lunes, 1 de diciembre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 76

 —¿Y cómo conseguiste el dinero? ¿Lo pediste al banco?


—Fui a tres, pero los tres me rechazaron. Entonces me acordé de que el padre de mi amigo Santiago era inversor privado, así que le pedí a él el préstamo.


—¿Y te lo dió?


—Sí. Dos años más tarde, vendí la tienda porque el sitio había dejado de gustarme, y le pagué el préstamo y los intereses. Lo que me sobró me bastó para pedir una hipoteca sobre el edificio que es ahora mi buque insignia. El resto es historia. Si no hubiera pedido ese préstamo, tú y yo no estaríamos sentados aquí ahora.


—¿Qué habrías hecho?


—Pues no lo sé. Sabía que quería ver el mundo y hacer fortuna. Sabía que tenía buena cabeza para los negocios y una mente analítica, el potencial necesario para reconocer una oportunidad cuando se me presentara. Y ahora tengo intereses en distintos sectores.


—¿Aparte de los grande almacenes?


—Invierto en licenciados universitarios. Si tienen una idea de negocio a la que yo veo potencial, invierto en ellos. Si decides que quieres abrir una tienda, espero que me permitas ser el primero en invertir en ella.


—Solo si es un préstamo con todas sus condiciones. No quiero caridad.


—Eres la madre de mi hijo. Nada de lo que haga contigo sería caridad para mí.


El tercer plato llegó. Paula no se había dado cuenta de que les retiraban el segundo.


—¿Podemos buscar un piso para mí después de Navidad?


Pedro clavó sus ojos verdes en ella y tomó un sorbo de vino.


—¿Tan pronto?


—Dijimos que lo haríamos el año que viene —le recordó—. Nueva York ya no me asusta. Estoy aprendiendo a manejarme en la ciudad, y me siento cada vez más cómoda aquí, así que estoy lista para dar el paso. No me importa dónde sea. Si pudiera ser cerca de ti sería genial, y tampoco me preocupa el tamaño. Con que tenga dos dormitorios me vale, pero si quiero intentar lo de los dulces, necesitaré una cocina con un tamaño decente. ¡Cuando estaba haciendo la tarta de cumpleaños, no me cabían las cosas!


—¿No te gusta mi cocina? —bromeó, aunque había algo en los ojos de Pedro que la intrigaba.


—Es muy básica —contestó, optando por la diplomacia.


—¿Básica?


—En proporción al resto de la casa, es bastante pequeña —explicó, sonriendo—. Y la disposición no es nada práctica, si quieres hacer más de una cosa al mismo tiempo.


—Creía que te gustaba mi casa.


—¡Y me encanta! Lo único que no me gusta es la cocina —dijo, y de pronto recordó que le había contado que lo habían remodelado todo a su gusto—. Perdona —añadió, sonrojándose.


Hacía mucho que no veía el rubor cubrir sus mejillas.


—No tienes por qué disculparte. Pensé en la cocina lo último, cuando ya todo lo demás estaba hecho. Es que apenas se usaba hasta que llegaste tú.


—Me sorprendes.


Pedro sonrió.


—Pero si te gusta tan poco, puedo pedirle a un amigo mío arquitecto que valore si se puede remodelar. Por ejemplo, el cuarto de servicio no se ha usado nunca. Podríamos tirar el tabique y darle el doble de espacio a la cocina.


—¿Y por qué ibas a hacerlo?


Se inclinó sobre la mesa y tomó su mano. Se había pasado el día entero esperando a que llegase el momento adecuado para abordar aquel tema, y el momento había llegado.


—Porque quiero que te quedes.


Paula parpadeó.


—Quiero que te quedes cuando llegue el bebé. Quédate conmigo. Seamos una familia.


Ella miró sus manos entrelazadas un instante antes de sacar la suya y guardarla en el regazo.


—Esto es muy repentino.

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