—Me he perdido — dijo Paula, humillada por la punzada de celos al recordar a la maravillosa modelo que había visto en algunas de las fotos de Pedro al buscar información sobre él en Internet.
—¿No es evidente que quiere salir contigo?
—¿Qué? —la escasa calma que le quedaba a Paula se evaporó.
¿Hablaba Carolina en serio? ¿Y por qué se sentía excitada al pensar que a Pedro Alfonso, aquel hombre increíblemente atractivo, dominante y despótico, con el que había tenido una difícil entrevista, un tenso viaje en helicóptero y varios inadecuados sueños eróticos, le interesaba ella más allá de su capacidad profesional?
—Te va a tirar los tejos, por eso te ha contratado —afirmó Carolina repitiendo su loca teoría.
A Paula se le aceleró el pulso.
—Eso es… —«Horrible, a decir verdad». Lo cierto era que si Carolina tenía razón, ella debería sentirse insultada no impresionada ni mareada.
Por guapo que fuera Pedro, un hombre que contrataba a una mujer para acostarse con ella era un canalla, se mirara por donde se mirara. Lo sabía muy bien, porque así había conocido su padre a su madre. La contrató para restaurar un fresco del palazzo que poseía en Roma, cuando ella estaba viajando por Europa tras haber acabado la carrera. La sedujo y fue su amante durante meses, pero la abandonó cuando se quedó embarazada.
—¿Suele salir con mujeres que trabajan para él? —preguntó mientras intentaba que el pulso se le normalizara.
—Nunca —Imelda frunció el ceño, como si reconsiderara su teoría— . Es muy riguroso en ese aspecto. Pero siempre hay una primera vez. Y nunca está más de algunas semanas sin una mujer, y ya hace dos meses que dejó a Karen. Además, desde que es multimillonario, las mujeres suelen acosarlo, en vez de lo contrario, lo cual detesta. ¿Te he dicho que es un maniático del control?
—Sí. De verdad, Carolina, creo que estás completamente equivocada. A tu hermano solo le interesa mi capacidad profesional —afirmó Paula para que la conversación no se le siguiera yendo de las manos, porque le iba a dar un infarto—. Y a mí, él no me interesa en absoluto.
Era indudable que no tenía la culpa de haber experimentado sensaciones inadecuadas ni de haber tenido sueños eróticos. Se hallaba bajo presión y… La realidad era que no conocía a otro hombre como Pedro Alfonso. Aunque había adorado a Leandro, no habían saltado entre ellos las chispas que Pedro provocaba en las mujeres. Irradiaba testosterona. Y era evidente que ella era más susceptible a esa hormona de lo que creía. Se negó a sentirse culpable ni a asustarse. Solo era una señal de que su cuerpo había dejado de hibernar. Se le había insensibilizado durante la enfermedad de Leandro y los años posteriores a su muerte, lo cual la había ayudado a soportar la pena y la ira y, al final, a canalizar su amor por él hacia el trabajo. Le había permitido centrarse en las cosas importantes de la vida.
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