lunes, 29 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 35

Llevaba horas queriendo besarla, desde que ella había accedido a acompañarlo y él había contemplado el deseo en sus ojos. Incluso desde antes, cuando había levantado la cabeza en la entrevista en el despacho y la había visto mirándolo. Inclinó la cabeza para darle tiempo a Paula a rechazarlo, pero ella se limitó a jadear. Sus labios se unieron. Ella los abrió instintivamente y él la exploró con la lengua. La besó más profundamente y la satisfacción de haber probado lo que llevaba tanto tiempo deseando se transformó en desesperación, cuando ella lo agarró de la camisa y lo atrajo hacia sí. Y el beso se convirtió en mucho más de lo que había imaginado. El fuego en su interior ahora era un incendio desatado. Exploró todos los rincones de la boca de Paula y sus lenguas se enredaron. Ella se estremeció y gimió con desesperación, excitación y…Sorpresa. Él se apartó bruscamente. Ella tenía los ojos vidriosos y asombrados. Parpadeó y se echó hacia atrás.


—¿Me has besado?


Él frunció el ceño, bajó la mano y se contuvo para no sentársela en el regazo y apretar su erección contra el sexo de ella. Notó que estaba excitada, pero también en estado de shock. Se dijo que se había convertido en un animal. La elegancia que tanto trabajo le había costado conseguir durante los trece años anteriores lo había abandonado en cuanto sus labios habían rozado los de ella.


—Por supuesto. Llevaba horas deseándolo.


Ella se llevó el dedo a los labios, aún asombrada, atrayendo la mirada de él hacia la zona de la barbilla y la mejilla, que habían enrojecido. La había magullado como si fuera un adolescente, en vez de el hombre que creía ser. ¿Qué le sucedía?


—Pero creía que esta cita era una treta.


—¿Cómo? —preguntó él, confuso y enfadado a la vez tanto con ella como consigo mismo. ¿Desde cuándo era incapaz de controlar el deseo?


¿Cuándo se había convertido en un canalla como su hermanastro?


—Una treta, un truco —repitió ella—. Creí que me habías pedido que te acompañara para que otras mujeres no se te acercaran. Tu hermana me dijo que no te gustaba que te acosaran y que…


Él la interrumpió.


—Se equivoca. Y esta cita no es una treta, Paula.


Recurrió a la poca paciencia que le quedaba, sin saber aún por qué todo se le había ido de las manos tan deprisa.


—Te deseo y creo que me deseas —añadió, dispuesto a ser sincero con ella, en la medida de las circunstancias—. Y diría que el beso lo confirma.


—Sí, supongo que sí.


Él se percató de que el hombre del estacionamiento esperaba pacientemente al lado del vehículo a que salieran. Probablemente los habría visto besarse. En otro momento lo hubiera molestado, pero el deseo que seguía experimentando solo le permitía pensar en acabar lo que había comenzado. 

Te Necesito: Capítulo 34

 —Perder a tu madre tan joven. A mis hermanas les sucedió lo mismo y fue muy difícil para ellas.


Conocía los hechos principales de su vida por el informe del investigador, salvo su matrimonio, pero hasta ese momento no se había dado cuenta de que había experimentado la misma pérdida que sus hermanas. ¿Por qué eso hacía que sintiera más deseos de protegerla? Era una estupidez, una desgraciada coincidencia.


—Y para tí —musitó ella—. También debió de ser muy duro para tí.


—Tenía dieciocho años, cuando mi madre murió —dijo él intentando contener la emoción que lo embargaba. 


No deseaba que lo compadeciera, no se lo merecía. Ni, desde luego, había llevado a Paula a París para tener una conversación sincera sobre su infancia ni para abrir antiguas heridas. Había cumplido con su deber con respecto a sus hermanas lo mejor que había podido. Había trabajado y se había sacrificado para que no les faltara de nada. Y aunque el dinero y la seguridad no pudieran compensarles la pérdida de su madre, él no había podido hacer nada más, por lo que no tenía sentido autoflagelarse, y menos delante de ella.


—Ya era adulto, por lo que no me afectó tanto.


—¿Eras un hombre a los dieciocho años?


—Gané mi primer millón a los veintiuno. Soy ambicioso y despiadado cuando hace falta, pero había dejado de ser un niño antes de morir mi madre.


Se dió cuenta de que le estaba contando demasiadas cosas, pero era incapaz de contenerse. Entraron en el patio del Hotel de la Lumière y Pedro detuvo el BMW delante del magnífico edificio de cuatro pisos, un palacio neoclásico construido por Luis XV, que era monumento nacional desde el siglo anterior. Alfonso Enterprises había alquilado la planta superior para celebrar el Baile Lumière. Se había convertido en un hombre que podía permitirse ese lujo. Se lo había ganado a pulso y era consciente de la distancia que lo separaba de aquel joven granjero que deseaba mucho más que levantarse a las cuatro de la mañana para limpiar los establos y ordeñar a las vacas. Había hecho lo necesario para huir del destino trazado por su nacimiento, que todos sus antepasados habían seguido. No se avergonzaba de ello y se negaba a disculparse por su éxito. Pero Paula debía saber que, aunque estuviera dispuesto a agasajarla durante el fin de semana, a seducirla utilizando el romanticismo que ella ansiaba y a obtener de ella lo que deseaba, no era ni un héroe ni un niño afligido. Nunca lo había sido. Ella dejó de mirar por la ventanilla y le dedicó toda su atención.


—No te creo.


Era un comentario atrevido y personal. El rió sin alegría. La excitación de los ojos de ella hizo que la tirantez de su entrepierna aumentara.


—Eres muy libre de creer lo que quieras —le acarició la mejilla con el pulgar y lo deslizó hasta los labios.


Ella ahogó un giro y se le dilataron las pupilas. Él la agarró de la barbilla y la atrajo hacia sí. 

Te Necesito: Capítulo 33

 —Sí.


—Pues voy a decirte por qué. Para empezar, porque, si Leandro te hubiera querido de verdad, no te habría pedido que te casaras con él.


—¿Por qué?


—Porque sabía que te abandonaría, lo cual es algo que no debe hacérsele a quien uno quiere, ¿No crees?


—No puedes echar la culpa a alguien por morirse —contestó ella con una dignidad que lo oprimió el pecho.


—Claro que puedes —afirmó él, enfadado de repente con el hombre con el que se había casado por causarle la tristeza que observaba en sus ojos y que le recordaba el rostro de sus hermanas ante la tumba de su madre.


—Leandro no pudo elegir —susurró ella.


—Pero sí eligió aprovecharse de tí, ¿No? —se la imaginó siendo poco más que una niña compasiva y manipulable, como su hermana Sonia al tener la desgracia de conocer a Rafael De Courtney.


—¡No se aprovechó de mí! Éramos muy amigos y fui yo la que le propuso matrimonio.


—¿Para qué? ¿Para verlo morir?


—No, para verlo vivir el poco tiempo que le quedara.


¡Madre mía! ¿Tan compasiva y tonta era? Aquel hombre la había utilizado diciéndole que la quería, pero, en realidad, le había causado dolor. Ella se giró en el asiento al pasar por el jardín de las Tullerías, lleno a esa hora de corredores, padres que volvían a casa con sus hijos y parejas paseando.


—¡Qué hermoso! ¡Y qué romántico! —exclamó ella dando por concluida la conversación.


Él se tragó la furia. Ella tenía razón. Y darle su opinión sobre su matrimonio no era lo que había planeado esa noche. Paula siguió haciendo comentarios sobre lo que veía. A él también le gustaba París, tal vez porque su energía cosmopolita y su elegancia era la antítesis de la Irlanda rural en la que se había criado. Pero el entusiasmo de la voz de ella y la emoción que le iluminaba el rostro hizo que viera la ciudad con otros ojos.


—Los franceses son muy elegantes. Tan empapados de cultura, pero sin darle importancia. Me encanta —se volvió hacia él—. Cuando era adolescente fui de vacaciones a los Alpes franceses. Yo no sabía esquiar, a diferencia del resto de los alumnos, por lo que mis profesores me dejaron quedarme en el hotel. Y me lo pasé muy bien: fui a la boulangerie y a las tiendas de la plaza del pueblo y hablé con los tenderos en mi francés macarrónico.


Su reacción, tan genuina y fascinada, lo conmovió aún más. «No seas idiota, Pedro». Aunque fuera la primera vez que ella estaba en París, había tenido una vida privilegiada. Sus hermanas nunca habían ido de vacaciones escolares a esquiar. Ni él tampoco.


—¿Por qué no aprendiste a esquiar de niña, si tus compañeros lo hicieron?


Ella rió.


—Mi madre no tenía dinero. Vivíamos de los encargos que le hacían. Era una artista de talento, pero no quería comercializar su trabajo. Además, no soy precisamente del tipo deportista.


«Pero tu padre era millonario…». Pedro tuvo que morderse la lengua para que ella no se enterara de que sabía más sobre su familia de lo que creía. Sabía que Aldo De Courtney no la había reconocido como hija suya, pero suponía que aquel canalla habría pasado a la madre una pensión para educarla. Acaso abandonar a los hijos era un rasgo característico de los varones de la familia De Courtney?


—Si tu madre no tenía dinero para que te fueras de vacaciones a esquiar, ¿Por qué acabaste haciéndolo?


La sonrisa de ella se entristeció.


—Murió cuando yo tenía catorce años, y mi hermano se convirtió en mi tutor; mi hermanastro, mejor dicho. Por suerte, estaba forrado.


—Debió de ser duro para tí.


—¿El qué?

Te Necesito: Capítulo 32

 —No —dijo ella sonriendo con timidez y cautivándolo aún más—. Leandro y yo siempre hablábamos de viajar y París era la ciudad que encabezaba la lista. Pero no tuvimos la oportunidad de hacerlo.


«¿Quién es Leandro?». Algo muy parecido a los celos hizo que la mano de Pedro apretara la palanca de cambios. El triste tono de la voz de ella le indicó que, fuera quien fuera ese Leandro, significaba mucho para ella.


—¿Quién es Leandro? —preguntó contra su voluntad. 


Deseó no haberlo hecho. Lo único importante era que ese hombre ya no contaba.


Ella suspiró con los ojos brillantes, mientras recorrían los Campos Elíseos a paso de tortuga, debido al tráfico. Dentro del coche, el ambiente se había vuelto íntimo y Pedro no sabía qué hacer para detenerlo. No podía retirar la pregunta porque quería saber la respuesta. Ella lo miró con una triste sonrisa. 


—Leandro es mi esposo —dijo ella en un tono casi inaudible.


¿Cómo? Estaba casada. Antes de que pudiera asimilar su reacción ante tan sorprendente revelación, ella añadió:


—Mejor dicho, era mi esposo. Murió hace cinco años, poco después de casarnos. Estaba…


Carraspeó y él percibió la tensión de su voz al continuar hablando.


—Llevaba enfermo mucho tiempo, pero lo raro es que sigo sin pensar en él como algo del pasado.


—¿Te casaste y enviudaste a los diecinueve años? —preguntó él, incapaz de disimular la incredulidad y sin entender su reacción ante aquella información sobre el pasado de ella.


¿Qué le importaba el hombre con el que se había casado? Sobre todo si había muerto. Ya sabía que ella era una romántica y aquel casamiento sin duda lo confirmaba. Pero ¿Por qué lo conmovía, en lugar de parecerle una grave equivocación? Si una de sus hermanas hubiera decidido casarse a esa edad, se lo habría desaconsejado. No creía en el amor y mucho menos en desperdiciar la vida en un idilio que solo causaría dolor.


—Lo dices como si te pareciera mal —ella lo dijo en tono neutro y él se dispuso a defender su postura, a pesar de que sabía que ese matrimonio no era asunto suyo.


—Me parece mal.


—¿Por qué? Si nos queríamos, ¿Por qué no íbamos a casarnos?


Él la miró.


—¿De verdad quieres que te conteste? —preguntó él sabiendo que no debería darle su opinión. 


A fin de cuentas, aquello no iba a ser más que una aventura. ¿Tenía derecho a poner en cuestión sus decisiones, por estúpidas que le parecieran? Sin embargo, su forma de hacerle la pregunta, como si fuera incapaz de imaginarse por qué casarse con aquel hombre no había sido buena idea, lo impulsó a seguir. Pensaba que una cosa era el romanticismo y otra la autodestrucción. Y le parecía muy ingenuo atarse a alguien a esa edad, sobre todo a alguien que no tenía futuro. Probablemente, ella lo seguiría queriendo, lo que era una locura, se mirase por donde se mirase. 

Te Necesito: Capítulo 31

 -Supera con mucho la magnificencia que me había imaginado — susurró Paula en tono maravillado mientras giraba la cabeza a izquierda y derecha para conseguir el mejor ángulo de visión del Arco del Triunfo. 


Iban en un coche que conducía Pedro.


— ¿No habías estado en París?


No podía ser verdad. ¿Por eso había estado tan callada en el vuelo? Habría querido interrogarla sobre muchas cosas, pero decidió no hacerlo hasta hallar el mejor modo de abordar la situación. La decisión de llevarla con él a París había sido impulsiva, una reacción instintiva ante el deseo que se había apoderado de su cuerpo desde hacía días y que había acabado por reconocer. ¿Por qué no admitir que llevar a Paula a París no tenía tanto que ver con obtener información sobre su hermano como con la urgencia del deseo que lo había invadido en cuanto ella había accedido? Parecía tan emocionada, tan ansiosa… Y tan nerviosa cuando se montó en el helicóptero para volar a Knock y, después, en el jet de la empresa para hacerlo a París. Y tan joven. También parecía abrumada por el lujo, lo que carecía de sentido. Era indudable que el estilo de vida que ahora él llevaba no podía ser muy distinto de aquel en el que ella se había criado. Tenía que estar familiarizada con él, teniendo en cuenta la clase de clientes para los que trabajaba. Una organizadora de eventos debía sentirse cómoda en aquel ambiente, y ella lo había hecho hasta aquel momento. Pero al llegar al aeropuerto de Orly, hacía una hora, parecía cautivada por la experiencia.  ¿Seguía interpretando el papel de ingenua deslumbrada? 


Pedro intentaba convencerse de que era así, a pesar de que la fascinación de su mirada y sus mejillas rojas de excitación parecían completamente genuinas, lo cual comenzaba a molestarlo. En el despacho del castillo, seducirla le había parecido buena idea. Al fin y al cabo, el sexo no era más que una necesidad biológica, que ambos parecían sentir. Pero ahora comenzaba a preguntarse hasta qué punto era ella inocente. Por el informe del detective sabía que tenía veinticuatro años. Era muy joven para haber fundado una empresa de tanto éxito. Había supuesto que sería una mujer experimentada, teniendo en cuenta su trabajo y la familia de la que procedía. Sin embargo ahora, al ver su rostro maravillado, le preocupaba haberla juzgado mal. ¿Y si no era tan experimentada como suponía? Empezaba a temerse que, aunque era muy buena en su trabajo, no era tan resuelta como daba a entender. Pero sería mucho peor que fuera inocente. A diferencia del hermano de ella, a él no le interesaba seducir a mujeres sin experiencia, como su hermana, que eran ingenuas y vulnerables. ¿Qué había en Paula que lo impulsaba a protegerla? Era algo que no había sentido por ninguna otra mujer, salvo por sus hermanas, y lo que sentía por ella no era, desde luego, un sentimiento fraternal. 

viernes, 26 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 30

 —El baile es mañana por la noche. Si tu horario laboral es un problema, te aseguro que estarás de vuelta en Londres a las…


Ella lo interrumpió


—Me encantará acompañarte, si estás seguro de que es lo que quieres —afirmó, repentinamente asustada ante la posibilidad de que hubiera cambiado de opinión.


Él enarcó las cejas, pero después sonrió. Fue la primera sonrisa espontánea que ella le había visto. Los ojos le brillaron con malicia. Aunque para él aquella cita fuera una treta, ella estaba dispuesta a aprovecharla al máximo. ¿Por qué no? Hacía mucho que no era el centro de atención de un hombre. Y la atención de Leandro había sido distinta, no electrizante, sino cómoda y amable. La invadió la inevitable melancolía. Y casi pudo oír a Leandro de nuevo durante la noche de bodas, cuando estaban acostados juntos en la cama del hospital. «Cuando esto acabe, Pauli, no te sientas triste ni culpable. Y prométeme que no llevarás luto por mí. Te mereces conocer a alguien que te dé todo aquello que yo no he podido: Aventuras, viajes, una gran pasión, muchos hijos y un sexo espectacular». Llevaba cinco años sin cumplir la promesa, porque se había quedado destrozada al perder a Leandro y había estado muy ocupada creando la empresa. Además, no era tan tonta como para buscar una gran pasión y un sexo espectacular en alguien como Pedro Alfonso. Estaba tan fuera de su alcance que era absurdo. Hacer el amor por primera vez con alguien como él sería peligroso, ya que ella era vulnerable y totalmente inexperta, por lo que tal vez viera en ello más de lo que había. Pero ¿Correr una aventura, viajar e incluso disfrutar de un poco de falsa pasión durante un fin de semana en París? Eso sí podía hacerlo.


—Estupendo —dijo Pedro. 


Le puso el pulgar en la mejilla y lo deslizó hasta la barbilla para levantársela y que lo mirara. A ella se ledetuvo el corazón y entreabrió los labios de forma involuntaria. Él entrecerró los ojos cuando ella se pasó la lengua por los labios repentinamente resecos. Pero, tras mirárselos durante lo que a ella le pareció una eternidad, parpadeó y bajó la mano. Y a Pauli se le cayó el alma a los pies. Era evidente que no podía arriesgarse a sentir verdadera pasión por aquel hombre, porque correría un gran peligro.


—¿Cuánto tardarás en hacer la maleta?


—No mucho. No he traído casi nada.


—Estupendo —repitió él. Pulsó el botón del intercomunicador—. Fernando, que el helicóptero esté listo para llevarnos a Knock y que Lucas esté preparado para llevarnos a París. Llama al Hotel de la Lumière y amplía la reserva de las suites del último piso para que incluya también esta noche.


—Muy bien, Pedro. ¿A qué hora van a salir?


Él consultó el reloj.


—Dentro de tres cuartos de hora.


Paula se levantó despacio. Estaba aturdida y algo mareada. ¿Iban a salir esa noche?, ¿en menos de una hora? Pedro la miró a los ojos y soltó una risa algo forzada.


—Más vale que te vayas a hacer la maleta, Cenicienta.


—Ahora mismo —ella asintió y salió del despacho apresuradamente.


Solo al llegar a la suite, mientras hacía la maleta a toda prisa y al mismo tiempo escribía un mensaje a Florencia, su secretaria en Chaves Events, para que reorganizara el horario del lunes, e intentaba no hiperventilar, se percató de que Cenicienta tenía un problema. No tenía en la maleta, ni en casa, un atuendo adecuado para acudir al Baile Lumière. Ni tenía un hada madrina a la que recurrir. «¡Fantástico! Cenicienta no tiene qué ponerse para ir al baile».

Te Necesito: Capítulo 29

 —No conozco a nadie a quien pueda pedírselo —contestó preguntándose si creía que también dirigía una empresa de acompañantes.


Era extraño que le pidiera que le buscara una, porque era uno de los solteros más codiciados del mundo, por lo que tendría una lista de mujeres a las que llamar en cualquier momento. Pero cosas más raras le habían pedido.


—Paula… —sonrió—. ¿Puedo tutearte? —preguntó mientras se levantaba, rodeaba el escritorio y se sentaba en una esquina, frente a ella.


—Pauli —murmuró ella. Estaban tan cerca que le veía el brillo divertido de los ojos, que le recordó el de los de Carolina. 


Claro que el de los ojos de Carolina no le ponía la carne de gallina.


—¿Cómo?


—Pauli —carraspeó—. Me llaman Pau. Nadie me llama Paula.


—Es una pena. Paula te sienta mejor. Pauli parece el nombre de una niña, no el de una mujer. 


—Puedes llamarme Paula, si lo prefieres —contestó ella sin aliento.


—Muy bien. Que quede claro que te estoy pidiendo una cita a tí, Paula, a nadie más.


—Ah —así que no lo había malinterpretado—. Entiendo —dijo, aunque no entendía nada.


¿Cómo quería que lo acompañara cuando era tan…? Cuando era tanto de todo, a diferencia de ella.


—Me harías un favor enorme —dijo él uniendo las manos y apoyando los antebrazos en los muslos, lo que atrajo la atención de ella hacia los fuertes músculos que tensaban la tela de los pantalones y hacia la bragueta, donde se apreciaba el bulto de…


«¡Deja de mirarle la entrepierna! ¿Te has vuelto loca?».


—Tengo que ir forzosamente y preferiría no hacerlo solo.


Ella lo miró al rostro esperando que el corazón no se le saliera del pecho. Hablaba en serio: Quería llevarla al Baile Lumière. Sabía que debía negarse para preservar su salud. ¿Cómo sobreviviría a semejante acontecimiento, del brazo de Pedro, cuando hablar de una hoja de cálculo con él le causaba problemas respiratorios? ¿Tenía Carolina razón? ¿La había contratado para ligar con ella? Recordó que Carolina también le había dicho, cuando se conocieron, algo más sobre su hermano: «Desde que se ha convertido en multimillonario, las mujeres lo persiguen, no al contrario, cosa que detesta». Comenzó a respirar mejor al darse cuenta de los motivos de Pedro. No intentaba ligar con ella, sino que no quería ir al baile solo, porque sería un blanco legítimo, lo cual detestaba. No se trataba de una verdadera cita, sino de una treta para mantener a las mujeres a raya. A fin de cuentas, él le había dicho que le haría un favor: solo se trataba de eso. «Puedes hacerle un favor y hacértelo a tí misma». Acudir a semejante acontecimiento le permitiría divertirse y dar a conocer su empresa. 

Te Necesito: Capítulo 28

Se obligó a terminar la presentación.


—Como verá, he conseguido precios muy competitivos. Carolina está muy contenta con cómo van las cosas.


—Estupendo. Mándeselo todo a mi director financiero por correo electrónico —dijo él dando por concluida la presentación que ella había ensayado durante más de una hora, antes de verlo en la playa con el torso desnudo.


«Concéntrate».


—Sí, desde luego —consiguió decir obligándose a mirarlo a los ojos.


Por desgracia, sus rasgos y sus ojos azul cobalto no eran menos asombrosos que su torso desnudo.


—Ya le he enviado el presupuesto, así que póngase en contacto con él para los detalles —añadió él con una divertida sonrisa que la asustó.


¿Sabría que lo había estado espiando todos los días? ¿Era capaz de ver en el interior de su cabeza la imagen de él, impresa allí para siempre, con sus fuertes abdominales, sus potentes bíceps, el vello del pecho que le descendía hacia… «¡Basta! Y dí algo que, a ser posible, sea coherente e importante».


—Muy bien. Entonces no le envío a usted mi hoja de cálculo, ¿No?


Él enarcó una ceja y sonrió.


—¿Su hoja de cálculo? No.


—Gracias —dijo ella apagando el portátil mientras lamentaba que la reunión hubiera acabado—. Me marcho, a no ser que tenga alguna otra pregunta sobre el presupuesto o los planes para la boda.


¿Tan desesperada estaba por pasar unos minutos más en su compañía?


—No tengo más preguntas sobre la boda.


Ella asintió y metió el portátil en la cartera, ansiosa de marcharse antes de hacer algo de lo que tuviera que avergonzarse, como suplicarle o hiperventilar.  «¿No te parece que ya te has comportado de manera muy poco profesional con esa tendencia voyerista que acabas de descubrir que posees?».


—Pero sí quiero preguntarle algo que nada tiene que ver con la boda.


Ella alzó la vista y se encontró con la intensidad de su mirada.


—En realidad, es más una petición que una pregunta. Necesito una acompañante para el Baile Lumière que se celebra mañana por la noche en París.


—Perdone, ¿Cómo dice? —preguntó ella, tan sorprendida que creyó estar sufriendo una alucinación auditiva.


¿La acababa de invitar al Baile Lumière, el acontecimiento más prestigioso y exclusivo de la estación invernal en Europa? Solo acudían a él los multimillonarios, las estrellas de cine, los miembros de la realeza y algunas personas importantes muy escogidas. Pero lo que la impedía respirar no era solo la idea del baile, sino la de ir con él. Era imposible. Ella era una organizadora de eventos que trabajaba para él, y ni siquiera estaba segura de caerle muy bien. Debía de haberlo entendido mal. 

Te Necesito: Capítulo 27

Tuvo una idea al recordar el baile del Hotel de Lumière de París, al que acudiría el domingo por la noche. No quería hacerlo, ya que detestaba esa clase de acontecimientos sociales, pero lo había obligado su equipo de relaciones públicas, porque contribuiría a su visibilidad en los medios de comunicación franceses, antes de hacer negocios en la Bolsa de París, dos semanas después.


—Buenas tardes, señorita Chaves —le indicó con un gesto que volviera a sentarse. 


Él se dirigió a su escritorio mientras la observaba alisarse la falda y la blusa antes de tomar asiento. La idea de verla llevando un vestido más elegante tomó forma definitiva. Tal vez se estuviera comportando de forma impetuosa e imprudente, lo que no era propio de él. Pero ¿Por qué no? Paula Chaves era una romántica, como ella misma había reconocido. Y él, aunque tenía sus dudas al principio, se había convencido de ello durante la semana anterior, al ver la buena e inmediata relación que había establecido con su enamorada hermana y por el vistazo que había echado a los diseños de cuento de hadas que juntas habían elegido para la boda. Entonces, ¿Por qué no proporcionarle un poco del romanticismo que tanto ansiaba y obtener ambos lo que deseaban? Sacarle información sobre su hermano no sería difícil. Y ambos disfrutarían inmensamente del resultado, a juzgar por el deseo que le corría por las venas. Ella puso el portátil en el escritorio, lo encendió y comenzó a hablar del presupuesto en tono profesional, desmentido por el sonrojo de sus mejillas y la respiración agitada. Él le hizo preguntas que esperaba fueran pertinentes, mientras pensaba en cómo invitarla a París sin asustarla. Le daba la impresión de que él le resultaba intimidante y excitante a la vez. Sonrió y ella se mordió el labio inferior mientras le mostraba presupuestos de proveedores y contratistas locales. «Que la intimide está bien. Me ayudará a que pierda la cabeza por mí». «Sigue hablando, no lo mires y deja de sonrojarte, por favor».


—Como verá, hemos encontrado numerosos proveedores estupendos y baratos en Galway y Mayo. Carolina ha insistido en contratar empresas locales, y yo estoy de acuerdo.


Paula respiró hondo. ¿Por qué le resultaba tan difícil respirar cuando estaba con Pedro, así como parecer profesional? Tal vez fuera la sonrisa que él le había regalado al entrar en el despacho, como si se alegrara de verla, lo que había dejado la habitación sin aire. O tal vez fuera el recuerdo de él saliendo del mar hacía media hora. Lo había visto desde su habitación mientras se preparaba para la reunión, con un ajustado traje de neopreno que no dejaba nada a la imaginación. Era un placer culpable al que se entregaba cada día, desde que lo había visto nadando el domingo por la tarde y lo había vuelto a ver al día siguiente, precisamente a la misma hora, a las cuatro aproximadamente. Un placer culpable por el que ahora estaba pagando. ¿Cómo iba a concentrarse en euros y céntimos y en las dificultades de hallar a la florista perfecta, cuando lo único que veía era el magnífico físico de Pedro Alfonso cubierto por el traje de neopreno salvando las olas, y cuando lo único que olía era su aroma a limpio, a jabón y a hombre?

Te Necesito: Capítulo 26

Cuando ella le había hablado de la relación de él con sus hermanas, su rostro transmitía sinceridad y pena, no la despreocupación que él esperaba encontrar. ¿Por qué lo que había hecho por sus hermanas la conmovía tan profundamente? ¿Y por qué le importaba a él? Durante seis días se había resistido a leer el informe de la investigación que había encargado hacía cuatro años, cuando Sonia dejó la facultad de Arte en Londres y se marchó embarazada, sola y destrozada, negándose a decir quién era el padre. La investigación lo había conducido al hombre del que estaba convencido que era el padre de Joaquín. Pero leer el informe la noche anterior no le había proporcionado más detalles sobre Paula Chaves que los que ya conocía: El nombre, la dirección de su empresa y que era el único familiar de Rafael De Courtney, una hermanastra a la que Pedro suponía que quería mucho, ya que le había pagado la educación en un caro internado, a pesar de ser hija ilegítima de su padre. Pero ahora ya no estaba seguro de eso. «Está dispuesto a apoyarla en su decisión, aunque no esté de acuerdo. Es algo que no suele ocurrir». Esas palabras y todo lo que le había dicho aquella tarde habían traspasado el muro que había construido alrededor de su corazón. Un muro que había levantado ladrillo a ladrillo, desde el día en que entró en el dormitorio de su madre, la mañana de Navidad de hacía trece años, y halló… Alejó el cruel recuerdo de su mente. «No sigas por ahí. Ya tienes bastante con los problemas que te ha creado Paula Chaves».


Subió al castillo y se dirigió a sus aposentos. Se dió una ducha de agua fría para controlar la excitación que se había vuelto a apoderar de él, a pesar del baño en agua helada. «Estupendo, justo lo que me faltaba antes de volver a verla». Se vistió y comprobó la hora en el móvil. Llegaba tarde a la cita, una cita que había pensado muchas veces anular. En realidad, no tenía que dar el visto bueno al presupuesto personalmente: Podía hacerlo su director financiero. Pero, cada vez que lo pensaba, se daba cuenta de que no se lo encargaría, porque, además de deseo, ahora sentía curiosidad, ya que presentía que Paula Chaves era mucho más interesante de lo que suponía. Al día siguiente, ella se marcharía, una vez aprobado el presupuesto, y no tendría que volver a verla hasta que se celebrara la boda, varias semanas después. Era la excusa perfecta para quitársela de la cabeza. Pero deseaba saber más de ella, descubrir los secretos que ocultaban aquellos inocentes ojos verdes. ¿Su hermanastro también la había abandonado? Y si lo había hecho, ¿Podría ella proporcionarle información que pudiera utilizar en su contra, si fuera necesario? Y si el deseo fuera mutuo, ¿Acaso sería un error intimar con ella en beneficio de Sonia y Joaquín? Bajó al despacho. ¿Y qué si la deseaba? Podía ser útil, si ella le correspondía. Era imposible que fuera tan inocente como denotaban sus sonrojos. Y ella no volvería a traspasar el muro, porque ahora estaba preparado. Abrió la puerta del despacho y ella se levantó de un salto mirándolo con sorpresa y… ¿Placer? Entonces supo que aquella reunión no sería el fin, sino el principio. 

lunes, 22 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 25

Se preguntó si debería correr un rato para eliminar parte de la energía que seguía sintiendo, como resultado de pensar en la organizadora de bodas a todas horas. Una ráfaga de viento helado lo disuadió. Era una locura. La hipotermia no era la forma de quitársela de la cabeza. Y, de momento, controlaba la situación, más o menos. Se había visto obligado a abandonar el plan de interrogarla sobre su hermano, tras la reunión en su despacho. Decidió que lo mejor era mantenerse a distancia. Había nadado en la cala todos los días de esa semana para mantener a raya el deseo que lo había cegado la última vez que se habían visto e invadido sus sueños desde entonces, así como las horas de vigilia. Se había mantenido ocupado procurando evitar las zonas del castillo que sabía que ella estaba utilizando para preparar la boda. Pero, a pesar de sus esfuerzos, a veces la divisaba a lo lejos, lo que constituía una tortura. Como cuando la vio desde la suite hablando con el jefe de los jardineros; o cuando se la encontró dibujando en su cuaderno en la entrada del salón de banquetes. Ella no lo vió, y él se detuvo a observarla durante unos segundos, hasta que ella se mordió el labio inferior, lo que le provocó un deseo tan intenso que tardó casi toda la tarde en librarse de él.


A sus esfuerzos para no pensar en ella no habían contribuido ni el ama de llaves, ni las secretarias ni ningún otro empleado del castillo, que no dejaban de informarle de lo mucho que les gustaba trabajar con ella, a pesar de que él fruncía el ceño cada vez que se mencionaba su nombre. Incluso su hermana lo había llamado varias veces para cantarle las alabanzas de Paula, emocionada ante la perspectiva de la boda que planeaban juntas hasta el punto de haberse olvidado de que no se hablaba con su hermano. O podía ser que Imelda se hubiera percatado de que la mejor forma de sacarlo de quicio era hablar sin parar de una mujer que no le interesaba lo más mínimo. «Eso no es cierto. Te interesa. Sientes un interés incesante que ha empeorado esta última semana, a pesar de lo baños helados que te das por la tarde y de estar prisionero en tu propio castillo». 


Se echó la toalla por los hombros, recogió el traje de neopreno y se dirigió a los escalones tallados en la roca. Evitarla no le estaba sirviendo de nada. Verla de lejos avivaba las llamas que lo torturaban desde aquella tarde en su despacho, en que se había puesto furioso, hasta que la furia se convirtió en algo salvaje, visceral y tan incontrolable que bajó la guardia y mencionó el apodo de su hermana. Fue entonces cuando Paula le dijo que lo que había hecho por sus hermanas era importante. No necesitaba su aprobación ni su comprensión ni, desde luego, sentirse cautivado por la sinceridad de sus ojos color esmeralda, desprovistos de maquillaje, ni por su tristeza. Pero lo habían cautivado y ahora no solo el deseo lo volvía loco, sino la idea de que ella no era quien había creído, de que había cometido un error y no podía castigarla por los pecados de su hermano, por mucho que quisiera. 

Te Necesito: Capítulo 24

 —Podemos vernos al final de la semana para repasar el presupuesto —dijo él sin dejar de examinarla— y decidir los detalles con Carolina y Adrián. Quiero incluir a algunas personas en la lista de invitados. Por lo demás, que Carito y Adrián decidan a quién quieren invitar.


—¿Quién es Carito? —preguntó ella, antes de darse cuenta de que tenía que ser Imelda. 


Se quedó asombrada al ver que él se ponía tenso y se sonrojaba. Pedro carraspeó.


—Carolina —contestó con voz ronca—. Es un apodo.


Por fin dejó de mirarla, pero ella seguía sorprendida por su reacción. No se podía decir que Pedro Alfonso fuera un hombre dulce. Era exigente, poco comunicativo y muy cínico, y no soportaba a los estúpidos. Pero, en ese momento, al percatarse de lo incómodo que se sentía porque ella hubiera sido testigo de que había utilizado el apodo de su hermana, se conmovió. «Es un ser humano, aunque no quiera serlo». Él volvió a mirarla a los ojos, y los tiernos pensamientos de ella desaparecieron para ser sustituidos por una oleada de deseo que se le alojó en el vientre.


—Puede marcharse, señorita Chaves —dijo él bruscamente.


Ella asintió y salió de la habitación a toda prisa, contenta de no tener que pasar mucho tiempo en su compañía en los días siguientes, mientras el deseo le latía en el sexo. Subió corriendo a sus aposentos sabiendo que tampoco esa noche dormiría bien, porque no solo se había pasado de la raya, sino que se había estrellado contra ella y ahora se hallaba en tierra de nadie, de donde no sabía cómo salir. Estaba fuera de control por una dura e inflexible mirada de Pedro Alfonso, que probablemente no había significado nada para él, pero demasiado para ella. Pero, sobre todo, sentía una conexión emocional con él que carecía de sentido. En un solo día en Kildaragh, gracias a la habladora ama de llaves de Pedro, de su indiscreta hermana y de su involuntaria reacción a un comentario inocuo, había descubierto cosas íntimas sobre aquel hombre irresistible, que no solo había cautivado y excitado su poco experimentado cuerpo, sino que se le había introducido en el corazón con suma facilidad.


 "Por si sirve de algo, creo que está haciendo algo maravilloso, señor Alfonso, y que es usted un hermano increíble". Pedro salió del agua en la cala privada que había bajo el castillo. Lo que le había dicho Paula Chaves hacía una semana lo seguía persiguiendo. ¿Por qué no podía quitársela de la cabeza, como tampoco la expresión de su rostro, compasiva y sincera? ¿Por qué le importaba lo que pensara de él o de su familia? El traje de neopreno que llevaba le proporcionaba cierta protección contra la lluvia y el viento que habían comenzado desde que se había metido en el agua, hacía veinte minutos, pero comenzó a tiritar al quitárselo y agarrar la toalla. Tras secarse a toda prisa, se puso el pantalón de chándal que había dejado bajo unas rocas y que ahora estaba mojado.

Te Necesito: Capítulo 23

 —He venido a organizar una boda, pero Imelda es la novia, por lo que me parece fundamental consultar tanto a ella como a usted.


Él continuó mirándola. Asintió con brusquedad.


—De acuerdo —murmuró él—. Puede consultarle todos los detalles —le señaló el portátil—. De hecho, puede olvidarse del ordenador y enseñarle el contenido de la carpeta a Adrián y a ella para que le den su aprobación.


—Muy bien —dijo ella cerrando el portátil y poniéndoselo bajo el brazo, algo deprimida al pensar que no iba a seguir consultándole a él, lo cual no tenía sentido, ya que hacerlo no era precisamente una fiesta.


—Trabaje con ella esta semana y, cuando hayan acordado todos los detalles, páseme un resumen de los gastos.


—De acuerdo. Me aseguraré de no sobrepasar el presupuesto que me ha dado.


Él frunció el ceño.


—El presupuesto no es problema. Quiero que ella sea feliz, aunque esté dispuesta a desperdiciar su buena educación —afirmó, resignado—. Si los costes sobrepasan el presupuesto, dígamelo.


Paula asintió. Debía irse. Que él no estuviera de acuerdo con la boda de su hermana no era asunto suyo. Pero al dar media vuelta para marcharse, oyó que él lanzaba un suspiro de cansancio y frustración, por lo que se volvió a mirarlo.


—Por si sirve de algo, creo que está haciendo algo maravilloso, señor Alfonso, y que es usted un hermano increíble.


Él enarcó una ceja.


—¿Por qué? —su voz había recuperado el cinismo—. ¿Por estar dispuesto a gastarme una fortuna en una boda que probablemente arruinará la vida de mi hermana?


—Porque está dispuesto a apoyarla en su decisión, aunque no esté de acuerdo. Es algo que no suele ocurrir.


Él parpadeó, y ella se dió cuenta de que el cumplido lo había sorprendido. Se preguntó el motivo.


—Marta me ha contado que fue usted el tutor de sus hermanas, cuando era casi un niño —prosiguió ella, aunque eso supusiera pasarse de la raya de nuevo—. Me ha dicho que las educó mientras trabajaba en la granja familiar y, después, creaba su empresa. Es evidente que las quiere y que Imelda le corresponde, aunque le guste convertirle la vida en un infierno.


Se detuvo porque él la miraba sin comprender, como si hubiera perdido el juicio. La emoción que la embargó la dejó sin respiración. 


—La señora Doolan habla demasiado —dijo él, pero lo que ella vio en sus ojos ya no fue cinismo ni impaciencia, sino cierta aprobación, lo que le dió valor para acabar lo que había empezado.


—Lo que quiero decir es que la seguridad en sí misma, la determinación y la independencia de Carolina son la prueba de los sacrificios que hizo usted. Ella toma sus propias decisiones, y eso se lo debe a usted.


—Exacto, he creado un monstruo —murmuró él, pero sus labios casi esbozaron una sonrisa, lo que le indicó que, aunque no estuviera contento con la boda, no se oponía del todo a ella.


Él siguió mirándola con atención, como si intentara ver más allá del plano profesional y llegar a algo más personal.

Te Necesito: Capítulo 22

Pedro Alfonso había sido muy poco comunicativo sobre los detalles del encargo. La había intentado desanimar, tratado con desdén y se había enfadado por detalles sin importancia. En otras circunstancias, ella habría evitado el conflicto, porque no le gustaban los enfrentamientos. Pero ya había tenido que hacer frente a hombres despóticos, como su hermanastro Rafael, por lo que sabía que ceder terreno cuando intentaban arrinconarte no era una buena estrategia. Si hubiera consentido que Rafael la intimidara, no habría pasado aquellos días maravillosos como esposa de Leandro. No se arrepentía de ellos, a pesar de que hubieran tenido un coste muy alto en la relación con su hermano. Y aunque anhelaba que le encargaran aquella boda, no podría llevarla a cabo con éxito si no se comunicaba abierta y sinceramente con Pedro Alfonso. Respiró hondo y reunió todo el valor del que era capaz para enfrentarse a él.


—Si la boda no es una sorpresa para Carolina, ¿Por qué no puedo consultarla? —dijo con voz clara y directa, a pesar del nudo que los nervios le formaban en el estómago.


Si Carolina tenía razón y él tenía un motivo oculto para contratarla, ella debía saber cuál era. Porque, la mera idea de que fuera el que Carolina le había sugerido la aterraba y angustiaba. Además, seguía experimentando las inadecuadas sensaciones que la asaltaban cuando estaba en presencia de él. Pedro frunció aún más el ceño y la miró con ojos tan acerados que a ella le sorprendió que no destruyeran la poca compostura que le quedaba. Se produjo un silencio que pareció durar una eternidad, en el que solo se oía la respiración de ambos. Ella pensó que el cuerpo se le iba a consumir ardiendo, cuando él la miró de arriba abajo. Contuvo la respiración mientras el corazón le latía desbocado. Entonces, él bajó la vista. Ella respiró aliviada. Dos segundos después, Pedro volvió a mirarla a los ojos, pero, aunque su mirada seguía siendo intensa, ya no parecía que él estuviera a punto de explotar.


—Mi hermana y yo no siempre estamos de acuerdo. Ella es apasionada y fuerte, pero también impulsiva e imprudente, y le encanta convertirme la vida en un infierno, así que prefiero ser yo quien recabe su opinión.


Ella supo que no le estaba contando todo, pero al menos era un punto de partida para comunicarse y evitar el enfrentamiento.


—No es mi intención crear problemas entre su hermana y usted — dijo ella en tono conciliador.


No la había despedido. Podía organizar la boda, pero debería comportarse de manera completamente profesional. Con Pedro Alfonso había cruzado una línea que no dejaba de fluctuar. Aunque oficialmente era viuda, nunca había experimentado semejante atracción física por un hombre. La única manera de seguir adelante era establecer límites para protegerse. 

Te Necesito: Capítulo 21

 —¿Ha traído la carpeta? —preguntó deseando de repente que aquella reunión terminara y que ella se fuera, para controlar su desagradable reacción y decidir qué iba a hacer con respecto a ella, a la boda de su hermana y a su desconcertante mensaje.


—Pues no —contestó ella abriendo el portátil que llevaba bajo el brazo.


Pero al ponerlo en el escritorio y encenderlo notó que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas ¿Por qué?, se preguntó él. ¿Qué había hecho para sentirse culpable?


—He pensado en enseñarle mis ideas en el portátil —dijo con la mirada fija en la pantalla mientras abría una serie de documentos.


—¿Qué le ha pasado a la carpeta?


El calor le estalló en las mejilla al mirar a Pedro. No se trataba de un sentimiento de culpa. Lo que él observó fue una mezcla de vergüenza y pánico. Paula Chaves era transparente.


—Se ha manchado de barro.


—¿Cómo se ha manchado? —preguntó él, mientras las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.


«¿Las ideas de tu chica?». En la finca solo había una persona nueva, la que lo había acompañado desde Londres. Y solo había una persona que pudiera haberle mostrado a Imelda las ideas sobre la boda y comunicado el plan de utilizar el castillo. Paula Chaves había hablado con su hermana sin pedirle permiso. ¿Cómo se había atrevido? Lo invadió una oleada de furia, acentuada por la punzada de deseo que le provocó ver que ella se pasaba la lengua por los labios, con la mirada culpable y aterrada de la liebre que ha divisado al cazador.


—¿Ha hablado con Carolina sin mi permiso?


«Has metido la pata hasta el fondo, Paula». Pedro estaba furioso. Y tenía un aspecto magnífico. «Por favor, Paula: Furioso y magnífico no concuerdan». 


—Sí. He ido a la granja esta tarde —se apresuró a decir ella, mientras él fruncía cada vez más el ceño—. Quería conocer a Carolina y mostrarle algunas ideas, antes de consultárselas a usted. Me parecía lo correcto, ya que es la novia. No sabía que la boda iba a ser una sorpresa.


—No iba a serlo.


«Entonces, ¿Por qué está tan enfadado?».


—Ahora ya no lo es, desde luego. Pero lo bueno es que a Imelda le han encantado algunas de las ideas, sobre todo las relacionadas con los mitos y el folklore irlandeses.


—¿Ah, sí? —preguntó él con desprecio mientras la fulminaba con la mirada.


Paula no lo entendía. ¿Por qué estaba tan furioso? ¿Y cómo aquella mirada gélida parecía quemarle la piel?

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 20

Era el apodo que él le había puesto cuando era un bebé y que no había vuelto a emplear desde el funeral de su madre, cuando Carolina lo miró con el rostro bañado en lágrimas y le dijo que ya era muy mayor para apodos estúpidos. La emoción que lo embargó al volver a ver el apodo lo disgustó, porque lo obligaba a reconsiderar su estrategia y a celebrar aquella maldita boda, lo que implicaba trabajar más de una semana con Paula, una mujer que no quería tener cerca ni, mucho menos, sentirse atraído por ella.


—Hola, señor Alfonso, espero no llegar tarde —dijo ella sonriendo levemente.


El comentario parecía inocente, pero Pedro se preguntó si se burlaba de él. Si era así, cometía un error, porque no le gustaba que le tomaran el pelo. Y, francamente, ya estaba lo bastante inquieto después del mensaje de Imelda para soportar indirectas sobre su conducta del día anterior, antes del vuelo. Miró el reloj.


—No, esta vez no ha llegado tarde —dijo en tono seco e intentando no reaccionar a su sonrisa.


El día anterior, al igual que en la entrevista de hacía una semana, ella iba impecablemente maquillada, pero esa tarde no se había maquillado. Por primera vez, él observo las pecas que tenía en la nariz. Unidas a su atuendo informal y a su sonrisa, la hacían parecer más joven y atractiva que durante el viaje en helicóptero.  Notó que la entrepierna le latía. «No seas tonto. Ella no es dulce ni inocente, porque es una De Courtney. Solo es puro y simple deseo, añadido a la impresión de que Carolina haya utilizado su antiguo apodo».


—Siéntese —dijo indicándole una silla delante del escritorio, antes de tomar él mismo asiento, resuelto a no perder de vista los motivos de haberla llevado a Kildaragh.


Quería averiguar cosas sobre su hermano. Y tal vez castigarla por ser miembro de la familia De Courtney, por tener los privilegios y oportunidades que le habían sido negados a su hermana Sonia por haber sido madre a los diecinueve años. Aunque tuviera que aceptar que la boda de Carolina se celebrara en Kildaragh, podía continuar con su plan de poner a Paula Chaves en su sitio, mientras trabajaba para él. No iba a facilitarle las cosas, ya que no se lo merecía. Ya había llevado una vida cómoda hasta aquel momento, en tanto que su hermanastro había conseguido que la de Sonia fuera dura. Lanzó una mirada a la ropa que ella llevaba dándole a entender que no lo impresionaba su aspecto informal.


—Siento llevar esta ropa —nerviosa, lanzó un bufido—. No he tenido tiempo de cambiarme. He estado muy ocupada recorriendo el castillo para elaborar un calendario de acontecimientos, buscar posible lugares para distintas actividades…


Él la interrumpió.


—La próxima vez, busque el tiempo para vestirse adecuadamente.


—Muy bien —dijo ella en un tono obediente que contradecía el brillo de sus ojos. 


¿Era de indignación, enfado, rebeldía? Fuera lo que fuera, los latidos de la entrepierna le aumentaron. Ella se puso el cabello detrás de las orejas y a él le llegó el delicioso aroma a naranja y romero que ya lo había embriagado en el helicóptero. Y tuvo que contenerse para no aspirar una bocanada. ¿Qué le pasaba? Ella era la privilegiada y mimada hermana de un hombre al que despreciaba. ¿Cómo sentía por ella otra cosa que no fuera repulsión?

Te Necesito: Capítulo 19

Carolina estaba en la entrada de la granja, con Adrián, su prometido, un robusto granjero al que Paula había conocido al llegar. Él le rodeaba la cintura con el brazo. Era evidente que adoraba a su prometida. Carolina  le dijo adiós con la mano, mientras Paula salía marcha atrás del patio.


—Buena suerte con Pedro —gritó Carolina —aunque no creo que vayas a necesitarla. Seguro que te tira los tejos.


«De ningún modo. Y no quiero que lo haga». Paula frunció el ceño intentando centrarse en el pedregoso camino, en vez de en los inadecuados pensamientos que le había provocado el descarado comentario de Carolina. Pero cuando divisó el castillo, el corazón comenzó a latirle desbocado y notó calor entre los muslos. «¡Caramba! Gracias, Carolina».


"Buena suerte con tu nuevo amor, hermanito. Por fin te vas a ligar a alguien que no parece un insecto con cara avinagrada. Me parece muy bien. Y gracias por ver la luz y ofrecerte a pagarme la boda en Kildaragh. Acepto. Me encantan las ideas de tu chica. Te quiero. Carito." Pedro releyó el mensaje de su hermana intentando entenderlo. ¿Qué nuevo amor? ¿Qué chica? ¿Y cómo se había enterado de lo de la boda? A Carolina le gustaba meterse con él desde los seis años, cuando se dio cuenta de que se sentía perdido al tener que hacer de padre y madre para sus hermanas. Tuvo que partir de cero y darse prisa: desde aprender a hacerles una trenza a las siete de la mañana, cuando ya llevaba tres horas levantado ordeñando vacas, hasta tranquilizarlas cuando tenían pesadillas o mojaban la cama, cuando estaba exhausto y, también, muy apenado. Carolina se daba cuenta de sus fallos, se los indicaba y le decía cómo solucionarlos. Pero no hablaban desde que se habían peleado por su decisión de casarse con Adrián Delaney. Era un buen chico, pero no lo bastante para ella. Además, ¿Quería ser la esposa de un hombre durante toda la vida, cuando él quería que se hiciera cargo de la filial irlandesa de la empresa, tras haber acabado sus estudios universitarios aquel verano? Las dos hermanas siempre opinaban sobre las mujeres que elegía. Pero ¿De dónde se había sacado Imelda la idea de que necesitaba su aprobación para salir con alguien? ¿Y a quién se refería? No había tenido tiempo ni ganas de sustituir a Karen, después de la ruptura. No pretendía haberla herido, pero ¿Cuándo le había dado él la impresión de que quería algo más que sexo y compañía entretenida?


—Pedro, la señorita Chaves acaba de llegar para la cita de las cinco.


Alzó la vista del móvil y vio a su secretario con la mujer que había acaparado buena parte de sus pensamientos. Se levantó y se guardó el móvil en el bolsillo trasero. Ya intentaría averiguar después a qué jugaba Carolina. Ahora tenía un problema más urgente: Su hermana se había enterado de que había contratado a una organizadora de bodas, por lo que esperaba que siguiera adelante con una celebración con la que él no estaba de acuerdo y sobre la que aún no había tomado una decisión definitiva. Y ella había firmado el mensaje como Carito. 

Te Necesito: Capítulo 18

Pero no podía permanecer insensible eternamente. Que su reacción ante Pedro la hubiera hecho darse cuenta, no significaba que su deseo físico tuviera ningún otro significado ni, desde luego, que tuviera que hacer nada al respecto ni creerse la teoría de Imelda sobre las intenciones de su hermano de salir con ella.


—¿No te das cuenta de que eso te convierte en la candidata ideal?


Paula miró el reloj y se levantó, aún temblorosa.


—Tengo que irme. Estoy citada con tu hermano a las cinco, en el castillo.


Una cita a la que no tenía ganas de acudir. Tendría que explicarle que le había contado sus planes a su hermana y enfrentarse a su reacción. Además, la increíble teoría de Imelda estaría en un rincón de su cerebro, lo cual no iba a ayudarla con la explosión hormonal que él le provocaba cada vez que la miraba. Por no hablar de la carpeta que debía enseñarle, ahora cubierta de estiércol de caballo. Se apartó el cabello de la cara e intentó quitarse el barro de los vaqueros. No tenía tiempo de cambiarse, porque lo que de ninguna manera iba a hacer era volver a llegar tarde.


—Siento mucho haberte molestado y haber creado un problema entre tu hermano y tú.


—¿Qué problema? —preguntó Carolina, sorprendida.


Paula decidió no darle explicaciones. Ya se había pasado de la raya al ir a verla, lo cual debería enseñarle a no actuar por instinto ni por curiosidad. Le tendió la mano.


—Espero que trabajemos juntas en la organización de tu boda. Creo que Chaves Events haría un excelente trabajo.


—No me cabe la menor duda. Los bocetos que he visto son preciosos. Me encantan —afirmó Carolina estrechándole la mano con firmeza—. Y si Pedro paga la factura, será grandiosa, no como la que tenemos pensada en Flaherty’s.


Las efusivas alabanzas animaron un poco a Paula. Tal vez aún pudiera salvar el contrato, si se esforzaba y Pedro no se enteraba del aspecto personal de la conversación con su hermana; si lo hacía, la despediría en el acto. 


—Soy la novia —dijo Carolina—. Y aunque mi opinión no le importe a mi arrogante hermano, cuando hables con él, dile que la temática de cuento de hadas es la que más me gusta y que va a tener que vestirse de duende para acompañarme hasta el altar —añadió con un brillo malicioso en los ojos.


Paula rió.


—Me despedirá si se lo digo.


Carolina también rió y Paula se percató de que, durante la conversación, había hecho una amiga y que le caía muy bien. Siempre había querido tener una hermana, así que la sensación era agradable, incluso aunque la amistad fuera a durar poco.


—Vete ya. Estaba bromeando —dijo Carolina dándole una palmada en la espalda.


Mientras volvía al coche, Paula se preguntó cómo era posible que la hermana de Pedro fuera tan impetuosa y entusiasta, cuando él era tan cínico y reservado. Pero recordó los detalles de su pasado. Carolina y Sonia se quedaron huérfanas con seis y ocho años de edad, según le había contado Marta, y Pedro se convirtió en su tutor, así que, en buena parte, el carácter de Carolina tenía que deberse a su influencia. Debía de haber sido un excelente padre sustituto para que su hermana fuera una mujer tan segura de sí misma.

Te Necesito: Capítulo 17

 —Me he perdido — dijo Paula, humillada por la punzada de celos al recordar a la maravillosa modelo que había visto en algunas de las fotos de Pedro al buscar información sobre él en Internet.


—¿No es evidente que quiere salir contigo?


—¿Qué? —la escasa calma que le quedaba a Paula se evaporó.


¿Hablaba Carolina en serio? ¿Y por qué se sentía excitada al pensar que a Pedro Alfonso, aquel hombre increíblemente atractivo, dominante y despótico, con el que había tenido una difícil entrevista, un tenso viaje en helicóptero y varios inadecuados sueños eróticos, le interesaba ella más allá de su capacidad profesional?


—Te va a tirar los tejos, por eso te ha contratado —afirmó Carolina repitiendo su loca teoría.


A Paula se le aceleró el pulso.


—Eso es… —«Horrible, a decir verdad». Lo cierto era que si Carolina tenía razón, ella debería sentirse insultada no impresionada ni mareada.


Por guapo que fuera Pedro, un hombre que contrataba a una mujer para acostarse con ella era un canalla, se mirara por donde se mirara. Lo sabía muy bien, porque así había conocido su padre a su madre. La contrató para restaurar un fresco del palazzo que poseía en Roma, cuando ella estaba viajando por Europa tras haber acabado la carrera. La sedujo y fue su amante durante meses, pero la abandonó cuando se quedó embarazada.


—¿Suele salir con mujeres que trabajan para él? —preguntó mientras intentaba que el pulso se le normalizara.


—Nunca —Imelda frunció el ceño, como si reconsiderara su teoría— . Es muy riguroso en ese aspecto. Pero siempre hay una primera vez. Y nunca está más de algunas semanas sin una mujer, y ya hace dos meses que dejó a Karen. Además, desde que es multimillonario, las mujeres suelen acosarlo, en vez de lo contrario, lo cual detesta. ¿Te he dicho que es un maniático del control?


—Sí. De verdad, Carolina, creo que estás completamente equivocada. A tu hermano solo le interesa mi capacidad profesional —afirmó Paula para que la conversación no se le siguiera yendo de las manos, porque le iba a dar un infarto—. Y a mí, él no me interesa en absoluto.


Era indudable que no tenía la culpa de haber experimentado sensaciones inadecuadas ni de haber tenido sueños eróticos. Se hallaba bajo presión y… La realidad era que no conocía a otro hombre como Pedro Alfonso. Aunque había adorado a Leandro, no habían saltado entre ellos las chispas que Pedro provocaba en las mujeres. Irradiaba testosterona. Y era evidente que ella era más susceptible a esa hormona de lo que creía. Se negó a sentirse culpable ni a asustarse. Solo era una señal de que su cuerpo había dejado de hibernar. Se le había insensibilizado durante la enfermedad de Leandro y los años posteriores a su muerte, lo cual la había ayudado a soportar la pena y la ira y, al final, a canalizar su amor por él hacia el trabajo. Le había permitido centrarse en las cosas importantes de la vida.

Te Necesito: Capítulo 16

 —Claro que me quiere —Imelda interrumpió los pensamientos de Paula en un tono que indicaba que el cariño de su hermano era más un peso que una ventaja—. Pero también cree que manda en mí, en Sonia e incluso en Joaco, que solo tiene tres años.


«¿Quién es Joaco? ¿Tiene Pedro un hijo que ni siquiera me ha mencionado?». El disgusto le hizo latir el corazón más deprisa. Su padre se había negado a reconocerla. Era hija de una de sus amantes, una bastarda, un error, como le decían las niñas del internado donde Rafael la había mandado tras la muerte de su madre. Al menos, Rafael la había reconocido en cuanto se enteró de su existencia, cuando el abogado de su madre se puso en contacto con él. Y ella le estuvo muy agradecida, al encontrarse sola a los catorce años. Hasta que, cinco años después, él decidió dejar de hacerlo. Pero no era labor de Rafael reconocerla, sino de Aldo De Courtney, que se había negado. ¿Era Pedro peor que su hermanastro? ¿Era un hombre como su padre, no solo arrogante y cínico, sino también egoísta y frío?


—Hágame caso, Pedro no hace nada por su buen corazón, sobre todo porque casi no tiene corazón. Perdió una parte tras la muerte de nuestro padre; otra, tras la de nuestra madre; y el resto según se iba haciendo más rico y poderoso, hasta casi desaparecer, cuando Sonia se quedó embarazada de Joaco y se negó a decirle quién era el padre.


«Así que Joaco es el sobrino de Pedro, alguien más de quien se siente responsable».


—Entiendo —dijo Paula, aliviada al saber que no había juzgado equivocadamente a su cliente y triste por la pérdida de su corazón, a pesar de que sabía que él detestaría que lo compadeciera. 


«Pero ¿Lo ha perdido o simplemente lo protege después de tantas tragedias y tanta responsabilidad?».


—¡Ah, ya lo entiendo! —exclamó Carolina.


—¿El qué?


—El motivo oculto de Pedro para contratarla para organizar una boda que probablemente no vaya a celebrarse, porque no quiere que me case con Adrián.


—¿Y cuál es? —preguntó Paula, intrigada por el brillo malicioso de los ojos de Carolina. 


Por la información que le había dado Marta sobre los hermanos Alfonso, sabía que Carolina tenía veintiún años, tres menos que ella. Pero de repente se la imaginó como una niña que probablemente hubiera dado muchos quebraderos de cabeza a su hermano.


—¡Usted! —proclamó Carolina, como si hubiera resuelto el crimen del siglo.


—¿Cómo dice? —preguntó Paula, confusa.


—Usted —Carolina la señaló y se echó a reír—. Usted es el motivo de que me quiera organizar la boda. Es muy guapa, muy mona y, a juzgar por los bocetos, brillante.


—Gracias —contestó Paula, sin saber si sentirse halagada o insultada, porque… ¿«Mona»? 


¿Quién quería que la llamaran eso? Sobre todo si lo hacía una mujer tan atractiva como la hermana de Pedro. ¿Y dónde quería llegar Imelda con aquel cumplido? Porque Paula comenzaba a tener un mal presentimiento ante su mirada cómplice.


—De nada. ¿Te importa que nos tuteemos?


 La pista más importante es que Pedro dejó a su última amante, Karen Cavanagh, cuando ella comenzó a hablar de casarse. 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 15

 —No importa quién soy —dijo arrodillándose—. No debería haber venido así —añadió devanándose los sesos para explicar su presencia allí a Carolina y su trabajo manchado de estiércol de caballo a Pedro.


Carolina se arrodilló a su lado y agarró uno de los bocetos que Paula había realizado sobre un tema medieval irlandés.


—Es precioso —murmuró, lo que hizo que Paula detuviera bruscamente sus frenéticos movimientos—. Y este también —añadió agarrando otro sobre mitos y folklore locales.


—Gracias —dijo Paula quitándoselos de las manos.


—¡Es una organizadora de bodas! —exclamó Carolina—. ¡Y es muy buena!


Paula asintió porque no podía hacer otra cosa. La habían pillado.


—Soy organizadora de eventos y…


—La ha contratado Pedro, ¿Verdad? Para organizarme la boda en Kildaragh.


Paula metió los últimos papeles en la carpeta. Lo había echado todo a perder.


—Así es, aunque me temo que me despedirá después de haberle arruinado la sorpresa.


—El muy canalla —dijo Carolina sonriendo.


—Lo siento —Paula sabía que había metido la pata y que iba a perder el contrato. 


Pedro no iba a aceptar un error de semejante magnitud, teniendo en cuenta su reacción por haber llegado cinco minutos tarde el día anterior. Pero no entendía por qué a Imelda le parecía divertida la situación.


—No lo sienta, no es culpa suya, sino de mi hermano que se dedica a bromear conmigo, o con usted, o con las dos. No sé a qué está jugando, porque ha hecho todo lo que está en su mano para impedir la boda. Pero estoy segura de que trama algo.


—Puede que haya cambiado de opinión —dijo Paula.


—¿Conoce a mi hermano? —preguntó Imelda mientras la miraba con compasión.


—Sí.


—Entonces sabrá que es un canalla cínico, controlador y astuto.


—Bueno, es… —Paula titubeó.


No quería darle la razón a Carolina, porque sería muy poco profesional. Pedro era su cliente, posiblemente su ex cliente, pero estaba de acuerdo con la cáustica definición del carácter de su hermano porque así se había comportado la noche anterior y en la entrevista inicial.


—Es un jefe muy exigente, eso sí.


—Exigente es una forma suave de decirlo — afirmó Carolina soltando una carcajada—. Pero digamos que Pedro siempre tiene motivos ocultos, segundas intenciones para conseguir que los demás hagan lo que quiere. Y la última vez que lo ví se opuso con uñas y dientes a que me casara con Adrián, porque solo un multimillonario como él sería adecuado para su hermana pequeña.


Carolina lanzó un bufido.


—Así que si la ha contratado para que me organice la boda, una boda espectacular, lo ha hecho por motivos que nada tienen que ver con regalarme un día que recuerde toda la vida.


—¿Está segura de que no lo ha hecho porque la quiere? —preguntó Paula, que no dejaba de creer que bajo su fachada dictatorial y despótica ocultaba una gran ternura.


«¡Por favor! ¿De verdad lo crees o se trata sencillamente de que tus hormonas intentan justificar la atracción que sientes por él?».


Te Necesito: Capítulo 14

 —Estupendo —dijo Paula, deseosa de conocer a la hermana de Pedro. Y no solo por razones profesionales.


Durante el recorrido por el castillo, Marta le había dado detalles sobre la educación de Pedro y sus hermanas, lo cual hizo que volviera a sentir por él la simpatía del día anterior. Él estaba muy unido a Sonia y Carolina. Su padre había muerto cuando él tenía dieciséis años y las niñas eran mucho más jóvenes, y la madre murió dos años después. Sin embargo, en lugar de mandar a sus hermanas a vivir con parientes lejanos o de permitir que las acogiera una familia, se convirtió en su tutor, al tiempo que tenía que ocuparse de la granja familiar. A Paula le costó mucho más imaginárselo siendo el padre sustituto de dos niñas que el fundador de un imperio multimillonario. Le pareció una hazaña impresionante, sobre todo si tenía en cuenta el pasado disfuncional de su propia familia, suponiendo que pudiera seguir llamando así a los De Courtney. Se quitaba el sombrero ante Pedro por no haber abandonado a su hermana cuando esta eligió casarse con el amor de su infancia, en contra de sus deseos. Conocer a Carolina le permitiría conocer mejor el lado tierno de Pedro, un aspecto que ocultaba en el trabajo y del que ella quería averiguar más. Mucho más.


—Perdone, ¿Quién es usted? —los sorprendentes ojos azules de Carolina, muy parecidos a los de su hermano, se entrecerraron al fijarse en el rostro de Paula.


La hermana de Pedro palmeó el anca de un caballo, cuyas herraduras estaba examinando al entrar Paula en la cuadra. Alta y delgada, con el cabello negro recogido en una cola de caballo, con vaqueros gastados y una vieja camiseta manchada de barro, Carolina Alfonso poseía la misma mirada intimidante que su hermano. Su ceño fruncido también le resultó familiar a Paula.


—Me llamo Paula Chaves. Marta me ha dicho que le comunicaría que vendría a verla para hablar de la organización de la boda —dijo sintiéndose tan cohibida como con Pedro el día anterior.


¿Fruncir el ceño para intimidar al otro era cosa de familia? Carolina lo frunció aún más. 


—Pero usted no es de Flaherty’s. Pilar no contrataría a nadie tan elegante.


—¿Flaherty’s? —fue Paula la que entonces frunció el ceño—. Lo siento, pero no…


—El bar Flaherty’s de Westport —contestó Carolina quitándose los guantes y metiéndoselos en los bolsillos traseros de los vaqueros—. El sitio que Adrián y yo hemos alquilado para la boda.


Paula tragó saliva y sintió náuseas. ¿Acaso Pedro pretendía que la boda en Kildaragh fuera una sorpresa para su hermana? Era la primera vez que se encontraba con algo así, pero tal vez fuera una costumbre irlandesa. Y ella la había estropeado. ¿Cómo no se lo había dicho Pedro?


—Lo siento mucho. Creo que ha habido un error —dió media vuelta reprimiendo las ganas de retorcerle el cuello a su nuevo cliente mientras salía de la cuadra a toda prisa. Trataría de minimizar los daños hasta saber qué sucedía.


—Espere —Carolina la alcanzó y la agarró del codo—. Aún no me ha dicho quién es usted.


La detuvo tan deprisa que la carpeta se le cayó de las manos. Paula maldijo en voz baja al ver su contenido esparcido por el barro. Aunque lo tenía todo en el ordenador, debía enseñárselo a Pedro una hora después. Y ahora estaba cubierto de… ¿era barro? Porque no olía así. 

Te Necesito: Capítulo 13

Tras haberse duchado, se puso unos vaqueros, un elegante jersey y unas botas para andar por los jardines del castillo. No tardó en encontrar a la señora Doolan, a quien había conocido la noche anterior. A diferencia de su jefe, la señora Doolan, que insistió en que la llamara Marta, era una mujer amable, risueña y habladora. Después de prepararle a Paula un buen desayuno irlandés, le enseñó el castillo. Le presentó a los empleados y a la chef, Silvia Murphy, a la que no le habían informado de la boda, lo que a Paula le extrañó. Se dijo que debía preguntar a Conall si iba a contratar un catering o iba a utilizar los servicios de Silvia y su equipo. Mientras visitaban el castillo, Marta le explicó que Pedro ocupaba el ala este del edificio, pero que rara vez la habitaba. Tampoco sus hermanas vivían allí. Paula hizo fotos y tomó notas de los dos salones, de las cuatro antesalas y de las distintas habitaciones de las dos alas principales del castillo, al tiempo que anotaba ideas para añadir a lo que ya había decidido. También visitó la capilla, que podía ser una opción para celebrar la ceremonia. Estaba muy bien situada, al lado del castillo, por lo que, si nevaba, no habría problema para que la gente se trasladara desde allí al lugar en que se celebrara el banquete. Cuando vió el salón de banquetes, pensó que era un lugar perfecto para lo que quisieran hacer allí Pedro y su hermana, después de la ceremonia, ya fuera una comida formal o algo más relajado. Estaba tan bien restaurado como el resto del castillo. Katie miró a su alrededor y se imaginó lo estupendo que quedaría cuando se hubieran colocado flores e instalado velas y antorchas, para que pareciera un cuento de hadas Aunque él no fuera un romántico, ella sabía que Imelda lo era. La residencia de su hermano le proporcionaría el lugar ideal para que su boda fuera la de la reina de las hadas.


—¿Quiere que le sirva la comida, señorita Chaves? Son más de las dos. Debe de tener hambre.


Paula alzó la vista y vió a Marta en la entrada del salón.


—¡Madre mía! ¿Ya son las dos? —le quedaban menos de tres horas para reunirse con Pedro y aún tenía que ponerse en contacto con su hermana—. Tomaré un bocadillo, si no es mucha molestia. Pero lo que necesito es hablar con Carolina. Me encantaría conocerla y también a su prometido.


Pedro debería habérselos presentado ya, pero suponía que probablemente preferiría que se encargara ella, pues le había dejado claro que no le molestara con los detalles.


—Carolina y Adrián viven en la granja de él. Está a diez minutos de aquí en coche. Si pueden recibirla después de comer, le buscaré un coche para que vaya. 

Te Necesito: Capítulo 12

«Cálmate, Paula. Se trata de un trabajo, no de una aventura, por espectacular que sea el lugar y por cautivador que sea el cliente».


—Me muero de ganas de verlo de día y empezar a pensar en la decoración. ¿Hay algún lugar que su hermana prefiera para la celebración de la ceremonia?


—Supongo que sí. Hablaremos de ello mañana —contestó él mientras se abría la puerta de la cabina y aparecía su secretario.


—Pedro —dijo el joven. A Paula le sorprendió que tuteara a su jefe—. Leticia Ahern, de Amari Corp, quiere saber si podrías hablar esta noche con Karim sobre el proyecto Zafar.


—Desde luego —se desabrochó el cinturón y agarró la chaqueta que había dejado a su lado. Señaló a Katie—. Acompaña a la señorita Chaves a la casa y preséntasela a la señora Doolan.


Se volvió hacia ella, pero la sonrisa había desaparecido.


—Nos veremos mañana a las cinco para hablar de los detalles. Si necesita algo, dígaselo al ama de llaves.


Antes de que ella tuviera tiempo de darle las gracias, él ya había bajado la escalerilla y se dirigía a la casa, rodeado de un grupo de personas que lo esperaban a su llegada.


—Voy a por su abrigo —dijo el secretario.


—Gracias —murmuró ella, incapaz de apartar la vista de su nuevo cliente mientras subía de dos en dos los escalones que conducían a la puerta de roble y desaparecía en el interior.


Intentó regular el ritmo de la respiración y averiguar por qué se sentía mareada y desorientada. Aunque aquello fuera un trabajo y no una aventura, le parecía más lo segundo que lo primero. Y le dió la impresión de que no tenía que ver con la imposible tarea de organizar una boda en dos meses para una pareja que aún no conocía, sino con el hombre taciturno que acababa de separarse de ella y que era incluso más fascinante que su casa.


A la mañana siguiente, Paula se despertó temprano en la suite del torreón oeste del castillo. No había descansado bien. ¿Quién iba a imaginarse que su inadecuada reacción ante su nuevo cliente la perseguiría en sueños, con imágenes sensuales de él ordenándole que hiciera muchas más cosas que organizarle una boda? Aspiró el aire del mar desde la ventana gozando de la magnífica vista de la cala desierta bajo el castillo. Lo que necesitaba era trabajar y alejar la impresionante presencia de Pedro Alfonso de sus pensamientos. Tenía un montón de cosas que hacer. Para la reunión de esa tarde quería tener lista la mayor cantidad de detalles posible. Para empezar, debía echar un vistazo a las instalaciones del castillo y decidir dónde se celebrarían las distintas partes del evento, ponerse en contacto con su equipo, confirmar la fecha por medio de un correo electrónico a una de las secretarias de Alfonso y, con suerte, conocer a la novia. Aunque Pedro aún no había hablado de reunirse con Carolina,  creía que era el paso siguiente, ya que era quien debía explicarle qué boda quería. 

Te Necesito: Capítulo 11

 —Veo que ha hecho los deberes.


—Quería saber lo más posible sobre el sitio, antes de verlo. He leído la entrevista que le hicieron en el Investor’s Weekly, dos años después de comenzar la restauración del edificio. Me pareció un proyecto emocionante.


—Yo diría más bien que fue caro y largo —dijo él volviendo a mirar el portátil.


Quien dijera que los irlandeses tenían mucha labia no conocía a Pedro Alfonso. A ella se le aceleró el corazón al tener la oportunidad de observarlo sin que lo notara e intentar descubrir lo que la inquietaba tanto de su aspecto. Tal vez fuera el rizo de cabello negro y espeso que le caía sobre la frente, los labios esculpidos o la barba incipiente, que le daba un aspecto salvaje. Tal vez fuera el anguloso rostro, totalmente simétrico salvo por una pequeña cicatriz en el labio superior; o las largas pestañas. Muchas mujeres matarían por tener unas iguales, así que ¿Cómo podía ser que contribuyeran a la sorprendente masculinidad de su rostro? «Deja de comértelo con los ojos. No te ayuda, precisamente» Apartó la vista y miró por la ventanilla intentando centrarse. «Pero ¿Eres masoquista? Ese hombre es un pelmazo, a pesar de su maravilloso aspecto. ¿Desde cuándo te resulta atractiva la arrogancia?».


—Si mira por la ventanilla de enfrente, verá Kildaragh.


Ella volvió la cabeza, sorprendida por el tono bajo de su voz y el orgullo que en ella había. Era una especie de gesto de paz. Se volvió a mirar, al tiempo que el helicóptero giraba a la izquierda. No tuvo que fingir entusiasmo al ver el castillo.


—¡Madre mía! —exclamó.


El castillo de Kildaragh era de proporciones tan perfectas que resultaba difícil creer que fuera real. Parecía la ilustración de un libro de cuentos infantiles o la imagen de una película americana. Torres y torretas se elevaban hacia el cielo nocturno y elegantes murallas de distintos estilos daban fe del ilustre pasado del edificio. Primero había sido la residencia de un rey irlandés; después, un monasterio; y finalmente, un internado, antes de ser abandonado en los años ochenta del siglo XX. El amplio y primoroso trabajo llevado a cabo por Pedro Alfonso para devolverlo a la vida era evidente en cada detalle.


—Las fotos que encontré no le hacen justicia —susurró ella—. Es maravilloso.


Observó una vidriera en lo que parecía una capilla. La parte trasera de la finca lo ocupaban jardines y, desde el helicóptero, divisó el borde del acantilado del promontorio donde se hallaba el castillo.


—¿Esa ventana es original? —preguntó volviéndose hacia él. 


Por primera vez lo vió sonreír de verdad.


—No, el edificio y la finca estaban en ruinas cuando los compré. Según los registros, había una vidriera, en la estructura original. La ventana la ha hecho una artesana de Innismaan utilizando materiales originales, después de haber investigado la historia del castillo.


—Es preciosa. Esa mujer tiene mucho talento.


El helicóptero aterrizó en el helipuerto construido cerca del borde del acantilado. Se oían las olas rompiendo con energía contra las rocas, al igual que los latidos del corazón de ella, emocionada no solo por la magnífica boda que podía organizar allí, sino también por la pequeña muestra que él le había dado de su aprobación. 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 10

 ¿Acaso ella no se percataba del efecto que le producía? ¿Formaba también parte de la representación? Abrió el portátil y comenzó a realizar las llamadas que había previsto durante el vuelo, dispuesto a no volver a prestarle atención. Su forma de reaccionar ante el atractivo de ella constituía una complicación a la que debería enfrentarse lo antes posible, pensó él, mientras le llegaba el olor de su perfume con notas de naranja, canela y salvia. El olor era adictivo, pero no era el de un perfume caro, como se esperaba. Claro que, hasta aquel momento, todo lo referente a ella había sido inesperado, lo cual no le gustaba en absoluto.


Paula abrió los ojos al atravesar una zona de turbulencias y se encontró con la mirada de él. Se colocó el cabello detrás de las orejas y se irguió en el asiento sintiéndose violenta por haberse quedado dormida después de la cena que les habían servido. ¿Cuánto tiempo llevaba mirándola?


—Lo siento —murmuró.


Seguía avergonzada por haber llegado tarde al helipuerto y porque él se hubiera enfadado tanto. No solía retrasarse, pero había algo en él que la ponía nerviosa, aparte de excitarla. Era como si quisiera provocarla deliberadamente con aquellas inquietantes miradas y bruscas exigencias. Respiró hondo. «Contrólate, por favor. No es culpa de él, sino tuya. Estás cansada y un poco alterada porque has puesto muchas esperanzas en este trabajo». Casi todo en aquel encargo ya le parecía algo personal, tal vez por la forma extrema de reaccionar ante Alfonso y la presión para hacer bien el trabajo. Pero eso nada tenía que ver con él. Pedro asintió levemente aceptando la disculpa, como si se la debiera. A ella le molestó su despótica actitud. Era verdad que había llegado tarde, pero él había reaccionado de forma exagerada.


—Llegaremos dentro de diez minutos —dijo él. 


Fueron sus primeras palabras desde el despegue. Llevaba dos horas y media sin prestarle atención.


Ella inclinó la cabeza y se obligó a sonreír.


—Me muero de ganas de ver su casa —afirmó intentando de nuevo establecer algo semejante a una relación con él.


Se le daba bien establecer una sólida relación laboral con sus clientes. Era muy sociable. Estaba segura de que si se empeñaba, podría ablandarlo para que no solo le mostrara su lado malo.


—Por las fotos de Internet, el castillo parece magnífico y es, desde luego, un sitio ideal para una boda. Su hermana tiene suerte —adularlo era una estrategia que aún no había empleado—. Sé que lo compró hace años y que se gastó una fortuna en restaurarlo, para lo que contrató a artesanos locales.


Parecía que la adulación tampoco servía. Los ojos de él siguieron tan impasibles e inquietantes como antes, cuando le había reprochado el retraso como si fuera una niña desobediente. Pero, entonces, sus labios esbozaron una sonrisa que no suavizó su mirada, sino que la intensificó. Ella notó una sensación de humedad entre las piernas y las cruzó. 

Te Necesito: Capítulo 9

Después de que se hubiera marchado, pensó que las tonterías románticas que ella le había soltado y las preguntas de tipo personal que le había hecho formaban parte de su actuación. Era evidente que una organizadora de bodas debía fingir que era romántica. Y era evidente que ella desconocía la relación de su hermana con su hermanastro. Ni siquiera Sonia sabía que hacía una semana que había averiguado la identidad del padre de Joaquín. En cualquier caso, no debería haber consentido que la representación de Paula Chaves lo hubiera afectado, aunque fingía muy bien. Observó un destello de impaciencia en los ojos de ella. Por fin la había pillado. «¿Ya no estamos tan tranquilos, señorita Chaves? Veamos cuánto tarda en demostrar cómo es usted de verdad y en perder este encargo».  Pero ella no mordió el anzuelo. La impaciencia desapareció de su mirada y se limitó a decir:


—Ya le he dicho que lo siento. No volveré a llegar tarde. Este encargo significa mucho para mi empresa y para mí. Quiero que todo salga bien. Y le prometo que será así.


Él volvió a percibir la sinceridad en su voz. Y el entusiasmo, lo cual lo hizo sentirse como un canalla, a pesar de que ella solo se merecía desprecio. Era otra hija de la élite que jugaba a ser empresaria.


—Espero que cumpla la promesa.


Ella agarró la carpeta que Liam había dejado al lado del asiento.


—¿Quiere echar un vistazo a los temas que he ideado con mi equipo? —abrió la carpeta y él vio colores y telas, bocetos y notas y una fotos de Kildaragh, que ella debía de haber bajado de Internet—. Claro que aún tengo que ver el lugar y hablar con Carolina…


—Ya habrá tiempo mañana —la cortó, aún molesto. No iba a permitir que hablara con Carolina, al menos hasta haber decidido si iba a utilizar sus servicios o no. Agarró el móvil—. Tengo que hacer unas llamadas. Llegaremos dentro de unas tres horas. Hasta entonces, preferiría que no me molestara.


Ella se sonrojó y sus ojos llamearon. Él notó que, por fin, había conseguido ponerla de mal humor.


—Por supuesto, señor Alfonso —contestó cerrando la carpeta con más fuerza de la necesaria.


Se puso a mirar por la ventanilla mientras el helicóptero ganaba altura. Él oyó que contenía la respiración como lo había hecho en su despacho al establecer contacto visual, lo que le produjo el mismo efecto visceral e indeseado. Ella se agarró a los brazos del asiento y él sacudió la cabeza para eliminar la repentina visión de aquellas uñas clavándosele en los hombros mientras… «¡Madre mía!». Se mesó el cabello, incapaz de apartar la vista de ella, que cruzó las piernas y le dejó entrever el muslo por debajo del dobladillo de la falda. La excitación de su entrepierna se volvió dolorosa al imaginarse besándole el interior del muslo y prosiguiendo hacia arriba. Furioso, desvió la mirada.

Te Necesito: Capítulo 8

¿Qué tenía la hermanastra de Rafael De Courtney que la hacía tan tentadora, cuando él sabía que no debía dejarse tentar? ¿Y cómo le había parecido tan vulnerable ante la evidente excitación que le había provocado en la entrevista, cuando él sabía que no lo era? Era una mujer de negocios, astuta y ambiciosa, pero, sobre todo era miembro de la familia De Courtney, lo que implicaba, que, a diferencia de sus propias hermanas, había llevado una vida mimada y privilegiada, a pesar de que ella fuera muy discreta sobre su relación con la familia y de que se empeñara en trabajar. Aunque su intento de obtener información hubiera fracasado en la entrevista inicial, al llevársela a Kildaragh había ganado tiempo. Así que, ¿Qué más daba que sus motivos no fueran puramente prácticos? El plan seguía siendo bueno. Con aquel encargo la pondría a prueba y comprobaría hasta qué punto su éxito se debía a ser hermana de quien era. Mientras tanto averiguaría todo lo que pudiera sobre el hombre que se había aprovechado de su hermana, aunque estaba convencido de que era mejor que no formara parte de la vida de su sobrino. Si Paula Chaves hacía un buen trabajo, tal vez llevara adelante los planes para la boda. Era verdad que no podía evitar que Imelda cometiera aquel error. Pero dudaba mucho que fuera a dejarlo tan satisfecho. Los verdes ojos de ella se fijaron en los suyos al llegar y le sonrió, aparentemente sin darse cuenta de su irritación.


—Lo siento, pero ha habido un problema en el metro, señor Alfonso. No volverá a ocurrir.


¿Cómo era posible que fuera en metro? ¿Intentaba convencerlo de que era una londinense corriente, cuando ambos sabían que no era así y que, a diferencia de él, no había tenido que luchar por lo que necesitaba?


—No, no volverá a ocurrir —dijo él al tiempo que indicaba a su ayudante que agarrara la bolsa y la carpeta.


La asió del codo para conducirla al helicóptero. Y ella reaccionó de la misma manera que hacía cinco días, cuando se estrecharon la mano.  Tal vez fuera contraproducente la satisfacción que a él le producía esa reacción. Al fin y al cabo, él no era como su hermanastro, un hombre dispuesto a abusar de mujeres jóvenes, pero ella no merecía su compasión. Así que, ¿Por qué no utilizar aquella inconveniente atracción para sus propios fines y obtener justicia poética por lo que su hermano les había hecho a Sonia y al pequeño Joaquín?


—Soy un hombre ocupado, señorita Chaves —dijo mientras se abrochaba el cinturón—. No me gusta que me hagan esperar.


—Lo entiendo —contestó ella al tiempo que se quitaba el abrigo. 


Llevaba una falda gris y una blusa de seda esmeralda, que hacía juego con sus ojos. Él observó que la seda se le ajustaba a los senos y que un mechón de cabello le rozaba los labios. Ella se lo puso detrás de la oreja y se sentó frente a él.


—Si va a llegar tarde, hable con Fernando, mi secretario, para hacérselo saber. O mejor aún, sea puntual. No me gusta trabajar con gente que no lo es.


Estaba siendo innecesariamente duro, ya que solo había llegado cinco minutos tarde. Pero era cierto que odiaba esperar y que quería ver cómo reaccionaba ella. A decir verdad, su reacción al despótico comportamiento de él durante la entrevista no había sido tan productivo como se esperaba. De hecho, le había dado más información de lo que pensaba sobre el amor y el matrimonio de lo que pretendía, e incluso sobre su relación con Carolina. 

Te Necesito: Capítulo 7

Al presionar el botón del ascensor, notó que le temblaba la mano y la cerró. Debía controlar su reacción ante Alfonso porque, ¿Cómo, si no, iba a sobrevivir estando tan cerca de él durante una semana y a comportarse de manera mínimamente profesional? Tragó saliva de forma compulsiva. «No seas absurda, Paula. Eres una profesional y él es un cliente, el mejor que has tenido. Has trabajado mucho para conseguir esta oportunidad, por lo que no vas a echarla a perder por una reacción inadecuada». De todos modos, ¿Qué posibilidad había de que él fuera a involucrarse en la organización de la boda? Ya le había dejado claro que las bodas no le interesaban. Además, era un hombre muy ocupado. Para quien ella iba a trabajar era para Carolina, la novia, con independencia de quien pagara las facturas. Y de lo despótico, controlador e increíblemente atractivo que fuera su hermano.



-Llega tarde —gritó Pedro para hacerse oír por encima del ruido del helicóptero, cuando Paula Chaves apareció en la entrada del helipuerto, en la azotea de la Alfonso Tower. 


Ella se apresuró a ir a su encuentro. Llevaba una bolsa pequeña y una enorme carpeta, probablemente llena de ideas que él rechazaría. Pero, mientras lo invadía la satisfacción al pensar lo mucho que iba a disfrutar al poner a la hermana de Rafael De Courtney en su sitio, el viento originado por las aspas del helicóptero pegó el abrigo al cuerpo de ella, lo que a él le provocó una punzada de deseo. Frunció el ceño y reconoció que la decisión de contratarla para una boda de cuya celebración no estaba seguro, cuando su plan inicial era sonsacarle información sobre su hermano, había sido impulsiva. Y él no lo era. Mientras ella se acercaba, pensó que era mucho más baja y que tenía más curvas que las mujeres que le resultaban atractivas, lo cual hizo que la reacción de su entrepierna le resultara aún más molesta. El sol se había puesto hacía unos minutos, y la luz acentuaba el brillo de su cabello castaño. Como si le hiciera falta. Los rebeldes rizos de la corta melena se balanceaban y atrajeron su atención hacia el leve sofoco de sus mejillas. «¿Le brillará igual la piel después de hacer el amor?». El pensamiento lo puso tenso y lo irritó, así como la constatación de que la decisión de invitarla a Connemara se debía tanto al efecto que le provocaba en la libido como a su relación con el hombre del que necesitaba averiguar muchas cosas, del modo más discreto posible. Hacer una entrevista al único familiar conocido de ese hombre le había parecido la solución perfecta, hasta que la vió y el deseo estalló en él. 

Te Necesito: Capítulo 6

Él se sentó, tomó la pluma y volvió a mirar los papeles que había en su escritorio.


—Mi secretaria se pondrá en contacto con usted para darle más detalles, cuando haya firmado el acuerdo de confidencialidad —murmuró mientras comenzaba a firmar de nuevo los documentos.


Al perder su atención, el cuerpo de ella se desmadejó, como el de una marioneta a la que le sueltan las cuerdas.


—El viernes voy a ir en el helicóptero de la empresa a Kildaragh. Puede acompañarme para ver el lugar y organizar los detalles. Quiero que todo esté acabado para finales de la semana que viene.


—¿Quiere que haya organizado una boda con ciento cincuenta invitados para finales de la semana que viene? —preguntó ella en estado de shock. 


¿No se daba cuenta de que era imposible? Organizar cualquier evento requería tiempo y reflexión. Él la miró a los ojos y las cuerdas de la marioneta volvieron a tensarse. Y a ella le dió la impresión de que la estaba poniendo a prueba


—Sí. Es poco tiempo, pero espero que lo consiga. Si no, le retiraré…


—Lo conseguiré.


—Muy bien. Mientras tanto, vaya pensando en algunos detalles para que pueda echarles un vistazo de camino a Kildaragh.


—De acuerdo. ¿Le parece bien que lleve a algunos miembros de mi equipo? —si pudieran acompañarla Florencia y Javier, uno de sus coordinadores habituales para ayudarla a contactar con los proveedores locales…


—No, prefiero que vaya sola. No quiero a un montón de gente en casa.


Florencia y Javier no eran un montón de gente y su casa tendría cien habitaciones aproximadamente, a juzgar por las fotos que había visto en Internet, pero ella volvió a sospechar que la estaba poniendo a prueba. Volvió a asentir, porque no quería perder el encargo.


—Trabajaré sola, si es lo que desea.


Él asintió de forma casi imperceptible, como si ya se lo esperara.


—A propósito, que no haya nada relacionado con la Navidad, a pesar de que la boda vaya a celebrarse la primera semana de diciembre.


—Podemos hacer algo de tema invernal, no navideño, si es lo que Carolina y usted prefieren.


—Sí, es lo que quiero.


Así que él, además de con el amor, tenía un problema con la Navidad. Y creía que aquello se podía organizar sin conocer la opinión de la novia. Él volvió a dirigir la vista a los papeles.


—Ya puede marcharse.


Ella salió del despacho tragándose la indignación ante aquella orden y agradecida por haberse alejado de su mirada. Mientras llegaba al ascensor pensó en el viaje a Connemara que la esperaba y en las dificultades del encargo. Y más concretamente, en su nuevo cliente multimillonario, en su falta de tacto, su escasa capacidad para comunicarse y en lo inquietante que le resultaba.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Te Necesito: Capítulo 5

 —Se llama Carolina —dijo él interrumpiendo sus pensamientos—. Tiene veintiún años y ha decidido, lo cual es una locura, casarse con su novio de la infancia, que es un granjero que vive cerca de mi casa, en Connemara. No lo apruebo —añadió por si a ella no le había quedado claro—. Pero es obstinada y muy romántica, así que he tenido que dejar que utilice el castillo de Kildaragh.


Paula había visto fotos del castillo al buscar información sobre Alfonso. Era un asombroso edificio victoriano, construido sobre las ruinas de un monasterio medieval, en la costa oeste de Irlanda. Al menos no tendría que buscar un lugar para celebrar la boda.


—¿No aprueba la boda de su hermana o a la persona con quien se va a casar? —preguntó sin pensárselo dos veces.


Él frunció el ceño, lo que le indicó que se había pasado de la raya.


—Ninguna de las dos cosas. Carolina es tan ingenua que se cree las tonterías habituales sobre el amor. Por eso es muy joven para tomar esa decisión. Y, aunque no lo fuera, cometería igualmente un error. No tengo nada contra los granjeros, y Adrián es un hombre muy agradable, pero carece de ambición. No es lo bastante bueno para ella.


—¿Así que no cree que ella esté enamorada?


—No, sobre todo porque el amor romántico no existe. Es un concepto que se utiliza para atrapar a los incautos y dejarlos sin el dinero que tanto les ha costado ganar.


Era una opinión tan cínica que casi sintió lástima de él. Ella había conocido el amor de su vida y lo había perdido. No esperaba encontrar otro ni lo deseaba. Sería como engañar a Leandro. Pero la entristecía que hombres como Alfonso y su hermano no conocieran algo así, a pesar de su éxito y su fortuna.


—Y para enaltecer la más básica de las necesidades —añadió él. 


Esbozó una media sonrisa mientras la examinaba de arriba abajo con una mirada penetrante, provocativa e íntima. El cuerpo de Paula reaccionó ante ella, lo cual la avergonzó.


—Sin embargo, está dispuesto a pagar una fortuna para celebrar una boda que no aprueba.


—Que la apruebe o la deje de aprobar no impedirá que Carolina cometa ese error. De todos modos, ¿Por qué cuestiona mi decisión, cuando va a hacer su agosto gracias a ella?


—Porque yo sí creo.


—¿En qué, exactamente? ¿En gastarse una fortuna en una boda?


—No, en el matrimonio. Y en el amor.


Él parpadeó y ella observó un destello de sorpresa en sus ojos, antes de que lo suprimiera.


—Muy conveniente, tratándose de una organizadora de bodas.


Ella no lo era. Y tampoco tenía que convencer a sus clientes de que creyeran en el amor. Aunque había sido tan romántica como su hermana, ahora era una mujer realista a la fuerza. De todos modos, no podía dejar sin respuesta el cáustico comentario.


—Puede ser, pero al menos obtendrá un buen servicio a cambio de su dinero, porque haré todo lo posible para que Imelda recuerde el día de su boda toda la vida.


—O hasta que se divorcie. Pero me parece estupendo sacar buen partido a mi dinero, porque siempre pretendo obtener aquello por lo que pago. 


La miró fijamente y a ella le dió la extraña impresión de que ya no hablaban de la boda de su hermana. El ambiente se había cargado de una electricidad que obligó a su aletargado cuerpo a despertarse como no lo había hecho nunca. 

Te Necesito: Capítulo 4

De todos modos, seguía estando nerviosa. La fiesta de los Khan había sido un asunto familiar pequeño e íntimo, aunque para una clientela selecta. Sin embargo, no parecía que Alfonso deseara una fiesta íntima.


—Hablaremos de dinero cuando todo esté dispuesto —prosiguió él, aún si explicar en qué consistía el evento—. Pero, si satisface mis exigencias, le pagaré el doble de la tarifa habitual, que creo que es el diez por ciento del presupuesto. 


—En efecto. Si no está dispuesto a hablar del evento, sería aconsejable que me diera una idea del presupuesto y del número de invitados.


—Muy bien. Contemplo una cifra aproximada de cinco millones y una lista de ciento cincuenta invitados.


—Entiendo —dijo ella intentando respirar.


Un contrato de ese calibre permitiría ampliar Hamilton Events y conseguir un local en el centro de Londres. Su sede actual, en el este de la ciudad, que estaba muy de moda, transmitía malas vibraciones a los clientes a los que pretendía atraer. Además, semejante encargo sería el trampolín que permitiría ascender a la empresa a lo más alto. Él se levantó y le tendió la mano.


—¿Trato hecho?


Ella asintió al tiempo que se levantaba. Él le estrechó la mano con firmeza y ella volvió a sentir aquel calor extendiéndose por su cuerpo.


—¿Puede decirme de qué evento se trata o tengo que esperar a haber firmado el acuerdo de confidencialidad? —preguntó ella frotándose discretamente la mano en el muslo.


«Es un trabajo muy bueno, Paula. Deja de alucinar». Él ladeó la cabeza y se encogió de hombros.


—Es una boda.


Ella evitaba organizar bodas porque le recordaban la única que había organizado: La suya con Leandro, diez días antes de que muriera del cáncer que se le había manifestado una año antes y que les había ido robando lentamente la vida que podían haber tenido juntos.


—¿Se va a casar?


¿Sabía que nunca había organizado una boda profesionalmente? ¿Le retiraría la oferta, si se lo decía? ¿Cómo conseguiría ocuparse de todos los detalles, de los que se había ocupado una vez por amor, para un hombre como él, que parecía tan frío como irresistible? Él rió con amargura.


—Por supuesto que no. Se casa una de mis hermanas. Tengo dos — contestó él relajando la mandíbula por primera vez.


Por muy frío y cínico que pretendiera ser, no lo era tanto como su hermanastro, porque era evidente que sus hermanas le importaban. Pero que Pedro Alfonso las quisiera hasta el punto de pagarles una lujosa boda no lo convertía en un peligro menor para su paz de espíritu. Y la organización de la boda no dejaba de ser una pesadilla logística.