miércoles, 3 de diciembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 83

Y para remate, aquel vestido, allí, en sus manos, como vivo recordatorio de su ausencia y del dolor que le causaba… La habitación comenzó a dar vueltas y tuvo que sentarse rápidamente en el suelo. Lo hizo aferrado al vestido, intentando captar algún olor en él. Los ojos le escocían, pero aun así podía ver su rostro. Su deslumbrante sonrisa. Su fuerza. Su valentía. Paula era una mujer que había crecido teniendo solo un par de zapatos rojos y un elusivo aroma por todo recuerdo de su madre, mientras que él… Pedro había pasado más de treinta años con sus padres. Su padre ya no estaba, pero su madre sí. Paula no había perdido al suyo en el sentido literal, pero sí figurativamente hablando porque, el hombre que ella creía que era su padre, no había existido nunca. Él había sufrido mucho la muerte de su padre, que le había hecho contemplar el mundo con deseos de venganza, de golpear, de hacer algo que pudiera suavizar el dolor que llevaba en el corazón, mientras que ella se negaba a ser una víctima. Hacía lo que consideraba correcto, y se guiaba por su conciencia. Nunca se le ocurriría utilizar a su hijita como herramienta contra él, y se horrorizaría si alguien se lo sugiriera. Y él se había separado de esa mujer. ¿Por qué? ¿Porqué no era lo bastante tonta para confiar en un hombre que la había traicionado prometiéndole que serían felices para siempre? ¿Porqué la mujer que se había pasado la vida entera escondida, tapada, asfixiada, quería salir al mundo y aprender a respirar por sí misma? Tanta palabrería con la que decía querer ir despacio, para luego exigirle a ella que acelerara, y cuando le dijo que no, la soltó como si fuera un carbón ardiente. El remate había sido que sugiriera que era como su padre. No es que lo hubiera dicho con esas palabras. Él lo había deducido, empujado por el dolor y la rabia. Su orgullo no le había dejado ver más allá. Como siempre con él, era todo o nada. No tenía paciencia, y nunca la había tenido. Incluso viendo una película, o leyendo un libro; incluso pidiendo comida, su guía era la rapidez más que el sabor. Sin que se diera cuenta, Paula le había enseñado a aminorar la marcha y disfrutar de los placeres sencillos de la vida. Había renunciado a todo para que su bebé pudiera tener un padre. Había peleado con uñas y dientes para intentar forjar una relación entre ellos, pero él nunca estaba satisfecho con nada. Siempre quería más. Siempre buscaba lo mejor, lo más grande. Y nada en su vida había sido mejor o más grande que ella.



Dos días después, se dirigía de la sala de juntas a su despacho. El día de trabajo casi había terminado. Al pasar por la zona de administración, los vió a todos arremolinados en torno a una mesa, pero cuando ellos lo vieron a él, se abrieron como el Mar Rojo y volvieron a sus respectivos sitios. Pedro hizo una mueca. No le molestaba que hubieran estado hablando en un corrillo, sino que temieran su mal humor. Desde luego no había sido la persona más fácil en las últimas semanas. Entonces vió cuál era el motivo de que estuviesen todos en torno a aquella mesa. En el centro había una caja con la tapa abierta, y en ella, una tarta de dos pisos de la que cualquier pastelero se sentiría orgulloso. El instinto le dijo quién era el pastelero en cuestión. El nombre de Paula estaba impreso con delicadeza en un costado de la caja. Nadia, con el permiso de Pedro, había hecho el pedido de esas cajas.


—¿Hay alguna celebración de la que yo no me haya enterado? — preguntó a Karina, la dueña de la mesa en la que estaba el dulce.


Ella sonrió con cierto recelo.


—Mi prima cumple veintiún años.


No sabía si su personal era consciente de que Paula y él se habían separado. Nadia era muy discreta, pero la gente tenía ojos.


—Espero que le guste. ¿Van a celebrarlo?


Ella asintió. Pedro entonces sacó la cartera y de ella extrajo doscientos dólares, que dejó sobre la mesa.


—Felicítala de mi parte. Las primeras copas las pago yo.


Muy sorprendida, Karina le dió las gracias cuando ya se alejaba de su mesa.


Entró en el despacho, cerró la puerta y se dejó caer en su silla, sujetándose la cabeza con las manos. Se avecinaba un tremendo dolor de cabeza. Miró la pared de su despacho que daba al vestíbulo. Al otro lado estaba el piso en el que estaba Paula. ¿Qué estaría haciendo? ¿Más dulces? ¿Cocinaría otra cosa? ¿Sentada con un audio libro, o viendo una película? Hacía tres semanas que no la veía, las tres semanas más duras de su vida. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar cuando la viera dentro de unos días, en la cita del obstetra. Tampoco sabía si podía esperar tanto. La echaba de menos más de lo que creía posible añorar a alguien.

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