miércoles, 10 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 8

¿Qué tenía la hermanastra de Rafael De Courtney que la hacía tan tentadora, cuando él sabía que no debía dejarse tentar? ¿Y cómo le había parecido tan vulnerable ante la evidente excitación que le había provocado en la entrevista, cuando él sabía que no lo era? Era una mujer de negocios, astuta y ambiciosa, pero, sobre todo era miembro de la familia De Courtney, lo que implicaba, que, a diferencia de sus propias hermanas, había llevado una vida mimada y privilegiada, a pesar de que ella fuera muy discreta sobre su relación con la familia y de que se empeñara en trabajar. Aunque su intento de obtener información hubiera fracasado en la entrevista inicial, al llevársela a Kildaragh había ganado tiempo. Así que, ¿Qué más daba que sus motivos no fueran puramente prácticos? El plan seguía siendo bueno. Con aquel encargo la pondría a prueba y comprobaría hasta qué punto su éxito se debía a ser hermana de quien era. Mientras tanto averiguaría todo lo que pudiera sobre el hombre que se había aprovechado de su hermana, aunque estaba convencido de que era mejor que no formara parte de la vida de su sobrino. Si Paula Chaves hacía un buen trabajo, tal vez llevara adelante los planes para la boda. Era verdad que no podía evitar que Imelda cometiera aquel error. Pero dudaba mucho que fuera a dejarlo tan satisfecho. Los verdes ojos de ella se fijaron en los suyos al llegar y le sonrió, aparentemente sin darse cuenta de su irritación.


—Lo siento, pero ha habido un problema en el metro, señor Alfonso. No volverá a ocurrir.


¿Cómo era posible que fuera en metro? ¿Intentaba convencerlo de que era una londinense corriente, cuando ambos sabían que no era así y que, a diferencia de él, no había tenido que luchar por lo que necesitaba?


—No, no volverá a ocurrir —dijo él al tiempo que indicaba a su ayudante que agarrara la bolsa y la carpeta.


La asió del codo para conducirla al helicóptero. Y ella reaccionó de la misma manera que hacía cinco días, cuando se estrecharon la mano.  Tal vez fuera contraproducente la satisfacción que a él le producía esa reacción. Al fin y al cabo, él no era como su hermanastro, un hombre dispuesto a abusar de mujeres jóvenes, pero ella no merecía su compasión. Así que, ¿Por qué no utilizar aquella inconveniente atracción para sus propios fines y obtener justicia poética por lo que su hermano les había hecho a Sonia y al pequeño Joaquín?


—Soy un hombre ocupado, señorita Chaves —dijo mientras se abrochaba el cinturón—. No me gusta que me hagan esperar.


—Lo entiendo —contestó ella al tiempo que se quitaba el abrigo. 


Llevaba una falda gris y una blusa de seda esmeralda, que hacía juego con sus ojos. Él observó que la seda se le ajustaba a los senos y que un mechón de cabello le rozaba los labios. Ella se lo puso detrás de la oreja y se sentó frente a él.


—Si va a llegar tarde, hable con Fernando, mi secretario, para hacérselo saber. O mejor aún, sea puntual. No me gusta trabajar con gente que no lo es.


Estaba siendo innecesariamente duro, ya que solo había llegado cinco minutos tarde. Pero era cierto que odiaba esperar y que quería ver cómo reaccionaba ella. A decir verdad, su reacción al despótico comportamiento de él durante la entrevista no había sido tan productivo como se esperaba. De hecho, le había dado más información de lo que pensaba sobre el amor y el matrimonio de lo que pretendía, e incluso sobre su relación con Carolina. 

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