lunes, 22 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 23

 —He venido a organizar una boda, pero Imelda es la novia, por lo que me parece fundamental consultar tanto a ella como a usted.


Él continuó mirándola. Asintió con brusquedad.


—De acuerdo —murmuró él—. Puede consultarle todos los detalles —le señaló el portátil—. De hecho, puede olvidarse del ordenador y enseñarle el contenido de la carpeta a Adrián y a ella para que le den su aprobación.


—Muy bien —dijo ella cerrando el portátil y poniéndoselo bajo el brazo, algo deprimida al pensar que no iba a seguir consultándole a él, lo cual no tenía sentido, ya que hacerlo no era precisamente una fiesta.


—Trabaje con ella esta semana y, cuando hayan acordado todos los detalles, páseme un resumen de los gastos.


—De acuerdo. Me aseguraré de no sobrepasar el presupuesto que me ha dado.


Él frunció el ceño.


—El presupuesto no es problema. Quiero que ella sea feliz, aunque esté dispuesta a desperdiciar su buena educación —afirmó, resignado—. Si los costes sobrepasan el presupuesto, dígamelo.


Paula asintió. Debía irse. Que él no estuviera de acuerdo con la boda de su hermana no era asunto suyo. Pero al dar media vuelta para marcharse, oyó que él lanzaba un suspiro de cansancio y frustración, por lo que se volvió a mirarlo.


—Por si sirve de algo, creo que está haciendo algo maravilloso, señor Alfonso, y que es usted un hermano increíble.


Él enarcó una ceja.


—¿Por qué? —su voz había recuperado el cinismo—. ¿Por estar dispuesto a gastarme una fortuna en una boda que probablemente arruinará la vida de mi hermana?


—Porque está dispuesto a apoyarla en su decisión, aunque no esté de acuerdo. Es algo que no suele ocurrir.


Él parpadeó, y ella se dió cuenta de que el cumplido lo había sorprendido. Se preguntó el motivo.


—Marta me ha contado que fue usted el tutor de sus hermanas, cuando era casi un niño —prosiguió ella, aunque eso supusiera pasarse de la raya de nuevo—. Me ha dicho que las educó mientras trabajaba en la granja familiar y, después, creaba su empresa. Es evidente que las quiere y que Imelda le corresponde, aunque le guste convertirle la vida en un infierno.


Se detuvo porque él la miraba sin comprender, como si hubiera perdido el juicio. La emoción que la embargó la dejó sin respiración. 


—La señora Doolan habla demasiado —dijo él, pero lo que ella vio en sus ojos ya no fue cinismo ni impaciencia, sino cierta aprobación, lo que le dió valor para acabar lo que había empezado.


—Lo que quiero decir es que la seguridad en sí misma, la determinación y la independencia de Carolina son la prueba de los sacrificios que hizo usted. Ella toma sus propias decisiones, y eso se lo debe a usted.


—Exacto, he creado un monstruo —murmuró él, pero sus labios casi esbozaron una sonrisa, lo que le indicó que, aunque no estuviera contento con la boda, no se oponía del todo a ella.


Él siguió mirándola con atención, como si intentara ver más allá del plano profesional y llegar a algo más personal.

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