Mirándose en el espejo, se obligó a sonreír antes de contestar. Se lo había visto hacer en la tele a su heroína, supuestamente porque la sonrisa alegraba la voz. No podría decir por qué se sentía tan triste, tan… Abandonada. Seguramente aquella heroína no tenía una hermana que pudiera reconocer voces, porque la preocupación de Delfina fue inmediata.
—Estoy bien, te lo prometo —la tranquilizó. Delfina ya sabía que Pedro y ella no estaban juntos, pero no le había contado el modo en que se habían despedido.
—Es la primera vez que estás sola —puntualizó su hermana.
—Me he quedado sola cada vez que Pedro viaja por trabajo, y esto es lo mismo. Solo que dura un poco más.
¿Solo un poco?
—¡Vuelve a Sicilia, por favor! Yo cuidaré de tí y del bebé.
—No necesito que me cuides. Nueva York es ahora mi hogar. Estoy empezando a manejarme bien, y Pedro está aquí si le necesito.
Delfina emitió un ruido de incredulidad.
—Es el padre de mi niña, y la quiere —añadió.
Había sido un tremendo alivio oírselo decir, porque le aterraba la posibilidad de que no pudiera querer a su bebé. Hablaron un rato más. Era consciente de que algún día tendría que volver a Sicilia a ver a su padre. Le partía el corazón evitarle, pero era lo que se merecía. Aun así, era su padre y seguía queriéndolo, pero por lo que le había hecho a la familia de Pedro y a las demás, nunca lo perdonaría.
Pedro tiró la mitad del bagel que se había comprado para desayunar a la papelera. Ahora ninguno le gustaba. Seguramente se había dañado las papilas gustativas de algún modo, porque todo le sabía insípido últimamente. Aquel era su primer día libre desde hacía tiempo, así que se dispuso a hacer lo que se había prometido que haría semanas atrás: ir a la habitación de invitados que se comunicaba con el dormitorio principal, y que iba a ser un lugar excelente para la niña, siempre que se quedara con el piso hasta después de que naciera. Al igual que con su matrimonio, un piso elegido y pagado con prisas mientras estaba en Japón era algo de lo que podía arrepentirse sin problemas, y la verdad era que detestaba aquel sitio. En cuanto a su matrimonio… Apartó el pensamiento, igual que hacía siempre con la imagen de Paula cuando se le aparecía ante los ojos. Hablaban. Se comunicaban. A veces directamente. Otras, a través de Nadia. Pero nunca en persona. Tenía una cita médica la semana siguiente. Sería la primera vez que iban a verse desde que se separaron. Habría sido mucho más fácil no dejar escapar la furia de no ser ella tan condenadamente considerada. Típico de Paula anteponer el bebé a todo lo demás. Pero lo que anteponía nunca era él. Se pasó la mano por la cara y miró a su alrededor, calibrando el espacio, pensando dónde sería mejor poner cada mueble, o lo que sería necesario. Había mucho que aprender antes del nacimiento de su hija. Abrió la puerta doble del armario para asegurarse de que habría sitio para toda la ropa que quería comprar. Unas cuantas cajas de cartón estaban colocadas dentro. Le había pedido a su personal que le trajera las cosas que tuviera en su piso, ahora de Paula, y aunque podía dejarlas como estaban y que su personal se ocupara de ello, decidió ponerse a ello. Tiró del precinto y abrió la primera. El contenido estaba delicadamente envuelto en papel de seda, pero él tiró sin preocuparse. Lo que salió le paró el corazón: El vestido de novia de Paula en delicado encaje siciliano. Ver ese vestido fue como ver a un fantasma. Apoyándose en la pared, medio mareado y con la sangre zumbándole en los oídos, se levantó y retiró el protector de plástico. Los recuerdos le asaltaron sin que pudiera hacer nada por impedirlo. Qué hermosa había estado con aquel vestido. Con qué sinceridad había pronunciado sus votos. Con qué determinación, llevando puesto aquel vestido, se había negado a ocupar la habitación de invitados y había insistido en que quería compartir con él la suya. Se había comprado un piso nuevo, pero era como si ella le hubiera acompañado en espíritu. Estaba dondequiera que fuese. No podía entrar en la cocina sin verla cocinando. No podía entrar en su nueva biblioteca sin verla tumbada en su viejo sofá de lectura. Ni siquiera podía usar el baño sin recordar lo graciosa que estaba cepillándose los dientes.
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