—No conozco a nadie a quien pueda pedírselo —contestó preguntándose si creía que también dirigía una empresa de acompañantes.
Era extraño que le pidiera que le buscara una, porque era uno de los solteros más codiciados del mundo, por lo que tendría una lista de mujeres a las que llamar en cualquier momento. Pero cosas más raras le habían pedido.
—Paula… —sonrió—. ¿Puedo tutearte? —preguntó mientras se levantaba, rodeaba el escritorio y se sentaba en una esquina, frente a ella.
—Pauli —murmuró ella. Estaban tan cerca que le veía el brillo divertido de los ojos, que le recordó el de los de Carolina.
Claro que el de los ojos de Carolina no le ponía la carne de gallina.
—¿Cómo?
—Pauli —carraspeó—. Me llaman Pau. Nadie me llama Paula.
—Es una pena. Paula te sienta mejor. Pauli parece el nombre de una niña, no el de una mujer.
—Puedes llamarme Paula, si lo prefieres —contestó ella sin aliento.
—Muy bien. Que quede claro que te estoy pidiendo una cita a tí, Paula, a nadie más.
—Ah —así que no lo había malinterpretado—. Entiendo —dijo, aunque no entendía nada.
¿Cómo quería que lo acompañara cuando era tan…? Cuando era tanto de todo, a diferencia de ella.
—Me harías un favor enorme —dijo él uniendo las manos y apoyando los antebrazos en los muslos, lo que atrajo la atención de ella hacia los fuertes músculos que tensaban la tela de los pantalones y hacia la bragueta, donde se apreciaba el bulto de…
«¡Deja de mirarle la entrepierna! ¿Te has vuelto loca?».
—Tengo que ir forzosamente y preferiría no hacerlo solo.
Ella lo miró al rostro esperando que el corazón no se le saliera del pecho. Hablaba en serio: Quería llevarla al Baile Lumière. Sabía que debía negarse para preservar su salud. ¿Cómo sobreviviría a semejante acontecimiento, del brazo de Pedro, cuando hablar de una hoja de cálculo con él le causaba problemas respiratorios? ¿Tenía Carolina razón? ¿La había contratado para ligar con ella? Recordó que Carolina también le había dicho, cuando se conocieron, algo más sobre su hermano: «Desde que se ha convertido en multimillonario, las mujeres lo persiguen, no al contrario, cosa que detesta». Comenzó a respirar mejor al darse cuenta de los motivos de Pedro. No intentaba ligar con ella, sino que no quería ir al baile solo, porque sería un blanco legítimo, lo cual detestaba. No se trataba de una verdadera cita, sino de una treta para mantener a las mujeres a raya. A fin de cuentas, él le había dicho que le haría un favor: solo se trataba de eso. «Puedes hacerle un favor y hacértelo a tí misma». Acudir a semejante acontecimiento le permitiría divertirse y dar a conocer su empresa.
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