—Va a ser malgastar tiempo y dinero.
—¡Pero si aquí hay más sangre que en un matadero!
—Es que al principio estaba un poco confusa y no he detenido la hemorragia.
—¿Confusa?
—Es que…
—Mira, voy a llamar a mi médico, ¿De acuerdo? No voy a quedarme tranquilo hasta que un profesional te haya visto esos cortes.
Y, sin más, marcó el número. Cuando terminó de hablar, ella lo estaba mirando, y le brillaban los ojos.
—He sentido moverse al bebé.
—¿Ah, sí? —el corazón le dió un brinco—. ¿Y cómo ha sido?
—Mágico —una lágrima le rodó por la mejilla—. Siento que no estuvieras presente. Por eso salía de casa. Para buscarte y contártelo.
—¿No te has curado la herida para ir a decirme que el bebé se ha movido?
—Es que no me dolía mucho —murmuró, pero de pronto lo miró fijamente y fue como si volviera a centrarse—. ¿Y tú qué hacías delante de la puerta? ¿Venías a verme?
Él respiró hondo y asintió.
—¿Por qué?
Tuvo que aclararse la garganta para deshacerse del nudo que se le había formado en ella, y tomó su mano sana en las suyas. Ella no la retiró. Aquellos hermosos ojos marrones que rara vez pasaban algo por alto estaban fijos en él.
—Es que… Necesitaba verte. Te echo de menos.
Ella respiró hondo y Pedro depositó un beso en su mano.
—Lo siento, bedda. Siento mucho cómo reaccioné. Y siento haber salido huyendo. Y ser un bastardo impaciente y arrogante.
La había hecho tanto daño y de tantas formas… ¿Cómo podía soportar respirar el mismo aire que él?
—He sido impaciente toda mi vida —continuó—. Tenía tantos sueños de niño que no podía esperar a salir al mundo y vivirlos. Siempre estaba presionando, siempre en busca de la siguiente meta, siempre en movimiento. Descuidé a mis padres. No deliberadamente, pero dí por sentado que siempre iban a estar ahí. Ni siquiera era consciente de que lo dejaban todo cuando decidía ir a visitarlos. Sé que estaban orgullosos de mí, y eso hacía que me sintiera genial, pero todo giraba en torno a mí. Cuando mi padre murió…
Respiró hondo. La dulzura con que lo miraba era como miel para su alma.
—Ya sabes lo destrozado que me dejó su muerte —siguió—. Tú tenías razón: No me dí tiempo para el luto, y me culpé tanto a mí mismo como a tu padre. No podría decir si mi padre me habría confiado sus preocupaciones porque no estaba ahí para saberlo. Cuando me marché de Sicilia con dieciocho años, me fui en cuerpo y alma, y mis padres lo sabían. Es otra cosa con la que tengo que vivir: descuidé a las dos personas que me dieron más amor de lo que un niño puede desear. Pero en una cosa sí que te equivocabas.
Ella enarcó las cejas.
—No quiero una familia para expiar mi culpa, o porque me resulte conveniente.
Soltó su mano y se frotó la cara. El suspiro que se le escapó contenía tanta desesperanza que el corazón de Claudia se resintió.
—Me hiciste sentir cosas desde el primer momento. Sentimientos verdaderos. Y luego me encontré atrapado en un infierno que yo mismo había creado, encerrado en un matrimonio con la hija de mi enemigo, y no supe manejarlo. Incluso cuando te pedí que te quedaras para que fuéramos una familia, estaba rechazando la verdad.
—¿Y qué verdad es esa?
—Que te quiero. Estas semanas sin tí han sido las peores de mi vida. Estoy roto sin tí, Paula Chaves—debes llevar siempre tu apellido con orgullo porque tu bondad apaga cualquiera de los actos de maldad de tu padre— eres el ser humano más encantador y hermoso de esta tierra. Te mereces mucho más de lo que la vida te ha dado, y lamentaré cómo te traté hasta el último día de mi vida. Estoy aquí para pedirte, para rogarte, que me des otra oportunidad. Por favor. No puedo respirar sin tí. Aceptaré los términos que tú quieras pero, por favor, te ruego que me permitas compartir tu vida y la de nuestra hija.
Oyendo a aquel hombre tan orgulloso desnudar su alma, la última frialdad que la envolvía se derritió, y el sol le caldeó la piel. Acercándose le acarició la mejilla.
—No me has preguntado cómo me he cortado la mano —le dijo.
Se acercó más y rozó su nariz con la de él.
—Pues me he cortado porque, de pronto, me he dado cuenta de que te quiero, y un segundo después, nuestra hija se movió. Pedro, he tenido la sensación de que quería hacerme ver la realidad a patadas.
Él la miró confundido.
—No eres el único que ha estado luchando contra sus sentimientos. Estaba demasiado asustada para volver a confiar en tí, y me cegaba el pasado, en lugar de pensar en todas las cosas maravillosas que has hecho por mí en el presente. Me empujaste a ponerme en pie y a tener voz propia. Eso es lo que me has dado, Pedro: Respeto por mí misma. Si tener libertad para vivir sin tí significa que el frío me va a calar hasta los huesos para el resto de mi vida, entonces es una libertad que no quiero. La única que quiero es la de quererte, y de despertarme a tu lado cada día, y la libertad de saber que tú me querrás y me apoyarás en todo lo que haga, igual que yo te querré y te apoyaré en cuanto hagas tú.
El corazón de Pedro explotó. Casi no se atrevía a creer lo que la boca y los ojos de Paula estaban diciendo.
—¿Me quieres?
—Sí, te quiero —repitió suavemente—. Y quiero pasar el resto de mi vida contigo. Juntos. Bajo el mismo techo tú, yo y nuestra hija. Eres todo mi mundo, Pedro.
Una fisura se abrió en su pecho por la que salió la última oscuridad que se había acomodado en él desde la muerte de su padre, dejando entrar para ocupar su lugar un sol deslumbrante, y la abrazó y la besó con todo el amor que manaba de su corazón.
—Mi preciosa mujer —susurró—. Juro que siempre te amaré y te valoraré. Siempre.
—Siempre —repitió ella.
Y la amó y la valoró siempre.
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