De todos modos, seguía estando nerviosa. La fiesta de los Khan había sido un asunto familiar pequeño e íntimo, aunque para una clientela selecta. Sin embargo, no parecía que Alfonso deseara una fiesta íntima.
—Hablaremos de dinero cuando todo esté dispuesto —prosiguió él, aún si explicar en qué consistía el evento—. Pero, si satisface mis exigencias, le pagaré el doble de la tarifa habitual, que creo que es el diez por ciento del presupuesto.
—En efecto. Si no está dispuesto a hablar del evento, sería aconsejable que me diera una idea del presupuesto y del número de invitados.
—Muy bien. Contemplo una cifra aproximada de cinco millones y una lista de ciento cincuenta invitados.
—Entiendo —dijo ella intentando respirar.
Un contrato de ese calibre permitiría ampliar Hamilton Events y conseguir un local en el centro de Londres. Su sede actual, en el este de la ciudad, que estaba muy de moda, transmitía malas vibraciones a los clientes a los que pretendía atraer. Además, semejante encargo sería el trampolín que permitiría ascender a la empresa a lo más alto. Él se levantó y le tendió la mano.
—¿Trato hecho?
Ella asintió al tiempo que se levantaba. Él le estrechó la mano con firmeza y ella volvió a sentir aquel calor extendiéndose por su cuerpo.
—¿Puede decirme de qué evento se trata o tengo que esperar a haber firmado el acuerdo de confidencialidad? —preguntó ella frotándose discretamente la mano en el muslo.
«Es un trabajo muy bueno, Paula. Deja de alucinar». Él ladeó la cabeza y se encogió de hombros.
—Es una boda.
Ella evitaba organizar bodas porque le recordaban la única que había organizado: La suya con Leandro, diez días antes de que muriera del cáncer que se le había manifestado una año antes y que les había ido robando lentamente la vida que podían haber tenido juntos.
—¿Se va a casar?
¿Sabía que nunca había organizado una boda profesionalmente? ¿Le retiraría la oferta, si se lo decía? ¿Cómo conseguiría ocuparse de todos los detalles, de los que se había ocupado una vez por amor, para un hombre como él, que parecía tan frío como irresistible? Él rió con amargura.
—Por supuesto que no. Se casa una de mis hermanas. Tengo dos — contestó él relajando la mandíbula por primera vez.
Por muy frío y cínico que pretendiera ser, no lo era tanto como su hermanastro, porque era evidente que sus hermanas le importaban. Pero que Pedro Alfonso las quisiera hasta el punto de pagarles una lujosa boda no lo convertía en un peligro menor para su paz de espíritu. Y la organización de la boda no dejaba de ser una pesadilla logística.
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