miércoles, 10 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 9

Después de que se hubiera marchado, pensó que las tonterías románticas que ella le había soltado y las preguntas de tipo personal que le había hecho formaban parte de su actuación. Era evidente que una organizadora de bodas debía fingir que era romántica. Y era evidente que ella desconocía la relación de su hermana con su hermanastro. Ni siquiera Sonia sabía que hacía una semana que había averiguado la identidad del padre de Joaquín. En cualquier caso, no debería haber consentido que la representación de Paula Chaves lo hubiera afectado, aunque fingía muy bien. Observó un destello de impaciencia en los ojos de ella. Por fin la había pillado. «¿Ya no estamos tan tranquilos, señorita Chaves? Veamos cuánto tarda en demostrar cómo es usted de verdad y en perder este encargo».  Pero ella no mordió el anzuelo. La impaciencia desapareció de su mirada y se limitó a decir:


—Ya le he dicho que lo siento. No volveré a llegar tarde. Este encargo significa mucho para mi empresa y para mí. Quiero que todo salga bien. Y le prometo que será así.


Él volvió a percibir la sinceridad en su voz. Y el entusiasmo, lo cual lo hizo sentirse como un canalla, a pesar de que ella solo se merecía desprecio. Era otra hija de la élite que jugaba a ser empresaria.


—Espero que cumpla la promesa.


Ella agarró la carpeta que Liam había dejado al lado del asiento.


—¿Quiere echar un vistazo a los temas que he ideado con mi equipo? —abrió la carpeta y él vio colores y telas, bocetos y notas y una fotos de Kildaragh, que ella debía de haber bajado de Internet—. Claro que aún tengo que ver el lugar y hablar con Carolina…


—Ya habrá tiempo mañana —la cortó, aún molesto. No iba a permitir que hablara con Carolina, al menos hasta haber decidido si iba a utilizar sus servicios o no. Agarró el móvil—. Tengo que hacer unas llamadas. Llegaremos dentro de unas tres horas. Hasta entonces, preferiría que no me molestara.


Ella se sonrojó y sus ojos llamearon. Él notó que, por fin, había conseguido ponerla de mal humor.


—Por supuesto, señor Alfonso —contestó cerrando la carpeta con más fuerza de la necesaria.


Se puso a mirar por la ventanilla mientras el helicóptero ganaba altura. Él oyó que contenía la respiración como lo había hecho en su despacho al establecer contacto visual, lo que le produjo el mismo efecto visceral e indeseado. Ella se agarró a los brazos del asiento y él sacudió la cabeza para eliminar la repentina visión de aquellas uñas clavándosele en los hombros mientras… «¡Madre mía!». Se mesó el cabello, incapaz de apartar la vista de ella, que cruzó las piernas y le dejó entrever el muslo por debajo del dobladillo de la falda. La excitación de su entrepierna se volvió dolorosa al imaginarse besándole el interior del muslo y prosiguiendo hacia arriba. Furioso, desvió la mirada.

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