—Sí.
—Pues voy a decirte por qué. Para empezar, porque, si Leandro te hubiera querido de verdad, no te habría pedido que te casaras con él.
—¿Por qué?
—Porque sabía que te abandonaría, lo cual es algo que no debe hacérsele a quien uno quiere, ¿No crees?
—No puedes echar la culpa a alguien por morirse —contestó ella con una dignidad que lo oprimió el pecho.
—Claro que puedes —afirmó él, enfadado de repente con el hombre con el que se había casado por causarle la tristeza que observaba en sus ojos y que le recordaba el rostro de sus hermanas ante la tumba de su madre.
—Leandro no pudo elegir —susurró ella.
—Pero sí eligió aprovecharse de tí, ¿No? —se la imaginó siendo poco más que una niña compasiva y manipulable, como su hermana Sonia al tener la desgracia de conocer a Rafael De Courtney.
—¡No se aprovechó de mí! Éramos muy amigos y fui yo la que le propuso matrimonio.
—¿Para qué? ¿Para verlo morir?
—No, para verlo vivir el poco tiempo que le quedara.
¡Madre mía! ¿Tan compasiva y tonta era? Aquel hombre la había utilizado diciéndole que la quería, pero, en realidad, le había causado dolor. Ella se giró en el asiento al pasar por el jardín de las Tullerías, lleno a esa hora de corredores, padres que volvían a casa con sus hijos y parejas paseando.
—¡Qué hermoso! ¡Y qué romántico! —exclamó ella dando por concluida la conversación.
Él se tragó la furia. Ella tenía razón. Y darle su opinión sobre su matrimonio no era lo que había planeado esa noche. Paula siguió haciendo comentarios sobre lo que veía. A él también le gustaba París, tal vez porque su energía cosmopolita y su elegancia era la antítesis de la Irlanda rural en la que se había criado. Pero el entusiasmo de la voz de ella y la emoción que le iluminaba el rostro hizo que viera la ciudad con otros ojos.
—Los franceses son muy elegantes. Tan empapados de cultura, pero sin darle importancia. Me encanta —se volvió hacia él—. Cuando era adolescente fui de vacaciones a los Alpes franceses. Yo no sabía esquiar, a diferencia del resto de los alumnos, por lo que mis profesores me dejaron quedarme en el hotel. Y me lo pasé muy bien: fui a la boulangerie y a las tiendas de la plaza del pueblo y hablé con los tenderos en mi francés macarrónico.
Su reacción, tan genuina y fascinada, lo conmovió aún más. «No seas idiota, Pedro». Aunque fuera la primera vez que ella estaba en París, había tenido una vida privilegiada. Sus hermanas nunca habían ido de vacaciones escolares a esquiar. Ni él tampoco.
—¿Por qué no aprendiste a esquiar de niña, si tus compañeros lo hicieron?
Ella rió.
—Mi madre no tenía dinero. Vivíamos de los encargos que le hacían. Era una artista de talento, pero no quería comercializar su trabajo. Además, no soy precisamente del tipo deportista.
«Pero tu padre era millonario…». Pedro tuvo que morderse la lengua para que ella no se enterara de que sabía más sobre su familia de lo que creía. Sabía que Aldo De Courtney no la había reconocido como hija suya, pero suponía que aquel canalla habría pasado a la madre una pensión para educarla. Acaso abandonar a los hijos era un rasgo característico de los varones de la familia De Courtney?
—Si tu madre no tenía dinero para que te fueras de vacaciones a esquiar, ¿Por qué acabaste haciéndolo?
La sonrisa de ella se entristeció.
—Murió cuando yo tenía catorce años, y mi hermano se convirtió en mi tutor; mi hermanastro, mejor dicho. Por suerte, estaba forrado.
—Debió de ser duro para tí.
—¿El qué?
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