lunes, 15 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 11

 —Veo que ha hecho los deberes.


—Quería saber lo más posible sobre el sitio, antes de verlo. He leído la entrevista que le hicieron en el Investor’s Weekly, dos años después de comenzar la restauración del edificio. Me pareció un proyecto emocionante.


—Yo diría más bien que fue caro y largo —dijo él volviendo a mirar el portátil.


Quien dijera que los irlandeses tenían mucha labia no conocía a Pedro Alfonso. A ella se le aceleró el corazón al tener la oportunidad de observarlo sin que lo notara e intentar descubrir lo que la inquietaba tanto de su aspecto. Tal vez fuera el rizo de cabello negro y espeso que le caía sobre la frente, los labios esculpidos o la barba incipiente, que le daba un aspecto salvaje. Tal vez fuera el anguloso rostro, totalmente simétrico salvo por una pequeña cicatriz en el labio superior; o las largas pestañas. Muchas mujeres matarían por tener unas iguales, así que ¿Cómo podía ser que contribuyeran a la sorprendente masculinidad de su rostro? «Deja de comértelo con los ojos. No te ayuda, precisamente» Apartó la vista y miró por la ventanilla intentando centrarse. «Pero ¿Eres masoquista? Ese hombre es un pelmazo, a pesar de su maravilloso aspecto. ¿Desde cuándo te resulta atractiva la arrogancia?».


—Si mira por la ventanilla de enfrente, verá Kildaragh.


Ella volvió la cabeza, sorprendida por el tono bajo de su voz y el orgullo que en ella había. Era una especie de gesto de paz. Se volvió a mirar, al tiempo que el helicóptero giraba a la izquierda. No tuvo que fingir entusiasmo al ver el castillo.


—¡Madre mía! —exclamó.


El castillo de Kildaragh era de proporciones tan perfectas que resultaba difícil creer que fuera real. Parecía la ilustración de un libro de cuentos infantiles o la imagen de una película americana. Torres y torretas se elevaban hacia el cielo nocturno y elegantes murallas de distintos estilos daban fe del ilustre pasado del edificio. Primero había sido la residencia de un rey irlandés; después, un monasterio; y finalmente, un internado, antes de ser abandonado en los años ochenta del siglo XX. El amplio y primoroso trabajo llevado a cabo por Pedro Alfonso para devolverlo a la vida era evidente en cada detalle.


—Las fotos que encontré no le hacen justicia —susurró ella—. Es maravilloso.


Observó una vidriera en lo que parecía una capilla. La parte trasera de la finca lo ocupaban jardines y, desde el helicóptero, divisó el borde del acantilado del promontorio donde se hallaba el castillo.


—¿Esa ventana es original? —preguntó volviéndose hacia él. 


Por primera vez lo vió sonreír de verdad.


—No, el edificio y la finca estaban en ruinas cuando los compré. Según los registros, había una vidriera, en la estructura original. La ventana la ha hecho una artesana de Innismaan utilizando materiales originales, después de haber investigado la historia del castillo.


—Es preciosa. Esa mujer tiene mucho talento.


El helicóptero aterrizó en el helipuerto construido cerca del borde del acantilado. Se oían las olas rompiendo con energía contra las rocas, al igual que los latidos del corazón de ella, emocionada no solo por la magnífica boda que podía organizar allí, sino también por la pequeña muestra que él le había dado de su aprobación. 

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