Llevaba horas queriendo besarla, desde que ella había accedido a acompañarlo y él había contemplado el deseo en sus ojos. Incluso desde antes, cuando había levantado la cabeza en la entrevista en el despacho y la había visto mirándolo. Inclinó la cabeza para darle tiempo a Paula a rechazarlo, pero ella se limitó a jadear. Sus labios se unieron. Ella los abrió instintivamente y él la exploró con la lengua. La besó más profundamente y la satisfacción de haber probado lo que llevaba tanto tiempo deseando se transformó en desesperación, cuando ella lo agarró de la camisa y lo atrajo hacia sí. Y el beso se convirtió en mucho más de lo que había imaginado. El fuego en su interior ahora era un incendio desatado. Exploró todos los rincones de la boca de Paula y sus lenguas se enredaron. Ella se estremeció y gimió con desesperación, excitación y…Sorpresa. Él se apartó bruscamente. Ella tenía los ojos vidriosos y asombrados. Parpadeó y se echó hacia atrás.
—¿Me has besado?
Él frunció el ceño, bajó la mano y se contuvo para no sentársela en el regazo y apretar su erección contra el sexo de ella. Notó que estaba excitada, pero también en estado de shock. Se dijo que se había convertido en un animal. La elegancia que tanto trabajo le había costado conseguir durante los trece años anteriores lo había abandonado en cuanto sus labios habían rozado los de ella.
—Por supuesto. Llevaba horas deseándolo.
Ella se llevó el dedo a los labios, aún asombrada, atrayendo la mirada de él hacia la zona de la barbilla y la mejilla, que habían enrojecido. La había magullado como si fuera un adolescente, en vez de el hombre que creía ser. ¿Qué le sucedía?
—Pero creía que esta cita era una treta.
—¿Cómo? —preguntó él, confuso y enfadado a la vez tanto con ella como consigo mismo. ¿Desde cuándo era incapaz de controlar el deseo?
¿Cuándo se había convertido en un canalla como su hermanastro?
—Una treta, un truco —repitió ella—. Creí que me habías pedido que te acompañara para que otras mujeres no se te acercaran. Tu hermana me dijo que no te gustaba que te acosaran y que…
Él la interrumpió.
—Se equivoca. Y esta cita no es una treta, Paula.
Recurrió a la poca paciencia que le quedaba, sin saber aún por qué todo se le había ido de las manos tan deprisa.
—Te deseo y creo que me deseas —añadió, dispuesto a ser sincero con ella, en la medida de las circunstancias—. Y diría que el beso lo confirma.
—Sí, supongo que sí.
Él se percató de que el hombre del estacionamiento esperaba pacientemente al lado del vehículo a que salieran. Probablemente los habría visto besarse. En otro momento lo hubiera molestado, pero el deseo que seguía experimentando solo le permitía pensar en acabar lo que había comenzado.