—El baile es mañana por la noche. Si tu horario laboral es un problema, te aseguro que estarás de vuelta en Londres a las…
Ella lo interrumpió
—Me encantará acompañarte, si estás seguro de que es lo que quieres —afirmó, repentinamente asustada ante la posibilidad de que hubiera cambiado de opinión.
Él enarcó las cejas, pero después sonrió. Fue la primera sonrisa espontánea que ella le había visto. Los ojos le brillaron con malicia. Aunque para él aquella cita fuera una treta, ella estaba dispuesta a aprovecharla al máximo. ¿Por qué no? Hacía mucho que no era el centro de atención de un hombre. Y la atención de Leandro había sido distinta, no electrizante, sino cómoda y amable. La invadió la inevitable melancolía. Y casi pudo oír a Leandro de nuevo durante la noche de bodas, cuando estaban acostados juntos en la cama del hospital. «Cuando esto acabe, Pauli, no te sientas triste ni culpable. Y prométeme que no llevarás luto por mí. Te mereces conocer a alguien que te dé todo aquello que yo no he podido: Aventuras, viajes, una gran pasión, muchos hijos y un sexo espectacular». Llevaba cinco años sin cumplir la promesa, porque se había quedado destrozada al perder a Leandro y había estado muy ocupada creando la empresa. Además, no era tan tonta como para buscar una gran pasión y un sexo espectacular en alguien como Pedro Alfonso. Estaba tan fuera de su alcance que era absurdo. Hacer el amor por primera vez con alguien como él sería peligroso, ya que ella era vulnerable y totalmente inexperta, por lo que tal vez viera en ello más de lo que había. Pero ¿Correr una aventura, viajar e incluso disfrutar de un poco de falsa pasión durante un fin de semana en París? Eso sí podía hacerlo.
—Estupendo —dijo Pedro.
Le puso el pulgar en la mejilla y lo deslizó hasta la barbilla para levantársela y que lo mirara. A ella se ledetuvo el corazón y entreabrió los labios de forma involuntaria. Él entrecerró los ojos cuando ella se pasó la lengua por los labios repentinamente resecos. Pero, tras mirárselos durante lo que a ella le pareció una eternidad, parpadeó y bajó la mano. Y a Pauli se le cayó el alma a los pies. Era evidente que no podía arriesgarse a sentir verdadera pasión por aquel hombre, porque correría un gran peligro.
—¿Cuánto tardarás en hacer la maleta?
—No mucho. No he traído casi nada.
—Estupendo —repitió él. Pulsó el botón del intercomunicador—. Fernando, que el helicóptero esté listo para llevarnos a Knock y que Lucas esté preparado para llevarnos a París. Llama al Hotel de la Lumière y amplía la reserva de las suites del último piso para que incluya también esta noche.
—Muy bien, Pedro. ¿A qué hora van a salir?
Él consultó el reloj.
—Dentro de tres cuartos de hora.
Paula se levantó despacio. Estaba aturdida y algo mareada. ¿Iban a salir esa noche?, ¿en menos de una hora? Pedro la miró a los ojos y soltó una risa algo forzada.
—Más vale que te vayas a hacer la maleta, Cenicienta.
—Ahora mismo —ella asintió y salió del despacho apresuradamente.
Solo al llegar a la suite, mientras hacía la maleta a toda prisa y al mismo tiempo escribía un mensaje a Florencia, su secretaria en Chaves Events, para que reorganizara el horario del lunes, e intentaba no hiperventilar, se percató de que Cenicienta tenía un problema. No tenía en la maleta, ni en casa, un atuendo adecuado para acudir al Baile Lumière. Ni tenía un hada madrina a la que recurrir. «¡Fantástico! Cenicienta no tiene qué ponerse para ir al baile».
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