miércoles, 3 de diciembre de 2025

Falso Matrimonio: Epílogo

Pedro dejó atrás la garita de seguridad que custodiaba su exclusivo barrio de Nueva York saludando a los dos guardias de turno, y condujo hasta la siguiente puerta automática, que custodiaba la entrada a su propiedad. Como le pasaba cada día, el corazón se le alegró al ver su extensa casa blanca brillando bajo el sol. Casi hubiera preferido dejar el coche allí mismo y continuar a pie. Con tres hijos, siempre se corría el riesgo de que alguno saliera corriendo de detrás de los árboles del jardín para disparar a su coche con su pistola de juguete. Bajó, le lanzó las llaves a su encargado para que aparcase y entró rápidamente en la casa. Pero qué desilusión… Paula no estaba. La enorme cocina, con tres fogones y tres hornos, diseñada por ella misma, estaba llena de tarros de conservas que preparaba con las frutas de su extenso huerto. Irían a las cestas de Navidad de su tienda de Manhattan, la consecuencia natural del negocio de dulces que había abierto en sus grandes almacenes, y que había resultado ser un gran éxito entre sus clientes. Tenía hambre, y se preguntó si se daría cuenta si abría uno de aquellos tarros y untaba un poco en uno de los deliciosos bizcochos que había hecho el día anterior. Estaba a punto de rapiñar uno de los tarros cuando se dió cuenta de la nota que le había dejado sobre la isla de la cocina, que era tan grande como la cocina de su viejo piso. Escrita en una caligrafía grande y casi infantil, decía: "Querido Pedro, Me he llevado a Baltazar y a Nicolás a nadar. Olivia ha quedado a jugar en casa de una amiga. Te quiero. Besos, Paula". Ver su escritura siempre lo emocionaba. Sabía que habría tenido que sudar para escribir aquella simple nota. Su hermosa y valiente mujer nunca sería capaz de leer con fluidez, pero cada nota escrita o leída era un esfuerzo que le hacía llenarse de orgullo. Estaba a punto de dar el primer mordisco al bizcocho cuando sus dos hijos menores se lanzaron hacia él como misiles. Su madre entró después, vió lo que tenía en la mano y el tarro abierto en la encimera, y frunció el ceño. Utilizar a sus hijos como escudos humanos le sirvió de poco porque ella le abrazó, y lamió un poco de mermelada que se le había quedado en la comisura de los labios.


—Pedro Alfonso, estás en un buen lío.


—¿Me vas a castigar?


—Oh, sí.


—No puedo esperar.


Aquella noche, concibieron a su cuarto hijo.






FIN

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