miércoles, 3 de diciembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 81

El ajetreo, los colores brillantes y el ruido de Tokyo era algo con lo que Pedro solía disfrutar. Solo había estado en la ciudad en dos ocasiones, y la encontraba vigorizante y fascinante pero, en aquel viaje, no lograba encontrar nada que lo entusiasmara, ni siquiera el enorme edificio que estaba construyendo. Miraba en aquel momento a través del ventanal de su habitación de hotel, demasiado tenso para conciliar el sueño, a pesar de que eran las dos de la mañana, hora de Tokyo, cuando sonó el teléfono con un mensaje de su abogado. La oferta que había presentado por un piso a tres manzanas del suyo había sido aceptada. Con hacer la transferencia, sería suyo. Contestó pidiéndole que procediera, y después escribió a Nadia con instrucciones de que lo amueblara. No le gustaban los hoteles, ni siquiera los más lujosos. Le parecían anónimos y despersonalizados. Si al volver a Manhattan tuviera el nuevo departamento listo, sería una carga menos. No había soltado aún el teléfono de la mano cuando volvió a sonar, y un sudor frío le humedeció la frente al ver de quién se trataba: Era Paula. No habían vuelto a verse, ni habían hablado desde que se marchó de su casa, hacía cuatro días, y había intentado no pensar en ella, pero le había sido imposible. Respiró hondo deseando poder tener una copa en la mano.


—¿Sí?


—¿Pedro?


—Sí. ¿Va todo bien?


—Acaban de llamarme de la clínica.


El corazón se le aceleró.


—¿Le pasa algo al bebé?


—No, no. No te preocupes. Me han llamado para decirme que me he saltado la ecografía. Parece ser que me enviaron una carta, pero la dirigieron a la señora Alfonso, y yo dí por sentado que era para tí, así que no la abrí. Tengo unas cuantas cartas más.


—Dáselas a Nadia. ¿Qué va a pasar con la ecografía? ¿Te van a dar una nueva cita?


—Pueden hacérmela esta misma tarde. Les he dicho que primero quería hablar contigo para…


—Ve y que te la hagan.


—¿Seguro? No quiero que te la pierdas —parecía ansiosa—. Podemos dejarla para cuando vuelvas.


—No. Háztela. Las ecografías son importantes. Ya te harán otra más adelante a la que yo pueda asistir. Dile a Nadia que te acompañe. Ella se ocupará del papeleo.


—Me siento fatal. Perdona.


—No pasa nada. No es culpa tuya —el único culpable era, como siempre, el bastardo de su padre. Si le hubiera proporcionado la ayuda que necesitaba, no tendría que esperar a que otros le leyeran las cosas—. Ya me contarás qué tal sale. Y envíame un vídeo, o una foto, ¿Vale?


—Por supuesto.


—Y, oye…


—¿Sí?


—Gracias por contármelo.


—De nada —dijo ella, pero las dos palabras fueron apenas un susurro, y la comunicación se cortó.


Había colgado.




Paula estaba sentada en la cama, contemplando la imagen de su hija con el corazón tan lleno de amor que casi no podía respirar. Le había pedido a Nadia que le enviase aquella misma foto a Pedro por correo electrónico, junto con el vídeo que había grabado la clínica, y le caldeó por dentro imaginarle contemplándola con el mismo amor. Sonó el teléfono, y contuvo el aliento mientras lo sacaba del bolsillo. ¿Sería Pedro? Nadia le había advertido que tenía todo el día lleno de reuniones, pero aun así, el estómago se le bajó a los pies cuando vió el nombre de su hermana en la pantalla.

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