—Se llama Carolina —dijo él interrumpiendo sus pensamientos—. Tiene veintiún años y ha decidido, lo cual es una locura, casarse con su novio de la infancia, que es un granjero que vive cerca de mi casa, en Connemara. No lo apruebo —añadió por si a ella no le había quedado claro—. Pero es obstinada y muy romántica, así que he tenido que dejar que utilice el castillo de Kildaragh.
Paula había visto fotos del castillo al buscar información sobre Alfonso. Era un asombroso edificio victoriano, construido sobre las ruinas de un monasterio medieval, en la costa oeste de Irlanda. Al menos no tendría que buscar un lugar para celebrar la boda.
—¿No aprueba la boda de su hermana o a la persona con quien se va a casar? —preguntó sin pensárselo dos veces.
Él frunció el ceño, lo que le indicó que se había pasado de la raya.
—Ninguna de las dos cosas. Carolina es tan ingenua que se cree las tonterías habituales sobre el amor. Por eso es muy joven para tomar esa decisión. Y, aunque no lo fuera, cometería igualmente un error. No tengo nada contra los granjeros, y Adrián es un hombre muy agradable, pero carece de ambición. No es lo bastante bueno para ella.
—¿Así que no cree que ella esté enamorada?
—No, sobre todo porque el amor romántico no existe. Es un concepto que se utiliza para atrapar a los incautos y dejarlos sin el dinero que tanto les ha costado ganar.
Era una opinión tan cínica que casi sintió lástima de él. Ella había conocido el amor de su vida y lo había perdido. No esperaba encontrar otro ni lo deseaba. Sería como engañar a Leandro. Pero la entristecía que hombres como Alfonso y su hermano no conocieran algo así, a pesar de su éxito y su fortuna.
—Y para enaltecer la más básica de las necesidades —añadió él.
Esbozó una media sonrisa mientras la examinaba de arriba abajo con una mirada penetrante, provocativa e íntima. El cuerpo de Paula reaccionó ante ella, lo cual la avergonzó.
—Sin embargo, está dispuesto a pagar una fortuna para celebrar una boda que no aprueba.
—Que la apruebe o la deje de aprobar no impedirá que Carolina cometa ese error. De todos modos, ¿Por qué cuestiona mi decisión, cuando va a hacer su agosto gracias a ella?
—Porque yo sí creo.
—¿En qué, exactamente? ¿En gastarse una fortuna en una boda?
—No, en el matrimonio. Y en el amor.
Él parpadeó y ella observó un destello de sorpresa en sus ojos, antes de que lo suprimiera.
—Muy conveniente, tratándose de una organizadora de bodas.
Ella no lo era. Y tampoco tenía que convencer a sus clientes de que creyeran en el amor. Aunque había sido tan romántica como su hermana, ahora era una mujer realista a la fuerza. De todos modos, no podía dejar sin respuesta el cáustico comentario.
—Puede ser, pero al menos obtendrá un buen servicio a cambio de su dinero, porque haré todo lo posible para que Imelda recuerde el día de su boda toda la vida.
—O hasta que se divorcie. Pero me parece estupendo sacar buen partido a mi dinero, porque siempre pretendo obtener aquello por lo que pago.
La miró fijamente y a ella le dió la extraña impresión de que ya no hablaban de la boda de su hermana. El ambiente se había cargado de una electricidad que obligó a su aletargado cuerpo a despertarse como no lo había hecho nunca.
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