Tuvo una idea al recordar el baile del Hotel de Lumière de París, al que acudiría el domingo por la noche. No quería hacerlo, ya que detestaba esa clase de acontecimientos sociales, pero lo había obligado su equipo de relaciones públicas, porque contribuiría a su visibilidad en los medios de comunicación franceses, antes de hacer negocios en la Bolsa de París, dos semanas después.
—Buenas tardes, señorita Chaves —le indicó con un gesto que volviera a sentarse.
Él se dirigió a su escritorio mientras la observaba alisarse la falda y la blusa antes de tomar asiento. La idea de verla llevando un vestido más elegante tomó forma definitiva. Tal vez se estuviera comportando de forma impetuosa e imprudente, lo que no era propio de él. Pero ¿Por qué no? Paula Chaves era una romántica, como ella misma había reconocido. Y él, aunque tenía sus dudas al principio, se había convencido de ello durante la semana anterior, al ver la buena e inmediata relación que había establecido con su enamorada hermana y por el vistazo que había echado a los diseños de cuento de hadas que juntas habían elegido para la boda. Entonces, ¿Por qué no proporcionarle un poco del romanticismo que tanto ansiaba y obtener ambos lo que deseaban? Sacarle información sobre su hermano no sería difícil. Y ambos disfrutarían inmensamente del resultado, a juzgar por el deseo que le corría por las venas. Ella puso el portátil en el escritorio, lo encendió y comenzó a hablar del presupuesto en tono profesional, desmentido por el sonrojo de sus mejillas y la respiración agitada. Él le hizo preguntas que esperaba fueran pertinentes, mientras pensaba en cómo invitarla a París sin asustarla. Le daba la impresión de que él le resultaba intimidante y excitante a la vez. Sonrió y ella se mordió el labio inferior mientras le mostraba presupuestos de proveedores y contratistas locales. «Que la intimide está bien. Me ayudará a que pierda la cabeza por mí». «Sigue hablando, no lo mires y deja de sonrojarte, por favor».
—Como verá, hemos encontrado numerosos proveedores estupendos y baratos en Galway y Mayo. Carolina ha insistido en contratar empresas locales, y yo estoy de acuerdo.
Paula respiró hondo. ¿Por qué le resultaba tan difícil respirar cuando estaba con Pedro, así como parecer profesional? Tal vez fuera la sonrisa que él le había regalado al entrar en el despacho, como si se alegrara de verla, lo que había dejado la habitación sin aire. O tal vez fuera el recuerdo de él saliendo del mar hacía media hora. Lo había visto desde su habitación mientras se preparaba para la reunión, con un ajustado traje de neopreno que no dejaba nada a la imaginación. Era un placer culpable al que se entregaba cada día, desde que lo había visto nadando el domingo por la tarde y lo había vuelto a ver al día siguiente, precisamente a la misma hora, a las cuatro aproximadamente. Un placer culpable por el que ahora estaba pagando. ¿Cómo iba a concentrarse en euros y céntimos y en las dificultades de hallar a la florista perfecta, cuando lo único que veía era el magnífico físico de Pedro Alfonso cubierto por el traje de neopreno salvando las olas, y cuando lo único que olía era su aroma a limpio, a jabón y a hombre?
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