lunes, 9 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 65

Paula no paraba de mirar el reloj. Pedro estaría en el comedor, pero no la esperaría. Le había hecho saber que declinaba su invitación cuando pidió la cena en su bungaló. No podía enfrentarse a él. Era demasiado peligroso. Lo había escuchado contar la historia de su vida y había deseado abrir la puerta, sentarse en su regazo y abrazarlo fuerte. Hacía tiempo que sospechaba que el distanciamiento con su padre se debía a algo malo, pero imaginar el sufrimiento que debía haber pasado… Por mucho que se esforzara en contener sus emociones, el muro de piedra que había construido se derrumbaba, y su corazón sangraba por él. En esa historia había tres villanos. El padre y el tío de Pedro, y el padre de ella. No podía aceptarlo. Su padre nunca trataría a dos jóvenes como Pedro lo había descrito. Jamás. «¿Estás segura…?». Él debía estar equivocado sobre su padre. El problema era que ella creía que él lo creía. ¿Y su hermana? Porque si Pedro decía la verdad, significaba que Delfina, que la había mantenido a flote todos esos años, había mentido.



A media mañana del día siguiente, Pedro volvió a llamar a la puerta de Paula.


—¿Sí?


—Soy yo.


Silencio.


—Te eché de menos anoche.


—¿Recibiste mi mensaje? —preguntó ella tras una larga pausa.


—Sí —no esperaba que fuera. 


Su instinto le había dicho que no iría. Incomprensiblemente, el mensaje había aterrizado como un golpe. Había muchas cosas sobre sus reacciones a Paula que Pedro no entendía. Reacciones y sentimientos que nunca antes había sentido. Cada vez más fuertes.


—¿Ya estás preparada para salir? —preguntó él.


—Aún no —contestó ella tras una ligera vacilación.


—Qué pena. Hace un día precioso.


—Lo sé. He estado en el jardín.


—¿Nadando?


—No —él juró haberla oído reír—. No creo que sea seguro nadar sin un socorrista cerca.


—Una cosa menos de la que preocuparme —bromeó él. Tras días de silencio y ninguneo, su voz sonaba notablemente más cálida—. ¿Siempre has sido tan mala nadadora?


—No, yo… Ha pasado mucho tiempo. Eso es todo. Y nunca fui una gran nadadora.


—Háblame —Pedro se sentó en el escalón.


—¿De qué?


—De la natación. De tu vida. Cualquier cosa que quieras contarme.


—¿Qué quieres saber? —preguntó ella dubitativa.


—Todo.


Cuando volvió a hablar, la voz de Paula sonó tan cerca que él supo que también se había sentado y que, probablemente, tenía la espalda pegada a la puerta, igual que él.

Venganza Y Seducción: Capítulo 64

Paula se tapó la boca para evitar soltar un gemido. Pensó en la nariz torcida de Pedro y en cómo había deseado felicitar a la persona que lo había hecho. Esa persona debía de ser su propio padre.


—Mi madre huyó un año después de la muerte de nonna —por primera vez hubo emoción en su voz—. No la he vuelto a ver. Vive en Milán. Le ingreso dinero en la cuenta todos los meses, pero nunca la veo. Me dejó con ese canalla. Tardé meses en aceptar que no volvería —la tristeza de su siguiente carcajada hizo que a Paula se le encogiera el estómago—. Me abandonó a mi suerte. Eze y yo hicimos un pacto cuando teníamos doce años: En cuanto cumpliéramos dieciocho, nos marcharíamos y nos forjaríamos una nueva vida. Trabajamos aún más duro, incluso fuera del viñedo cuando podíamos, y ahorramos cada céntimo que nuestros padres no nos exigían que les entregáramos. Mi padre nunca lo supo, pero yo dejé la escuela a los dieciséis años y conseguí un trabajo a jornada completa en una pizzería: él me habría quitado el sueldo. Lo primero que hicimos cuando por fin dejamos el viñedo fue cambiarnos el apellido. Vizzini, ese era su apellido original. Le había costado siglos averiguarlo.


—Elegimos el apellido de nuestra abuela —continuó Pedro—. Luego hicimos una oferta por unas tierras toscanas para las que teníamos grandes planes. No teníamos suficiente para comprarla al contado, pero conseguimos un crédito.


Una sensación de terror ascendió desde la boca del estómago de Paula.


—Después de comprar el terreno, supimos que era inestable. No se podía construir en él. Nos habían timado. El vendedor se había aprovechado de nuestra ingenuidad. Sobornó al perito y a todos los que intervinieron en la transacción y nos dejó abocados a la quiebra.


El vendedor. Su padre.


—Nos subestimó —continuó él—. Habíamos trabajado y superado demasiadas cosas como para aceptar la derrota. Empezamos de nuevo. Trabajamos como bestias para devolver el préstamo y conseguir nuevos ahorros. En cuanto tuvimos el dinero, compramos nuestra primera propiedad, la reformamos y la vendimos con beneficios. Luego la segunda y la tercera, y pusimos nuestras miras en proyectos con beneficios mayores, hasta que tuvimos el dinero para forzar la adquisición del negocio del hombre que nos había estafado. Tardamos cuatro años. No me arrepiento de lo que le hicimos a ese hombre. Y descubrimos que no fuimos sus únicas víctimas. No soporto la corrupción, Issy, y espero que algún día me hables de esa prueba que tiene Delfina, porque juro por la vida de Ezequiel que no somos corruptos. Todo lo que tenemos lo hemos construido con nuestro propio esfuerzo, con nuestra sangre y nuestro sudor.


Paula no había dicho nada, pero Pedro sabía que había oído cada palabra.


—Me voy a nadar. La cena se servirá en mi bungaló a las siete. No tienes más que seguir el camino frente a la playa y te llevará hasta allí. Me alegraría verte. No me gusta pensar que estás aquí sola con tus pensamientos —Pedro exhaló lentamente—. Quiero conocer a la verdadera Paula Chaves, porque ya echo de menos a la Paula del Palazzo delle Feste. Sé que ella no es la verdadera tú, pero algo me dice que lo que más me gusta de ella es auténtico.

Venganza Y Seducción: Capítulo 63

Aunque las ventanas del bungaló estaban tintadas, y las contraventanas cerradas, Pedro la sintió en la puerta. No había salido corriendo al jardín, como el día anterior. Se sentó en el escalón, se puso lo más cómodo posible y apoyó la cabeza contra la puerta.


—Mi padre es un monstruo —empezó—. Un verdadero monstruo. Su hermano, el padre de Ezequiel, es igual. No sé cómo llegaron a ser así, tal vez su propio padre, al que nunca conocí, era igual, pero su madre, nuestra nonna, era una gran señora. Vivía con nosotros y su presencia templaba lo peor en ellos. Murió cuando yo tenía ocho años.


Pedro sintió un sabor acre en la boca.


—Antes de que muriera, yo estaba acostumbrado a que me pegaran. Era normal. Ezequiel también. Después de su muerte despertaron los monstruos. ¿Sabes que nos criamos en Umbria?


No hubo respuesta, pero algo le decía que ella estaba escuchando.


—Supongo que lo sabes —él soltó una risa taciturna—. Y supongo que también sabes que el negocio de nuestros padres es el vino. Es del dominio público, y tú habrás buscado todo lo que internet puede decirte sobre mí. Si yo fuera tú, y creyera que mi padre es inocente, habría hecho lo mismo, y creo que eso habla de lo diferentes que fueron nuestras infancias. Si me dijeras que mi padre era inocente de algo me reiría en tu cara.


Paula había intentado alejarse de la puerta, pero sus pies se negaban a obedecer. Con un suspiro ahogado de derrota, deslizó la espalda por la puerta hasta sentarse en el suelo de bambú, luego se llevó las rodillas al pecho y se abrazó a sí misma con fuerza.


—El vino que producen solía ser estupendo, pero cuando su madre murió, empezaron a recortar gastos. Cuando Ezequiel y yo nos fuimos, recortaron aún más. Les doy dos años más antes de que el viñedo deje de producir. Como mucho —él se echó a reír—. Son demasiado perezosos hasta para abonar la tierra como es debido y, desde que nos fuimos, demasiado mezquinos para pagar a alguien para que lo haga por ellos. No es de extrañar que su Sangiovese sepa a ácido de batería.


Se hizo un largo silencio antes de que continuara hablando con el mismo tono uniforme, como si contara una historia que había oído muchas veces. Su historia. Todo lo que ella había deseado saber, aunque fuera irrelevante para su búsqueda. Por mucho que Pedro la repeliera, en un lugar que nunca se había atrevido a admitir, residía una dolorosa fascinación por él.


—Éramos sus pequeños esclavos —continuó él—. Recuerdo aplastar uvas con los pies hasta medianoche y al día siguiente ir a la escuela con los pies y los tobillos morados. Nos obligaban a trabajar desde el amanecer hasta que decían basta. Si nos quejábamos, nos pegaban. Tras la muerte de nonna, no hacía falta quejarse. Su muerte los desató. Eran nuestros amos, y nosotros sus sacos de boxeo. Nuestras madres también. Nunca necesitaron una excusa para pegarlas.

Venganza Y Seducción: Capítulo 62

¿Un corrupto interrumpiría una reunión de negocios para ver a su hija de seis años interpretar el difícil papel de un copo de nieve en una función? ¿Un corrupto haría todo lo posible por estar en casa a la hora de acostar a sus hijas para leerles un cuento? Y su madre, una mujer dulce, amable y alegre, ¿Se casaría con un corrupto? Claro que no. Pedro mentía, seguramente para no tener que enfrentarse al daño que habían causado. Cuanto más lo pensaba, mayor era su indignación. ¿Cómo se atrevía a tergiversar las cosas para convertir a su padre en el malo? Alguien llamó a la puerta.


—¿Quién es? —preguntó ella con cautela.


—Yo.


—¿Has venido a liberarme? —Paula se llevó una mano al pecho para evitar que su corazón estallara.


—Eres libre, bella. Puedes ir adonde quieras.


—¿Soy libre de salir del complejo?


—No.


—Entonces vete.


—No puedes pasar todo el tiempo aquí. No es bueno para tí.


—Si saliera de este bungaló, te garantizo que no sería bueno para tí.


—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr —la risa de Pedro retumbó a través de la puerta. Ella quiso taparse los oídos—. Vamos, Paula, puede que sigamos aquí unos días más. No puedes pasarlos encerrada. Sal y explora conmigo. Podemos hablar.


—Por si no te habías dado cuenta, no quiero hablar contigo, y no necesito salir de aquí, así que hazme un favor y déjame en paz. No iré a ninguna parte hasta que me dejes ir a casa.


—Serás libre de irte en cuanto Ezequiel me llame, pero en algún momento tendremos que hablar.


—No tenemos nada que decirnos.


—Tenemos un matrimonio que disolver.


—Entonces disuélvelo y déjame en paz.


Comprendiendo que estaba a punto de llorar, Paula salió al impresionante jardín privado. Pedro se quedó mirando la puerta, arrepintiéndose de haber asegurado que cada bungaló tuviera toda la intimidad que sus ocupantes  pudieran desear. Llamó a la puerta. No obtuvo respuesta y volvió a llamar.


—¿Sí? —la voz de Paula era aún más cautelosa que el día anterior.


—Soy yo.


Ella no respondió.


—No puedes evitarme para siempre —insistió él, sonriendo al imaginarla pensando: «Ponme a prueba»—. De acuerdo, no tienes que dejarme entrar —añadió—, y no puedo obligarte a hablar conmigo. Pero puedo sentarme aquí y hablar, y esperar que me escuches.

Venganza Y Seducción: Capítulo 61

Algún día, obligaría a su primo a visitarlo. Ezequiel nunca se tomaba vacaciones. Aún le sorprendía cómo dos chicos nacidos con solo unos meses de diferencia, criados como hermanos, podían ser tan diferentes y, sin embargo, estar tan unidos. Pedro recibiría una bala por su primo y sabía que Ezequiel haría lo mismo por él. Sospechaba que la relación de Paula con su hermana era similar. No conocía bien a Delfina, pero sabía que era más reflexiva y analítica, más introvertida que Paula. A pesar de su falsa apariencia, él había visto lo suficiente de la verdadera Paula para saber que era una persona amable y buena. Detuvo el buggy, cerró los ojos y respiró hondo. Ella había dedicado muchos años de su vida a maquinar contra él, para hundir su empresa. La gente buena y amable no se comportaba así. Solo porque fuera una enfermera que trabajaba con niños no la convertía en un ángel.  Abrió los ojos de golpe y siguió conduciendo. La piscina principal estaba rodeada de gente guapa tomando el sol y cócteles. Pedro se frotó la barba, sonrió y se dispuso a unirse a ellas. La fiesta en la playa duró hasta altas horas de la madrugada. Había bebido demasiado y pidió a uno de los empleados del complejo que lo llevara de regreso. Necesitaba tomar el aire para despejarse. Conocía a varios de los veraneantes: una supermodelo con cuya mejor amiga había tenido una aventura y su último pretendiente, un genio creador de aplicaciones, que frecuentaban los mismos clubes y bares que él en Londres. Rápidamente le habían presentado al resto del grupo. Una de esas personas era una actriz de televisión americana, rubia, alta y esbelta con ojos que invitaban a la cama, y que mantenía fijos en él. Era exactamente el tipo de Pedro, y había flirteado con ella durante horas antes de darse cuenta de que no le interesaba. Cuando ella le había susurrado al oído una invitación a su bungaló, él la había rechazado, y dado por terminada la noche. Aún seguía preguntándose por qué no había accedido, cuando llegó al bungaló de Paula. Había una luz encendida. El corazón le dio un vuelco, y tuvo que controlarse para no seguir el camino hasta la puerta.



La cocina del bungaló de Paula era, comparado con el resto, diminuta. Comparada con la cocina que compartía con Delfina, era enorme. Aunque diseñada pensando que los ocupantes no la utilizaran nunca, habiendo chefs de talla mundial en el complejo, estaba equipada con todo lo necesario. A ella le encantaba cocinar. Ciertos aromas, como los bizcochos y el pan recién horneados, siempre la transportaban a una época en que su familia había sido feliz. De momento, había horneado una tarta de limón y preparado un plato de pasta con salchichas italianas y parmesano. Sin embargo, en lugar de reconfortarla, los aromas le revolvieron el estómago hasta el punto de frustrar su plan de engullirlo todo. Lo mismo le había ocurrido el día anterior, con los profiteroles llenos de nata montada y chocolate. Si creía en la acusación de Pedro contra su padre, los recuerdos felices en que se apoyaba para levantar el ánimo y confiar en que los buenos tiempos regresarían para Delfina y ella, tal vez incluso para su madre, se basaban en una mentira. No podía creer que su padre fuera corrupto. Simplemente no podía. 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 60

Y acto seguido se alejó por el sendero, la tensión prácticamente visible en su caminar. Pedro estaba demasiado enfadado para apreciar la extensa casa de campo en la que algún día pasaría la mitad del año. La recorrió intentando no gruñirle al ama de llaves, que debía llevar horas haciendo que todo brillara, y no dejaba de lanzarle miradas ansiosas. No era fácil hacerle perder los estribos. Su padre era pura agresividad. Utilizaba los puños como armas y la lengua como látigo, pero él no había heredado, ni se le había pegado, esa agresividad. Eso no significaba que evitara la confrontación, pero la ira que enrojecía el rostro, alzaba la voz y escupía palabras a menudo luego lamentadas, no era habitual en él. La acusación de Paula había reabierto una herida cerrada desde hacía una década. Había necesitado todo su control para no alzar la voz y no inclinarse sobre Issy para gritarle sus verdades y arrancarle la venda de los ojos. No había habido robo. Si Miguel Chaves hubiera llevado su negocio legítimamente, nunca habrían podido quitárselo. No habrían necesitado hacerlo. 


El desprecio en la mirada de Paula mientras lo acusaba le había mordido más que sus palabras. Más mordaz aún había sido la certeza de que Paula Chaves lo creía un ladrón, capaz de ser un ladrón. Y corrupto. Esperaba que Ezequiel hubiera llegado al fondo de la calumniosa prueba de corrupción sobre la que Delfina había enviado un mensaje a Paula. No debería importar lo que Paula pensara de él, que lo odiara. No había motivos para esas náuseas porque haberle quitado el negocio a Miguel Chaves hubiera afectado tanto a su hija menor. Era culpa de Chaves. Él era el padre. Su deber era proteger a sus hijas. Pedro soltó una amarga carcajada y se tumbó de espaldas sobre la cama de su suite. Los padres debían proteger a sus hijos. Las madres también. Paula se negaba a salir de su bungaló. Había pedido que le proporcionaran comida para cocinar ella misma, y luego había cerrado la puerta con llave. Mientras, disfrutaba de sus únicas vacaciones del año, el descanso que se tomaba anualmente para recargar pilas, y no iba a permitir que se lo fastidiara el malhumor de Paual, que, además, le había impedido hacer sus planes habituales en el Caribe. En unas vacaciones normales, se juntaría con un grupo de amigos, invitaría a su última amante a unirse a ellos y, en general, se lo pasaría en grande sin hacer otra cosa que disfrutar durante catorce días. Ella podía quedarse enfurruñada en su cabaña durante toda su estancia allí si así lo deseaba, pero él iba a divertirse. Se montó en su buggy y se dirigió hacia el complejo turístico. El número de visitantes estaba estrictamente limitado, para preservar la belleza natural de la isla. Como promotor inmobiliario sabía que, a la hora de urbanizar, había que elegir entre lo que necesitaban los humanos y lo que necesitaban los demás habitantes del planeta. Por eso prefería urbanizar terrenos que carecieran de valor ecológico. Y, al comprar St. Lovells, tuvo claro que iba a desarrollarse mínimamente. Tras completar las obras de la parte turística y de su complejo privado, el noventa y cinco por ciento de la isla seguía intacto. Era un paraíso tropical lleno de ruidosa y colorida vida salvaje.

Venganza Y Seducción: Capítulo 59

Mientras avanzaban, ella trató de no maravillarse ante la belleza que los rodeaba, pero cuando salieron al claro, no pudo evitar una exclamación. Una enorme cala con el agua color turquesa más clara que hubiera visto jamás bañaba una orilla de arena limpia y blanca. Los rayos del sol hacían brillar el agua y la arena como si contuvieran millones de pequeñas joyas. Casi ocultos entre las palmeras que bordeaban la playa había cinco bungalós con techos de paja. El central, alejado de los otros cuatro, y más grande que todos ellos juntos, se alzaba como un monasterio tibetano. Era lo más impresionante que ella hubiera visto jamás. El conductor estacionó en un garaje cubierto, y oculto a simple vista.


—Permíteme enseñarte esto —susurró Pedro.


Paula cerró los ojos antes de seguirlo fuera del coche. De cerca, el complejo era aún más impresionante que de lejos.


—Es la primera vez que vengo desde que terminaron las obras — explicó él mientras se acercaban a los bungalós. Al llegar al primero, se dió cuenta de que cada construcción estaba situado en su propio paisaje privado—. Mi intención original para estas vacaciones era navegar una semana en el Palazzo delle Feste y pasar la segunda aquí —añadió Pedro.


—Has invertido mucho dinero en algo que solo vas a usar dos semanas al año —observó Paula mientras pasaban junto a una piscina de aspecto natural. Las palmeras ofrecían sombra a un lado, siendo el otro un paraíso para el amante del sol.


—Estoy pensando en el futuro.


—¿Ah, sí?


—Trabajo una media de ochenta horas semanales —habían llegado al segundo bungaló—. Llevo haciéndolo desde que era niño. En algún momento pisaré el freno.


—¡Qué pena me das! Pero es tu dinero. Puedes gastarlo como quieras.


—Eres demasiado amable.


—Lo sé… Aunque me pregunto cómo puedes tomártelo así, sabiendo que todo lo que tienes se lo robaste a mi padre.


—No robamos a tu padre —replicó Pedro.


—Sí, lo hicieron —Paula pretendía fulminarlo con la mirada, pero su rostro no quiso colaborar—. Yo estaba allí, Pedro. Entraron en nuestra casa y nos quitaron todo lo que teníamos. Le arrebataste a mi padre el negocio que se había pasado la vida construyendo, y lo menospreciaste y humillaste.


Cuando Pedro por fin habló, había un hielo en su voz que ella nunca había oído antes.


—Tu padre nos robó. Nos vendió terrenos no urbanizables y sobornó a inspectores y funcionarios para encubrirlo. Era nuestro primer negocio y nos habíamos matado a trabajar desde los doce años para financiarlo, pidiendo un crédito para cubrir el déficit. Gracias a tu padre, nos vimos obligados a pagar unas deudas desorbitadas por unas tierras sin valor. Nos costó años de trabajo pagar esas deudas y empezar de nuevo, y el día que nos hicimos con el control de su negocio y lo echamos a la calle sigue siendo el mejor de mi vida. Se lo merecía, se lo había buscado durante años, no solo por nosotros, sino por todos los negocios y personas a los que había estafado a lo largo de los años —abrió de golpe la puerta del bungaló—. Esto es para tu uso personal.

Venganza Y Seducción: Capítulo 58

Una confianza de la que se sentía culpable, casi tanto como cuando recordaba lo cerca que había estado de entregar su virginidad al demonio. Si Pedro no hubiera confesado saber quién era, ella le habría dejado hacerle el amor, y con mucho gusto. Que él hubiera tenido, obviamente, un ataque de culpabilidad para confesar en ese momento no significaba nada. Él la había llevado hasta ese punto. Cada palabra que había dicho era mentira. «Y cada palabra que has dicho tú, también». «Es diferente», discutió consigo misma. Pedro era un corrupto… Pero por alguna estúpida razón se negaba a pensar en él como un monstruo. Era el bastardo corrupto que había robado el negocio de su padre y destruido su vida. Se merecía todo lo que Amelia y ella habían planeado para él. «¿Estás segura?». «¡Cállate!», le gritó a su estúpido cerebro. ¡Claro que estaba segura! Delfina había descubierto pruebas de su corrupción, y su hermana no mentiría. «Pero ¿Por qué te negaste a seguir adelante con el plan sin pruebas?». «¡Porque necesitaba estar segura de que hacíamos lo correcto!». Ambas habían acordado desde el principio que no seguirían adelante sin pruebas de corrupción de los primos Alfonso. ¿Por qué volvía a discutir de eso consigo misma? Antes de reunirse con Pedro, mientras la parte del plan de Amelia se aceleraba, Paula había atribuido su insistencia de encontrar pruebas de corrupción a que se había acobardado. Le habían surgido dudas, y cada vez estaba más necesitada de algo concreto que arrojar a los primos Alfonso, algo que fuera más allá de la venganza de dos chicas adolescentes ciegas a los defectos de su padre. Estaba segura de que había sido el trabajo en el hospital lo que le había metido en la cabeza esas dudas sobre su padre, y se odiaba a sí misma por ello. Paula pasaba mucho tiempo con padres cuyos queridos hijos se debatían entre la vida y la muerte. Eran padres falibles. Humanos. Pero los niños confiaban en ellos ciegamente. Si papá o mamá decían que iban a ponerse mejor, los creían a pies juntillas, aunque fuera mentira. Y los padres mentían porque no soportaban la verdad, ni para sus hijos ni para ellos mismos.


—Ya estamos aquí.


Paula salió de su ensoñación y miró el reloj. Solo habían pasado diez minutos desde el secuestro, y no había prestado atención a lo que la rodeaba. Se habían detenido ante un portón con una garita de seguridad integrada en un alto muro de piedra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La estrecha carretera continuaba al otro lado de la verja, rodeada de un espeso follaje tropical.

Venganza Y Seducción: Capítulo 57

 —Y cualquier víctima de secuestro podrá esperar recibir cero ayuda.


—Tendrás la mitad de la isla para explorar y hacer lo que quieras.


—Genial, ¿Significa eso que podré nadar hasta la isla más cercana?


—Si quieres —Pedro hizo una mueca—, pero hasta el mejor nadador tendría problemas para nadar cuarenta kilómetros.


—No puedes hacerlo, Pedro. Sabes que no puedes.


—¿Cuántas veces tengo que decirte que puedo? Además, ¿Qué pensabas que pasaría si descubría lo que tramabas? Eres una mujer inteligente, debes haber previsto el escenario.


—¿Dónde está mi hermana? —Paula cerró los ojos.


—En Italia, con Ezequiel.


—¿Voluntariamente?


—No tengo ni idea.


—No puede ser voluntario. Ella nunca iría sola a ninguna parte con esa bestia.


—No hables así de mi primo —la mirada de Pedro se ensombreció.


—¿O qué? ¿Me golpearás?


—Jamás —él parpadeó sorprendido.


—¿Entonces? Tu primo es un monstruo y tú también. Quiero pruebas de que mi hermana está bien.


—Te las daría si no hubieras tirado mi teléfono al mar.


—Devuélveme mi teléfono para que pueda llamarla.


—No.


—Por favor, Pedro. Enciérrame en un sótano oscuro, pero déjame llamar a mi hermana. ¡Por favor!


La angustia en su rostro hizo que Pedro estuviera a punto de ceder. Cuando una solitaria lágrima rodó por su mejilla, tuvo que apretar los puños para no sacar el teléfono de Issy del bolsillo trasero.


—Bella, escúchame —habló con dulzura—. Tu hermana está a salvo, te lo juro. Ezequiel no es el monstruo que crees que es. Nunca la lastimaría.


—¿Esperas que te crea? —preguntó ella. La barbilla le temblaba.


—No espero nada —él deslizó un dedo por su mejilla y esbozó una sonrisa triste—, pero quiero que confíes en mí y me creas cuando te digo que Delfina está a salvo y que no le pasará nada.


—De acuerdo —susurró ella, asintiendo suavemente y relajando su tensa figura.


Pedro no entendió por qué se le inflamó el pecho. Debía de estar loca. Paula lo sabía, mirando por la ventana, pero sin ver nada. ¿Confiar en él? ¿Confiar en el diablo? Y no era porque no tuviera alternativa, sentía una confianza que provenía de su corazón, un alivio que se extendía y aliviaba la opresión de sus pulmones.

Venganza Y Sedución: Capítulo 56

Todas las mujeres con las que Pedro había salido registraban su vida con selfis. Se había acostumbrado a ello y apenas se daba cuenta de que sus teléfonos estaban permanentemente girados hacia ellas. Paula tenía treinta y tres fotos almacenadas en su teléfono. Los primeros indicios de la pérdida de peso de ella, de la época en que Delfina había empezado a trabajar para ellos, eran una serie de fotos en las que aparecía sonriendo con varios niños igualmente sonrientes. Su pelo era del mismo castaño intenso en todas las fotos, así que supuso que se lo había teñido para su primer encuentro. Tan concentrado había estado en estudiarla  y calcular que habría tardado cuatro meses en lograr la talla que aún mantenía, que había tardado en darse cuenta de que todas las fotos habían sido tomadas en un hospital, y de que muchos de los niños capturados tenían poco o nada de pelo.


—¿Eres el dueño de esta isla? —susurró ella horrorizada.


—No te preocupes, tus dotes de investigación no te fallaron —a saber por qué quería tranquilizarla—. Compré St. Lovells hace dos años. Todos los implicados firmaron un acuerdo para no divulgarlo. Sé que no podré mantenerlo en secreto para siempre, pero espero disfrutarlo en paz durante un tiempo. Tus dotes tampoco te fallaron con el Palazzo delle Feste. La empresa que contraté para construirlo también firmó un acuerdo de confidencialidad. Ya no importa si descubren que es mío… Le he incorporado tecnología contra los paparazis.


—¿Desde cuándo te molesta salir en la prensa?


—La prensa es como una resaca —él se encogió de hombros—. Agotadora.


—Entonces quizá no deberías cortejarla —sugirió Paula.


—No la cortejo, me relaciono con ella, siempre por motivos profesionales. Créeme, nunca he invitado a los paparazis a que envíen un dron para hacerme fotos en mi yate.


—No, esas serían tus novias.


—Mis amantes la corrigió él—. Novia implica cierta permanencia.


—No te preocupes —la cara de Paula se contrajo cuando oyó la palabra «Amante»—, ninguna mujer sería tan estúpida como para salir contigo pensando que podría ser permanente.


Pero Paula sabía que más de una de sus amantes, odiosa palabra, habría quedado deslumbrada y luego cegada por la luz que desprendía Pedro. Ella había dedicado dos años a prepararse y protegerse de su magnetismo sexual, pero él había traspasado el grueso muro de piedra.


—Espero que no —murmuró él mientras miraba por la ventana—. Esta isla es el santuario perfecto. El desarrollo turístico es limitado. He destinado el lado sur para mi uso personal. No se puede atracar sin permiso. Cualquier periodista lo suficientemente estúpido como para enviar un dron sobre la isla verá cómo es derribado.

lunes, 2 de marzo de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 55

Él había cambiado el polo y los pantalones cortos por una camisa negra de manga corta, sin remeter sobre unos elegantes pantalones cortos de color tostado que le llegaban a medio muslo, y un par de zapatos náuticos. No recordaba habérselos visto en el desayuno, demasiado concentrada en comer y mantener la compostura como para atreverse a mirarlo. Superada por la montaña de emociones que la invadían. Demasiadas. Demasiado aterradoras para contemplarlas. Ver esa ropa no hizo más que aumentar su humillación. Pedro había embarcado en el Palazzo delle Feste sin nada más que la ropa que llevaba puesta y los objetos en los bolsillos del pantalón. Debía tener ropa de repuesto en el camarote principal, prohibido a Paula. Por el dueño. Por Pedro. Cómo deseó que su corazón no se agitara al ver tensarse los músculos de las pantorrillas al caminar y cómo se movían los músculos de la espalda. Y, cuando él llegó al final del embarcadero y se volvió para esperarla, cómo deseó que el ardiente dolor que había prendido en su interior se redujera a cenizas. Por primera vez el día anterior en la sala de juegos, no pudo evitar mirarlo a los ojos. Lo que encontró en su brillante mirada no hizo más que agravar la agitación de su corazón, reflejo de las emociones que la atormentaban. Durante un instante de locura, la invadió el deseo de que Pedro le tomara el rostro entre las manos y apretara sus firmes labios contra los suyos y… Todo sucedió tan rápido que no pudo reaccionar. Un hombre que no había visto agarró la maleta mientras Pedro la tomaba en brazos y la depositaba en la parte trasera de un todoterreno negro, que tampoco había visto. Rápidamente, se sentó a su lado, y la puerta se cerró.


—¿Qué haces? —chilló Paula, intentando salir por la otra puerta. El pánico se apoderó de ella cuando la encontró cerrada—. ¡Déjame salir!


—Pronto —él golpeó la mampara que los separaba de la parte delantera del coche, que arrancó.


—¡Déjame salir, ahora! —Paula golpeó la mampara divisoria—. ¡Para el coche!


—No se detendrá.


Golpeó más fuerte. El cristal debía ser blindado, de lo contrario su puño lo habría atravesado.


—Vamos a mi complejo. Llegaremos en unos minutos.


—No voy a ninguna parte contigo —rugió ella.


—El itinerario de este coche dice otra cosa —Pedro suspiró como si estuviera harto del numerito.


—Si no detienes el coche y me dejas salir ahora mismo, te denunciaré por secuestro.


—Tendrás que esperar hasta abandonar St. Lovells. Te quedarás aquí conmigo hasta que Ezequiel confirme que cualquier daño que Delfina y tú hayan causado a nuestro negocio ha sido controlado.


—¡No puedes hacer eso!


—Puedo y lo haré. No será para siempre, y te doy mi palabra de que no te pasará nada.


—Como si fuera a creer una sola palabra que salga de tu boca — espetó Paula.


—Dijo la sartén al cazo.


—No puedes retenerme aquí contra mi voluntad. Hay leyes, ¿Sabes?


—Bella, sí puedo —Pedro casi sintió pena por ella—. La isla es mía, y no podrás marcharte sin mi permiso.



Pedro había expuesto a Paula como la estafadora conspiradora que era, así pues, no tenía sentido que la expresión de ella le hiciera sentir un nudo en el estómago. La ternura que lo invadía, el deseo de abrazarla y jurar por todo lo sagrado que jamás permitiría que le hicieran daño… Solo podía deberse a la falta de sueño. No debería haber pasado las horas de insomnio revisando los datos del teléfono clonado. Pocos contactos y fotos. Pocas señales de que tuviera una vida social.


Venganza Y Seducción: Capítulo 54

La negligencia de Paula había puesto en peligro a su hermana. Debía habérsele pasado algo por alto porque, ¿Cómo había podido Pedro tomarle la medida tan rápidamente? Al asomarse por la ventana del camarote, su ánimo se elevó un poco al ver la pequeña isla a la que se dirigían. Demasiado pequeña para tener aeropuerto, pero lo bastante grande para atracar un yate de ese tamaño. Y se animó un poco más al ver unas bonitas casas entre las palmeras y la vegetación. Vida humana. Con suerte, habría un aeródromo para avionetas. Si no, habría barcos. Tenía dinero de emergencia precisamente para eso. Sabía desde el principio que, cuando terminara el trabajo, tendría que escapar rápidamente. Pero el trabajo nunca terminaría. Lo había estropeado. Esperó a que el yate atracara para calzarse las chanclas rosas, nunca volvería a llevar tacones, y abrió la puerta del camarote. Comprobó que el pasillo estaba vacío y avanzó con la maleta. Si conseguía llegar hasta las escaleras metálicas que se desplegarían sobre el malecón sin tropezarse con Pedro, tenía muchas posibilidades de ponerse a salvo sin tener que volver a verlo. El sol brillaba con fuerza cuando salió a cubierta. Algunos miembros de la tripulación esperaban en lo alto de la escalera. Una parte de ella quería gruñirles, pero sería injusto, así que sonrió y les agradeció haber cuidado tan bien de ella. A punto de pisar el primer escalón, un cambio en el aire la hizo titubear. A pesar de la intención de marcharse sin mirar atrás, giró la cabeza sin poder contenerse. Pedro estaba allí. En tres largas zancadas estuvo a su lado.


—Permíteme —antes de que ella pudiera reaccionar, él le quitó la maleta de la mano y la bajó hasta el embarcadero.


Paula sabía que, si abría la boca, saldría el fuego que ardía dentro de ella, y lo siguió. Pedro caminaba decidido, sin mirar atrás. La longitud y la velocidad de sus zancadas impedían a ella seguirle el paso. Si se negaba a devolverle la maleta, que así fuera. Llevaba una riñonera con el pasaporte, las tarjetas bancarias y todo el dinero en efectivo. El puerto era pequeño, con un puñado de relucientes yates amarrados. Algunas personas, imposiblemente glamurosas en diminutos bikinis y pantalones cortos de baño, admiraban el súper yate, sin duda preguntándose quiénes serían los pasajeros que desembarcaban. Paula intentaba asimilarlo todo, pero sus ojos no dejaban de traicionarla, buscando a Pedro en lugar de buscar posibles rutas para salir de aquella hermosa y claramente exclusiva isla.

Venganza Y Seducción: Capítulo 53

Al reconocer la voz del capitán, Paula cerró los ojos y trató de hablar en tono suave. Por mucho que quisiera gritarle, el capitán solo había obedecido órdenes de su auténtico jefe.


—Sí, capitán Caville. ¿Qué puedo hacer por usted?


—Pensé que debería saber que atracaremos en veinte minutos.


—¿Dónde?


—En St. Lovells.


—¿Una isla?


—Sí.


—Nunca he oído hablar de ella… Pero gracias por decírmelo.


—De nada —el capitán dudó—… Mis disculpas de nuevo por la confusión sobre los papeles.


Pero no hubo disculpas por engañarla y hacerle creer que había alquilado el Palazzo delle Feste de verdad. Toda la tripulación trabajaba para Pedro. El yate le pertenecía. Había jugado con ella como un marionetista con su marioneta. ¿Por qué no había hecho caso a su instinto cuando David le había mostrado el yate? En el fondo ella sabía que era demasiado para lo que necesitaba. Que el alquiler era demasiado como para que David se lo regalara. La desesperación le había hecho ignorar su instinto. La ventana de oportunidades para que Delfina y ella llevaran a cabo su venganza solo duraría un tiempo y jamás volvería a abrirse. Lo había estropeado todo. Colgó el teléfono y se tapó la cara. No debía llorar. Todavía no. Tampoco podía pensar en lo herida, rota, que la había dejado Pedro la noche anterior. Las lágrimas tendrían que esperar. Debía concentrarse en escapar y encontrar la forma de ponerse en contacto con Delfina, no para advertirle, ya era demasiado tarde, sino para asegurarse de que estuviera bien. A salvo. Ambos primos Alfonso eran despiadados, pero, para Paula, Ezequiel era el peor. A diferencia de Pedro, al que la prensa adoraba, Ezequiel permanecía lejos de los focos, por lo que había muy pocas fotos suyas en Internet. Las que había, mostraban a un hombre apuesto, aunque de gesto amenazador. Su rostro encajaba con la imagen que ella recordaba, cuando Pedro y él habían salido de su casa familiar como un par de mafiosos tras meterle una bala a su enemigo. Para Paula, como si lo hubieran hecho. Le habrían ahorrado a su padre un año de tormento. La primera vez que vió una foto de Pedro, tardó un rato en comprender que aquel hombre tan apuesto que sonreía alegremente a la cámara podía ser el mismo que había hecho y dicho cosas tan crueles a su padre. Con Ezequiel no había dudado. Había pensado que Delfina estaría a salvo trabajando para los primos. Alfonso Industries empleaba a cien mil personas. Por supuesto, solo una fracción trabajaba en The Ruby, un magnífico rascacielos que los primos Alfonso habían construido en el corazón de Londres como sede central, pero aun así eran muchos.

Venganza Y Seducción: Capítulo 52

Paula se detuvo. Por un momento él pensó que hablaría, pero el momento pasó cuando le dió otro mordisco a su cruasán.


—Tus planes se han frustrado. Avisé a mi primo en cuanto me enteré de lo que tramaban.


Hubo un leve parpadeo en el rostro que seguía sin mirarlo.


—En Londres descubrí que eras una estafadora —continuó Pedro—, así que cloné tu teléfono. Cuando me dí cuenta de lo que tramaban guardé tu teléfono bajo llave en mi camarote. Te lo devolveré cuando todo haya acabado y ya no sea peligroso que te comuniques con Delfina.


Paula apartó la silla de la mesa y se levantó. Tomó una manzana del frutero y se alejó.


—Supongo que no debería sorprenderme tu silencio —Pedro se enfureció—. Tu padre tampoco tuvo mucho que decir cuando Ezequiel y yo nos enfrentamos a él por su corrupción.


Por un instante, el pie de Paula quedó suspendido en el aire antes de girar sobre sí misma y regresar a la mesa. Tomó el teléfono de Pedro, antes de que él pudiera reaccionar, y lo arrojó por la borda. Boquiabierto, apenas capaz de dar crédito a lo que acababa de hacer, él observó cómo ella se marchaba sin mirarlo. Paula sentía una furia como jamás había conocido y se dirigió al primer miembro de la tripulación con el que se cruzó.


—Perdona, ¿Me prestas tu teléfono, por favor? Sigo sin encontrar el mío.


Fernanda, probablemente aún más joven que Paula, se mordió el labio y bajó la mirada.


—¿Estás bien? —confusa, Issy puso una mano en el brazo de Fernanda—. Yo pagaré los gastos.


—No puedo —Fernanda sacudió la cabeza—. Mi trabajo vale más.


—¿Qué quieres decir?


—Hemos recibido órdenes de no prestarle nuestros teléfonos — murmuró.


—¿Órdenes de quién? —pero ella ya lo sabía.


—Del señor Alfonso.


—Escucha, Fernanda, no importan las órdenes que te haya dado Pedro —Paula apretó los dientes y respiró hondo para no morderle la cabeza a la pobre Fernanda—. Es mi yate. Por favor, déjame usar tu teléfono, solo cinco minutos. Por favor.


—Usted lo ha alquilado —la joven se limitó a sacudir la cabeza—, pero él es mi jefe.


La sensación de mareo que Paula había experimentado en la sala de juegos al darse cuenta de que Gianni sabía quién era, regresó.


—¿Tu jefe? —preguntó casi con miedo—. ¿Cómo?


—Porque éste es su yate —la joven la miró con compasión.


Paula miró furiosa el teléfono del camarote que sonaba. Había pasado la última hora encerrada, mirándolo, odiándolo por su negativa a comunicar fuera del yate. Le estaba costando un mundo controlarse, porque sabía que en cuanto la liberara, el terror por su hermana se apoderaría de ella.


—¿Sí? —arrastrándose sobre la cama, descolgó.


—¿Señorita Chaves?


Venganza Y Seducción: Capítulo 51

Sí, él era la víctima, y esa horrible culpabilidad que había sentido cuando por fin habían actuado sobre el deseo despertado en su primer encuentro era inexplicable. 


Paula se asomó entre las cortinas del camarote. Amanecía, y el Palazzo delle Feste ya se abría paso a través del mar Caribe. Respiró hondo y realizó una llamada interna, las únicas permitidas desde su camarote, al capitán. Cuando colgó, la desesperación se había apoderado de ella. Los papeles del matrimonio ya estaban en el ministerio.


Pedro se duchó y se vistió. Había pasado la noche en su camarote. Le había hecho ilusión pasar su primera noche allí, dormir en una habitación opulenta con todas las comodidades que un hombre podría necesitar. Saber lo duro que había trabajado para conseguirlas y que nadie podría arrebatárselas era una emoción que nunca envejecía. Pero se había sentido incómodo. El sueño lo había eludido. Cuando cerraba los ojos, veía a Paula, acurrucada en el suelo, humillada y vulnerable. Había dado la orden de zarpar hacia St. Lovells antes del amanecer, y que los papeles del matrimonio fueran destruidos. El capitán había accedido a la primera petición. El problema era la segunda. Creyendo que la feliz pareja querría presentar los papeles enseguida, el capitán, o mejor Pedro, había pagado a un funcionario para que acudiera en lancha motora al Palazzo delle Feste y recogiera los documentos. El funcionario debía haber llegado mientras Paula y él estaban en la sala de juegos. La tripulación tenía instrucciones estrictas de no molestar. El funcionario sobornado ya había presentado los papeles. Para acabar con esa farsa haría falta una anulación. Eso le enseñaría a dar a otra persona poder ilimitado para gastar su propio dinero, pensó agotado. Pero, de momento, era ella quien ocupaba sus pensamientos. No debería preocuparle su estado de ánimo, pero no podía evitar que su pecho se encogiera cuando recordaba su imagen. Dado que sucedía cada dos segundos, sentía el pecho como si tuviera un picahielos clavado. La encontró en la terraza, vestida con un caftán blanco de manga larga, desayunando. Estaba distinta, el pelo recogido en una coleta suelta, sin pizca de maquillaje. Parecía más joven. Respirando hondo para calmar la tempestad desatada en su estómago, Pedro dejó el teléfono sobre la mesa y se sentó frente a ella. Paula ni lo miró, concentrada en el plato de huevos, tostadas, beicon y champiñones. Solo dejó de comer para servirse más café de la cafetera, y nata de la jarra, añadir un montón de azúcar, removerlo con una cuchara, probarlo y seguir comiendo. Él se sirvió café, fruta, yogur y bollería, obligándose a comer.


—¿Cuánto tiempo vas a seguir ignorándome? —le preguntó cuando ya no pudo soportar el silencio.


Ella respondió sirviéndose un cruasán de chocolate y fingiendo no oírle.


—Entiendo que estés enfadada conmigo, pero solo puedes culparte a tí misma. Me has engañado, Paula. Me trajiste aquí para distraerme mientras tu hermana ponía una bomba en mi empresa.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 50

Paula estaba tan consumida por las increíbles sensaciones del clímax y la expectación para que Pedro diera el paso final y la tomara, que las palabras simplemente rebotaron en su cabeza. Quería experimentarlo todo, sentirlo todo, perderse en las caricias de Pedro… Pero él ya no se movía. La fusión que la llevaría al paraíso se había detenido antes de empezar.


—¿Sucede algo? —susurró ella, rozando sus labios con los de él, tratando de discernir por qué tenía los ojos tan cerrados y la mandíbula tan encajada.


—Sé quién eres —repitió él con voz ronca.


—¿Sabes…? —la comprensión se filtró lentamente en el aturdido cerebro de Paula, que parpadeó varias veces para despejarlo.


—Sé que eres la hija de Miguel Chaves.


El cerebro de Paula seguía negándose a comprender. Sus palabras no tenían sentido… Hasta que una sensación helada empezó a trepar por su espalda, dejándola sin aliento. El aturdimiento del cerebro se disipó y el hielo se extendió hasta que lo comprendió plenamente y soltó el aire de golpe. Le golpeó el torso con los puños y juntó las piernas antes de girarse a un lado y saltar de la mesa. Los pies golpearon el suelo y, como había olvidado que aún llevaba puestas las estúpidamente altas sandalias, se le torció un tobillo y cayó al suelo. Pedro corrió a su lado, la preocupación reflejada en el rostro.


—Apártate —Paula intentaba desesperadamente taparse con el vestido.


—Paula…


—He dicho que te apartes de mí —ella querría escupirle en la cara—. Vete. Ahora.


—Paula, por favor…


—¡Lárgate! —gritó ella, perdiendo el control—. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!


Pedro alzó la barbilla, el rostro tenso, dándole un aspecto pétreo. Paula no soportaba mirarlo y hundió el rostro en las rodillas. Pensaba que iba a vomitar. Sintió más que oyó a Pedro salir de la sala de juegos. El vacío confirmó que se había ido.


Pedro se echó agua fría en la cara y trató de calmar la respiración. Intentó borrar de su mente la imagen de Paula, humillada y vulnerable, acurrucada en el suelo. El juego había terminado, y él había sido incapaz de jugar la última ronda. No había hecho nada malo. Él era la víctima. Ella había estado jugando con él mucho antes de su primer encuentro, un encuentro que ella había preparado. Lo que había seguido había sido planeado por ella. Todo. Se había hecho pasar por una fiestera de la alta sociedad y lo había seducido con sus ojos y sus palabras. Incluso había robado su propio yate como accesorio para su juego. Él solo le había seguido el juego. Incluso tras descubrir su identidad, y que todo formaba parte de un plan para destruirlo, a él y a su primo, lo peor que hizo fue esconder su teléfono.

Venganza Y Seducción: Capítulo 49

Pero nunca lo había visto completamente desnudo, y fue una revelación en sí misma. «Magnífico», se quedaba corto. Cada parte del diablo era hermosa.


—Bésame —susurró ella. 


Había algo en sus besos que alimentaba su deseo y la volvía ávida de más. Ávida de todo. Sus bocas volvieron a unirse. Las manos se deslizaron pesadamente sobre la piel, una necesidad de descubrir y saborear vibrando en ambos, latidos que se convirtieron en palpitaciones cuando él acarició su feminidad inflamada con el pulgar. Dios santo, lo anterior le había parecido bueno, pero no era nada. Nada. Paula se frotó contra él, gimiendo de placer. Pedro apenas podía creer lo caliente y húmeda que estaba. Si las células del cuerpo humano pudieran emitir sonidos, las suyas estarían gritando su necesidad. Podía sentirlo, saborearlo, olerlo y, manteniendo la presión sobre la fuente de su placer, deslizó un dedo dentro del pegajoso calor, sus sentidos temblando mientras los gemidos de ella se hacían más profundos y se aferraba a él con fuerza.


—¿Preservativos? —jadeando, Paula despegó su boca.


—En mi bolsillo —contestó él casi sin poder hablar.


—Pues… —ella se interrumpió, sus ojos se enturbiaron, sus jadeos se acortaron y, de repente, echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca.


No salió ningún sonido. No fue necesario. El clímax silencioso de Paula la estremeció, sus ondas casi visibles y, de repente, la desesperación de Pedro por perderse dentro de ella fue inmensa. Cuando estuvo seguro de que ella había terminado, retiró suavemente la mano y la besó.


—Iré a por el preservativo.


—Hazlo —susurró ella.


Él sacó un preservativo del bolsillo trasero, rasgó el paquete con los dientes y se lo enfundó. Las manos de ella lo buscaban, y cuando se colocó entre sus piernas, lo agarró por la nuca. Pedro guió su erección hasta la húmeda abertura.


—Con cuidado, ¿Eh? —ella, que aún respiraba agitadamente, tragó saliva.


Él asintió, agarró una cadera y, con una anticipación casi insoportable, a punto de introducirse en su húmedo calor, en su mente surgió la pregunta.


—¿Es tu primera vez? —preguntó.


—Sí —susurró ella mientras se echaba hacia atrás, animándolo a poseerla.


La excitación de Pedro palpitaba tan fuerte que lo quemaba. Deseaba desesperadamente penetrarla. Era una desesperación que nunca antes había sentido. Ella era virgen.


—Está bien —aseguró Paula, acercando la boca a la de él—. No me harás daño.


La sencilla afirmación golpeó a Pedro como un puñetazo.


—Sé quién eres —admitió sin más.

Venganza Y Seducción: Capítulo 48

Deslizando los dedos por su espalda, le agarró esas nalgas con las que había fantaseado casi todo el día y le subió el vestido hasta que pudo sentarla a la mesa de billar. Cuando ella abrió los ojos, sintió que estaba mirando a la verdadera Paula por primera vez. No había nada calculado. No había engaño. Solo ella y su deseo por él. Le sujetó el rostro y la besó con tanta pasión que ella gimió y le arañó la espalda con los dedos. Pedro bajó la cremallera del vestido. Sin despegar sus bocas, ella deslizó los tirantes de los hombros y el vestido cayó a la cintura, dejando expuestos los pechos desnudos, aplastados contra el torso de él. Dio, nunca había experimentado una sensación tan increíble. Con la respiración agitada, se apartó para volver a mirarla a los ojos empañados por el deseo, y embeberse del rubor de sus mejillas. Le puso una mano en el pecho y la empujó delicadamente. Luego acarició un pecho que encajaba en su palma como si estuviera hecho a medida. La empujó un poco más, bajó la cabeza y tomó un oscuro pezón rosado con la boca.


Paula se sobresaltó y jadeó ante la inesperada descarga de placer. Pero no acabó ahí, pues Pedro siguió besando, mordiendo y chupando su piel hipersensibilizada, pasando de un pecho a otro, deslizando la lengua hasta el ombligo. Recorrió con las manos los contornos de su cuerpo, deslizó los dedos por seda y carne, incendiándole la piel a su paso. Las llamas se intensificaron cuando su boca volvió a encontrar la de ella y su mano se deslizó bajo el vestido y encontró las bragas. Emocionada por el hambre de sus besos, devorándolo con la misma intensidad, se agarró a los hombros de Pedro y levantó las nalgas. Él le bajó las bragas por los muslos. Con un par de movimientos las bragas se deslizaron por sus pantorrillas hasta los pies, desde donde se las quitó de un puntapié. El deseo de Pedro, cuando retrocedió para contemplar su semidesnudez, era tan evidente en su mirada, que Paula olvidó toda timidez al quedar expuesta. Había una dolorosa reverencia en sus ojos, como si fuera la primera mujer que él hubiese visto así. Con el chasquido del botón y un tirón de la cremallera, los pantalones cortos cayeron. Lo recorrió con la mirada como había hecho él. Apenas podía respirar. Siempre había pensado que el cuerpo femenino era más estético que el masculino. Pedro Alfonso era el único hombre cuyo cuerpo le había llamado la atención, pero durante años se había dicho que se debía a sus intensas investigaciones sobre él, que, si contemplaba una y otra vez las fotos de él, semidesnudo de vacaciones en su yate, era para estudiar a su acompañante y poder copiar su aspecto. Siempre había sido él. El diablo disfrazado de Apolo. El hombre más sexy de la Tierra.

Venganza Y Seducción: Capítulo 47

—¿Y derrochar energía? —se burló él—. Siéntete libre para quitarte el vestido si también tienes calor.


—Cállate —Paula apretó los dientes para concentrarse y golpeó la bola blanca con la fuerza suficiente para que alcanzara el triángulo de rojas sin romperlas.


Pedro apenas miró las bolas mientras tiraba. Dos rojas cayeron en las troneras. En diez minutos había vaciado la mesa. Aparte del saque inicial, Paula no logró intervenir. Fue una clase magistral de billar. Pero ella apenas prestó atención a los tiros. Durante toda la partida, Pedro mantuvo la mirada fija en la mesa, sin mirarla a ella. Ni miradas sensuales, ni insinuaciones aterciopeladas… Hipnotizada por la elegancia del hombre y la belleza de su masculinidad, Issy cayó en un trance mientras destrozaba la mesa. Cuando entronó la bola negra por última vez y, finalmente, levantó los ojos hacia ella, Paula no habría podido apartar la mirada, aunque hubiera querido. Una sonrisa se dibujó lentamente en el rostro de Pedro. Dejó despreocupadamente el taco sobre la mesa, apuró su whisky y, con la expresión de un león abordando a su presa, se acercó a ella.


—Creo que me he ganado mi premio —la mirada penetrante, mortífera, las palabras roncas.


El corazón de Paula latía con fuerza. Luchar o huir. Eso experimentaba la presa cuando percibía al gran felino. Décimas de segundos antes de que la adrenalina hiciera efecto, suponía la diferencia entre la vida y la muerte. Luchar contra un depredador más grande que tú y morir. Levantar el vuelo demasiado tarde y morir. La presa capturada renunciaba a luchar y daba la bienvenida a la muerte para liberarse del dolor. Pedro la había capturado aquella noche en Londres. Ella había llegado al club subestimando el poder de su sexualidad y, desde entonces, se pasaba el día luchando contra sus propias reacciones. Ya no podía huir. La voluntad de luchar la había abandonado. Someterse no significaba morir. Él no le provocaría dolor, solo placer y, por una noche, ella quería explorar hasta dónde podría llevarles ese placer. Porque sabía que podría vivir cien vidas y jamás volver a sentir lo que sentía por Pedro.


—¿Qué premio? —susurró, con una mezcla de timidez y audacia.


Pedro posó una mano sobre la espalda de Paula para atraerla hacia él. Ella lo miraba con ese deseo que él había visto a menudo, pero también con algo más que nunca había visto, una transparencia, como si se hubiese arrancado un velo de invisibilidad.


—Tú —Pedro acercó su cara a la de ella.


Cuando sus bocas se fundieron, él tuvo la extraña sensación de que era Paula quien lo besaba. Paula, la joven de la captura de pantalla, no la refinada seductora. Cualquier Paula que fuera, la deseaba con una fuerza que estaba a punto de apoderarse de él y, cuando sus labios y su lengua bailaron con los suyos, la electricidad que había crepitado entre ellos todo el día disparó enormes sacudidas por sus venas y hasta lo más profundo de sus entrañas.

Venganza Y Seducción: Capítulo 46

 —Prefiero cantar —Paula se esforzó por sonar indiferente.


—Yo no —él hizo una mueca mientras se preparaba. La bola amarilla fue directa a la tronera.


—¿Cómo es que se te da tan bien? —Paula tenía que llevarlo a un terreno más seguro—. El billar —aclaró rápidamente antes de que la malinterpretara.


—Tengo una mesa de billar en mi ático de Londres, y en mi casa de la Toscana. Me gusta jugar.


—Eso encaja con tu imagen de playboy —no debía olvidarlo.


Cuando la fuerza del magnetismo y la personalidad de Pedro amenazaran con borrar el daño que había causado a su familia, necesitaba recordar la cadena de corazones rotos que había dejado esparcidos por el mundo.


—No tengo una imagen de playboy.


—¡Claro que sí! Te he investigado. Un millón de veces. Tienes tu propio hashtag. HotAlfonso.


—No lo creé yo.


—Tus admiradoras. Eres un playboy al que le encanta la fiesta.


—No es un crimen que un hombre soltero vaya de fiesta y salga con  mujeres.


—Solo digo que tu imagen no encaja con la de un hombre que debe haber pasado horas ante una mesa de billar para ser así de bueno.


—El billar me ayuda a relajar la mente, a desconectar —los labios de Pedro se curvaron en una sonrisa torcida—. Cuando no hay ninguna mujer ardiente que me ayude a relajarme, claro.


—Intentas fastidiarme —habló ella con serenidad.


—¿Lo estoy consiguiendo?


—No.


La sonrisa cómplice indicaba que no la creía.


—Sería imposible para mí tener tanto éxito en mi negocio si saliera todas las noches. A mi edad ya sufro resacas.


—¡Vaya! Pobrecito.


—Gracias por tu simpatía.


—De nada.


—¿Te das cuenta de que he ganado?


Mientras bromeaban, Pedro había vaciado la mesa y solo quedaba la bola negra. Ella no podría superar su puntuación.


—¿Tendré mi premio?


—¿Qué premio? —Has hecho trampas —lo acusó ella.


—No es verdad —Pedro dejó el taco sobre la mesa y se acercó a ella—. Estaba observando. Tu trasero es realmente delicioso.


El corazón de Paula se volvió a acelerar. Apartándose de él, sacó el triángulo de la ranura.


—Me has distraído. Juega otra vez…Sin hacer trampas.


—¿Llamas a eso distracción? Bella, eso no es nada para lo que podría haber hecho.


—Para mí es hacer trampas —la pelvis de Paula se contrajo, pero mantuvo la concentración—, y esta vez vas a jugar limpio. Empiezo yo.


Paula pidió más bebidas por el interfono y colocó las bolas. Después de tizar el taco, se preparó para dar el primer golpe, pero antes de poder hacerlo, se olvidó de desenfocar a Pedro, que apareció en su línea de visión. Se había quitado el polo, exhibiendo el delicioso torso desnudo.


—Me estaba entrando calor —los ojos de Pedro brillaron, aunque su tono de voz era inocente.


—Pues sube el aire acondicionado.

lunes, 23 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 45

 —Quizá debería quitarme las sandalias, si eso te da más posibilidades —se burló ella.


—No sé… —Pedro recorrió su cuerpo con la mirada—. Esas sandalias son muy sexys —murmuró mientras sus miradas volvían a encontrarse.


El calor que Paula había estado controlando prendió, acelerando su corazón e inundándola de deseo. Si Pedro no estuviese al otro lado de la mesa, se habría lanzado sobre él. Tomó su copa y bebió un largo trago del mojito, plenamente consciente de que su cara ardía con intensidad, plenamente consciente también de que él sabía exactamente el efecto que esas cinco palabritas habían tenido en ella. Pero él no dijo nada, limitándose a esperar su turno con el taco en la mano y esa mirada sensual, cómplice y sexy… ¡Maldito fuera! Maldito fuera también porque, para estirarse sobre la mesa y alcanzar la bola blanca, ella tuviera que subirse la falda del ajustado vestido, algo que ya había hecho varias veces, sin pensar en ello. De repente, fue dolorosamente consciente de lo sugerente que podía resultar, y también de lo sensibles que estaban sus muslos al contacto con la tela. Intentando controlarse y concentrarse, Issy se inclinó sobre la mesa y apuntó con el taco.


—El resto de tu cuerpo también es condenadamente sexy —observó él en el preciso instante en que ella disparaba—. Tu trasero es delicioso.


Paula falló. La bola blanca salió volando en dirección contraria, sin golpear nada.


—Lo has dicho a propósito para distraerme —ella lo miró furiosa.


—¿Y? —Pedro se encogió de hombros.


—¿Y?


—¿Y qué vas a hacer al respecto? —él le guiñó un ojo.


Cómo odiaba Paula lo mucho que lo deseaba. Tanto como odiaba lo mucho que empezaba a disfrutar de su compañía, o cómo pasaba de la diversión al deseo con solo oír su voz.


—Podría cantar —sugirió ella—. Ya me han ofrecido dinero para que no lo haga.


—Seguro que se te ocurre algo mejor—. Pedro sonrió, entronó la última roja y la miró fijamente—. Te garantizo que, si te quitaras ese vestido, sería incapaz de acertar.


Ella se imaginó sosteniéndole la mirada mientras se quitaba el vestido para su deleite.

Venganza Y Seducción: Capítulo 44

Se había creado una corriente, una tensión que iba más allá de la química sexual. Pedro casi podía saborear el engaño que se arremolinaba entre ambos, a punto de aflorar, esperando el momento en que las máscaras cayeran, cuando solo la verdad bastaría para satisfacerlos.


—¿Qué te parece una partida de billar? —sugirió él.


—Solo si prometes no darme una paliza.


—Nunca hago promesas que no pueda cumplir.


Paula tizó el taco y vió cómo Pedro doblaba su enorme cuerpo para hacer el saque. Golpeó la bola blanca con una determinación precisa, haciéndola rodar con fuerza por la mesa para estrellarse contra el triángulo rojo de bolas. Ella sonrió para sus adentros. Había jugado el tiro para beneficiarla. Separar las bolas rojas del triángulo facilitaba meterlas, algo que no haría un jugador serio, y él lo era, si no pensara que su oponente sería presa fácil. Ella hizo rápidamente su jugada, lamentándose al fallar la tronera. Pedro no falló. Entronó una roja, luego una rosa, y otra roja. Falló la verde por milímetros, lo que devolvió el juego a Paula. Ella se tomó su tiempo, inclinó el taco con cuidado e hizo su tiro. La blanca rebotó contra la roja, enviándola a la tronera. Siguieron cuatro aciertos, roja, verde, roja, marrón, pero, viendo que no había forma de meter otra roja desde donde estaba la blanca, golpeó la blanca suavemente, de modo que solo rozó la roja y luego rodó suavemente para colarse detrás de la rosa. Lo había engañado. La mirada de Pedro fue de admiración total.


—Creía que no jugabas —la acusó él, inclinándose sobre la mesa para alcanzar la blanca.


—No recuerdo haber dicho eso —respondió ella por lo bajo.


—Lo insinuaste —Pedro enarcó una ceja.


—Hace diez años que no juego —Paula se encogió de hombros.


—¿Cuántos años tienes? —él consiguió darle a la roja, pero no la metió.


—Deberías saberlo, siendo mi marido —bromeó ella—. Tengo veintitrés. Mi padre tenía una mesa de billar. Siempre quise jugar, pero no llegaba a la mesa, así que me regaló una de tamaño infantil por mi séptimo cumpleaños. A los diez, ascendí a la mesa grande.


—¿Cómo conseguías ver por encima? —se burló él.


—Con un taburete. Al ser tan pequeña, las distancias me parecían más largas, pero creo que eso mejoró mi juego.


—¿Has crecido desde entonces?


—Muy gracioso —la roja fue directa a la tronera.


—Dame una oportunidad —suplicó Pedro burlón—. Quítate los zapatos.


—Son sandalias, filisteo.


—¿Filisteo? —la expresión de Pedro se volvió seria—. No creo que signifique lo que tú crees.


—Inconcebible.


Sus miradas se fundieron, idénticas miradas de asombro al reconocer que ambos adoraban La princesa prometida, y entonces se echaron a reír. Paula se rió tanto que falló la siguiente bola. Pedro, con una amplia sonrisa, metió la bola en la tronera, pero falló la siguiente.


Venganza Y Seducción: Capítulo 43

Por la mueca y el suspiro de Pedro, ella intuyó que se le había escapado. Él vació su copa.


—Lo siento —se disculpó mientras llenaba las copas de nuevo—. No quise estropear el ambiente.


—No pasa nada… ¿Lo decías en serio?


—Nunca mentiría sobre algo así. Mi padre es un monstruo —Pedro sonrió fugazmente—. Pero no quiero hablar de él en mi noche de bodas. ¿Por qué no me hablas de los libros que te gustan a tí?


Paula no sabía por qué la idea de que el padre de Pedro fuera un monstruo le dolía tanto, o por qué no quería que cambiara de tema. Ya conocía los detalles de su infancia, como todo el mundo, ¿Por qué ese repentino deseo de saber más? Su madre había abandonado a su padre cuando él era niño, y vivía en Milán. Su padre explotaba, con su hermano, el mismo viñedo familiar en Umbria en el que se habían criado los primos Alfonso y, tanto Pedro como su primo, estaban distanciados de sus padres hasta el punto de cambiar sus apellidos a los dieciocho años. Formaba parte de la leyenda de hombres hechos a sí mismos, de la nada a la estratosfera. ¿Qué más necesitaba saber?


—No tiene sentido que te lo cuente si no has leído ninguno —por primera vez desde que habían entrado en el comedor, ella tuvo que forzar una sonrisa.


Durante un segundo, Pedro había temido que ella insistiría en que hablara más sobre su padre. Pero ella había preferido respetar su deseo de no hablar más del tema. Nunca hablaba de su padre. No valía la pena. Y rara vez pensaba en él. Pensar en sus progenitores y mencionar a su padre, confiarle un fragmento de su vida, precisamente, a Isabelle Seymore, era desconcertante. ¿Qué demonios tenía ella que hacía que el pasado pareciera mucho más cercano de lo que había estado en más de una década?


—¿Has leído muchos libros?


Ella asintió.


—No me digas que una fiestera como tú es un ratón de biblioteca — bromeó él.


—Secreto es la palabra clave —Paula se llevó un dedo a los labios.


—Algo me dice que está llena de secretos, signora Alfonso —Pedro le besó ese dedo.


Con ojos brillantes, Paula acarició sus labios con el dedo, deslizándolo luego por su mejilla.


—Y algo me dice que pronto los descubrirás todos —susurró.


—Lo estoy deseando —Pedro volvió a tomarle la mano y le besó la palma.

Venganza Y Seducción: Capítulo 42

La mesa del comedor, con capacidad para veinte personas, estaba colocada en un extremo, con Pedro a la cabeza y Paula a su derecha. Unas románticas velas lanzaban el reflejo de las llamas sobre la lámpara de cristal. Los enormes ventanales del comedor reforzaban el ambiente romántico, el sol poniente teñía el cielo de un naranja tostado que lo hacía parecer en llamas. Encajaba perfectamente con el incendio dentro de él. Pedro brindó por su desposada y, por enésima vez, se maravilló ante su belleza. Le costaba creer que esa hermosa criatura fuera la de la captura de pantalla que había clonado. Solo en su camarote, había contemplado fijamente la foto. Sospechaba que la de la foto era Paula  al natural, y que esa visión rubia era una imagen cuidadosamente elaborada para atraparlo. Lo que no entendía era por qué la versión más sencilla, sin pulir y rellenita, le oprimía tanto el pecho. Había apartado las extrañas emociones mientras se duchaba para cenar, sacudiéndose también la inquietud que lo había sacado de quicio durante la «Ceremonia nupcial». Los papeles que habían firmado jamás verían la luz del día. Su «matrimonio», nunca habría existido. Estaba seguro de que ella pensaba igual, pero que, como él, había decidido seguir el juego. ¿Cuánto tiempo creía que podría hacerlo? Por la mañana, atracarían en St. Lovells, y la farsa terminaría. Mientras tanto, disfrutaría de esa deslumbrante mujer y descubriría qué trucos tenía ella planeados para echarse atrás y no consumar el matrimonio que nunca sería. Para sorpresa y alivio de Paula, la cena fue realmente divertida. Mientras les servían plato tras plato de la comida más exquisita, mantenían una conversación ligera e impersonal. Ninguno de los dos se molestó en fingir sobre su futuro juntos. Ambos sabían que no ocurriría. Pero lo que hablaron sí le permitió a Issy conocer mejor al hombre del que creía saberlo todo, cosas que ninguna investigación sobre Gianni podría haber sacado a la luz.


—¿No lees? —preguntó ella asombrada cuando hablaron de libros, y él no pudo nombrar ni uno solo que le hubiera gustado.


—No desde que dejé la escuela. Los libros que nos mandaban leer eran demasiado aburridos.


—¿No te animaban tus padres? —Paula recordó cómo los suyos la habían ayudado y animado a leer, despertando en ella un amor por la literatura que seguía manteniendo.


—Mi padre es un matón homófobo y misógino —las facciones de Pedro se tensaron—. Si me hubiera visto leyendo un libro por gusto, habría supuesto que era gay y me habría pegado.


La sorpresa ante la brutal confesión casi hizo que Paula se atragantara con una frambuesa.

Venganza Y Seducción: Capítulo 41

Decidida, tomó aire y llamó al capitán. Uno de sus oficiales le informó que no estaba disponible, pero que la llamaría enseguida.


—No se preocupe, hablaré con él por la mañana.


Estaban en medio del Caribe. No se podía hacer nada hasta el día siguiente, y Pedro llegaría enseguida para acompañarla a cenar. Debía pensar en cómo proceder. Su corazón volvió a latir con fuerza. «No es un matrimonio», se dijo tercamente. Solo una broma, un juego, lo que fuera, que había ido demasiado lejos. Mientras no se presentaran los papeles, no habría matrimonio de verdad. Estaba a salvo. Con los analgésicos haciendo efecto, Paula decidió que lo mejor sería seguir con la broma, y eligió un vestido blanco ajustado con tirantes que le llegaba justo por debajo de la rodilla y tenía una raja en la falda que llegaba casi hasta el muslo. Eligió un par de sandalias blancas de tiras a juego. Se secó el pelo con secador para que pareciese más voluminoso y se pintó los ojos de gris ahumado, terminando con un pintalabios rojo. Estaba preparada. Aunque necesitó un momento para serenarse antes de responder a la llamada a la puerta. Pedro llevaba el mismo polo y los mismos pantalones cortos de loneta que había lucido todo el día, y esa sonrisa diabólica que el cerebro de Paula odiaba, pero su cuerpo adoraba.


—¿Lista para cenar, signora Alfonso?


El anhelo que sintió casi hizo que sus piernas cedieran, y por eso Paula supo que aquello debía terminar. No podía con Pedro, ni con lo que sentía por él. No solo estaba sobrepasada, estaba a punto de perder la cabeza. ¡Se había casado con él, por el amor de Dios! No podría pasar una semana entera con él sin perder la cabeza y, probablemente, lo último que le quedaba de amor propio. Confió en que Delfina hubiera cumplido su parte y que la operación contra los primos Alfonso fuera inevitable. Porque pasar mucho más tiempo con él iba a llevarla a un punto sin retorno. Tenía que acabar con eso. Sintió algo de paz en su acelerado corazón. Haría que destruyeran los papeles, y esa historia de terror terminaría en cuanto atracaran en la isla más cercana. Insistiría en que salieran de excursión y daría esquinazo a Pedro, escapando sin él. Solo necesitaba mantener su interés sexual unas horas más.


—Si, signor —murmuró ella, dirigiéndole una mirada de adoración que no requirió ningún esfuerzo.


Pedro le ofreció su brazo. Ella no dudó en aceptarlo.


—No sé tú —a Pedro le brillaban los ojos—, pero ya estoy deseando que llegue el postre.


Los empleados habían transformado el comedor en una extravagancia de plata y oro. A Paula no dejaba de sorprenderle lo ingeniosos que eran. Cómo habían conseguido globos, purpurina y confeti era un misterio. No preguntaría. A veces el misterio era mejor.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 40

Paula se levantó y se dió cuenta de que se tambaleaba un poco. Media botella de champán con el estómago vacío no era probablemente la mejor idea. Aquello se estaba poniendo divertido y rió ante la absurdez, y al pensar en Pedro gastando montones de dinero en un matrimonio que no tendría lugar.


—¿Tiene una hoja? —preguntó al capitán.


Cuando él se la entregó, Paula se arrodilló junto a la mesita de café y arrancó rápidamente dos tiras. Cada tira la enrolló longitudinalmente entre los dedos hasta que se asemejó a un gusano largo y retorcido, y luego las ató formando un círculo que tendió a Pedro con una floritura.


—Ya está —anunció sonriéndole—. Dos anillos de boda improvisados.


—¿Estás lista para hacerlo? —insistió él.


Quería que se echara atrás. Esperaba que se echara atrás. Ella podía verlo en sus ojos. Y fue esa expectación la que la llenó de desafío. Pedro había empezado esa partida de ajedrez y le correspondía a él ponerle fin. Solo cuando él la tomó de la mano y juntos se enfrentaron al capitán, Paula se dió cuenta de que ninguno de los dos estaba dispuesto a echarse atrás. Habían llegado a un punto muerto. Pedro tuvo la extraña sensación de abandonar su cuerpo y flotar en el aire, viéndose a sí mismo y a Paula, tomados de la mano y recitando sus votos ante el capitán y el creciente número de tripulantes que querían comprobar por sí mismos si el jefe se casaba realmente con la estafadora. Se vió a sí mismo firmar el certificado, y vió a Paula firmar su nombre, su verdadero nombre, Paula Chaves, y a los dos testigos firmar el suyo. Luego se vió a sí mismo deslizando el anillo de papel en el dedo de Paula y a ella hacer lo mismo con él. Y siguió viéndolo todo con el mismo desapego mientras se besaban para sellar los votos. Y entonces volvió a habitar su cuerpo mientras estrechaba manos y repartía abrazos. El corazón le latía con fuerza al comprender que le había salido el tiro por la culata con el farol que se había marcado con Paula.


Paula se metió dos analgésicos en la boca con mano temblorosa y los tragó con agua fría. Las secuelas del champán se hacían notar en forma de dolor de cabeza. O quizás fuera la repentina bajada de la adrenalina que la había inundado en la hora loca que había acabado con ella casada. La realidad, fría como el agua que acababa de beberse, la empapó. Acababa de casarse con su némesis. No se habían limitado a intercambiar votos falsos, habían firmado documentos legales. Con su verdadero nombre. La única gracia salvadora era que Pedro no se había fijado en su apellido. ¿Pero qué demonios la había poseído? ¿Qué le había poseído a él? Delfina iba a matarla… Hacía horas que no pensaba en su hermana, había olvidado por completo su teléfono perdido y que su hermana estaría esperando ansiosa, con el suyo en la mano, recibir una actualización. Cerró los ojos y respiró hondo. Era medianoche en Londres. Si su teléfono seguía desaparecido al día siguiente, pediría uno prestado a la tripulación, buscaría el número de Industrias Alfonso y contactaría con Delfina. Pero antes ordenaría al capitán que destruyera los papeles. Si no se registraban, el «Matrimonio», nunca se legalizaría.


Venganza Y Seducción: Capítulo 39

Paula se preguntó cuánto faltaba para que Pedro soltara una carcajada y admitiera que todo aquello no era más que una farsa. Casi sintió lástima por el capitán, que se esforzaba tanto por hacerlo realidad. Pero cuando les pidió los pasaportes empezó a sentir dudas. Dió un sorbo a su segunda copa de champán y se dijo a sí misma que no importaba cuánto dinero tuviera Pedro para untar a gente, el matrimonio no se podía hacer por la vía rápida. En cualquier momento, el capitán les diría con pesar que no podía ser antes de que Pedro volara de vuelta al Reino Unido, ambos fingirían sentirse decepcionados y él no tendría más remedio que apartarse de ella físicamente durante el resto de su estancia allí. Tendría que pensar en cómo entretenerle. El yate era un auténtico palacio de fiestas. En teoría sería fácil. Pero la teoría, como había aprendido desde su llegada al Caribe, no era garantía de éxito cuando se ponía en práctica. Un miembro de la tripulación entró con unas hojas recién impresas que entregó al capitán, que seguía hablando por teléfono. Tras hojearlas, hizo señas a Pedro para que se acercara. Sus voces eran demasiado bajas para que ella las oyera, pero cuando él la miró, había un brillo en sus ojos que la decidió a no ser ella la que anunciara que aquello había ido demasiado lejos. Conteniendo la risa, bebió más champán y le vió hacer algo en su teléfono que, sospechó, tenía que ver con transferencias de dinero. Excelente. Una nueva y más fuerte punzada de duda le asaltó poco después, cuando el capitán empezó a reírse al teléfono. La risa y el tono que había adoptado su voz recordaron a Issy la de su padre cuando llevaba a cabo un negocio, justo antes de cerrar un trato. Pedro llenó las copas de champán y se sentó frente a ella, con un brazo apoyado sobre el respaldo del sofá, el epítome mismo de la despreocupación. El diablo alzó su copa. Ella lo imitó.


—Todo listo —anunció Mario un minuto después, levantándose de la mesa—. Solo necesitamos un par de testigos, ya he enviado un mensaje a mis oficiales, y estaremos preparados.


—¿Ya puede casarnos entonces? —la mirada vagamente engreída de Pedro, como la del jugador de ajedrez que espera a que su oponente se dé cuenta de que va perdiendo, vaciló.


—Le ha costado mucho dinero, pero tengo la autorización —el capitán se encogió de hombros.


Pedro consiguió mantener la compostura mientras juraba para sus adentros. Aquello había ido demasiado lejos. Paula tenía que ceder.


—¿Lista para casarte conmigo? —la miró de nuevo.


—¿Por qué no? —ella apuró su copa sin apartar los ojos de Pedro—. Como dijiste, será divertido… ¿A menos que tengas miedo?


—Sin miedo por mi parte —no sería él quien se echara atrás.


Dos miembros de la tripulación entraron en el salón.


—Necesitamos un anillo —Pedro se puso en pie.


—Dos.

Venganza Y Seducción: Capítulo 38

La vió pulsar el número del capitán, seguro de que colgaría antes de que la llamada conectara, poniendo fin a esa farsa. Era ridículo pensar que podrían casarse. Casi tanto como la declaración de Paula de que se reservaba para el matrimonio. Aun así, ella había subido la apuesta del juego magníficamente, igualándolo. Se moría de ganas de verla recular. Pero en lugar de eso, ella pidió amablemente al capitán que se reuniera con ellos en el salón para discutir un asunto personal.


—Se reunirá con nosotros en el salón —anunció ella tras colgar.


Paula le tendió la mano. Ella entrelazó sus dedos con los de él y dejó que la guiara. El capitán Mario Caville llegó a la vez que ellos. Ni sus palabras ni sus gestos revelaron que trabajaba para Pedro desde hacía cuatro años. Él estaba orgulloso de su leal tripulación. Cuando les había explicado que estaba en el punto de mira de una estafadora, y que le siguieran el juego, habían aceptado el desafío. A Paula ni se le pasaría por la cabeza que Pedro y el buen capitán habían pasado noches bebiendo whisky escocés hasta reventar o jugando a las cartas. Por eso, creía conocer bastante bien al capitán. Y casi enmudeció cuando, al preguntarle si podía oficiar bodas, Mario asintió.


—El Palazzo delle Feste está registrado en Bermudas, y yo tengo una licencia de Bermudas, así que, si quieren que les case, puedo hacerlo. Solo tengo que ponerme en contacto con el ministerio para cumplir los requisitos necesarios —hubo un momento de vacilación—. ¿Quieren que lo haga?


Pedro esperaba que Mario se reiría ante la petición. Jamás se le habría ocurrido que podría casarlos. Creía que las historias de capitanes de barco casando parejas eran un mito urbano. Sin duda Paula estaría pensando que se le estaba yendo de las manos. Pero en lugar de ver dudas o pánico en su rostro, se limitó a mirarlo desafiante. Estaba esperando a que Pedro se rajara. Él nunca se había rajado en su vida.


—Hazlo —declaró con decisión.


La única reacción de Mario fue un ligero movimiento de las cejas.


—¿Cuándo quieren celebrar la ceremonia?


—Ahora mismo sería estupendo —Pedro le guiñó un ojo a Paula—, pero entiendo que no es razonable, así que lo antes posible. Si se puede acelerar, hágalo. El dinero no es problema si hay que untar algunas manos.


—Me pondré a ello —Mario sacó el teléfono del bolsillo.


—¿Una copa mientras esperamos? —sugirió Pedro a Paula.


—Champán estaría bien —volvió la sonrisa beatífica.


Se miraron fijamente, brindaron el uno por el otro y bebieron cada uno la mitad de su copa. «Vamos, Paula, rájate», la instó él mentalmente. «Sabes que ninguno de los dos seguirá con esta farsa».

Venganza Y Seducción: Capítulo 37

 —Sí.


—Pues acepto.


—¿Qué aceptas?


—Tu proposición.


—¿Disculpa?


—Tu propuesta de matrimonio —él dió un paso adelante y la empujó casi quemó sus retinas—. Acepto.


-No puedes hablar en serio —exclamó ella, incrédula—. ¿Quieres casarte conmigo solo para acostarte conmigo?


—¿Por qué no? Nos estamos divirtiendo, ¿Verdad? ¿Qué puede ser más divertido que casarse? —Pedro le tocó un pecho. Dio, qué agradable sensación. Se casaría con ella solo por sentir ese pecho desnudo—. Vamos, Paula —la animó, deslizando la mano hasta la nuca—, ¿Qué es vivir sino arriesgarse? Casémonos y pasemos el resto del tiempo en el Caribe practicando sexo salvaje.


Paula sabía que estaba jugando con ella, a pesar del estremecimiento de necesidad que palpitaba en su pelvis ante la idea no deseada de dar rienda suelta a cada necesidad depravada que había estallado por él. No era más que una táctica para llevársela a la cama. Fingir querer casarse con ella para desnudarla. Ese hombre era un mayor obseso sexual de lo que había imaginado. Saber que todo era un juego lo hizo más soportable. Ni siquiera tuvo que fingir la risa ante el absurdo giro de la conversación.


—Estaría dispuesta, pero me temo que necesitaré casarme antes de practicar ese sexo salvaje que prometes. Así que, a menos que se te ocurra un modo de hacerlo antes de marcharnos de aquí… —se encogió de hombros, fingiendo decepción.


—El capitán —anunció él.


—¿Qué pasa con él?


—Algunos capitanes de barco pueden oficiar bodas. Si el tuyo tiene los poderes necesarios, puede casarnos. ¿Los tiene?


—No lo sé.


—Preguntémosle —Pedro deslizó las manos por los delgados y dorados brazos—. Supongo que llevarás el pasaporte a bordo.


—Está en mi camarote… Qué pena que tú no tengas el tuyo —añadió Paula con fingida desilusión.


—Sí lo tengo —anunció él triunfante—. Siempre lo llevo conmigo.


—Entonces iré a buscar el mío —al parecer quería alargar este absurdo juego.


Paula sacó su pasaporte del bolso, descolgó el teléfono del camarote, que conectaba con todas las partes del yate, y sonrió beatíficamente a Pedro.


—¿Lo llamo entonces?


—Dile que se reúna con nosotros en el salón —Pedro asintió divertido.

Venganza Y Seducción: Capítulo 36

Esa vez, sin embargo, fue Paula la que mantuvo la cabeza fría, despegando su boca y apartándolo.


—No puedo hacerlo —graznó, respirando con dificultad.


—¿Hacer qué?


—Esto. Pedro… —apretó con fuerza una mano contra su pecho—. Yo…


—¿Tú qué? —la animó él. 


¿Iba a confesar? ¿O se guardaba algo más en la manga? Los ojos azul oscuro se clavaron en los de él con algo parecido a la desesperación.


—Me estoy reservando para el matrimonio.


En cuanto las palabras salieron de su boca, Paula deseó poder retirarlas. No tenía ni idea de dónde habían salido. Claro que no se estaba reservando para el matrimonio, ¡No era ninguna puritana! Pero estaba asustada. Aterrorizada por la facilidad con la que su cuerpo anulaba su cordura cuando se trataba de Pedro. Por lo intensamente que lo deseaba. Y, aunque sus palabras eran mentira, la calmó un poco saber que harían retroceder al Pedro Alfonso, alérgico al compromiso. Mirándolo a los sorprendidos ojos, decidió que cuando todo terminara, iba a buscarse un novio. Y obligaría a Delfina a hacer lo mismo. Los primos Alfonso ya habían detenido bastante sus vidas. Si Pedro y su odioso primo no les hubieran arruinado la vida, habrían crecido como cualquier adolescente, echándose novio y saliendo de fiesta, sin intentar desesperadamente salvar a su padre de sí mismo, y luego a su madre, y todo mientras trabajaban para poder hundir a los hombres que habían destrozado sus vidas. Él le había impedido formar los vínculos emocionales y sexuales que otras mujeres de veintitrés años daban por sentados. Otra cosa por la que odiarlo y culparlo. Su aversión aumentó cuando el asombro de Pedro se disipó y en sus ojos diabólicos brilló ese odioso destello.


—¿Te estás reservando para el matrimonio, bella?


—Sí, siento si eso te decepciona —Paula alzó la barbilla.


Él se encogió de hombros con la despreocupación que ella buscaba y cruzó los brazos sobre su torso desnudo. El muy canalla probablemente se había quitado el polo a propósito.


—¿Por qué iba a decepcionarme? Hay otras formas de compartir el placer.


Oh, Dios, ¿Tenía que decir «Placer», de forma tan obscena?


—Pensé que podrías haber albergado… Expectativas que, admito, he alimentado —no podía negarlo—. Me atraes mucho, Pedro —consiguió sonreír—, como ya habrás notado.


—A mí también me gustas mucho.


—Y sé que te he animado. Me gustaste desde que te conocí, y pensé que podrías ser la persona por la que dejaría de lado mi moralidad, pero es demasiado fuerte. No puedo entregarme a tí sin un anillo en el dedo. Lo siento.


—No hace falta que te disculpes —Pedro sonrió—. Si tienes principios, debes cumplirlos.


—Gracias por entenderlo.


—Lo entiendo perfectamente. ¿Solo habrá sexo si me caso contigo?

lunes, 16 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 35

Paula parecía evitar su mirada. Pedro sabía que lo estaba evitando, y sabía perfectamente por qué. Al embarcarse en su misión para destruirlo, no había contado con que acabaría deseándolo, sin tener que fingirlo. Debía de estar matándola. Bien. Que sufriera, atrapada en su propia telaraña. Eso sí, debía felicitarla por cómo se las había ingeniado para hacerle pasar la noche allí y por promesas que no lo eran. Promesas de lo que podría ser… Aunque solo tal vez. ¿Creía que podría resistirse a la química entre ellos durante el tiempo que pretendía retenerlo?


—Voy a prepararme para cenar —concluyó ella—. Te veré dentro de una hora.


Antes de que pudiera salir corriendo, él se quitó el polo y lo dejó caer al suelo. Paula vaciló, deslizando su mirada sobre el torso antes de encontrarse con sus ojos. Pobrecilla. No tenía ni idea de lo expresivos que eran sus ojos, de cómo reflejaban su deseo. Pedro se acercó a ella, enlazando los dedos con los suyos, levantándole los brazos y atrapándola contra la pared. Respiraba entrecortadamente y ese delicioso rubor teñía sus mejillas.


—¿Nos duchamos antes? —murmuró él.


—Una oferta muy generosa —contestó ella con voz ronca, tragando nerviosamente—, pero a juzgar por tu tamaño, acapararás toda el agua.


—Puedo ser generoso, bella —Pedro deslizó los labios hasta su cuello y le pasó la lengua por la piel delicada y tóxicamente dulce, disfrutando con el estremecimiento que le provocó—. Antes de despedirnos, te habré demostrado lo generoso que puedo llegar a ser.


—Tu confianza es asombrosa —observó Paula. Solo el temblor de su voz delató que su despreocupación era una fachada.


Soltándole las manos, él hundió los dedos en su pelo y bajó por su cuello hasta tocar un pecho pequeño y turgente. Una descarga eléctrica los atravesó, y  juraría haberla oído crepitar.


—Dio, qué sexy eres —murmuró antes de besarla. 


Su excitación, un estado semipermanente desde el primer beso en la piscina, volvió a su máximo esplendor con el primer movimiento de la lengua de ella contra la suya, y cuando ella le agarró la cabeza y sus dedos se hundieron en su pelo, la intención de simplemente tontear quedó olvidada cuando el calor que Paula le provocaba se desató con toda su fuerza, abrasándolo desde la entrepierna hasta cada rincón de su cuerpo. Nunca había deseado a nadie como a Paula Chaves.

Venganza Y Seducción: Capítulo 34

 —Sí —abofeteándose mentalmente por su desliz, Paula se removió en su asiento y rápidamente cambió de tema, pasando a la siguiente fase de mantener a Pedro distraído y preferiblemente incomunicado mientras Delfina culminaba la destrucción de los primos Alfonso—. Estamos demasiado lejos de ninguna isla para atracar antes de que anochezca. Podemos fondear en el mar.


—¿Me estás invitando a pasar la noche contigo? —Pedro parpadeó ante el cambio de tema y sonrió.


—Te invito a que pases la noche en el yate. No conmigo —jamás. Por mucho que ardiera por él.


—¿Te haces la dura? —los ojos de él brillaron.


—Nada bueno es fácil de conseguir —replicó ella con dulzura. 


No solo tenía que hacerse la dura, necesitaba construir una fortaleza de hormigón para hacerse inmune a él.


—Esa es una verdad por la que brindaré con gusto —Pedro levantó su vaso.


—¿Entonces qué dices? —preguntó Paula.


—¿Sobre pasar la noche aquí?


—Todos los camarotes están arreglados —ella asintió. 


Si decía que no, pasaría al plan B y ordenaría al capitán que fingiera problemas con el motor.


—Como acabas de decir que estamos demasiado lejos para atracar esta noche, no tengo otra opción que quedarme a bordo.


—Siempre puedes nadar.


Pedro rió. Paula odiaba ese sonido, un bálsamo para sus oídos, y odiaba cómo iluminaba su rostro.


—Soy buen nadador, pero como he dicho, no soy ningún superhéroe.


—Podrías robar una de las motos acuáticas —con suerte, se caería.


Pero incluso mientras lo pensaba, una punzada de pánico le mordisqueó el corazón ante la perspectiva de caer al mar sin siquiera un chaleco salvavidas, y rápidamente lo borró de su mente.


—Escapar en una moto o pasar la noche con la mujer más bella del Caribe —él fingió meditarlo—. Difícil elección.


—Pasar la noche en un yate con… No en la cama con —insistió ella.


—Me conformaré con la esperanza —él suspiró burlonamente.


—¿Te quedarás?


—Créeme, bella —la mirada de Pedro taladró su pelvis—. No voy a ninguna parte.



—Bonito camarote —observó él al cruzar la puerta. 


Se había preguntado en qué camarote lo instalaría, seguro de que estaría tentada de ofrecerle el más pequeño, aunque ninguno lo era. A Pedro le encantaban las fiestas y era un gran anfitrión. Lo último que quería era que algún invitado se sintiera menospreciado por un alojamiento inferior. La primera noche en su nuevo yate la pasaría en el tercer mejor camarote, la suite principal estaba cerrada con llave y el segundo mejor era el de Issy. Aun así, era espacioso y tenía una cama de matrimonio de tamaño respetable. Solía dormir en una cama emperador, pero para una noche serviría.


—Hay artículos de tocador en el cuarto de baño, y albornoces en el armario —explicó ella.


Venganza Y Seducción: Capítulo 33

 —Has dicho, «Como era entonces». Antes mencionaste que estaba en rehabilitación —él se echó hacia atrás—. ¿Me permites preguntar por qué?


Lentamente, Paula bajó la cara y se encontró con la mirada de Pedro. Mientras buscaba infructuosamente su teléfono, y se lavaba la sal de la piel, había aprovechado, lejos de él, para centrarse. Delfina y ella habían pasado diez años trabajando para llegar a ese punto. No podía tirarlo por la borda por un cuadro severo de problemas hormonales por culpa del bastardo al que deseaba desesperadamente hundir. Y uno de los motivos era su madre. Porque una de las muchas consecuencias de que Gianni destruyera su vida había sido perder a su madre tal como era. Alejandra Chaves estaba viva solo porque su corazón todavía bombeaba sangre.


—Tiene muchos problemas. El principal es la droga.


—¿Tu madre es drogadicta?


«Sí, bastardo. Por tu culpa».


—No es una yonqui en el sentido tradicional. No se pincha, aunque solo porque tiene fobia a las agujas. Suelen ser fármacos con receta que le entregan cómodamente en casa, ahora los camellos ofrecen servicio a domicilio. Básicamente, toma cualquier cosa que le impida pensar o sentir que le impidiera recordar lo que había perdido.


Hubo un destello en los ojos de Pedro y ella tuvo la sensación de que sopesaba si creerla o no.


—¿Cuánto tiempo lleva así?


—Si no te importa, prefiero no estropear este hermoso día hablando de ello —no con el causante de todo. 


No cuando era poco probable que pudiera hablar sin empezar a gritar y lanzarle cualquier cosa que tuviera a mano. Ya era bastante difícil mantener su personaje tal y como estaban las cosas, con todos los horribles, «Maravillosos», sentimientos que él había desatado en su cuerpo. Se había sentado deliberadamente en otro sofá, pero la tormenta de su interior era tan fuerte como si se hubiese acurrucado en su regazo. No necesitaba tocarla para que ella lo deseara. Le bastaba con mirarla y, por primera vez, Paula sintió una punzada de compasión por todas las mujeres que habían caído bajo su hechizo antes que ella. Durante años había supuesto que solo querían de él su dinero y el glamour de su estilo de vida, pero, al parecer, había mucho más. No era de extrañar que Pedro dejara un rastro de corazones rotos a su paso.


—Lo respeto —habló él tras una larga pausa—, pero si te preocupa que no pueda ponerse en contacto contigo, podemos llamar al centro de rehabilitación y darles mi número por si necesitan hablar contigo.


Paula odió la punzada en el pecho y el vientre ante la sincera oferta. ¡Su madre estaba en rehabilitación por su culpa!


—No —ella sacudió la cabeza—. Si hay algún problema, pueden llamar a mi hermana. Me preocupa más que Delfina no pueda localizarme. No recuerdo su número de teléfono ni su e-mail.


—¿Delfina es tu hermana?

Venganza Y Seducción: Capítulo 32

A pesar de la mala recepción, el mensaje había llegado. Pedro sintió aflojarse un poco la opresión en el pecho.


—Estaré ilocalizable durante un tiempo, pero te enviaré un mensaje cuando sepa qué sucede.


—Lo mismo digo.


Pedro colgó el teléfono y respiró aliviado. Su primo era como un misil humano cuando se trataba de derribar objetivos. Delfina Chaves no tenía ninguna posibilidad. Fuera lo que fuese lo que ella y su hermana hubieran planeado contra ellos, fracasaría. Pero todavía estaba Paula. Los mensajes que había leído sugerían que su único trabajo era distraerlo mientras Delfina hacía el trabajo sucio, pero a saber qué planes habían urdido cara a cara. Cuando ella regresó, vestida con un chaleco negro de tirantes sobre un bikini negro, unos minúsculos pantalones cortos vaqueros, y sus grandes gafas de sol cubriéndole la cara, él supo que lo único que podía hacer era llevarla a St. Lovells. En esa época del año había demasiados yates en el mar, demasiadas formas de escapar y ponerse a salvo. En St. Lovells no tendría escapatoria.


—¿Encontraste tu teléfono? —le preguntó.


—No tengo ni idea de dónde está —ella sacudió la cabeza.


—Ya aparecerá.


—Eso espero —Paula se dejó caer en el sofá frente al suyo.


—Puedes usar el mío —Pedro le tendió el teléfono—. Está cargado.


—Gracias, pero no sé el número de ninguno de mis contactos —ella se encogió de hombros—. Es la maldición de la época en que vivimos. Ya no necesitamos memorizar números de teléfono.


—¿Pretendes usar tu teléfono para hacer una llamada? —preguntó él con fingido estupor.


—Lo sé —Paula soltó una carcajada—. Usar un teléfono para llamar a la gente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Usar la televisión para ver la televisión?


—Ahí te has pasado.


—Cuando era pequeña —Paula levantó el rostro hacia el cielo y suspiró—, mi madre tenía una de esas agendas en las que se podía escribir el nombre de alguien, su dirección y su número de teléfono.


—Las conozco —contestó él secamente. Su abuela había tenido una llena de nombres y trozos de papel con números garabateados—. Algunas personas aún las utilizan.


—¿De verdad? Solía reírme de mamá, y me parecía tronchante que se supiera de memoria el número de teléfono de su infancia. Algo anticuado e innecesario cuando todo se puede guardar en el teléfono. Mi teléfono aparecerá y, si no lo hace, podré comprarme otro y recuperar todos mis datos, pero me imagino a mi madre, como era entonces, riéndose de mí por confiar en la tecnología cuando, a la antigua usanza, habría sido más probable que lo tuviera almacenado en mi cerebro.

Venganza Y Seducción: Capítulo 31

Paula no sabía cómo lograba evitar que le fallaran las piernas, y cuando miró por encima del hombro y vió aparecer la cabeza de Pedro junto a la barandilla, su corazón se inflamó dolorosamente y la realidad de que aquello la sobrepasaba la abofeteó en la cara. Necesitaba enviar un mensaje a Delfina para que acelerara la firma de los contratos. No podía seguir con el juego mucho más. Tenía que alejarse de Pedro. Era demasiado. Toda la preparación del mundo no le habría servido para seducir a un hombre cuando el hombre en cuestión le despertaba sentimientos que nunca había experimentado. Era ella la seducida allí. Acelerando el paso, redactó mentalmente el mensaje que enviaría a su hermana, llegó a la mesa sobre la que había dejado sus cosas, pero… El teléfono había desaparecido.



-¿Sucede algo? —preguntó Pedro, sin entender por qué la ansiedad de Paula le encogía el corazón.


—No encuentro mi teléfono.


Normal. Había ordenado a la tripulación que lo escondieran en su camarote, el único espacio del yate cerrado y fuera del alcance de Paula. Se lo devolvería cuando todo terminara.


—No puede estar muy lejos —aseguró él—. ¿Dónde lo tuviste por última vez?


—Aquí mismo. Lo dejé sobre esta mesa.


Pedro consultó la hora. En Londres serían las diez de la noche. La reunión sobre el proyecto Aurora habría terminado hacía horas. Lo sucedido entre Paula y él no podía distraerlo de su obligación. Se había deshecho del teléfono de ella para que no pudiera ponerse en contacto con su hermana. La nueva prioridad era advertir a Ezequiel.


—Pregunta a la tripulación —sugirió—. Quizás alguno se lo llevó para cargarlo, o al recoger la mesa.


—Buena idea —Paula se mordió el labio.


—Si no lo tienen, registra tu camarote por si lo dejaron allí y se olvidaron de decírtelo.


Ella volvió a asentir y se apresuró a entrar, olvidándose de contonear seductoramente las caderas. Por alguna razón, eso también hizo que el corazón de Pedro se encogiera. Apartando los extraños sentimientos que lo invadían, le pidió a Mara, el teléfono. Inmediatamente lo encendió y llamó a su primo.


—Pedro, ¿Cómo…? —sonó la voz de Ezequiel.


—Eze, escucha, no tengo mucho tiempo.


—Bueno, pero ¿Qué…?


—Delfina Chaves—interrumpió él—, es la hija de Miguel Chaves.


—¿Cómo? No te oigo bien.


—Delfina Chaves es una espía. Ha estado trabajando con su hermana para destruirnos.


—¿Delfina Chaves? —la incredulidad de Ezequiel era evidente.


—¡Sí! ¡Chaves! El proyecto Aurora está comprometido. Y escucha, ella afirma haber encontrado alguna prueba de corrupción.


—¿Corrupción? ¿Qué corrupción?


—No lo sé, pero según los mensajes que he leído, Delfina Chaves ha encontrado pruebas de corrupción contra nosotros. Estoy en el Caribe con su hermana. Voy a mantenerla aislada y evitar que se comunique con alguien que pueda causar más daño. ¿Te ocuparás de Delfina? Esto hay que cortarlo de raíz y minimizar los daños inmediatamente.


—Considéralo hecho —contestó Ezequiel, con voz grave.