¿Acaso Florencia Meyer, su secretaria, se había equivocado? Era indudable que no. Flor era inteligente y no cometía errores. Además llevaban cuarenta y ocho horas, casi sin dormir, preparando aquella carpeta. Si habían malinterpretado el encargo, no conseguiría el contrato y todo el trabajo no habría servido de nada. Él le indicó que volviera a sentarse.
—La hemos informado mal sobre el evento a propósito.
—¿Por qué? —preguntó ella, sin saber si sentirse molesta o asombrada.
—Porque valoro la intimidad de mi familia y no quiero que la información sobre el evento y su localización se filtre a la prensa. Tendrá que firmar un acuerdo de confidencialidad antes de que la contrate.
—Entiendo —dijo ella, aunque no era cierto.
Respetar la intimidad de un cliente era esencial para un organizador de eventos. Filtrar información podía destruir la reputación de una empresa.
—Y claro que estoy dispuesta a firmar ese acuerdo, si me lo pide — al fin y al cabo, era una más de sus innecesarias exigencias.
Sabía lo reservados y exigentes que eran los hombres como él porque su hermanastro, Rafael De Courtney, dirigía la mayor empresa logística de Europa. Aunque Rafael no hubiera alcanzado la posición que tenía debido a su propio esfuerzo, a diferencia de Alfonso, ya que había heredado la empresa de su padre, ya fallecido, era igual de ambicioso. Había hecho crecer el negocio de forma exponencial en los diez años que llevaba dirigiéndola y poseía la misma personalidad exigente e inflexible. Pero ella nunca le había organizado un evento a Rafael. Llevaban cinco años sin verse, desde que se pelearon a causa de la futura boda de ella. «Por Leandro no sientes amor, sino pena, Paula. Tienes diecinueve años. Me niego a darte permiso para hacer algo tan absurdo. Y, desde luego, no voy a pagarte la boda». «No necesito tu dinero ni para la boda ni para ninguna otra cosa, ni, desde luego, me hace falta que me des permiso». Paula tragó saliva para deshacer el nudo de ansiedad que se le formaba cuando recordaba las agresivas palabras que se habían dicho y la acilidad con que Rafael la había borrado de su vida. Igual que el padre de ambos. «Ahora no es momento de recordarlas». Alfonso no era su multimillonario y dictatorial hermanastro ni el padre que incluso se había negado a reconocer su existencia. Era un cliente con el que no tenía un vínculo personal. «Menos mal».
—Pero necesito saber de qué evento se trata para hacerle una propuesta —concluyó, por si acaso él creía que era una especie de maga que se sacaba las propuestas de la manga, sin hacer el necesario trabajo preparatorio con su equipo.
Se sentó y dejó la carpeta, que ahora ya no le servía para nada, en la silla.
—No hace falta que me haga una propuesta. El contrato es suyo.
—¿De verdad? —preguntó asombrada. Después tuvo ganas de darse de bofetadas por lo poco profesional que parecía.
Él esbozó una media sonrisa, que a ella le aceleró el corazón.
—Sí. Deseo que el evento se ajuste específicamente a mis necesidades, que sea una muestra de la posición de la familia Alfonso en la comunidad y en la vida irlandesa. Karim Khan me ha hablado muy bien sobre la fiesta de nacimiento del futuro bebé que organizó usted para su esposa el mes pasado.
—Me encantó organizarla —Paula sonrió al recordar el encargo. Había sido la primera incursión de Chaves Events en la alta sociedad y le dió valor para buscar trabajos similares—. Son una pareja estupenda.
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