Paula puso el lavavajillas en marcha y, con un suspiro, llenó el fregadero con lo que no solía meter en él. Tomó uno de sus cuchillos nuevos, que eran lo primero que se había comprado con el dinero que le habían pagado por la primera tarta. Era el primer dinero que ganaba por sí misma, y la sensación había sido increíble. Pero la sensación se había apagado al buscar el móvil para compartir con Pedro su alegría, y acabar dejándolo sin marcar. Llamó a Delfina, pero no era lo mismo. Era con él con quien deseaba compartir el momento. Era él a quien deseaba enseñar las cajas para tartas con su nombre grabado en un costado, porque había sido él quien nunca había permitido que su falta de instrucción la definiera, o que ella lo pensara así. Cerró los ojos y rezó para que el dolor que sentía en el corazón cesara pronto. «Y por favor, Dios, ayúdame para que deje de echarlo de menos. Me hace demasiado daño».
Dentro de tres días volverían a verse. El embarazo avanzaba y pronto tendría montones de citas de control, con lo que se verían con frecuencia. Enjabonó el cuchillo. Tenía que mantenerse como su heroína de Orgullo y Prejuicio. Incluso cuando Elizabeth se daba cuenta de que el señor Darcy no era el hombre desagradable y arrogante que ella creía, y sus sentimientos crecían hasta convertirse en un amor que creía que nunca sería correspondido, se mantenía firme y fuerte, y… ¿Amor? El estómago se le encogió de golpe y sin querer contrajo las manos. La afilada hoja del cuchillo le hizo un corte. El agua del fregadero se volvió roja rápidamente y asustada, se miró la mano. El cerebro se le había congelado y no lograba que despertase para curarse. La respiración se volvió más rápida y superficial. Paula no podía moverse, pero la habitación sí, y comenzó a dar vueltas a cámara lenta. Amaba a Pedro. Parpadeando al fin, se llevó la mano derecha a la tripa. No era el estómago. ¡Era el bebé! ¡Se estaba moviendo! Su respiración volvió a la normalidad, sacó un paño limpio del cajón y se envolvió la mano mientras los pensamientos le iban a toda velocidad. Tenía que compartir aquel momento con Pedro. Él querría saberlo. Debería estar allí, compartiéndolo con ella. Un sollozo se escapó de sus labios antes de que se diera cuenta de que tenía ganas de llorar. La habitación volvió a girar, y tuvo que agarrarse a la encimera. No podía hacer nada por detener las lágrimas. No podía hacer nada por detener los sollozos que la sacudían. Tardó una eternidad en recuperar algo parecido al control, pero la sensación de estar en un sueño-pesadilla continuó, y como si sus piernas decidieran por su cuenta, echó a andar hacia la puerta, secándose las lágrimas. Tenía que encontrar a Pedro. Tenía que saber que su hija se había movido. Aún estaría en el edificio. Estaba segura. Lo único que tenía que hacer era encontrarlo. Abrió la puerta y, por un segundo, tuvo la sensación de haber entrado en el mundo de los sueños porque, de pie, frente a ella, al otro lado de la puerta, estaba Pedro con la mano levantada, a punto de tocar el timbre. Fue verla, y quedarse sin aliento. Casi ni era consciente de haber salido del despacho hacia el piso, pero allí estaba ella, justo delante de él, con la cara enrojecida, el moño en el que se recogía el pelo medio deshecho, los ojos rojos…
—¿Qué pasa? —preguntó, saliendo inmediatamente del estupor. Y entonces reparó en el paño empapado de sangre—. ¡Ay, Dios, estás herida!
Ella negó con la cabeza, pero las lágrimas que le caían por las mejillas decían lo contrario.
—Hay que llevarte ahora mismo al hospital.
Pero ella negó de nuevo.
—Parece más de lo que es.
Pedro le pasó un brazo por la cintura y la hizo entrar de nuevo. Le costaba trabajo pensar, pero sabía que había un botiquín en la cocina. Le miraría la herida allí y juzgaría si había que llevarla al hospital, quisiera ella o no. La imagen que se encontró en la cocina incrementó el horror. Se diría que había habido una masacre. Había sangre en el suelo, en la encimera, en el fregadero… La hizo sentarse junto a la ventana, buscó el botiquín y volvió de inmediato. No se dijo una palabra mientras le quitaba el paño. Hizo una mueca al ver los cortes y volvió a cubrirlos, diciéndole que no dejara de presionar.
—Esto necesita atención médica —dijo, buscando unas gasas estériles—. Tenemos que llevarte al hospital. No digas que no, que voy a llamar ahora mismo al chófer.
—No, que no es necesario, de verdad.
—¿Quieres hacer el favor de dejar que te lleve?
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