Se preguntó si debería correr un rato para eliminar parte de la energía que seguía sintiendo, como resultado de pensar en la organizadora de bodas a todas horas. Una ráfaga de viento helado lo disuadió. Era una locura. La hipotermia no era la forma de quitársela de la cabeza. Y, de momento, controlaba la situación, más o menos. Se había visto obligado a abandonar el plan de interrogarla sobre su hermano, tras la reunión en su despacho. Decidió que lo mejor era mantenerse a distancia. Había nadado en la cala todos los días de esa semana para mantener a raya el deseo que lo había cegado la última vez que se habían visto e invadido sus sueños desde entonces, así como las horas de vigilia. Se había mantenido ocupado procurando evitar las zonas del castillo que sabía que ella estaba utilizando para preparar la boda. Pero, a pesar de sus esfuerzos, a veces la divisaba a lo lejos, lo que constituía una tortura. Como cuando la vio desde la suite hablando con el jefe de los jardineros; o cuando se la encontró dibujando en su cuaderno en la entrada del salón de banquetes. Ella no lo vió, y él se detuvo a observarla durante unos segundos, hasta que ella se mordió el labio inferior, lo que le provocó un deseo tan intenso que tardó casi toda la tarde en librarse de él.
A sus esfuerzos para no pensar en ella no habían contribuido ni el ama de llaves, ni las secretarias ni ningún otro empleado del castillo, que no dejaban de informarle de lo mucho que les gustaba trabajar con ella, a pesar de que él fruncía el ceño cada vez que se mencionaba su nombre. Incluso su hermana lo había llamado varias veces para cantarle las alabanzas de Paula, emocionada ante la perspectiva de la boda que planeaban juntas hasta el punto de haberse olvidado de que no se hablaba con su hermano. O podía ser que Imelda se hubiera percatado de que la mejor forma de sacarlo de quicio era hablar sin parar de una mujer que no le interesaba lo más mínimo. «Eso no es cierto. Te interesa. Sientes un interés incesante que ha empeorado esta última semana, a pesar de lo baños helados que te das por la tarde y de estar prisionero en tu propio castillo».
Se echó la toalla por los hombros, recogió el traje de neopreno y se dirigió a los escalones tallados en la roca. Evitarla no le estaba sirviendo de nada. Verla de lejos avivaba las llamas que lo torturaban desde aquella tarde en su despacho, en que se había puesto furioso, hasta que la furia se convirtió en algo salvaje, visceral y tan incontrolable que bajó la guardia y mencionó el apodo de su hermana. Fue entonces cuando Paula le dijo que lo que había hecho por sus hermanas era importante. No necesitaba su aprobación ni su comprensión ni, desde luego, sentirse cautivado por la sinceridad de sus ojos color esmeralda, desprovistos de maquillaje, ni por su tristeza. Pero lo habían cautivado y ahora no solo el deseo lo volvía loco, sino la idea de que ella no era quien había creído, de que había cometido un error y no podía castigarla por los pecados de su hermano, por mucho que quisiera.
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