lunes, 29 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 32

 —No —dijo ella sonriendo con timidez y cautivándolo aún más—. Leandro y yo siempre hablábamos de viajar y París era la ciudad que encabezaba la lista. Pero no tuvimos la oportunidad de hacerlo.


«¿Quién es Leandro?». Algo muy parecido a los celos hizo que la mano de Pedro apretara la palanca de cambios. El triste tono de la voz de ella le indicó que, fuera quien fuera ese Leandro, significaba mucho para ella.


—¿Quién es Leandro? —preguntó contra su voluntad. 


Deseó no haberlo hecho. Lo único importante era que ese hombre ya no contaba.


Ella suspiró con los ojos brillantes, mientras recorrían los Campos Elíseos a paso de tortuga, debido al tráfico. Dentro del coche, el ambiente se había vuelto íntimo y Pedro no sabía qué hacer para detenerlo. No podía retirar la pregunta porque quería saber la respuesta. Ella lo miró con una triste sonrisa. 


—Leandro es mi esposo —dijo ella en un tono casi inaudible.


¿Cómo? Estaba casada. Antes de que pudiera asimilar su reacción ante tan sorprendente revelación, ella añadió:


—Mejor dicho, era mi esposo. Murió hace cinco años, poco después de casarnos. Estaba…


Carraspeó y él percibió la tensión de su voz al continuar hablando.


—Llevaba enfermo mucho tiempo, pero lo raro es que sigo sin pensar en él como algo del pasado.


—¿Te casaste y enviudaste a los diecinueve años? —preguntó él, incapaz de disimular la incredulidad y sin entender su reacción ante aquella información sobre el pasado de ella.


¿Qué le importaba el hombre con el que se había casado? Sobre todo si había muerto. Ya sabía que ella era una romántica y aquel casamiento sin duda lo confirmaba. Pero ¿Por qué lo conmovía, en lugar de parecerle una grave equivocación? Si una de sus hermanas hubiera decidido casarse a esa edad, se lo habría desaconsejado. No creía en el amor y mucho menos en desperdiciar la vida en un idilio que solo causaría dolor.


—Lo dices como si te pareciera mal —ella lo dijo en tono neutro y él se dispuso a defender su postura, a pesar de que sabía que ese matrimonio no era asunto suyo.


—Me parece mal.


—¿Por qué? Si nos queríamos, ¿Por qué no íbamos a casarnos?


Él la miró.


—¿De verdad quieres que te conteste? —preguntó él sabiendo que no debería darle su opinión. 


A fin de cuentas, aquello no iba a ser más que una aventura. ¿Tenía derecho a poner en cuestión sus decisiones, por estúpidas que le parecieran? Sin embargo, su forma de hacerle la pregunta, como si fuera incapaz de imaginarse por qué casarse con aquel hombre no había sido buena idea, lo impulsó a seguir. Pensaba que una cosa era el romanticismo y otra la autodestrucción. Y le parecía muy ingenuo atarse a alguien a esa edad, sobre todo a alguien que no tenía futuro. Probablemente, ella lo seguiría queriendo, lo que era una locura, se mirase por donde se mirase. 

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