—Perder a tu madre tan joven. A mis hermanas les sucedió lo mismo y fue muy difícil para ellas.
Conocía los hechos principales de su vida por el informe del investigador, salvo su matrimonio, pero hasta ese momento no se había dado cuenta de que había experimentado la misma pérdida que sus hermanas. ¿Por qué eso hacía que sintiera más deseos de protegerla? Era una estupidez, una desgraciada coincidencia.
—Y para tí —musitó ella—. También debió de ser muy duro para tí.
—Tenía dieciocho años, cuando mi madre murió —dijo él intentando contener la emoción que lo embargaba.
No deseaba que lo compadeciera, no se lo merecía. Ni, desde luego, había llevado a Paula a París para tener una conversación sincera sobre su infancia ni para abrir antiguas heridas. Había cumplido con su deber con respecto a sus hermanas lo mejor que había podido. Había trabajado y se había sacrificado para que no les faltara de nada. Y aunque el dinero y la seguridad no pudieran compensarles la pérdida de su madre, él no había podido hacer nada más, por lo que no tenía sentido autoflagelarse, y menos delante de ella.
—Ya era adulto, por lo que no me afectó tanto.
—¿Eras un hombre a los dieciocho años?
—Gané mi primer millón a los veintiuno. Soy ambicioso y despiadado cuando hace falta, pero había dejado de ser un niño antes de morir mi madre.
Se dió cuenta de que le estaba contando demasiadas cosas, pero era incapaz de contenerse. Entraron en el patio del Hotel de la Lumière y Pedro detuvo el BMW delante del magnífico edificio de cuatro pisos, un palacio neoclásico construido por Luis XV, que era monumento nacional desde el siglo anterior. Alfonso Enterprises había alquilado la planta superior para celebrar el Baile Lumière. Se había convertido en un hombre que podía permitirse ese lujo. Se lo había ganado a pulso y era consciente de la distancia que lo separaba de aquel joven granjero que deseaba mucho más que levantarse a las cuatro de la mañana para limpiar los establos y ordeñar a las vacas. Había hecho lo necesario para huir del destino trazado por su nacimiento, que todos sus antepasados habían seguido. No se avergonzaba de ello y se negaba a disculparse por su éxito. Pero Paula debía saber que, aunque estuviera dispuesto a agasajarla durante el fin de semana, a seducirla utilizando el romanticismo que ella ansiaba y a obtener de ella lo que deseaba, no era ni un héroe ni un niño afligido. Nunca lo había sido. Ella dejó de mirar por la ventanilla y le dedicó toda su atención.
—No te creo.
Era un comentario atrevido y personal. El rió sin alegría. La excitación de los ojos de ella hizo que la tirantez de su entrepierna aumentara.
—Eres muy libre de creer lo que quieras —le acarició la mejilla con el pulgar y lo deslizó hasta los labios.
Ella ahogó un giro y se le dilataron las pupilas. Él la agarró de la barbilla y la atrajo hacia sí.
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