—Llevo semanas pensándolo —desde aquella noche en que había soñado con que su bebé jugaba con él, sabía que lo querría, que de hecho ya lo quería. Y los sentimientos tan fuertes que había experimentado en la gala solo habían servido para cimentar lo que ya sabía—. Ya no le veo sentido a que te vayas a otro lugar, ahora que las cosas han cambiado tanto entre nosotros. Tú y yo… Estamos muy bien juntos. Nuestro hijo tendrá a su padre y a su madre bajo el mismo techo, y no tendrás que navegar por el mundo sola porque yo estaré ahí para apoyarte en todo lo que hagas.
Pasó un siglo hasta que la oyó contestar.
—No tenía ni idea de que tu pensamiento fuera por esos derroteros.
—Pero tienes que estar de acuerdo en que tiene todo el sentido.
Ella negó despacio con la cabeza y tomó su vaso de agua.
—Entiendo tu reticencia.
Su expresión era de cautela.
—¿De verdad?
Pedro apuró su vino y la miró fijamente.
—Te he tratado muy mal. Te culpaba por los actos de tu padre, y he sido cruel. Horrible. Mi única excusa es el dolor que sentía por la muerte de mi padre —cerró los ojos y respiró hondo—. Su muerte es el mayor dolor que he padecido en toda mi vida, y me sentí tan culpable. Me sigo sintiendo culpable porque debería haber ido más a verlos. Debería haberlo llamado más a menudo, estar cuando me necesitasen. Cometí el trágico error de dar por sentado que siempre iba a estar ahí. ¿Recuerdas que una vez me dijiste que no se puede cambiar el pasado? Bueno, pues con eso he estado peleando, porque querría cambiarlo. Querría dar marcha atrás en el tiempo y estar ahí para él, compartiendo esa carga. Estar para él y para mi madre.
Paula tenía la cabeza gacha, pero sabía que lo estaba escuchando sin perder palabra.
—Necesito bajar el ritmo —continuó, inclinándose hacia delante—. He estado tan ocupado prendiéndole fuego al mundo en los últimos diez años que no me he parado el tiempo necesario para conocer a alguien con quien pudiera compartir mi vida. El matrimonio siempre me parecía algo para el futuro. Ahora te tengo a tí y al bebé, y me siento diferente. Estoy listo para ser padre. El tiempo que hemos pasado viviendo juntos, conociéndonos… Sabes que te juzgué mal, muy mal, pero te juro que todo eso ha quedado en el pasado. Podemos centrarnos en el futuro, a partir de ahora mismo. Podemos remodelar la cocina para que te resulte más práctica. Qué tontería… Podemos comprarnos una casa con jardín si tú quieres. Tú solo dime lo que necesitas, y yo te lo conseguiré.
Tardó una eternidad en volver a mirarlo, y sus ojos estaban llenos de tristeza.
—Lo siento, Pedro, pero esto no es lo que yo quiero. Puede que lo sea algún día, pero todavía no. Y creo que tú tampoco lo quieres.
—¿No acabo de decirte que sí? Y sé que tú también lo quieres.
La intensidad de lo que compartían no podía entenderse de otro modo. El futuro que se había pasado el día imaginando estaba lleno de colores brillantes.
—Deja de dar cosas por sentadas —espetó, enfadada—. Lo haces constantemente. Diste por sentado que yo era como mi padre, y ahora que has decidido que no lo soy, das por sentado, porque a tí te apetece y te es conveniente, que lo que yo quiero es renunciar a la libertad que me he pasado la vida esperando para seguir en un matrimonio que siempre ha sido una mentira.
No hay comentarios:
Publicar un comentario