—¿Ha traído la carpeta? —preguntó deseando de repente que aquella reunión terminara y que ella se fuera, para controlar su desagradable reacción y decidir qué iba a hacer con respecto a ella, a la boda de su hermana y a su desconcertante mensaje.
—Pues no —contestó ella abriendo el portátil que llevaba bajo el brazo.
Pero al ponerlo en el escritorio y encenderlo notó que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas ¿Por qué?, se preguntó él. ¿Qué había hecho para sentirse culpable?
—He pensado en enseñarle mis ideas en el portátil —dijo con la mirada fija en la pantalla mientras abría una serie de documentos.
—¿Qué le ha pasado a la carpeta?
El calor le estalló en las mejilla al mirar a Pedro. No se trataba de un sentimiento de culpa. Lo que él observó fue una mezcla de vergüenza y pánico. Paula Chaves era transparente.
—Se ha manchado de barro.
—¿Cómo se ha manchado? —preguntó él, mientras las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.
«¿Las ideas de tu chica?». En la finca solo había una persona nueva, la que lo había acompañado desde Londres. Y solo había una persona que pudiera haberle mostrado a Imelda las ideas sobre la boda y comunicado el plan de utilizar el castillo. Paula Chaves había hablado con su hermana sin pedirle permiso. ¿Cómo se había atrevido? Lo invadió una oleada de furia, acentuada por la punzada de deseo que le provocó ver que ella se pasaba la lengua por los labios, con la mirada culpable y aterrada de la liebre que ha divisado al cazador.
—¿Ha hablado con Carolina sin mi permiso?
«Has metido la pata hasta el fondo, Paula». Pedro estaba furioso. Y tenía un aspecto magnífico. «Por favor, Paula: Furioso y magnífico no concuerdan».
—Sí. He ido a la granja esta tarde —se apresuró a decir ella, mientras él fruncía cada vez más el ceño—. Quería conocer a Carolina y mostrarle algunas ideas, antes de consultárselas a usted. Me parecía lo correcto, ya que es la novia. No sabía que la boda iba a ser una sorpresa.
—No iba a serlo.
«Entonces, ¿Por qué está tan enfadado?».
—Ahora ya no lo es, desde luego. Pero lo bueno es que a Imelda le han encantado algunas de las ideas, sobre todo las relacionadas con los mitos y el folklore irlandeses.
—¿Ah, sí? —preguntó él con desprecio mientras la fulminaba con la mirada.
Paula no lo entendía. ¿Por qué estaba tan furioso? ¿Y cómo aquella mirada gélida parecía quemarle la piel?
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