miércoles, 25 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 50

Paula estaba tan consumida por las increíbles sensaciones del clímax y la expectación para que Pedro diera el paso final y la tomara, que las palabras simplemente rebotaron en su cabeza. Quería experimentarlo todo, sentirlo todo, perderse en las caricias de Pedro… Pero él ya no se movía. La fusión que la llevaría al paraíso se había detenido antes de empezar.


—¿Sucede algo? —susurró ella, rozando sus labios con los de él, tratando de discernir por qué tenía los ojos tan cerrados y la mandíbula tan encajada.


—Sé quién eres —repitió él con voz ronca.


—¿Sabes…? —la comprensión se filtró lentamente en el aturdido cerebro de Paula, que parpadeó varias veces para despejarlo.


—Sé que eres la hija de Miguel Chaves.


El cerebro de Paula seguía negándose a comprender. Sus palabras no tenían sentido… Hasta que una sensación helada empezó a trepar por su espalda, dejándola sin aliento. El aturdimiento del cerebro se disipó y el hielo se extendió hasta que lo comprendió plenamente y soltó el aire de golpe. Le golpeó el torso con los puños y juntó las piernas antes de girarse a un lado y saltar de la mesa. Los pies golpearon el suelo y, como había olvidado que aún llevaba puestas las estúpidamente altas sandalias, se le torció un tobillo y cayó al suelo. Pedro corrió a su lado, la preocupación reflejada en el rostro.


—Apártate —Paula intentaba desesperadamente taparse con el vestido.


—Paula…


—He dicho que te apartes de mí —ella querría escupirle en la cara—. Vete. Ahora.


—Paula, por favor…


—¡Lárgate! —gritó ella, perdiendo el control—. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!


Pedro alzó la barbilla, el rostro tenso, dándole un aspecto pétreo. Paula no soportaba mirarlo y hundió el rostro en las rodillas. Pensaba que iba a vomitar. Sintió más que oyó a Pedro salir de la sala de juegos. El vacío confirmó que se había ido.


Pedro se echó agua fría en la cara y trató de calmar la respiración. Intentó borrar de su mente la imagen de Paula, humillada y vulnerable, acurrucada en el suelo. El juego había terminado, y él había sido incapaz de jugar la última ronda. No había hecho nada malo. Él era la víctima. Ella había estado jugando con él mucho antes de su primer encuentro, un encuentro que ella había preparado. Lo que había seguido había sido planeado por ella. Todo. Se había hecho pasar por una fiestera de la alta sociedad y lo había seducido con sus ojos y sus palabras. Incluso había robado su propio yate como accesorio para su juego. Él solo le había seguido el juego. Incluso tras descubrir su identidad, y que todo formaba parte de un plan para destruirlo, a él y a su primo, lo peor que hizo fue esconder su teléfono.

Venganza Y Seducción: Capítulo 49

Pero nunca lo había visto completamente desnudo, y fue una revelación en sí misma. «Magnífico», se quedaba corto. Cada parte del diablo era hermosa.


—Bésame —susurró ella. 


Había algo en sus besos que alimentaba su deseo y la volvía ávida de más. Ávida de todo. Sus bocas volvieron a unirse. Las manos se deslizaron pesadamente sobre la piel, una necesidad de descubrir y saborear vibrando en ambos, latidos que se convirtieron en palpitaciones cuando él acarició su feminidad inflamada con el pulgar. Dios santo, lo anterior le había parecido bueno, pero no era nada. Nada. Paula se frotó contra él, gimiendo de placer. Pedro apenas podía creer lo caliente y húmeda que estaba. Si las células del cuerpo humano pudieran emitir sonidos, las suyas estarían gritando su necesidad. Podía sentirlo, saborearlo, olerlo y, manteniendo la presión sobre la fuente de su placer, deslizó un dedo dentro del pegajoso calor, sus sentidos temblando mientras los gemidos de ella se hacían más profundos y se aferraba a él con fuerza.


—¿Preservativos? —jadeando, Paula despegó su boca.


—En mi bolsillo —contestó él casi sin poder hablar.


—Pues… —ella se interrumpió, sus ojos se enturbiaron, sus jadeos se acortaron y, de repente, echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca.


No salió ningún sonido. No fue necesario. El clímax silencioso de Paula la estremeció, sus ondas casi visibles y, de repente, la desesperación de Pedro por perderse dentro de ella fue inmensa. Cuando estuvo seguro de que ella había terminado, retiró suavemente la mano y la besó.


—Iré a por el preservativo.


—Hazlo —susurró ella.


Él sacó un preservativo del bolsillo trasero, rasgó el paquete con los dientes y se lo enfundó. Las manos de ella lo buscaban, y cuando se colocó entre sus piernas, lo agarró por la nuca. Pedro guió su erección hasta la húmeda abertura.


—Con cuidado, ¿Eh? —ella, que aún respiraba agitadamente, tragó saliva.


Él asintió, agarró una cadera y, con una anticipación casi insoportable, a punto de introducirse en su húmedo calor, en su mente surgió la pregunta.


—¿Es tu primera vez? —preguntó.


—Sí —susurró ella mientras se echaba hacia atrás, animándolo a poseerla.


La excitación de Pedro palpitaba tan fuerte que lo quemaba. Deseaba desesperadamente penetrarla. Era una desesperación que nunca antes había sentido. Ella era virgen.


—Está bien —aseguró Paula, acercando la boca a la de él—. No me harás daño.


La sencilla afirmación golpeó a Pedro como un puñetazo.


—Sé quién eres —admitió sin más.

Venganza Y Seducción: Capítulo 48

Deslizando los dedos por su espalda, le agarró esas nalgas con las que había fantaseado casi todo el día y le subió el vestido hasta que pudo sentarla a la mesa de billar. Cuando ella abrió los ojos, sintió que estaba mirando a la verdadera Paula por primera vez. No había nada calculado. No había engaño. Solo ella y su deseo por él. Le sujetó el rostro y la besó con tanta pasión que ella gimió y le arañó la espalda con los dedos. Pedro bajó la cremallera del vestido. Sin despegar sus bocas, ella deslizó los tirantes de los hombros y el vestido cayó a la cintura, dejando expuestos los pechos desnudos, aplastados contra el torso de él. Dio, nunca había experimentado una sensación tan increíble. Con la respiración agitada, se apartó para volver a mirarla a los ojos empañados por el deseo, y embeberse del rubor de sus mejillas. Le puso una mano en el pecho y la empujó delicadamente. Luego acarició un pecho que encajaba en su palma como si estuviera hecho a medida. La empujó un poco más, bajó la cabeza y tomó un oscuro pezón rosado con la boca.


Paula se sobresaltó y jadeó ante la inesperada descarga de placer. Pero no acabó ahí, pues Pedro siguió besando, mordiendo y chupando su piel hipersensibilizada, pasando de un pecho a otro, deslizando la lengua hasta el ombligo. Recorrió con las manos los contornos de su cuerpo, deslizó los dedos por seda y carne, incendiándole la piel a su paso. Las llamas se intensificaron cuando su boca volvió a encontrar la de ella y su mano se deslizó bajo el vestido y encontró las bragas. Emocionada por el hambre de sus besos, devorándolo con la misma intensidad, se agarró a los hombros de Pedro y levantó las nalgas. Él le bajó las bragas por los muslos. Con un par de movimientos las bragas se deslizaron por sus pantorrillas hasta los pies, desde donde se las quitó de un puntapié. El deseo de Pedro, cuando retrocedió para contemplar su semidesnudez, era tan evidente en su mirada, que Paula olvidó toda timidez al quedar expuesta. Había una dolorosa reverencia en sus ojos, como si fuera la primera mujer que él hubiese visto así. Con el chasquido del botón y un tirón de la cremallera, los pantalones cortos cayeron. Lo recorrió con la mirada como había hecho él. Apenas podía respirar. Siempre había pensado que el cuerpo femenino era más estético que el masculino. Pedro Alfonso era el único hombre cuyo cuerpo le había llamado la atención, pero durante años se había dicho que se debía a sus intensas investigaciones sobre él, que, si contemplaba una y otra vez las fotos de él, semidesnudo de vacaciones en su yate, era para estudiar a su acompañante y poder copiar su aspecto. Siempre había sido él. El diablo disfrazado de Apolo. El hombre más sexy de la Tierra.

Venganza Y Seducción: Capítulo 47

—¿Y derrochar energía? —se burló él—. Siéntete libre para quitarte el vestido si también tienes calor.


—Cállate —Paula apretó los dientes para concentrarse y golpeó la bola blanca con la fuerza suficiente para que alcanzara el triángulo de rojas sin romperlas.


Pedro apenas miró las bolas mientras tiraba. Dos rojas cayeron en las troneras. En diez minutos había vaciado la mesa. Aparte del saque inicial, Paula no logró intervenir. Fue una clase magistral de billar. Pero ella apenas prestó atención a los tiros. Durante toda la partida, Pedro mantuvo la mirada fija en la mesa, sin mirarla a ella. Ni miradas sensuales, ni insinuaciones aterciopeladas… Hipnotizada por la elegancia del hombre y la belleza de su masculinidad, Issy cayó en un trance mientras destrozaba la mesa. Cuando entronó la bola negra por última vez y, finalmente, levantó los ojos hacia ella, Paula no habría podido apartar la mirada, aunque hubiera querido. Una sonrisa se dibujó lentamente en el rostro de Pedro. Dejó despreocupadamente el taco sobre la mesa, apuró su whisky y, con la expresión de un león abordando a su presa, se acercó a ella.


—Creo que me he ganado mi premio —la mirada penetrante, mortífera, las palabras roncas.


El corazón de Paula latía con fuerza. Luchar o huir. Eso experimentaba la presa cuando percibía al gran felino. Décimas de segundos antes de que la adrenalina hiciera efecto, suponía la diferencia entre la vida y la muerte. Luchar contra un depredador más grande que tú y morir. Levantar el vuelo demasiado tarde y morir. La presa capturada renunciaba a luchar y daba la bienvenida a la muerte para liberarse del dolor. Pedro la había capturado aquella noche en Londres. Ella había llegado al club subestimando el poder de su sexualidad y, desde entonces, se pasaba el día luchando contra sus propias reacciones. Ya no podía huir. La voluntad de luchar la había abandonado. Someterse no significaba morir. Él no le provocaría dolor, solo placer y, por una noche, ella quería explorar hasta dónde podría llevarles ese placer. Porque sabía que podría vivir cien vidas y jamás volver a sentir lo que sentía por Pedro.


—¿Qué premio? —susurró, con una mezcla de timidez y audacia.


Pedro posó una mano sobre la espalda de Paula para atraerla hacia él. Ella lo miraba con ese deseo que él había visto a menudo, pero también con algo más que nunca había visto, una transparencia, como si se hubiese arrancado un velo de invisibilidad.


—Tú —Pedro acercó su cara a la de ella.


Cuando sus bocas se fundieron, él tuvo la extraña sensación de que era Paula quien lo besaba. Paula, la joven de la captura de pantalla, no la refinada seductora. Cualquier Paula que fuera, la deseaba con una fuerza que estaba a punto de apoderarse de él y, cuando sus labios y su lengua bailaron con los suyos, la electricidad que había crepitado entre ellos todo el día disparó enormes sacudidas por sus venas y hasta lo más profundo de sus entrañas.

Venganza Y Seducción: Capítulo 46

 —Prefiero cantar —Paula se esforzó por sonar indiferente.


—Yo no —él hizo una mueca mientras se preparaba. La bola amarilla fue directa a la tronera.


—¿Cómo es que se te da tan bien? —Paula tenía que llevarlo a un terreno más seguro—. El billar —aclaró rápidamente antes de que la malinterpretara.


—Tengo una mesa de billar en mi ático de Londres, y en mi casa de la Toscana. Me gusta jugar.


—Eso encaja con tu imagen de playboy —no debía olvidarlo.


Cuando la fuerza del magnetismo y la personalidad de Pedro amenazaran con borrar el daño que había causado a su familia, necesitaba recordar la cadena de corazones rotos que había dejado esparcidos por el mundo.


—No tengo una imagen de playboy.


—¡Claro que sí! Te he investigado. Un millón de veces. Tienes tu propio hashtag. HotAlfonso.


—No lo creé yo.


—Tus admiradoras. Eres un playboy al que le encanta la fiesta.


—No es un crimen que un hombre soltero vaya de fiesta y salga con  mujeres.


—Solo digo que tu imagen no encaja con la de un hombre que debe haber pasado horas ante una mesa de billar para ser así de bueno.


—El billar me ayuda a relajar la mente, a desconectar —los labios de Pedro se curvaron en una sonrisa torcida—. Cuando no hay ninguna mujer ardiente que me ayude a relajarme, claro.


—Intentas fastidiarme —habló ella con serenidad.


—¿Lo estoy consiguiendo?


—No.


La sonrisa cómplice indicaba que no la creía.


—Sería imposible para mí tener tanto éxito en mi negocio si saliera todas las noches. A mi edad ya sufro resacas.


—¡Vaya! Pobrecito.


—Gracias por tu simpatía.


—De nada.


—¿Te das cuenta de que he ganado?


Mientras bromeaban, Pedro había vaciado la mesa y solo quedaba la bola negra. Ella no podría superar su puntuación.


—¿Tendré mi premio?


—¿Qué premio? —Has hecho trampas —lo acusó ella.


—No es verdad —Pedro dejó el taco sobre la mesa y se acercó a ella—. Estaba observando. Tu trasero es realmente delicioso.


El corazón de Paula se volvió a acelerar. Apartándose de él, sacó el triángulo de la ranura.


—Me has distraído. Juega otra vez…Sin hacer trampas.


—¿Llamas a eso distracción? Bella, eso no es nada para lo que podría haber hecho.


—Para mí es hacer trampas —la pelvis de Paula se contrajo, pero mantuvo la concentración—, y esta vez vas a jugar limpio. Empiezo yo.


Paula pidió más bebidas por el interfono y colocó las bolas. Después de tizar el taco, se preparó para dar el primer golpe, pero antes de poder hacerlo, se olvidó de desenfocar a Pedro, que apareció en su línea de visión. Se había quitado el polo, exhibiendo el delicioso torso desnudo.


—Me estaba entrando calor —los ojos de Pedro brillaron, aunque su tono de voz era inocente.


—Pues sube el aire acondicionado.

lunes, 23 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 45

 —Quizá debería quitarme las sandalias, si eso te da más posibilidades —se burló ella.


—No sé… —Pedro recorrió su cuerpo con la mirada—. Esas sandalias son muy sexys —murmuró mientras sus miradas volvían a encontrarse.


El calor que Paula había estado controlando prendió, acelerando su corazón e inundándola de deseo. Si Pedro no estuviese al otro lado de la mesa, se habría lanzado sobre él. Tomó su copa y bebió un largo trago del mojito, plenamente consciente de que su cara ardía con intensidad, plenamente consciente también de que él sabía exactamente el efecto que esas cinco palabritas habían tenido en ella. Pero él no dijo nada, limitándose a esperar su turno con el taco en la mano y esa mirada sensual, cómplice y sexy… ¡Maldito fuera! Maldito fuera también porque, para estirarse sobre la mesa y alcanzar la bola blanca, ella tuviera que subirse la falda del ajustado vestido, algo que ya había hecho varias veces, sin pensar en ello. De repente, fue dolorosamente consciente de lo sugerente que podía resultar, y también de lo sensibles que estaban sus muslos al contacto con la tela. Intentando controlarse y concentrarse, Issy se inclinó sobre la mesa y apuntó con el taco.


—El resto de tu cuerpo también es condenadamente sexy —observó él en el preciso instante en que ella disparaba—. Tu trasero es delicioso.


Paula falló. La bola blanca salió volando en dirección contraria, sin golpear nada.


—Lo has dicho a propósito para distraerme —ella lo miró furiosa.


—¿Y? —Pedro se encogió de hombros.


—¿Y?


—¿Y qué vas a hacer al respecto? —él le guiñó un ojo.


Cómo odiaba Paula lo mucho que lo deseaba. Tanto como odiaba lo mucho que empezaba a disfrutar de su compañía, o cómo pasaba de la diversión al deseo con solo oír su voz.


—Podría cantar —sugirió ella—. Ya me han ofrecido dinero para que no lo haga.


—Seguro que se te ocurre algo mejor—. Pedro sonrió, entronó la última roja y la miró fijamente—. Te garantizo que, si te quitaras ese vestido, sería incapaz de acertar.


Ella se imaginó sosteniéndole la mirada mientras se quitaba el vestido para su deleite.

Venganza Y Seducción: Capítulo 44

Se había creado una corriente, una tensión que iba más allá de la química sexual. Pedro casi podía saborear el engaño que se arremolinaba entre ambos, a punto de aflorar, esperando el momento en que las máscaras cayeran, cuando solo la verdad bastaría para satisfacerlos.


—¿Qué te parece una partida de billar? —sugirió él.


—Solo si prometes no darme una paliza.


—Nunca hago promesas que no pueda cumplir.


Paula tizó el taco y vió cómo Pedro doblaba su enorme cuerpo para hacer el saque. Golpeó la bola blanca con una determinación precisa, haciéndola rodar con fuerza por la mesa para estrellarse contra el triángulo rojo de bolas. Ella sonrió para sus adentros. Había jugado el tiro para beneficiarla. Separar las bolas rojas del triángulo facilitaba meterlas, algo que no haría un jugador serio, y él lo era, si no pensara que su oponente sería presa fácil. Ella hizo rápidamente su jugada, lamentándose al fallar la tronera. Pedro no falló. Entronó una roja, luego una rosa, y otra roja. Falló la verde por milímetros, lo que devolvió el juego a Paula. Ella se tomó su tiempo, inclinó el taco con cuidado e hizo su tiro. La blanca rebotó contra la roja, enviándola a la tronera. Siguieron cuatro aciertos, roja, verde, roja, marrón, pero, viendo que no había forma de meter otra roja desde donde estaba la blanca, golpeó la blanca suavemente, de modo que solo rozó la roja y luego rodó suavemente para colarse detrás de la rosa. Lo había engañado. La mirada de Pedro fue de admiración total.


—Creía que no jugabas —la acusó él, inclinándose sobre la mesa para alcanzar la blanca.


—No recuerdo haber dicho eso —respondió ella por lo bajo.


—Lo insinuaste —Pedro enarcó una ceja.


—Hace diez años que no juego —Paula se encogió de hombros.


—¿Cuántos años tienes? —él consiguió darle a la roja, pero no la metió.


—Deberías saberlo, siendo mi marido —bromeó ella—. Tengo veintitrés. Mi padre tenía una mesa de billar. Siempre quise jugar, pero no llegaba a la mesa, así que me regaló una de tamaño infantil por mi séptimo cumpleaños. A los diez, ascendí a la mesa grande.


—¿Cómo conseguías ver por encima? —se burló él.


—Con un taburete. Al ser tan pequeña, las distancias me parecían más largas, pero creo que eso mejoró mi juego.


—¿Has crecido desde entonces?


—Muy gracioso —la roja fue directa a la tronera.


—Dame una oportunidad —suplicó Pedro burlón—. Quítate los zapatos.


—Son sandalias, filisteo.


—¿Filisteo? —la expresión de Pedro se volvió seria—. No creo que signifique lo que tú crees.


—Inconcebible.


Sus miradas se fundieron, idénticas miradas de asombro al reconocer que ambos adoraban La princesa prometida, y entonces se echaron a reír. Paula se rió tanto que falló la siguiente bola. Pedro, con una amplia sonrisa, metió la bola en la tronera, pero falló la siguiente.


Venganza Y Seducción: Capítulo 43

Por la mueca y el suspiro de Pedro, ella intuyó que se le había escapado. Él vació su copa.


—Lo siento —se disculpó mientras llenaba las copas de nuevo—. No quise estropear el ambiente.


—No pasa nada… ¿Lo decías en serio?


—Nunca mentiría sobre algo así. Mi padre es un monstruo —Pedro sonrió fugazmente—. Pero no quiero hablar de él en mi noche de bodas. ¿Por qué no me hablas de los libros que te gustan a tí?


Paula no sabía por qué la idea de que el padre de Pedro fuera un monstruo le dolía tanto, o por qué no quería que cambiara de tema. Ya conocía los detalles de su infancia, como todo el mundo, ¿Por qué ese repentino deseo de saber más? Su madre había abandonado a su padre cuando él era niño, y vivía en Milán. Su padre explotaba, con su hermano, el mismo viñedo familiar en Umbria en el que se habían criado los primos Alfonso y, tanto Pedro como su primo, estaban distanciados de sus padres hasta el punto de cambiar sus apellidos a los dieciocho años. Formaba parte de la leyenda de hombres hechos a sí mismos, de la nada a la estratosfera. ¿Qué más necesitaba saber?


—No tiene sentido que te lo cuente si no has leído ninguno —por primera vez desde que habían entrado en el comedor, ella tuvo que forzar una sonrisa.


Durante un segundo, Pedro había temido que ella insistiría en que hablara más sobre su padre. Pero ella había preferido respetar su deseo de no hablar más del tema. Nunca hablaba de su padre. No valía la pena. Y rara vez pensaba en él. Pensar en sus progenitores y mencionar a su padre, confiarle un fragmento de su vida, precisamente, a Isabelle Seymore, era desconcertante. ¿Qué demonios tenía ella que hacía que el pasado pareciera mucho más cercano de lo que había estado en más de una década?


—¿Has leído muchos libros?


Ella asintió.


—No me digas que una fiestera como tú es un ratón de biblioteca — bromeó él.


—Secreto es la palabra clave —Paula se llevó un dedo a los labios.


—Algo me dice que está llena de secretos, signora Alfonso —Pedro le besó ese dedo.


Con ojos brillantes, Paula acarició sus labios con el dedo, deslizándolo luego por su mejilla.


—Y algo me dice que pronto los descubrirás todos —susurró.


—Lo estoy deseando —Pedro volvió a tomarle la mano y le besó la palma.

Venganza Y Seducción: Capítulo 42

La mesa del comedor, con capacidad para veinte personas, estaba colocada en un extremo, con Pedro a la cabeza y Paula a su derecha. Unas románticas velas lanzaban el reflejo de las llamas sobre la lámpara de cristal. Los enormes ventanales del comedor reforzaban el ambiente romántico, el sol poniente teñía el cielo de un naranja tostado que lo hacía parecer en llamas. Encajaba perfectamente con el incendio dentro de él. Pedro brindó por su desposada y, por enésima vez, se maravilló ante su belleza. Le costaba creer que esa hermosa criatura fuera la de la captura de pantalla que había clonado. Solo en su camarote, había contemplado fijamente la foto. Sospechaba que la de la foto era Paula  al natural, y que esa visión rubia era una imagen cuidadosamente elaborada para atraparlo. Lo que no entendía era por qué la versión más sencilla, sin pulir y rellenita, le oprimía tanto el pecho. Había apartado las extrañas emociones mientras se duchaba para cenar, sacudiéndose también la inquietud que lo había sacado de quicio durante la «Ceremonia nupcial». Los papeles que habían firmado jamás verían la luz del día. Su «matrimonio», nunca habría existido. Estaba seguro de que ella pensaba igual, pero que, como él, había decidido seguir el juego. ¿Cuánto tiempo creía que podría hacerlo? Por la mañana, atracarían en St. Lovells, y la farsa terminaría. Mientras tanto, disfrutaría de esa deslumbrante mujer y descubriría qué trucos tenía ella planeados para echarse atrás y no consumar el matrimonio que nunca sería. Para sorpresa y alivio de Paula, la cena fue realmente divertida. Mientras les servían plato tras plato de la comida más exquisita, mantenían una conversación ligera e impersonal. Ninguno de los dos se molestó en fingir sobre su futuro juntos. Ambos sabían que no ocurriría. Pero lo que hablaron sí le permitió a Issy conocer mejor al hombre del que creía saberlo todo, cosas que ninguna investigación sobre Gianni podría haber sacado a la luz.


—¿No lees? —preguntó ella asombrada cuando hablaron de libros, y él no pudo nombrar ni uno solo que le hubiera gustado.


—No desde que dejé la escuela. Los libros que nos mandaban leer eran demasiado aburridos.


—¿No te animaban tus padres? —Paula recordó cómo los suyos la habían ayudado y animado a leer, despertando en ella un amor por la literatura que seguía manteniendo.


—Mi padre es un matón homófobo y misógino —las facciones de Pedro se tensaron—. Si me hubiera visto leyendo un libro por gusto, habría supuesto que era gay y me habría pegado.


La sorpresa ante la brutal confesión casi hizo que Paula se atragantara con una frambuesa.

Venganza Y Seducción: Capítulo 41

Decidida, tomó aire y llamó al capitán. Uno de sus oficiales le informó que no estaba disponible, pero que la llamaría enseguida.


—No se preocupe, hablaré con él por la mañana.


Estaban en medio del Caribe. No se podía hacer nada hasta el día siguiente, y Pedro llegaría enseguida para acompañarla a cenar. Debía pensar en cómo proceder. Su corazón volvió a latir con fuerza. «No es un matrimonio», se dijo tercamente. Solo una broma, un juego, lo que fuera, que había ido demasiado lejos. Mientras no se presentaran los papeles, no habría matrimonio de verdad. Estaba a salvo. Con los analgésicos haciendo efecto, Paula decidió que lo mejor sería seguir con la broma, y eligió un vestido blanco ajustado con tirantes que le llegaba justo por debajo de la rodilla y tenía una raja en la falda que llegaba casi hasta el muslo. Eligió un par de sandalias blancas de tiras a juego. Se secó el pelo con secador para que pareciese más voluminoso y se pintó los ojos de gris ahumado, terminando con un pintalabios rojo. Estaba preparada. Aunque necesitó un momento para serenarse antes de responder a la llamada a la puerta. Pedro llevaba el mismo polo y los mismos pantalones cortos de loneta que había lucido todo el día, y esa sonrisa diabólica que el cerebro de Paula odiaba, pero su cuerpo adoraba.


—¿Lista para cenar, signora Alfonso?


El anhelo que sintió casi hizo que sus piernas cedieran, y por eso Paula supo que aquello debía terminar. No podía con Pedro, ni con lo que sentía por él. No solo estaba sobrepasada, estaba a punto de perder la cabeza. ¡Se había casado con él, por el amor de Dios! No podría pasar una semana entera con él sin perder la cabeza y, probablemente, lo último que le quedaba de amor propio. Confió en que Delfina hubiera cumplido su parte y que la operación contra los primos Alfonso fuera inevitable. Porque pasar mucho más tiempo con él iba a llevarla a un punto sin retorno. Tenía que acabar con eso. Sintió algo de paz en su acelerado corazón. Haría que destruyeran los papeles, y esa historia de terror terminaría en cuanto atracaran en la isla más cercana. Insistiría en que salieran de excursión y daría esquinazo a Pedro, escapando sin él. Solo necesitaba mantener su interés sexual unas horas más.


—Si, signor —murmuró ella, dirigiéndole una mirada de adoración que no requirió ningún esfuerzo.


Pedro le ofreció su brazo. Ella no dudó en aceptarlo.


—No sé tú —a Pedro le brillaban los ojos—, pero ya estoy deseando que llegue el postre.


Los empleados habían transformado el comedor en una extravagancia de plata y oro. A Paula no dejaba de sorprenderle lo ingeniosos que eran. Cómo habían conseguido globos, purpurina y confeti era un misterio. No preguntaría. A veces el misterio era mejor.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 40

Paula se levantó y se dió cuenta de que se tambaleaba un poco. Media botella de champán con el estómago vacío no era probablemente la mejor idea. Aquello se estaba poniendo divertido y rió ante la absurdez, y al pensar en Pedro gastando montones de dinero en un matrimonio que no tendría lugar.


—¿Tiene una hoja? —preguntó al capitán.


Cuando él se la entregó, Paula se arrodilló junto a la mesita de café y arrancó rápidamente dos tiras. Cada tira la enrolló longitudinalmente entre los dedos hasta que se asemejó a un gusano largo y retorcido, y luego las ató formando un círculo que tendió a Pedro con una floritura.


—Ya está —anunció sonriéndole—. Dos anillos de boda improvisados.


—¿Estás lista para hacerlo? —insistió él.


Quería que se echara atrás. Esperaba que se echara atrás. Ella podía verlo en sus ojos. Y fue esa expectación la que la llenó de desafío. Pedro había empezado esa partida de ajedrez y le correspondía a él ponerle fin. Solo cuando él la tomó de la mano y juntos se enfrentaron al capitán, Paula se dió cuenta de que ninguno de los dos estaba dispuesto a echarse atrás. Habían llegado a un punto muerto. Pedro tuvo la extraña sensación de abandonar su cuerpo y flotar en el aire, viéndose a sí mismo y a Paula, tomados de la mano y recitando sus votos ante el capitán y el creciente número de tripulantes que querían comprobar por sí mismos si el jefe se casaba realmente con la estafadora. Se vió a sí mismo firmar el certificado, y vió a Paula firmar su nombre, su verdadero nombre, Paula Chaves, y a los dos testigos firmar el suyo. Luego se vió a sí mismo deslizando el anillo de papel en el dedo de Paula y a ella hacer lo mismo con él. Y siguió viéndolo todo con el mismo desapego mientras se besaban para sellar los votos. Y entonces volvió a habitar su cuerpo mientras estrechaba manos y repartía abrazos. El corazón le latía con fuerza al comprender que le había salido el tiro por la culata con el farol que se había marcado con Paula.


Paula se metió dos analgésicos en la boca con mano temblorosa y los tragó con agua fría. Las secuelas del champán se hacían notar en forma de dolor de cabeza. O quizás fuera la repentina bajada de la adrenalina que la había inundado en la hora loca que había acabado con ella casada. La realidad, fría como el agua que acababa de beberse, la empapó. Acababa de casarse con su némesis. No se habían limitado a intercambiar votos falsos, habían firmado documentos legales. Con su verdadero nombre. La única gracia salvadora era que Pedro no se había fijado en su apellido. ¿Pero qué demonios la había poseído? ¿Qué le había poseído a él? Delfina iba a matarla… Hacía horas que no pensaba en su hermana, había olvidado por completo su teléfono perdido y que su hermana estaría esperando ansiosa, con el suyo en la mano, recibir una actualización. Cerró los ojos y respiró hondo. Era medianoche en Londres. Si su teléfono seguía desaparecido al día siguiente, pediría uno prestado a la tripulación, buscaría el número de Industrias Alfonso y contactaría con Delfina. Pero antes ordenaría al capitán que destruyera los papeles. Si no se registraban, el «Matrimonio», nunca se legalizaría.


Venganza Y Seducción: Capítulo 39

Paula se preguntó cuánto faltaba para que Pedro soltara una carcajada y admitiera que todo aquello no era más que una farsa. Casi sintió lástima por el capitán, que se esforzaba tanto por hacerlo realidad. Pero cuando les pidió los pasaportes empezó a sentir dudas. Dió un sorbo a su segunda copa de champán y se dijo a sí misma que no importaba cuánto dinero tuviera Pedro para untar a gente, el matrimonio no se podía hacer por la vía rápida. En cualquier momento, el capitán les diría con pesar que no podía ser antes de que Pedro volara de vuelta al Reino Unido, ambos fingirían sentirse decepcionados y él no tendría más remedio que apartarse de ella físicamente durante el resto de su estancia allí. Tendría que pensar en cómo entretenerle. El yate era un auténtico palacio de fiestas. En teoría sería fácil. Pero la teoría, como había aprendido desde su llegada al Caribe, no era garantía de éxito cuando se ponía en práctica. Un miembro de la tripulación entró con unas hojas recién impresas que entregó al capitán, que seguía hablando por teléfono. Tras hojearlas, hizo señas a Pedro para que se acercara. Sus voces eran demasiado bajas para que ella las oyera, pero cuando él la miró, había un brillo en sus ojos que la decidió a no ser ella la que anunciara que aquello había ido demasiado lejos. Conteniendo la risa, bebió más champán y le vió hacer algo en su teléfono que, sospechó, tenía que ver con transferencias de dinero. Excelente. Una nueva y más fuerte punzada de duda le asaltó poco después, cuando el capitán empezó a reírse al teléfono. La risa y el tono que había adoptado su voz recordaron a Issy la de su padre cuando llevaba a cabo un negocio, justo antes de cerrar un trato. Pedro llenó las copas de champán y se sentó frente a ella, con un brazo apoyado sobre el respaldo del sofá, el epítome mismo de la despreocupación. El diablo alzó su copa. Ella lo imitó.


—Todo listo —anunció Mario un minuto después, levantándose de la mesa—. Solo necesitamos un par de testigos, ya he enviado un mensaje a mis oficiales, y estaremos preparados.


—¿Ya puede casarnos entonces? —la mirada vagamente engreída de Pedro, como la del jugador de ajedrez que espera a que su oponente se dé cuenta de que va perdiendo, vaciló.


—Le ha costado mucho dinero, pero tengo la autorización —el capitán se encogió de hombros.


Pedro consiguió mantener la compostura mientras juraba para sus adentros. Aquello había ido demasiado lejos. Paula tenía que ceder.


—¿Lista para casarte conmigo? —la miró de nuevo.


—¿Por qué no? —ella apuró su copa sin apartar los ojos de Pedro—. Como dijiste, será divertido… ¿A menos que tengas miedo?


—Sin miedo por mi parte —no sería él quien se echara atrás.


Dos miembros de la tripulación entraron en el salón.


—Necesitamos un anillo —Pedro se puso en pie.


—Dos.

Venganza Y Seducción: Capítulo 38

La vió pulsar el número del capitán, seguro de que colgaría antes de que la llamada conectara, poniendo fin a esa farsa. Era ridículo pensar que podrían casarse. Casi tanto como la declaración de Paula de que se reservaba para el matrimonio. Aun así, ella había subido la apuesta del juego magníficamente, igualándolo. Se moría de ganas de verla recular. Pero en lugar de eso, ella pidió amablemente al capitán que se reuniera con ellos en el salón para discutir un asunto personal.


—Se reunirá con nosotros en el salón —anunció ella tras colgar.


Paula le tendió la mano. Ella entrelazó sus dedos con los de él y dejó que la guiara. El capitán Mario Caville llegó a la vez que ellos. Ni sus palabras ni sus gestos revelaron que trabajaba para Pedro desde hacía cuatro años. Él estaba orgulloso de su leal tripulación. Cuando les había explicado que estaba en el punto de mira de una estafadora, y que le siguieran el juego, habían aceptado el desafío. A Paula ni se le pasaría por la cabeza que Pedro y el buen capitán habían pasado noches bebiendo whisky escocés hasta reventar o jugando a las cartas. Por eso, creía conocer bastante bien al capitán. Y casi enmudeció cuando, al preguntarle si podía oficiar bodas, Mario asintió.


—El Palazzo delle Feste está registrado en Bermudas, y yo tengo una licencia de Bermudas, así que, si quieren que les case, puedo hacerlo. Solo tengo que ponerme en contacto con el ministerio para cumplir los requisitos necesarios —hubo un momento de vacilación—. ¿Quieren que lo haga?


Pedro esperaba que Mario se reiría ante la petición. Jamás se le habría ocurrido que podría casarlos. Creía que las historias de capitanes de barco casando parejas eran un mito urbano. Sin duda Paula estaría pensando que se le estaba yendo de las manos. Pero en lugar de ver dudas o pánico en su rostro, se limitó a mirarlo desafiante. Estaba esperando a que Pedro se rajara. Él nunca se había rajado en su vida.


—Hazlo —declaró con decisión.


La única reacción de Mario fue un ligero movimiento de las cejas.


—¿Cuándo quieren celebrar la ceremonia?


—Ahora mismo sería estupendo —Pedro le guiñó un ojo a Paula—, pero entiendo que no es razonable, así que lo antes posible. Si se puede acelerar, hágalo. El dinero no es problema si hay que untar algunas manos.


—Me pondré a ello —Mario sacó el teléfono del bolsillo.


—¿Una copa mientras esperamos? —sugirió Pedro a Paula.


—Champán estaría bien —volvió la sonrisa beatífica.


Se miraron fijamente, brindaron el uno por el otro y bebieron cada uno la mitad de su copa. «Vamos, Paula, rájate», la instó él mentalmente. «Sabes que ninguno de los dos seguirá con esta farsa».

Venganza Y Seducción: Capítulo 37

 —Sí.


—Pues acepto.


—¿Qué aceptas?


—Tu proposición.


—¿Disculpa?


—Tu propuesta de matrimonio —él dió un paso adelante y la empujó casi quemó sus retinas—. Acepto.


-No puedes hablar en serio —exclamó ella, incrédula—. ¿Quieres casarte conmigo solo para acostarte conmigo?


—¿Por qué no? Nos estamos divirtiendo, ¿Verdad? ¿Qué puede ser más divertido que casarse? —Pedro le tocó un pecho. Dio, qué agradable sensación. Se casaría con ella solo por sentir ese pecho desnudo—. Vamos, Paula —la animó, deslizando la mano hasta la nuca—, ¿Qué es vivir sino arriesgarse? Casémonos y pasemos el resto del tiempo en el Caribe practicando sexo salvaje.


Paula sabía que estaba jugando con ella, a pesar del estremecimiento de necesidad que palpitaba en su pelvis ante la idea no deseada de dar rienda suelta a cada necesidad depravada que había estallado por él. No era más que una táctica para llevársela a la cama. Fingir querer casarse con ella para desnudarla. Ese hombre era un mayor obseso sexual de lo que había imaginado. Saber que todo era un juego lo hizo más soportable. Ni siquiera tuvo que fingir la risa ante el absurdo giro de la conversación.


—Estaría dispuesta, pero me temo que necesitaré casarme antes de practicar ese sexo salvaje que prometes. Así que, a menos que se te ocurra un modo de hacerlo antes de marcharnos de aquí… —se encogió de hombros, fingiendo decepción.


—El capitán —anunció él.


—¿Qué pasa con él?


—Algunos capitanes de barco pueden oficiar bodas. Si el tuyo tiene los poderes necesarios, puede casarnos. ¿Los tiene?


—No lo sé.


—Preguntémosle —Pedro deslizó las manos por los delgados y dorados brazos—. Supongo que llevarás el pasaporte a bordo.


—Está en mi camarote… Qué pena que tú no tengas el tuyo —añadió Paula con fingida desilusión.


—Sí lo tengo —anunció él triunfante—. Siempre lo llevo conmigo.


—Entonces iré a buscar el mío —al parecer quería alargar este absurdo juego.


Paula sacó su pasaporte del bolso, descolgó el teléfono del camarote, que conectaba con todas las partes del yate, y sonrió beatíficamente a Pedro.


—¿Lo llamo entonces?


—Dile que se reúna con nosotros en el salón —Pedro asintió divertido.

Venganza Y Seducción: Capítulo 36

Esa vez, sin embargo, fue Paula la que mantuvo la cabeza fría, despegando su boca y apartándolo.


—No puedo hacerlo —graznó, respirando con dificultad.


—¿Hacer qué?


—Esto. Pedro… —apretó con fuerza una mano contra su pecho—. Yo…


—¿Tú qué? —la animó él. 


¿Iba a confesar? ¿O se guardaba algo más en la manga? Los ojos azul oscuro se clavaron en los de él con algo parecido a la desesperación.


—Me estoy reservando para el matrimonio.


En cuanto las palabras salieron de su boca, Paula deseó poder retirarlas. No tenía ni idea de dónde habían salido. Claro que no se estaba reservando para el matrimonio, ¡No era ninguna puritana! Pero estaba asustada. Aterrorizada por la facilidad con la que su cuerpo anulaba su cordura cuando se trataba de Pedro. Por lo intensamente que lo deseaba. Y, aunque sus palabras eran mentira, la calmó un poco saber que harían retroceder al Pedro Alfonso, alérgico al compromiso. Mirándolo a los sorprendidos ojos, decidió que cuando todo terminara, iba a buscarse un novio. Y obligaría a Delfina a hacer lo mismo. Los primos Alfonso ya habían detenido bastante sus vidas. Si Pedro y su odioso primo no les hubieran arruinado la vida, habrían crecido como cualquier adolescente, echándose novio y saliendo de fiesta, sin intentar desesperadamente salvar a su padre de sí mismo, y luego a su madre, y todo mientras trabajaban para poder hundir a los hombres que habían destrozado sus vidas. Él le había impedido formar los vínculos emocionales y sexuales que otras mujeres de veintitrés años daban por sentados. Otra cosa por la que odiarlo y culparlo. Su aversión aumentó cuando el asombro de Pedro se disipó y en sus ojos diabólicos brilló ese odioso destello.


—¿Te estás reservando para el matrimonio, bella?


—Sí, siento si eso te decepciona —Paula alzó la barbilla.


Él se encogió de hombros con la despreocupación que ella buscaba y cruzó los brazos sobre su torso desnudo. El muy canalla probablemente se había quitado el polo a propósito.


—¿Por qué iba a decepcionarme? Hay otras formas de compartir el placer.


Oh, Dios, ¿Tenía que decir «Placer», de forma tan obscena?


—Pensé que podrías haber albergado… Expectativas que, admito, he alimentado —no podía negarlo—. Me atraes mucho, Pedro —consiguió sonreír—, como ya habrás notado.


—A mí también me gustas mucho.


—Y sé que te he animado. Me gustaste desde que te conocí, y pensé que podrías ser la persona por la que dejaría de lado mi moralidad, pero es demasiado fuerte. No puedo entregarme a tí sin un anillo en el dedo. Lo siento.


—No hace falta que te disculpes —Pedro sonrió—. Si tienes principios, debes cumplirlos.


—Gracias por entenderlo.


—Lo entiendo perfectamente. ¿Solo habrá sexo si me caso contigo?

lunes, 16 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 35

Paula parecía evitar su mirada. Pedro sabía que lo estaba evitando, y sabía perfectamente por qué. Al embarcarse en su misión para destruirlo, no había contado con que acabaría deseándolo, sin tener que fingirlo. Debía de estar matándola. Bien. Que sufriera, atrapada en su propia telaraña. Eso sí, debía felicitarla por cómo se las había ingeniado para hacerle pasar la noche allí y por promesas que no lo eran. Promesas de lo que podría ser… Aunque solo tal vez. ¿Creía que podría resistirse a la química entre ellos durante el tiempo que pretendía retenerlo?


—Voy a prepararme para cenar —concluyó ella—. Te veré dentro de una hora.


Antes de que pudiera salir corriendo, él se quitó el polo y lo dejó caer al suelo. Paula vaciló, deslizando su mirada sobre el torso antes de encontrarse con sus ojos. Pobrecilla. No tenía ni idea de lo expresivos que eran sus ojos, de cómo reflejaban su deseo. Pedro se acercó a ella, enlazando los dedos con los suyos, levantándole los brazos y atrapándola contra la pared. Respiraba entrecortadamente y ese delicioso rubor teñía sus mejillas.


—¿Nos duchamos antes? —murmuró él.


—Una oferta muy generosa —contestó ella con voz ronca, tragando nerviosamente—, pero a juzgar por tu tamaño, acapararás toda el agua.


—Puedo ser generoso, bella —Pedro deslizó los labios hasta su cuello y le pasó la lengua por la piel delicada y tóxicamente dulce, disfrutando con el estremecimiento que le provocó—. Antes de despedirnos, te habré demostrado lo generoso que puedo llegar a ser.


—Tu confianza es asombrosa —observó Paula. Solo el temblor de su voz delató que su despreocupación era una fachada.


Soltándole las manos, él hundió los dedos en su pelo y bajó por su cuello hasta tocar un pecho pequeño y turgente. Una descarga eléctrica los atravesó, y  juraría haberla oído crepitar.


—Dio, qué sexy eres —murmuró antes de besarla. 


Su excitación, un estado semipermanente desde el primer beso en la piscina, volvió a su máximo esplendor con el primer movimiento de la lengua de ella contra la suya, y cuando ella le agarró la cabeza y sus dedos se hundieron en su pelo, la intención de simplemente tontear quedó olvidada cuando el calor que Paula le provocaba se desató con toda su fuerza, abrasándolo desde la entrepierna hasta cada rincón de su cuerpo. Nunca había deseado a nadie como a Paula Chaves.

Venganza Y Seducción: Capítulo 34

 —Sí —abofeteándose mentalmente por su desliz, Paula se removió en su asiento y rápidamente cambió de tema, pasando a la siguiente fase de mantener a Pedro distraído y preferiblemente incomunicado mientras Delfina culminaba la destrucción de los primos Alfonso—. Estamos demasiado lejos de ninguna isla para atracar antes de que anochezca. Podemos fondear en el mar.


—¿Me estás invitando a pasar la noche contigo? —Pedro parpadeó ante el cambio de tema y sonrió.


—Te invito a que pases la noche en el yate. No conmigo —jamás. Por mucho que ardiera por él.


—¿Te haces la dura? —los ojos de él brillaron.


—Nada bueno es fácil de conseguir —replicó ella con dulzura. 


No solo tenía que hacerse la dura, necesitaba construir una fortaleza de hormigón para hacerse inmune a él.


—Esa es una verdad por la que brindaré con gusto —Pedro levantó su vaso.


—¿Entonces qué dices? —preguntó Paula.


—¿Sobre pasar la noche aquí?


—Todos los camarotes están arreglados —ella asintió. 


Si decía que no, pasaría al plan B y ordenaría al capitán que fingiera problemas con el motor.


—Como acabas de decir que estamos demasiado lejos para atracar esta noche, no tengo otra opción que quedarme a bordo.


—Siempre puedes nadar.


Pedro rió. Paula odiaba ese sonido, un bálsamo para sus oídos, y odiaba cómo iluminaba su rostro.


—Soy buen nadador, pero como he dicho, no soy ningún superhéroe.


—Podrías robar una de las motos acuáticas —con suerte, se caería.


Pero incluso mientras lo pensaba, una punzada de pánico le mordisqueó el corazón ante la perspectiva de caer al mar sin siquiera un chaleco salvavidas, y rápidamente lo borró de su mente.


—Escapar en una moto o pasar la noche con la mujer más bella del Caribe —él fingió meditarlo—. Difícil elección.


—Pasar la noche en un yate con… No en la cama con —insistió ella.


—Me conformaré con la esperanza —él suspiró burlonamente.


—¿Te quedarás?


—Créeme, bella —la mirada de Pedro taladró su pelvis—. No voy a ninguna parte.



—Bonito camarote —observó él al cruzar la puerta. 


Se había preguntado en qué camarote lo instalaría, seguro de que estaría tentada de ofrecerle el más pequeño, aunque ninguno lo era. A Pedro le encantaban las fiestas y era un gran anfitrión. Lo último que quería era que algún invitado se sintiera menospreciado por un alojamiento inferior. La primera noche en su nuevo yate la pasaría en el tercer mejor camarote, la suite principal estaba cerrada con llave y el segundo mejor era el de Issy. Aun así, era espacioso y tenía una cama de matrimonio de tamaño respetable. Solía dormir en una cama emperador, pero para una noche serviría.


—Hay artículos de tocador en el cuarto de baño, y albornoces en el armario —explicó ella.


Venganza Y Seducción: Capítulo 33

 —Has dicho, «Como era entonces». Antes mencionaste que estaba en rehabilitación —él se echó hacia atrás—. ¿Me permites preguntar por qué?


Lentamente, Paula bajó la cara y se encontró con la mirada de Pedro. Mientras buscaba infructuosamente su teléfono, y se lavaba la sal de la piel, había aprovechado, lejos de él, para centrarse. Delfina y ella habían pasado diez años trabajando para llegar a ese punto. No podía tirarlo por la borda por un cuadro severo de problemas hormonales por culpa del bastardo al que deseaba desesperadamente hundir. Y uno de los motivos era su madre. Porque una de las muchas consecuencias de que Gianni destruyera su vida había sido perder a su madre tal como era. Alejandra Chaves estaba viva solo porque su corazón todavía bombeaba sangre.


—Tiene muchos problemas. El principal es la droga.


—¿Tu madre es drogadicta?


«Sí, bastardo. Por tu culpa».


—No es una yonqui en el sentido tradicional. No se pincha, aunque solo porque tiene fobia a las agujas. Suelen ser fármacos con receta que le entregan cómodamente en casa, ahora los camellos ofrecen servicio a domicilio. Básicamente, toma cualquier cosa que le impida pensar o sentir que le impidiera recordar lo que había perdido.


Hubo un destello en los ojos de Pedro y ella tuvo la sensación de que sopesaba si creerla o no.


—¿Cuánto tiempo lleva así?


—Si no te importa, prefiero no estropear este hermoso día hablando de ello —no con el causante de todo. 


No cuando era poco probable que pudiera hablar sin empezar a gritar y lanzarle cualquier cosa que tuviera a mano. Ya era bastante difícil mantener su personaje tal y como estaban las cosas, con todos los horribles, «Maravillosos», sentimientos que él había desatado en su cuerpo. Se había sentado deliberadamente en otro sofá, pero la tormenta de su interior era tan fuerte como si se hubiese acurrucado en su regazo. No necesitaba tocarla para que ella lo deseara. Le bastaba con mirarla y, por primera vez, Paula sintió una punzada de compasión por todas las mujeres que habían caído bajo su hechizo antes que ella. Durante años había supuesto que solo querían de él su dinero y el glamour de su estilo de vida, pero, al parecer, había mucho más. No era de extrañar que Pedro dejara un rastro de corazones rotos a su paso.


—Lo respeto —habló él tras una larga pausa—, pero si te preocupa que no pueda ponerse en contacto contigo, podemos llamar al centro de rehabilitación y darles mi número por si necesitan hablar contigo.


Paula odió la punzada en el pecho y el vientre ante la sincera oferta. ¡Su madre estaba en rehabilitación por su culpa!


—No —ella sacudió la cabeza—. Si hay algún problema, pueden llamar a mi hermana. Me preocupa más que Delfina no pueda localizarme. No recuerdo su número de teléfono ni su e-mail.


—¿Delfina es tu hermana?

Venganza Y Seducción: Capítulo 32

A pesar de la mala recepción, el mensaje había llegado. Pedro sintió aflojarse un poco la opresión en el pecho.


—Estaré ilocalizable durante un tiempo, pero te enviaré un mensaje cuando sepa qué sucede.


—Lo mismo digo.


Pedro colgó el teléfono y respiró aliviado. Su primo era como un misil humano cuando se trataba de derribar objetivos. Delfina Chaves no tenía ninguna posibilidad. Fuera lo que fuese lo que ella y su hermana hubieran planeado contra ellos, fracasaría. Pero todavía estaba Paula. Los mensajes que había leído sugerían que su único trabajo era distraerlo mientras Delfina hacía el trabajo sucio, pero a saber qué planes habían urdido cara a cara. Cuando ella regresó, vestida con un chaleco negro de tirantes sobre un bikini negro, unos minúsculos pantalones cortos vaqueros, y sus grandes gafas de sol cubriéndole la cara, él supo que lo único que podía hacer era llevarla a St. Lovells. En esa época del año había demasiados yates en el mar, demasiadas formas de escapar y ponerse a salvo. En St. Lovells no tendría escapatoria.


—¿Encontraste tu teléfono? —le preguntó.


—No tengo ni idea de dónde está —ella sacudió la cabeza.


—Ya aparecerá.


—Eso espero —Paula se dejó caer en el sofá frente al suyo.


—Puedes usar el mío —Pedro le tendió el teléfono—. Está cargado.


—Gracias, pero no sé el número de ninguno de mis contactos —ella se encogió de hombros—. Es la maldición de la época en que vivimos. Ya no necesitamos memorizar números de teléfono.


—¿Pretendes usar tu teléfono para hacer una llamada? —preguntó él con fingido estupor.


—Lo sé —Paula soltó una carcajada—. Usar un teléfono para llamar a la gente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Usar la televisión para ver la televisión?


—Ahí te has pasado.


—Cuando era pequeña —Paula levantó el rostro hacia el cielo y suspiró—, mi madre tenía una de esas agendas en las que se podía escribir el nombre de alguien, su dirección y su número de teléfono.


—Las conozco —contestó él secamente. Su abuela había tenido una llena de nombres y trozos de papel con números garabateados—. Algunas personas aún las utilizan.


—¿De verdad? Solía reírme de mamá, y me parecía tronchante que se supiera de memoria el número de teléfono de su infancia. Algo anticuado e innecesario cuando todo se puede guardar en el teléfono. Mi teléfono aparecerá y, si no lo hace, podré comprarme otro y recuperar todos mis datos, pero me imagino a mi madre, como era entonces, riéndose de mí por confiar en la tecnología cuando, a la antigua usanza, habría sido más probable que lo tuviera almacenado en mi cerebro.

Venganza Y Seducción: Capítulo 31

Paula no sabía cómo lograba evitar que le fallaran las piernas, y cuando miró por encima del hombro y vió aparecer la cabeza de Pedro junto a la barandilla, su corazón se inflamó dolorosamente y la realidad de que aquello la sobrepasaba la abofeteó en la cara. Necesitaba enviar un mensaje a Delfina para que acelerara la firma de los contratos. No podía seguir con el juego mucho más. Tenía que alejarse de Pedro. Era demasiado. Toda la preparación del mundo no le habría servido para seducir a un hombre cuando el hombre en cuestión le despertaba sentimientos que nunca había experimentado. Era ella la seducida allí. Acelerando el paso, redactó mentalmente el mensaje que enviaría a su hermana, llegó a la mesa sobre la que había dejado sus cosas, pero… El teléfono había desaparecido.



-¿Sucede algo? —preguntó Pedro, sin entender por qué la ansiedad de Paula le encogía el corazón.


—No encuentro mi teléfono.


Normal. Había ordenado a la tripulación que lo escondieran en su camarote, el único espacio del yate cerrado y fuera del alcance de Paula. Se lo devolvería cuando todo terminara.


—No puede estar muy lejos —aseguró él—. ¿Dónde lo tuviste por última vez?


—Aquí mismo. Lo dejé sobre esta mesa.


Pedro consultó la hora. En Londres serían las diez de la noche. La reunión sobre el proyecto Aurora habría terminado hacía horas. Lo sucedido entre Paula y él no podía distraerlo de su obligación. Se había deshecho del teléfono de ella para que no pudiera ponerse en contacto con su hermana. La nueva prioridad era advertir a Ezequiel.


—Pregunta a la tripulación —sugirió—. Quizás alguno se lo llevó para cargarlo, o al recoger la mesa.


—Buena idea —Paula se mordió el labio.


—Si no lo tienen, registra tu camarote por si lo dejaron allí y se olvidaron de decírtelo.


Ella volvió a asentir y se apresuró a entrar, olvidándose de contonear seductoramente las caderas. Por alguna razón, eso también hizo que el corazón de Pedro se encogiera. Apartando los extraños sentimientos que lo invadían, le pidió a Mara, el teléfono. Inmediatamente lo encendió y llamó a su primo.


—Pedro, ¿Cómo…? —sonó la voz de Ezequiel.


—Eze, escucha, no tengo mucho tiempo.


—Bueno, pero ¿Qué…?


—Delfina Chaves—interrumpió él—, es la hija de Miguel Chaves.


—¿Cómo? No te oigo bien.


—Delfina Chaves es una espía. Ha estado trabajando con su hermana para destruirnos.


—¿Delfina Chaves? —la incredulidad de Ezequiel era evidente.


—¡Sí! ¡Chaves! El proyecto Aurora está comprometido. Y escucha, ella afirma haber encontrado alguna prueba de corrupción.


—¿Corrupción? ¿Qué corrupción?


—No lo sé, pero según los mensajes que he leído, Delfina Chaves ha encontrado pruebas de corrupción contra nosotros. Estoy en el Caribe con su hermana. Voy a mantenerla aislada y evitar que se comunique con alguien que pueda causar más daño. ¿Te ocuparás de Delfina? Esto hay que cortarlo de raíz y minimizar los daños inmediatamente.


—Considéralo hecho —contestó Ezequiel, con voz grave.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 30

Por humillante que hubiese sido su reacción, debía verlo desde un punto de vista positivo. Pero, sobre todo, debía cuidarse de que el deseo por él volviera a dominarla. Tomarlo como una advertencia para mantener siempre la guardia alta. Pedro, respirando entrecortadamente, estudió el rostro enrojecido de Paula. La cabeza le daba vueltas. El beso en la piscina lo había vuelto loco, pero ese había estado a punto de volarle la cabeza. Y apenas había pasado nada. Aún no había probado más que su boca. Nunca antes había experimentado un deseo tan desenfrenado. Dio, nunca había sentido un dolor así en sus partes. Le ardían. Quería continuar lo que habían empezado. La unión de sus bocas había desatado un infierno. Al darse cuenta de lo que le sucedía a Paula… No se lo había podido creer. Pero era real. Paula había llegado al clímax. Por la respiración agitada y sus ojos aún entrecerrados, supuso que había sido un shock tan grande para ella como para él. E igual de chocante lo cerca que había estado él también. ¿Qué demonios le pasaba? Tenía treinta y dos años. Desde adolescente había aprendido a controlar sus reacciones corporales ante las mujeres hermosas. Se enorgullecía de su control, pero sabía que, unos segundos más lo habrían llevado al límite a él también. Paula era hermosa y sexy, como muchas otras mujeres. Nunca había estado tan cerca de perder el control. Ella abrió los ojos. Tras un momento de vacilación, se clavaron en los suyos. El corazón de Pedro golpeó con fuerza sus costillas.


—Necesito una copa —declaró ella con una sonrisa perezosa—. Volvamos.


—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó él incrédulo.


—Tengo sed —Paula rió y lo empujó para echarse a un lado.


Pedro abrió la boca y sacudió la cabeza. Esa mujer era increíble. Volvió a sacudir la cabeza al verla agarrarse a una de las asas del hinchable y hundirse en el agua.


—¿Llegas? —preguntó ella, señalando el asa.


—Ojalá —él rio a pesar del dolor en la entrepierna.


—Tendrás que desearlo con más fuerza —ella le guiñó un ojo.


Antes de que él pudiera responder, Paula nadó el metro que la separaba de los escalones desplegados por la tripulación. Aunque el mar estaba cálido, el cuerpo de Pedro estaba tan caliente que, cuando la siguió, fue como sumergirse en un baño helado. Y lo agradeció. Estaba tan excitado como un adolescente, y mientras la veía subir a cubierta, solo podía pensar en arrancar ese pedazo de tela que cubría las partes más femeninas y poseerla hasta que ninguno pudiera mantenerse en pie.

Venganza Y Seducción: Capítulo 29

«Dios, ¿No sabías lo hombre que era?», pensó Paula mientras la lava ardiente fluía por sus venas. Las sensaciones que Pedro despertaba eran tan extrañas, una voraz necesidad que solo su tacto y su boca saciaban, que ni pensó en resistirse. Ella se sumergió en las llamas del deseo. Sus besos eran duros y exigentes, devorando bocas y lenguas, un torbellino sensorial que le hacía apretarse contra él. Deslizando los dedos por la espalda lisa y musculosa de Pedro, saboreó los gemidos que le arrancó y lo besó aún más intensamente, apartando su boca solo para jadear ante la impresión que sintió cuando el peso y la longitud de su erección sobresalieron del bañador y se clavaron en el trozo de tela que cubría sus partes más íntimas. Instintivamente, ella rodeó su cintura con las piernas y levantó las caderas. No sabía si el movimiento de vaivén era cosa de ellos, o si el oleaje del agua bajo el hinchable era la causa, ni le importaba. Una espiral ardiente se había enrollado con fuerza en su feminidad y palpitaba con una necesidad desesperada de alivio. Ella se agarró aún más fuerte, besándolo con pasión mientras la gruesa dureza empujaba contra su protuberancia hinchada y… La espiral se soltó sin previo aviso. Un momento estaba meciéndose contra él, presa de las emociones más celestiales que hubiera experimentado jamás, y al siguiente estalló, e incluso mientras las inesperadas explosiones de su primer clímax palpitaban en su interior, siguió aferrada a Pedro, desesperada por mantener el contacto y prolongar aquel momento tan increíble.


Solo cuando los espasmos remitieron y Paula comprendió que Pedro se había parado, regresó a tierra con un golpe seco. En un instante, la experiencia más gloriosa de su vida acabó y la cordura se abatió sobre ella como un cubo de hielo volcado sobre su cabeza. ¿Qué acababa de pasar? Apretó los ojos y deseó que se abriera un agujero en el hinchable para hundirse y no volver a salir. Era terrible. Espantoso. Intentó respirar. Intentó pensar. Luego intentó no pensar, porque incluso mientras las últimas sacudidas la abandonaban, comprendió que acababa de comportarse del modo más escandaloso, indecente y vergonzoso. Y todo sin quitarse el bikini, sin que él la tocara… Ahí. El peso que la aplastaba se levantó lentamente, pero solo el físico. Sentía la mirada de Pedro clavada en ella. ¿Qué pensaría de ella? No debería importarle lo que pensara de ella. Tenía que salir de aquello y, al comprenderlo, el camino menos humillante se abrió ante ella. Solo tenía que volver a meterse en su personaje. Era impensable que a ninguna de sus anteriores amantes les hubiera importado parecerle lasciva. Lo que él quería era, precisamente, lascivia.

Venganza Y Seducción: Capítulo 28

Había querido salvarla, a ella y a su tía, de sus maridos. Ezequiel también. Con la muerte de su abuela paterna, la matriarca de la familia, había desaparecido el freno a su crueldad. Ni Pedro ni Ezequiel habían comprendido hasta qué punto su nonna había frenado la maldad de sus hijos. Su muerte la había desatado hasta un grado aterrador. A los ocho años creía que haría falta un superhéroe para impedir que su padre usara los puños contra su madre y él. También anhelaba tener dinero para huir a un lugar seguro. Pero su madre se había salvado a sí misma. Cuando él tenía nueve años, había despertado una mañana y ya no estaba. No había vuelto a verla. Naturalmente, había sido un momento angustioso, pero lo había superado. A los doce años, los primos habían ideado un plan para marcharse. Había poco espacio para que el adolescente Pedro pensara en su madre, o se enfrentara a la angustia de cómo había podido abandonarlo. Hacía tanto tiempo que no se permitía recordar aquella angustia, que pensar en ella de repente le resultó desconcertante. Nunca se permitía sentir dolor emocional. Solo amaba y confiaba en Ezequiel. Esa hermosa mujer que lo miraba con ojos ardientes de deseo era veneno. Si se salía con la suya, podría destruirlo igual que su madre. Aunque no emocionalmente. Tratándose de su corazón, ella no podía tocarlo. Nadie podía. Las intenciones de Paula no lograban sofocar la atracción entre ellos. Pedro quería volver a saborear sus labios venenosos y, cuando ella cerró los dedos finalmente en torno a sus caderas, clavándose en su bañador, su deseo se desbocó, perdido en la hermosa toxicidad.


—Tendremos que conseguirte un bañador rojo de socorrista — murmuró ella, la boca tan cerca de la de él que lo impregnó con su aliento dulcemente tóxico—, y un tablón de esos.


Lo que ella no sabía era que su veneno solo funcionaba a un nivel básico con él, aunque a ese nivel fuera más fuerte que cualquier otro deseo que hubiera experimentado jamás. Deslizó la mano por su espalda, le agarró las nalgas y las apretó contra él, haciéndole sentir la fuerza de su erección.


—¿Un tablón?


—Ya sabes, eso que los socorristas llevan bajo el brazo cuando corren para salvar a alguien de ahogarse —ella respiró entrecortadamente, sus ojos estaban vidriosos.


—¿Te refieres a un flotador? —él rozó con la boca los tóxicamente dulces labios.


El hermoso rostro se sonrojó, y emitió un sonido por la nariz, que él supuso que era una risotada.


—Probablemente. Te enviaré uno por tu cumpleaños.


Pedro se pegó más a ella, disfrutando de la apenas perceptible sacudida que la recorrió y de la presión de sus dedos sobre sus caderas.


—¿Y si tengo que volver a salvarte antes de mi cumpleaños?


Los ojos de Paula estaban tan oscuros y nublados de deseo que él veía sus esfuerzos por mantener el control.


—Tendrás que volver a usar tus poderes de superhéroe.


—No soy un superhéroe, bella, solo un hombre —un hombre hambriento por saborear de nuevo los labios venenosos de Paula.


Finalmente, Pedro fundió su boca con la de ella, rodó sobre ella y se hundió en el embriagador placer de su boca.

Venganza Y Seducción: Capítulo 27

«Podría haberme ahogado», comprendió Paula, estremeciéndose al sentir su mano y la proximidad de sus cuerpos. Pedro podría haberse limitado a dejarla chapotear hasta que el cansancio la venciera. Si hubiera sabido quién era en realidad, probablemente la habría ayudado a ahogarse. Qué ridículo había hecho. Le ardían las mejillas al pensar en cómo había entrado en pánico a la misma velocidad a la que se había precipitado, sacudiéndose como una loca al aterrizar. El calor se intensificó al recordar cómo el miedo la había abandonado en cuanto él la había agarrado. No se había aferrado a él con tanta fuerza por miedo a ahogarse, sino porque su cuerpo había equiparado instintivamente a Pedro, el hombre que le había destrozado lavida, con la seguridad. La ironía le hizo soltar una carcajada, mientras crecía su deseo de volver a abrazarlo.


—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó él, acercándose lo suficiente como para que las puntas de sus narices se tocaran.


Ella buscó una respuesta plausible en su cerebro aturdido, porque no eran solo sus narices las que se tocaban. Sus pezones habían rozado el pecho de él y, en un instante, su consciencia se había convertido en llamas.


—Estoy pensando en lo poco digna que debí parecer al caer al agua.


—Fue uno de esos momentos en los que desearías tener una cámara de vídeo —en los labios que tanto placer le habían proporcionado se dibujó un gesto de diversión.


Paula rió. Por mucho que lo despreciara, Pedro tenía un ingenio que la divertía, y por eso lo odió aún más. Detestaba todo de él, especialmente que fuera el hombre más sexy que pisaba la tierra y que ella estuviera prácticamente derritiéndose de ganas de que su mano explorara su cuerpo. Deseaba que la tocara. Le apetecía. No había otra excusa. Deseaba al diablo.


—No puedo creer que me entrara el pánico —aseguró ella, luchando por aclarar sus pensamientos. 


No podía dejar que las traicioneras reacciones de su cuerpo la dominaran, no cuando había tanto en juego. Habiéndose vendido como una chica fiestera y amante de los deportes acuáticos, no podía permitir que Pedro creyera que odiaba las aguas profundas.


—Son cosas que pasan —Pedro sonrió con una indolencia que desmentía el calor de su mirada.


Paula temía el daño que le había producido. Porque el calor de su aliento rozándole la boca y su pulgar dibujando círculos en su cadera la inflamaban aún más. Sentía un doloroso deseo de levantar su pelvis hasta que la ingle se pegara a la de él, insoportablemente intensa.


—¿Has salvado a muchas mujeres desvalidas? —preguntó ella, intentando impregnar su voz de una despreocupada jovialidad, aunque sonó jadeante.


—Tú eres la única con la que he tenido éxito —respondió Pedro y, mientras sus dedos aferraban con más fuerza la deliciosa cadera de Paula, sus pensamientos se desviaron hacia su madre.

Venganza Y Seducción: Capítulo 26

La diversión de Pedro ante la espectacularmente poco agraciada forma en que Paula daba volteretas en el aire antes de caer al agua se desvaneció cuando resurgió agitando los brazos aterrada. Sin dudarlo, se lanzó hacia ella. En cuanto le pasó un brazo por la cintura, ella le echó los brazos al cuello y se aferró a él como una lapa.


—Tranquila —protestó él, al sentir que iba a hundirlo—. Te tengo. Relájate.


El pelo rubio le salpicaba la cara y sus ojos azul oscuro se clavaron en los de él.


—¿Estás bien?


Ella asintió.


—Bien —Pedro la besó suavemente—. ¿Podrás nadar hasta el hinchable?


Todavía agarrada a él, Issy giró la cabeza para medir la distancia. Estaba a unos diez metros, pero por su expresión, tanto daría que estuviera a diez kilómetros.


—Agárrate a mi espalda. Nadaremos hasta él.


Ella se giró hasta agarrarse a su espalda como una cría de orangután a su madre.


—Por muy agradable que sea la sensación de tus piernas rodeándome, tienes que soltarme un poco para que pueda nadar —espetó él—. Confía en mí. Te tengo.


La idea de Paula de soltar difería mucho de la de Pedro, pero bastó para que él pudiera moverse. La vida tenía giros inesperados, pensó él mientras se dirigía con decisión hacia el hinchable. Paula Chaves quería destruirlo, pero se aferraba a él como si fuera su balsa salvavidas personal. Si hubiera sucedido dos horas antes, cuando había descubierto su verdadera identidad, habría estado tentado de dejar que se ahogara. Casi gruñó en voz alta ante la mentira de su pensamiento. Planeaba hacer sufrir a Paula Chaves por el infierno que pretendía desatar sobre él, pero no se extendía al daño físico. Cuando llegaron al hinchable, la ayudó a arrastrarse sobre él y subió a su lado. Paula estaba tumbada boca arriba, la mirada fija en el cielo, respirando agitadamente.


—¿Estás mejor? —Pedro se tumbó a su lado y le acarició un pómulo.


—Gracias por rescatarme —ella cerró los ojos antes de girarse sobre un costado y mirarlo a los ojos.


—Un placer —murmuró él.


—¿Un placer? Casi te ahogo.


—Bella, eres la mitad que yo. No podrías haberme ahogado, aunque lo hubieras intentado.


Salvo quizás con su mirada. Era como contemplar una piscina profunda e hipnotizante. Dio, incluso medio ahogada, y con casi todo el maquillaje borrado, excepto donde se le había corrido el rímel bajo los ojos, estaba deslumbrante. El deseo se agitó dentro de él. Acercó su cara a la de ella y le puso una mano en la cadera. Tenía la piel increíblemente suave al tacto.

lunes, 9 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 25

Una punzada atravesó el pecho de Paula. ¡No debería importarle! ¿Acaso no era la prueba de que todo el dinero que Delfina y ella habían ahorrado durante años para convertir a Paula en la idea que tenía Pedro de la perfección había funcionado? Debería sentirse contenta, no desolada, porque él jamás miraría a la auténtica Paula y, desde luego, nunca la consideraría perfecta. ¿Qué importaba lo que él pensara? En cuanto el trato estuviera firmado, ella desaparecería de su vida y no volvería a verlo jamás.


Por primera vez, Pedro vió apagarse el brillo en los ojos de Paula. Regresó en cuestión de segundos, pero él se preguntó qué lo había causado… Y por qué demonios le importaba.


—Las damas primero —consciente de que su excitación aumentaba, la soltó, dió un paso atrás y señaló el tobogán.


—La edad antes que la belleza —ella sonrió dulcemente.


Pedro rió. Sería una tentadora confabuladora empeñada en destruirlo, pero le divertía. Hacía mucho que no disfrutaba tanto de la compañía de una mujer, de cualquiera, para ser más precisos, Impulsivamente, le tomó el rostro y la besó apasionadamente en la boca. Dio, qué bien sabía.


—Ya que estoy a tu merced, dispuesto a cumplir todos tus deseos, te haré los honores —él subió los tres escalones hasta la cima del tobogán, se sentó, y se dejó caer.


Paula se asomó a la barandilla y observó la enorme salpicadura que se produjo al caer. Sintió un nudo de ansiedad cuando no emergió inmediatamente, pero de repente apareció la oscura cabeza y, un sonriente rostro se levantó hacia ella. Era su turno. Rajarse haría que él sospechara, y no podía permitírselo. Recordó una época en la que un parque acuático había sido el colmo de la diversión, y tirarse por toboganes de todas las formas y tamaños la mayor emoción de su vida. Pero esos toboganes acababan en piscinas, y había un montón de socorristas vigilando. «¡No seas cobarde!». Decidió no pensar en lo que estaba a punto de hacer, subió los tres escalones, saludó a Pedro, que nadaba a una distancia prudencial de la zona de sumergirse, se sentó y se dejó caer. Era exactamente como imaginaba una caída libre. También mucho más rápido de lo que había previsto, ya que el agua que caía por el tobogán como lubricante la precipitó con tanta rapidez que no tuvo tiempo de prepararse para la inmersión. Voló por los aires antes de estrellarse en el mar con un grito. El agua salada le entró por la nariz y la boca abierta mientras se hundía en las profundidades.

Venganza Y Seducción: Capítulo 24

Paula contempló el tobogán que la tripulación acababa de inflar. Fijado a la cubierta superior, caía directamente al mar, recordándole a una versión más alta y estrecha del tobogán de emergencia de un avión. También un hinchable gigante cuadrado, para unas diez personas, atado al yate. No era buena nadadora. Había pasado los veranos de su infancia en la piscina de su casa italiana, pero de eso hacía ya mucho tiempo y, hasta ese día, no había vuelto a meterse en una piscina. Ni siquiera de niña le había interesado nadar, prefiriendo chapotear e irritar a su hermana lanzándole pelotas de playa a la cabeza. Además, la piscina tenía un fondo definible. No se atrevió a preguntarle al capitán qué profundidad tenía el agua donde habían fondeado.


—¿Preparada? —preguntó Pedro con su sonrisa diabólica.


—Te echo una carrera —recordándose a sí misma que se suponía que era una intrépida fiestera, Paula le devolvió la sonrisa.


Antes de que Pedro reaccionara, Paula subió hasta la siguiente cubierta. Lo bueno de haberse esforzado tanto para esculpir su cuerpo era que se había puesto en forma. Famélica, pero en forma. Y había saltado los primeros escalones antes de que él los alcanzara. Riendo, subió el segundo tramo a la siguiente cubierta, conservando su ventaja también en el tercer y último tramo… Pero en cuanto puso el pie en la cubierta superior, un fuerte brazo le rodeó la cintura y la levantó en el aire. Agitando las piernas, Paula gritó, mitad de risa, mitad de miedo. No lo había oído acercarse. Pedro la llevó hasta el tobogán como si no pesara nada y, cuando la bajó, la diferencia de tamaño entre ambos, la golpeó con crudeza. Ese hombre podría partirla en dos sin esfuerzo. La sensación de peligro volvió a invadirla, aunque no tenía nada que ver con su envergadura. Él nunca usaría su físico para hacerle daño.


—Eres diminuta —él parpadeó y sacudió la cabeza.


Paula sintió que le ardía la cara. A Pedro le gustaban las mujeres altas y de piernas largas. Nunca había tenido una amante que midiera menos de un metro setenta.


—Vives a gran altura —Pedro sujetó la barbilla de Paula—, pero eres diminuta.


—No se lo digas a nadie —ella le puso un dedo en los labios—. Es un secreto.


Él la miró fijamente unos segundos antes de soltar una carcajada. El sonido era tan contagioso que Paula no pudo evitar que se le escapara la risa, y cuando él la tomó por la cintura y la levantó en el aire por encima de su cabeza, el pelo suelto colgando como una cascada, el impulso de besarlo fue tan fuerte que le costó un mundo resistirse.


—¿Puedes bajarme, por favor? —tenía que aguantar, aunque sintiera arder su cuerpo.


—Eres preciosa —en cuanto los pies de Paula tocaron la cubierta, él le puso una mano en la espalda y le apartó un mechón de pelo de la cara.


—¿Aunque sea bajita? —bromeó ella, orgullosa de sí misma, porque las palabras de Pedro le hacían sentir confusa, y más su mirada.


Todo en ese hombre la confundía. ¿Le gustaba? Su sensualidad la abrasaba.


—Pequeña, pero perfectamente formada.

Venganza Y Seducción: Capítulo 23

"¡Funcionó! Anzuelo, línea y plomada". ¿Qué prueba de corrupción? Pedro y Ezequiel exigían que su negocio se ejecutara legalmente. No sobornaban. No mentían. No hacían recortes. Sus bastardos padres eran los modelos contra los que trabajaban para asegurarse de hacer lo contrario de lo que harían ellos. Las corruptas acciones de Miguel Chaves solo habían reforzado ese espíritu. Habían sido víctimas de malas prácticas y nunca harían pasar a nadie por lo mismo. Tendrían que esperar hasta atracar en St. Lovells. Hasta entonces, descargaría todo su magnetismo sobre Paula. Esa era su única ventaja, pues sabía que, a pesar de todas sus odiosas conspiraciones, Paula Chaves lo deseaba. Y jugaría con ese deseo sin piedad.


—¿Puedo? —miró el tazón de helado derritiéndose.


—Adelante —ella le acercó el bol.


—Grazie.


—Prego.


—¿Hablas mi idioma?


—Algo —contestó Paula tras vacilar ligeramente.


—Tendría que haberlo supuesto, ya que has bautizado a este hermoso navío con un nombre italiano —Pedro hundió la cuchara en el helado y se la llevó a la boca—. Siempre he pensado que el mejor lugar para servir un helado es el cuerpo desnudo. Y la mejor forma de comerlo es con la lengua.


El oscuro rubor de Paula le indicó que lo había entendido perfectamente. Y por cómo se retorció en la silla, la imagen que él había evocado había calado en su cuerpo. Sonriendo, se metió la cuchara en la boca.


Paula tuvo que cruzar las piernas con fuerza. El bastardo se había dado cuenta. Podía verlo en sus ojos. Sabía que había entendido sus palabras seductoras y el efecto que estaban teniendo en ella. Era como una caricia que penetraba hasta lo más profundo de su ser. Sus palabras le habían revuelto el cerebro hasta impedir cualquier respuesta. Necesitaría tirarse de nuevo a la piscina para refrescarse. Esperaba que la reunión de Londres fuera según lo previsto, que la firma de los contratos se acelerara y que todo se cerrara en cuestión de días, como calculaba Delfina. Porque allí sentada, con el torso divinamente masculino y el rostro celestial de Pedro frente a ella, las secuelas del contacto de sus cuerpos aún recorriéndole la piel y la marca de su boca aún en los labios… Era un infierno. Tenía que encontrar la forma de mantenerlo alejado. Era demasiado peligroso. Incluso mirarlo a los ojos era una tortura. Pero debía soportarlo. Apoyó el codo en la mesa y la barbilla en una mano.


—Parece que estamos en una zona tranquila —murmuró—. ¿Qué tal si ordeno al capitán que eche el ancla y sacamos el tobogán, o nos damos una vuelta en las motos acuáticas?


—Bella —los ojos de Pedro emitieron un brillo sensual que la derritió—, llevo fantaseando con tu tobogán desde que lo mencionaste por primera vez.

Venganza Y Seducción: Capítulo 22

Delfina Chaves. Dio, ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando para ellos? Unos dos años. Era una trabajadora buena y diligente, que siempre llegaba temprano, agachaba la cabeza y se ponía a trabajar. La clase de trabajadora a la que Pedro a menudo deseaba que se parecieran los demás. Nunca se le habría ocurrido que fuera la hija del bastardo corrupto. Ni siquiera su apellido le había hecho sospechar. Chaves era un apellido bastante común y, además, ¿Quién sería tan descarado como para acampar en los cuarteles del enemigo con su verdadero nombre? Delfina Chaves. Maldito fuera su teléfono por morirse. Tenía que avisar a Ezequiel. Había conseguido que uno de los tripulantes lo cargara antes de que Paula regresara a cubierta, y estaba empleando toda su fuerza de voluntad para no usarlo. Para no desatar toda su furia sobre la conspiradora que buscaba destruirlo. Tenía que mantener la calma. No delatarse. Seguirle el juego. Tomó otro trago de su segunda cerveza y contempló de nuevo a Paula. Tenía mucho que hacer para reforzar sus defensas, y advertir a su primo era lo primero. Por lo que había averiguado hojeando sus mensajes, las hermanas estaban llevando a cabo un ataque a dos bandas: Delfina tenía como objetivo la empresa y Paula se encargaba de mantener distraído a Gianni hasta que su hermana completara la misión. Esa misión giraba en torno al proyecto Aurora, del que ella era gestora.


Alfonso Industries estaba a punto de cerrar un acuerdo de asociación que sacudiría al mundo de la promoción inmobiliaria y dispararía el ya increíble patrimonio de los primos a la estratosfera. La reunión del equipo directivo ese día decidiría con qué empresa se asociarían. Pedro había examinado todos los documentos con lupa. Nada le había llamado la atención sobre ninguna de las dos empresas finalistas. Nada. Había volado al Caribe dejando la decisión final en manos de Ezequiel. Cualquiera que fuera la empresa elegida, tendrían un ganador garantizado. O eso había creído. Tenía que habérsele escapado algo. «¡Maldita sea!». Apuró la botella y se recordó a sí mismo que, fuera cual fuera el resultado de la reunión, aún no se firmaría nada. Tenía tiempo. Paula no sabía que había descubierto su verdadera identidad. Se aseguraría de mantenerlo así hasta que llegaran a St. Lovells, a dos días de navegación de Barbados. Una vez allí, Issy perdería su poder. St. Lovells sería su kriptonita. Necesitaba deshacerse de su teléfono. De haber sabido el poder que tenía cuando lo clonó, lo habría tirado por la borda, o accidentalmente a la piscina. Leer los dos mensajes entre Paula y su hermana le había hecho comprender que eso no era una simple estafa. El mensaje que Delfina había enviado a su hermana hacía dos semanas le había revuelto el estómago. "Son corruptos. Tengo pruebas". Pero le revolvió mucho más el escrito por Paula minutos después de conocerse en Londres.

Venganza Y Seducción: Capítulo 21

Celebraría la destrucción de Pedro y su aborrecible primo con todas las comidas que se negaba para parecer un insecto palo. Para el segundo plato había elegido atún fresco, frito con especias japonesas y servido sobre un lecho de cuscús con pimientos asados. El atún fresco era un caro manjar que normalmente no podían permitirse Paula y Delfina, y como era sano, y la ración pequeña, se lo comió todo. El postre era helado casero de fresa sobre una base de migas de chocolate, pero, por divino que fuera su sabor, solo se permitió un par de cucharadas pequeñas antes de apartar el cuenco.


—¿No hay ninguna comida que te guste tanto como para atiborrarte? —preguntó Pedro, observándola atentamente. 


El regreso de Paula a cubierta le había obligado a recomponerse rápidamente. Años perfeccionando una cara de póquer, para no darle a su padre la satisfacción de ver el miedo en su mirada, le permitió guardar la compostura sin esfuerzo. Por dentro era otra cosa. Se sentía como si le hubieran dado un puñetazo. La mentirosa y tentadora confabuladora sacudió la cabeza. «Mio Dio», hasta la esbelta figura de Paula era falsa. El salvapantallas seguía apareciendo en su mente. Había reconocido a la otra mujer antes que a ella. No era fácil asociar a la esbelta rubia que picoteaba su comida delante de él con la rolliza mujer de pelo castaño oscuro de la foto. Con la cara pegada a la de la otra mujer, sujetaba un enorme helado como si temiera que alguien se lo arrebatara. Solo los ojos azul oscuro le habían revelado que era la timadora que tenía delante. Esa mujer no era Paula Fernández. Era Paula Chaves, hija del bastardo que había estafado a los primos Alfonso vendiéndoles terrenos sobre los que no se podía construir. Su primer negocio aún dejaba un regusto amargo en la lengua de Pedro, y ni siquiera la venganza ejercida sobre ese hombre lo había suavizado. De tal palo tal astilla. O, mejor dicho, de tal palo tales astillas. Porque había dos hermanas Chaves. Y la otra, la mujer que había reconocido inmediatamente en el protector de pantalla, estaba en una posición mucho más peligrosa para infligir un daño severo a los primos Alfonso.

viernes, 6 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 20

La sonrisa se le apagó cuando el corazón le dió un vuelco y luego cayó en picado. Parpadeó y volvió a parpadear, seguro de estar teniendo visiones. La imagen de dos mujeres jóvenes, las caras pegadas, sonriendo a la cámara, seguía allí. Con el pulso palpitándole en la mandíbula y la cabeza martilleando, intentó encontrarle sentido a algo que no lo tenía en absoluto. Y entró en sus mensajes. La última parte de su euforia murió exactamente en el instante en que su pantalla se apagó. Clonar el teléfono de Paula había agotado su batería. Pero ya había visto suficiente. Aquello no era una estafa. Era un ataque deliberado, dirigido. Paula se retocó el brillo de labios con mano temblorosa. Necesitaba retocarse la raya del ojo, pero le daba miedo clavarse el lápiz. El brillo de labios cayó, estrepitosamente, en el lavabo. Ella contempló su reflejo en el espejo. Mejillas sonrosadas y mirada febril. Nada comparado con su interior. Su corazón, un caos palpitante, las extremidades flojas, su estómago un nudo apretado. Y entre las piernas… Cerró los ojos e intentó respirar hondo. No era inmune al magnetismo animal de Pedro. No tenía sentido negarlo. Lo importante era que había recuperado la razón a tiempo, antes de que él la convirtiera en llamas. En cenizas. Aún se sentía arder en todos los lugares en los que se habían tocado. Aún podía sentir su boca devorando la suya. Debería haber buscado hombres con los que practicar los besos. Tal vez así habría desarrollado cierta inmunidad y no habría entrado en combustión con él. Una cuidadosa aplicación de bronceador en las mejillas y un pareo nuevo, y estuvo lista para enfrentarse a él de nuevo. Tanto como podría estarlo. Encontró a Pedro en la mesa del comedor, bebiendo despreocupadamente cerveza de una botella tan fría que goteaban chorros de condensación. Cuando se levantó, se fijó en que llevaba una toalla alrededor de la cintura. Un rápido vistazo le indicó que su bañador se estaba secando en el respaldo de una silla. Sus pantalones de loneta estaban donde los había dejado antes. El pulso le latió entre las piernas. Debajo de esa toalla, él estaba desnudo.


—¿Todo bien? —preguntó él.


—Solo necesitaba refrescarme —ella asintió y sonrió alegremente—. Espero que tengas hambre, Chef nos ha preparado un festín.


—Estoy hambriento —su mirada se clavó en la de ella, antes de recorrer lentamente su cuerpo.


El primer plato era una sopa de tomates asados al fuego que a Paula le encantaba desde niña. El chef francés debía haber buscado una auténtica receta italiana, porque era incluso mejor que la que tomaba de pequeña.


—¿No comes pan? —preguntó Pedro, señalando el panecillo recién hecho que ella había apartado.


Paula sacudió la cabeza y se lo ofreció, procurando no salivar cuando él lo partió en dos y lo untó con mantequilla. «No queda mucho», se consoló. Pronto podría hincharse de carbohidratos sin importarle que todos aterrizaran en sus caderas. Podría echar una cucharada de azúcar en el café, y otra de nata si quería. Podría comerse de una sentada una tableta enorme de chocolate con avellanas. Llevaba dos años hambrienta. Podía esperar unos días más.


Venganza Y Seducción: Capítulo 19

 —Puedo hacerlo despacio —él chasqueó los dientes y lamió el lóbulo de su delicada oreja—. Puedo hacer lo que quieras.


—Tenemos todo el tiempo del mundo —Paula apoyó suavemente las manos en los hombros de él.


—Todo el tiempo que necesitamos —susurró él, dándole un ligero beso en los labios.


El aturdimiento regresó a los ojos de Paula, que parpadeó y miró por encima del hombro de él.


—Parece que la comida está lista —anunció alegremente—. Venga, vamos a comer.


—Dame un minuto y me reuniré contigo —Pedro la soltó.


Ella frunció el ceño.


—Necesito refrescarme un momento —Pedro sonrió con tristeza y bajó la mirada—. No quiero escandalizar a la tripulación.


Ella siguió su mirada. Una mancha de color se extendió por sus mejillas al comprenderlo, y tardó más de lo normal en serenarse.


—Claro, será mejor que te quedes aquí un rato. ¿Una cerveza fría?


—Sería estupendo.


Paula salió de la piscina. Él no creyó imaginarse el ligero tambaleo mientras regresaba al área de descanso. Dio, su cuerpo… «No te concentres más en ese cuerpo caliente», se reprendió a sí mismo mientras suspiraba internamente, decepcionado, cuando ella se cubrió con una toalla. Quizá debería pedirle a ella que le llevara la cerveza fría y se la echara en el bañador. El personal estaba ocupado sirviendo platos y vasos en la mesa de cubierta. Issy acababa de sujetarse el pelo cuando, de repente, tomó su teléfono y leyó algo. Seguía leyendo cuando un miembro de la tripulación se le acercó. Volvió a dejar el teléfono sobre la mesa, asintió al tripulante, le indicó que él tardaría dos minutos, y desapareció. Pedro no había nadado tan rápido en su vida. Saltó del agua y corrió a la mesa donde estaban sus cosas. Apoyó la mano en una toalla que le había dejado un miembro de la tripulación y tomó el teléfono de Paula.


—Avísame cuando vuelva —ordenó al miembro de la tripulación más cercano mientras sacaba su propio teléfono y un dispositivo de clonación de alta gama del bolsillo trasero de los pantalones cortos de loneta que había dejado colgados sobre una silla. En unos instantes, había copiado todos los datos del teléfono de Paula en el suyo.


Dejó el teléfono de ella donde lo había encontrado, se quitó el bañador, se envolvió con una toalla seca, se sentó a la mesa y bebió con avidez la cerveza que tenía delante. Sonrió satisfecho al saber que había subido las apuestas a su favor. Encendió la pantalla de su teléfono para echar el primer vistazo a su recompensa. Apareció el salvapantallas de Paula.


Venganza Y Seducción: Capítulo 18

¡Pero eso era bueno! Muy bueno. ¿No se suponía que tenía que atraer a Pedro? Mantener su interés como solo una mujer podía, porque a él solo le importaba su aspecto y lo que pudiera obtener de ella en el dormitorio. Solo tenía que controlarse y no permitir que su cerebro derretido convenciera a su cuerpo virgen y necesitado de que se sentía atraída hacia uno de los hombres responsables de la pérdida de todo lo que había amado. Su cuerpo estaba tan hambriento que probablemente reaccionaría de la misma manera ante cualquier hombre. Él le sujetó los brazos. Iba a pegarse contra ella. Paula se zafó de su agarre, se quitó las sandalias y, acordándose de esbozar una sonrisa pícara por encima del hombro, corrió hacia la piscina y saltó al agua fresca.


Pedro no dudó en seguirla. Dio, había algo en la piel de Paula que lo infectaba, empapándolo de conciencia erótica. Para cuando él se zambulló en la piscina, ella ya había nadado hasta el otro extremo. La alcanzó con media docena de largas brazadas. Aunque ella lo miraba con esa fantástica insolencia, temblaba. Se agarró a las paredes de la piscina a ambos lados del esbelto cuerpo, atrapándola. Era bellísima. La timadora más bella que pisaba la tierra. Y la más sexy. El deseo latió con fuerza en su interior. Por la oscuridad de los ojos, y su respiración entrecortada, ella también lo sentía. Era hora de subir la apuesta. Que comenzara el placer. Hundió la boca en la suavidad de sus labios en un beso intenso. Dio, sabía a champán con un toque de calor añadido que despertó su cuerpo electrizado. La rodeó con los brazos y la apretó contra él.


La rendición de Paula fue inmediata. Sus labios se abrieron y sus manos se aferraron a la nuca de él. Lo devoró con la misma hambre que lo embargaba a él. Con los pequeños pechos aplastados contra el suyo y las piernas rodeándole la cintura, su lengua jugando con la de él, la erección de Pedro era intensa y pesada como nunca la había conocido, empujando con fuerza contra el interior del muslo de ella. Besarla era como saborear la miel del cielo y Pedro se preguntó si el resto de ella sabría como si la hubiera envuelto para regalo el rey de los dioses, el mismísimo Júpiter. Ya lo descubriría en otra ocasión, porque en cuanto interrumpió el beso para deslizar la boca por su mejilla hasta el cuello, los dedos de ella le agarraron el pelo con fuerza y tiraron de su cabeza hacia atrás. Sus ojos estaban nublados de deseo. Pedro sabía que los suyos reflejaban lo mismo.


—No tan rápido, muchachote —ella tragó saliva, le puso las manos en el pecho y, con una risita, lo empujó hacia atrás.

Venganza Y Seducción: Capítulo 17

¿Había tomado ya demasiado sol? Porque empezaba a pensar que su cerebro se había derretido. No había motivo para imaginarse eso, o el calor que había sentido en sus partes más íntimas cuando él había posado una mano en su cadera. Ninguna razón para el instante en que se había imaginado esos labios sobre los suyos. Paula tenía una misión. Ese hombre era su enemigo. Si su cuerpo mostraba señales que podrían confundirse con atracción, debía superarlas. No podía ser atracción. De ninguna manera.


—¿Me pones en la espalda? —preguntó Pedro tras untar cada centímetro de sus extremidades y torso.


«¡Claro que no!».


—Será un placer —ronroneó ella, tomando el tubo y resistiéndose a echárselo en los ojos.


Paula controló el impulso de rociarlo directamente sobre su piel desnuda. Se echó un poco en la mano y, conteniendo la respiración, posó las manos en la espalda. Los músculos se tensaron. El corazón de ella se detuvo. Extendió la loción por la suave piel. Su corazón se relajó y empezó a latir con fuerza. Sus manos subieron hasta el cuello, pasaron por los omóplatos, bajaron por la columna y rodearon los costados. Cuando llegó a la cintura del bañador, su respiración entrecortada ya no era deliberada y sus labios vibraban mientras luchaba contra el deseo de besar esa obra maestra. Dió un paso atrás, y cuando él se volvió, todos los órganos de su cuerpo dieron un respingo.


—Me toca —anunció Pedro con una sonrisa sensual.


—Yo… —el impulso de asegurar que ya llevaba loción fue casi más fuerte que el peligro de un melanoma.


La sensación de peligro más fuerte que nunca. Paula se dió la vuelta. Llenó los pulmones de aire y se desató el pareo, que flotó hasta sus pies. Oyó a Pedro respirar entrecortadamente. Sus pulmones se vaciaron en cuanto los dedos tocaron su piel. Ella sintió un escalofrío que se intensificó a medida que le extendía la loción sobre su espalda. Cuando hundió los dedos bajo el fino cordón que cerraba el simulacro de bikini, imaginó que él desataba el nudo y le acariciaba los sensibles pechos… No sabía que los pechos pudieran doler. No necesitó mirar para saber que sus pezones se habían tensado. Tampoco podría haber mirado. Necesitaba todas sus fuerzas para evitar que las piernas le fallaran. Los dedos de él rozaron la parte superior de la braguita del bikini, y ella no pudo hacer nada por detener el temblor traicionero de su cuerpo. Demasiado sol.

Venganza Y Seducción: Capítulo 16

 —¿Quieres jugar?


—¿Y perdernos el sol? Podemos jugar cuando anochezca.


—¿No me devolverás a la orilla antes de que te conviertas en calabaza?


Aparecieron sus hoyuelos, señal que él empezaba a identificar como que se estaba divirtiendo realmente.


—¿Te apetece nadar?


—¿Significa eso que puedo probar tu tobogán?


—Depende —susurró ella con voz ronca.


Pedro apoyó una mano en su cadera. La distancia entre ambos era tan pequeña que sentía el calor de su cuerpo.


—¿De qué?


—De dónde echemos el ancla —ella se mordisqueó el labio inferior. Con una luminosa sonrisa, tiró de su mano—. Vamos, quiero nadar antes de comer.


Paula consultó discretamente su reloj mientras se lo quitaba. La reunión en Londres ya habría comenzado. Colocó el reloj y su teléfono sobre la mesa y se mantuvo impasible cuando Pedro hizo lo mismo, añadiendo su cartera al montón. Solo tenía que alejarlo del teléfono hasta que llegara el momento de deshacerse de él… Las cavilaciones terminaron cuando Pedro se quitó el polo. De repente, ella necesitó abanicarse. Dios santo, qué cuerpo… Ese pensamiento también se esfumó cuando se desabrochó los pantalones cortos. Se le secó la boca. Hasta ese momento, no se le había ocurrido que él no llevaba nada más que lo que había sobre la mesa. La cremallera bajó. Con los ojos clavados en el rostro de ella, él tiró de los pantalones hacia abajo. Paula vislumbró el vello en la base del abdomen, en la ingle, antes de que los pantalones cayeran al suelo y, con un guiño, él se subiera despreocupadamente el bañador que llevaba debajo.


—¿Tienes crema solar? —preguntó.


—¿Perdona? —graznó ella.


—Crema solar. Ya sabes, eso que te untas en la piel para no quemarte y, con un poco de suerte, evitar desarrollar un melanoma.


«¡Cálmate!», se gritó a sí misma. «Has visto su cuerpo muchas veces». Pero una cosa era verlo en la pantalla del portátil y otra muy distinta en carne y hueso. Ninguna imagen, por talentoso que fuera el fotógrafo, haría justicia a ese cuerpo. O esa cara.


—Sí —contestó.


Paula sonrió y sacó la exclusiva crema solar del bolso que le había costado el sueldo de dos semanas, y se la entregó. No era la primera vez que le sorprendía el tamaño y la fuerza de sus manos, y un nuevo cosquilleo la recorrió al imaginar esas manos… ¿Imaginar esas manos qué? ¿Tocándola?