lunes, 1 de diciembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 79

El camarero llegó con otra botella de vino y llenó la copa de Pedro, que la apuró de golpe con una mueca. A continuación se levantó y sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón.


—¿Qué haces? —preguntó ella, intentando comprender cómo una conversación, que había empezado con risas y alegría, podía haberse envenenado tan rápidamente.


¿Vivir con Pedro permanentemente? En ningún momento le había dado indicios de que estuviera pensando algo así, y ahora que se lo había planteado, ella solo podía sentir miedo.


—Me voy a casa. He perdido el apetito —sacó unos cuantos billetes y los dejó sobre la mesa sin tan siquiera contarlos—. ¿Vienes, o te pido un taxi?


—Voy contigo.


Apenas había pronunciado las dos palabras cuando él ya estaba en la puerta. No hablaron ni una palabra en el camino de vuelta a casa, él con las manos guardadas en los bolsillos y los dientes apretados, pero andando a un ritmo al que ella pudiera adaptarse, lo que le hizo sentirse bien y mal al mismo tiempo. ¿Por qué tenía que presionarla así? Habían hablado de su futuro muchas veces, y él la había animado, para acabar acusándola de ser poco razonable por no apoyar su cambio de planes. ¡Es que ni siquiera le había pedido que se quedara! Al llegar, no se entretuvo ni en quitarse los zapatos. Subió directo al dormitorio. Cuando Paula llegó, ya se había quitado el traje, y la mirada de desprecio que le dedicó mientras se dirigía al baño, le heló la sangre en las venas.


—Esto es ridículo —murmuró.


Pedro abrió la puerta de un armario del baño.


—¿Es ridículo querer formar una familia con mi mujer y mi hijo?


—No. Lo es enfadarse porque no quiero vivir contigo. Me lancé a este matrimonio con los ojos cerrados, y no pienso comprometer mi futuro y tirar por la borda mi libertad hasta que no esté segura de que podemos hacer que funcione. Y tampoco pienso permitir que me presiones para que tome en un instante una decisión así, siendo algo que puedo lamentar toda la vida.


—¿Yo te presiono? —repitió, cerrando de golpe la puerta del armario sin sacar nada—. Duermes conmigo cada noche. Te comportas como si sintieras algo por mí…


—Y lo siento. Mucho.


—Pero no lo suficiente para renunciar a tu preciosa libertad.


—No, si tengo que pagar un precio tan alto —respondió, temblando—. Toda mi vida se ha construido sobre mentiras. El padre al que amo es un monstruo. Mi niñez fue una enorme mentira. El hombre al que yo creía amar mintió ante Dios al casarse conmigo. Me han mentido una y otra vez, y todo para retenerme bajo la bota de un hombre. ¿De verdad puedes culparme porque quiera ser libre?


—¿Me estás comparando con tu padre?


—Tú mismo lo has hecho.


Se miraron a los ojos durante unos segundos interminables hasta que Pedro dió media vuelta y entró en el vestidor.


—Me voy a un hotel —sentenció mientras se ponía unos vaqueros.


—¿Por qué?

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