—Claro que me quiere —Imelda interrumpió los pensamientos de Paula en un tono que indicaba que el cariño de su hermano era más un peso que una ventaja—. Pero también cree que manda en mí, en Sonia e incluso en Joaco, que solo tiene tres años.
«¿Quién es Joaco? ¿Tiene Pedro un hijo que ni siquiera me ha mencionado?». El disgusto le hizo latir el corazón más deprisa. Su padre se había negado a reconocerla. Era hija de una de sus amantes, una bastarda, un error, como le decían las niñas del internado donde Rafael la había mandado tras la muerte de su madre. Al menos, Rafael la había reconocido en cuanto se enteró de su existencia, cuando el abogado de su madre se puso en contacto con él. Y ella le estuvo muy agradecida, al encontrarse sola a los catorce años. Hasta que, cinco años después, él decidió dejar de hacerlo. Pero no era labor de Rafael reconocerla, sino de Aldo De Courtney, que se había negado. ¿Era Pedro peor que su hermanastro? ¿Era un hombre como su padre, no solo arrogante y cínico, sino también egoísta y frío?
—Hágame caso, Pedro no hace nada por su buen corazón, sobre todo porque casi no tiene corazón. Perdió una parte tras la muerte de nuestro padre; otra, tras la de nuestra madre; y el resto según se iba haciendo más rico y poderoso, hasta casi desaparecer, cuando Sonia se quedó embarazada de Joaco y se negó a decirle quién era el padre.
«Así que Joaco es el sobrino de Pedro, alguien más de quien se siente responsable».
—Entiendo —dijo Paula, aliviada al saber que no había juzgado equivocadamente a su cliente y triste por la pérdida de su corazón, a pesar de que sabía que él detestaría que lo compadeciera.
«Pero ¿Lo ha perdido o simplemente lo protege después de tantas tragedias y tanta responsabilidad?».
—¡Ah, ya lo entiendo! —exclamó Carolina.
—¿El qué?
—El motivo oculto de Pedro para contratarla para organizar una boda que probablemente no vaya a celebrarse, porque no quiere que me case con Adrián.
—¿Y cuál es? —preguntó Paula, intrigada por el brillo malicioso de los ojos de Carolina.
Por la información que le había dado Marta sobre los hermanos Alfonso, sabía que Carolina tenía veintiún años, tres menos que ella. Pero de repente se la imaginó como una niña que probablemente hubiera dado muchos quebraderos de cabeza a su hermano.
—¡Usted! —proclamó Carolina, como si hubiera resuelto el crimen del siglo.
—¿Cómo dice? —preguntó Paula, confusa.
—Usted —Carolina la señaló y se echó a reír—. Usted es el motivo de que me quiera organizar la boda. Es muy guapa, muy mona y, a juzgar por los bocetos, brillante.
—Gracias —contestó Paula, sin saber si sentirse halagada o insultada, porque… ¿«Mona»?
¿Quién quería que la llamaran eso? Sobre todo si lo hacía una mujer tan atractiva como la hermana de Pedro. ¿Y dónde quería llegar Imelda con aquel cumplido? Porque Paula comenzaba a tener un mal presentimiento ante su mirada cómplice.
—De nada. ¿Te importa que nos tuteemos?
La pista más importante es que Pedro dejó a su última amante, Karen Cavanagh, cuando ella comenzó a hablar de casarse.
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