmuró mientras comenzaba a firmar de nuevo los documentos.
Al perder su atención, el cuerpo de ella se desmadejó, como el de una marioneta a la que le sueltan las cuerdas.
—El viernes voy a ir en el helicóptero de la empresa a Kildaragh. Puede acompañarme para ver el lugar y organizar los detalles. Quiero que todo esté acabado para finales de la semana que viene.
—¿Quiere que haya organizado una boda con ciento cincuenta invitados para finales de la semana que viene? —preguntó ella en estado de shock.
¿No se daba cuenta de que era imposible? Organizar cualquier evento requería tiempo y reflexión. Él la miró a los ojos y las cuerdas de la marioneta volvieron a tensarse. Y a ella le dió la impresión de que la estaba poniendo a prueba
—Sí. Es poco tiempo, pero espero que lo consiga. Si no, le retiraré…
—Lo conseguiré.
—Muy bien. Mientras tanto, vaya pensando en algunos detalles para que pueda echarles un vistazo de camino a Kildaragh.
—De acuerdo. ¿Le parece bien que lleve a algunos miembros de mi equipo? —si pudieran acompañarla Florencia y Javier, uno de sus coordinadores habituales para ayudarla a contactar con los proveedores locales…
—No, prefiero que vaya sola. No quiero a un montón de gente en casa.
Florencia y Javier no eran un montón de gente y su casa tendría cien habitaciones aproximadamente, a juzgar por las fotos que había visto en Internet, pero ella volvió a sospechar que la estaba poniendo a prueba. Volvió a asentir, porque no quería perder el encargo.
—Trabajaré sola, si es lo que desea.
Él asintió de forma casi imperceptible, como si ya se lo esperara.
—A propósito, que no haya nada relacionado con la Navidad, a pesar de que la boda vaya a celebrarse la primera semana de diciembre.
—Podemos hacer algo de tema invernal, no navideño, si es lo que Carolina y usted prefieren.
—Sí, es lo que quiero.
Así que él, además de con el amor, tenía un problema con la Navidad. Y creía que aquello se podía organizar sin conocer la opinión de la novia. Él volvió a dirigir la vista a los papeles.
—Ya puede marcharse.
Ella salió del despacho tragándose la indignación ante aquella orden y agradecida por haberse alejado de su mirada. Mientras llegaba al ascensor pensó en el viaje a Connemara que la esperaba y en las dificultades del encargo. Y más concretamente, en su nuevo cliente multimillonario, en su falta de tacto, su escasa capacidad para comunicarse y en lo inquietante que le resultaba.
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