miércoles, 21 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 65

Después de abrirse paso entre la multitud, entraron en el bar reservado a los abonados que tenían un palco.


—¿Quieres una copa de champán? —preguntó él, para celebrar su compromiso.


Se estaba comportando como un idiota. Ella había accedido a casarse. ¿Por qué complicaba las cosas? Formarían un buen equipo. Incluso cabía la posibilidad de que ella llevara un niño en el vientre. Debía contarle la relación de su hermanastro con su familia, pero podía esperar hasta después de la boda, que planeaba celebrar lo antes posible. Quería tenerla en casa, que llevara su anillo y su apellido. Ella asintió, pero, cuando Pedro levantó la mano para hacer una seña al camarero, palideció al ver a alguien detrás de él. 


—¿Rafael?


Pedro se volvió y vio a un hombre alto con una mujer del brazo. Ella le resultó conocida, pero fue el hombre el que atrajo su atención. La sorpresa al reconocerlo lo atravesó como una bala.


—No sabía que te gustara la ópera —el susurro de Paula le llegó muy lejano, porque la furia le taponaba los oídos.


—No me gusta —contestó Rafael—. Pau, estás… —sus ojos, tan parecidos a los del sobrino de Pedro, se detuvieron en él y esbozó una sonrisa cáustica—. Hola… Alfonso, ¿Verdad? —dijo bruscamente mientras lo observaba con atención, como si estuviera valorando si era adecuado para salir con su hermana.


A Pedro, la furia lo ahogaba. ¿Quién se creía que era aquel canalla?


—He visto en los medios de comunicación que están saliendo — tendió la mano a Pedro—. Soy el hermano de Paula, Rafael De Courtney.


—Sé perfectamente quién eres.


Pedro miró la mano tendida y se metió la suya en el bolsillo. Apretó el puño tratando de contenerse para no darle a aquel canalla un puñetazo.


—¿Ah, sí? —Rafael frunció el ceño—. ¿Nos conocemos?


—Afortunadamente no, pero sé que eres un canalla.


—¡Pedro! —exclamó Paula, desconcertada por su grosería, pero a él le dió igual. ¿Cómo se atrevía ese hombre a decir que era hermano de ella? No tenía derecho.


¿Y cómo osaba mirarlo como si no fuera lo bastante bueno para salir con su hermana, cuando era él quien había fallado de forma tan espectacular?


—¿Qué te pasa? —le preguntó Paula, confusa.


Pedro se dió cuenta de que hacía mucho tiempo que debería haberle contado que Rafael De Courtney era el canalla que había seducido y abandonado a Sonia. Ahora era tarde para dar explicaciones. Lo único que le importaba era mantener alejada a Paula de aquel hombre. Había visto la sorpresa en el rostro de ella, seguida de un brillo placentero en sus ojos. Estaba dispuesta a perdonar a aquel canalla, a un hombre que llevaba años sin hablar con ella, que nunca se había portado como un verdadero hermano. Paula era demasiado bondadosa, compasiva y amable. 

Te Necesito: Capítulo 64

De repente se percató de que lo quería, aunque él no la correspondiera… Aún. Algún día lo haría, porque tenía la capacidad de amar. Ahora lo aterrorizaba volver a experimentar sentimientos tan profundos por alguien que no fuera de la familia, pero ella esperaría a que se desarrollaran. Le puso la mano en la mandíbula.


—Me encantaría llevar el anillo.


Él frunció el ceño, pero el deseo y algo muy parecido al triunfo incendió su mirada.


—¿Te casarás conmigo?


—Sí —susurró ella.


Él la agarró del cuello, la atrajo hacia sí y le devoró la boca. Se levantó y la levantó con él.


—Ponme las piernas alrededor de la cintura. Vamos a llegar tarde a la ópera.


Al final llegaron casi una hora tarde. Pedro se obligó a sacar de la cama a Paula. A él no le entusiasmaba la ópera, pero sabía que a ella le encantaba. Y si seguían en la cama, lo asustaba pensar que él no querría volver a levantarse. El deseo que se había apoderado de él hacía un mes no había disminuido. Se había obligado a marcharse de Londres sin Paula, tras haber descuidado sus negocios en el mundo durante tres semanas, desde que había vuelto de Australia dos días antes de lo previsto para estar con ella. Esperaba que, cuando ella llevara el anillo, aquel deseo comenzaría a debilitarse. No había tenido esa suerte, pensó al conducirla al palco privado en la ópera y observar que los ojos le brillaban de emoción con la voz de la soprano. Llevaba un vestido de satén azul y el cabello aún revuelto por haber hecho el amor, ¿Cómo podía ser que le pareciera más hermosa cada vez que la miraba? Al sentarse dirigió la mirada al anillo que le había puesto. ¿Por qué le había hablado de su madre? Se pasó el segundo acto deseando meterle la mano bajo el vestido y acariciarla. ¿Por qué experimentaba un deseo tan intenso de estar con ella?, ¿de poseerla de la única manera que sabía, cada vez que se le presentaba la ocasión? Era una locura. Y le daba la impresión de que iba más allá de la extraordinaria química que había entre ambos y de las ventajas de tipo práctico de casarse. Tenía que ver con la expresión de sus ojos, tan abierta, tan desprotegida, tan llena de esperanza, cuando le había dicho lo que nunca podía ofrecerle, y, no obstante, ella había aceptado casarse con él. Sabía que, en ese momento, Paula estaba convencida de que podía ser el hombre que necesitaba, cuando él sabía que no era así. Debería haberle dicho la verdad, hacerle entender que él no se merecía ser amado, que nunca lo sería, porque no podía corresponder. Había fallado a su madre al culparla por algo de lo que no era responsable. Y también le fallaría a Paula. Pero había sido incapaz de decírselo, porque deseaba tenerla a su lado. Ella lo miró y sonrió mientras aplaudía a los cantantes que se retiraban del escenario. Había llegado el intermedio.


—Bueno, al menos no nos hemos perdido toda la primera parte.


Él se levantó y le tendió la mano.


—Vamos a tomar algo. 

Te Necesito: Capítulo 63

Ella tuvo que aceptar determinadas cosas tras la muerte de su madre, como que se había dedicado más al arte que a proporcionar a su hija un hogar estable y seguro.


—Nada —murmuró él.


Sin embargo, ella se percató de que, por el color de sus mejillas tan impropio de él, en su proposición de matrimonio había más de lo que le había dicho. No se trataba de algo práctico ni de que el sexo fuera estupendo ni de la compañía que se habían hecho durante las semanas anteriores. ¿Era posible que Pedro la necesitara del mismo modo que ella?


—Sabes que puedes confiar en mí, ¿Verdad?


—No quiero hablar de eso —dijo él. 


Parecía frustrado, pero también inseguro, lo que tampoco era propio de él.


—Entiendo —dijo ella, resuelta a no presionarlo.


Él la agarró de la muñeca para atraerla hacia sí.


—No, no lo entiendes —murmuró.


Él le acarició la mejilla. Por primera vez, ella vio en la expresión de su rostro no solo pena y tristeza, sino culpa y vergüenza.


—Se suicidó. Nos abandonó a mis hermanas y a mí porque no podía vivir sin mi padre. Era muy frágil —dijo con voz dolorida.


La soltó y se levantó.


—Tuvo dos abortos, antes de tenernos a nosotros. Creo que eso destruyó una parte de sí misma. Y mi padre siempre lo tuvo en cuenta. Había días en que ella no se levantaba de la cama, por lo que él se encargaba de todo. Una vez le pregunté cómo soportaba que se pusiera así, y me dió una bofetada por decir eso de mi madre. Fue la única vez que me pegó.


Se dejó caer en el sofá y se puso la cabeza entre las manos.


—La quería tanto que le perdonaba todo. Y yo no lo entendía.


Paula se arrodilló frente a él y le puso las manos en las rodillas.


—Lo echo de menos todos los días, pero a ella no, aunque sé que la depresión no era culpa suya. Si eso es lo que hace el amor, no quiero que intervenga en mi matrimonio. Si es lo que quieres de mí, no puedo dártelo.


Abrió la mano donde tenía el hermoso anillo.


—Es probable que este anillo esté maldito. ¿Cómo no me he dado cuenta? —murmuró. 


Parecía tan perdido que a ella se le partió el corazón por el joven que al que le habían arrebatado tanto, tan deprisa, y que no había tenido tiempo ni espacio para superar el duelo por la pérdida. El amor no tenía que ver con la debilidad, pensó ella, sino con la fuerza. No podía curar la depresión ni la enfermedad mental, pero sí cicatrizar el corazón. Y no era algo que recibías, sino que dabas. El padre de Pedro lo había entendido y él también, aunque no se diera cuenta, porque, si no, no se habría esforzado tanto en mantener la familia unida tras la muerte de los padres. Pero no podía decirle nada de eso, sino demostrárselo. 

Te Necesito: Capítulo 62

 —Sí. Me gustaría que lo llevaras, ya que quiero casarme contigo, Paula.


—Pero… —se llevó instintivamente la mano al vientre.


Cuando él le había propuesto matrimonio, le pareció una reacción visceral, por lo que no había pensado mucho en ello, en parte porque habría resultado muy sencillo que su romántico corazón aceptara, a pesar de que le parecía una equivocación. Pedro le había dicho que no la quería y que no consideraba que el amor fuese necesario en una relación. Pero, desde entonces, sus sentimientos hacia él se habían vuelto más profundos. Ahora sabía que en la relación había mucho más que sexo. Pero ¿No era demasiado pronto? Aún no estaba segura de si él quería casarse por sentido del deber. Sabía que ella le importaba, porque se lo había demostrado de muchas formas, pero…


—Puede que no esté embarazada —dijo ella.


Observó su reacción. ¿Le había pedido que se casaran porque creía que era lo que debía hacer, después de lo que le había sucedido a su hermana?


—Debería haberme hecho una prueba de embarazo. Puedo hacerlo mañana, y así sabremos con seguridad si…


—Calla —le puso un dedo en los labios—. Esto no tiene que ver con la posibilidad de que estés embarazada —le cubrió la mano que tenía en el vientre con la suya—. Ya te he dicho que no me asusta ser padre; de hecho, estaría contento de serlo. Voy teniendo una edad —afirmó riendo—. Pero esto se refiere a nosotros dos. Quiero que seas mi esposa.


Ella se estremeció. El pánico fue desapareciendo y algo más inquietante lo sustituyó… La esperanza.


—Pero ¿Por qué, Pedro?


Él frunció el ceño como si la pregunta no tuviera sentido. Se levantó con el anillo en la mano, se alejó de ella y volvió.


—Porque es obvio que nos compenetramos. No puedo dejar de tocarte y me gustas incluso cuando no estamos desnudándonos. Eres buena compañía, divertida, encantadora y compasiva. Y, sobre todo, inteligente e independiente. El mes que llevamos juntos me ha demostrado que formaremos un equipo excelente. 


No era la declaración de amor con la que ella soñaba, pero ya sabía que Pedro era un hombre pragmático. Y lo que importaba no eran sus palabras, sino la emoción que ocultaban. Su agitación, su impaciencia y la frustración que denotaba su ceño fruncido eran más convincentes que el anillo que seguía guardando en el puño.


—Y… —volvió a arrodillarse ante ella y le tomó las manos. La miró con tanta intensidad que su resistencia se hizo pedazos—. Y si tenemos hijos ahora —dijo mirándole el vientre— o en el futuro, sé que serás una buena madre. Eres fuerte, lo que es importante, porque a veces la maternidad es difícil. Mi madre se esforzó… —se detuvo bruscamente y apartó la mirada.


—¿Qué ibas a decirme, Pedro? —musitó ella.


Él se levantó maldiciendo entre dientes. Se había sonrojado. No le había hablado de su madre. Lo único que Paula sabía era que Ana Alfonso había muerto dos años después de su esposo. En las semanas anteriores, en las contadas ocasiones en que él le había revelado algo personal, había hablado de su padre lo suficiente para saber que había sido una figura importante en su vida. Sabía lo mucho que lo había admirado y respetado, y lo traumática que le resultó su muerte en un accidente en la granja, aunque él no estuviera dispuesto a reconocer el trauma. Pero la relación de Pedro con su madre seguía siendo un misterio. No lo había presionado para que le hablara de ella. Sabía lo duro que podía ser no haber pasado el duelo, sobre todo si la relación con la persona fallecida era problemática. 

Te Necesito: Capítulo 61

 —El señor Alfonso me ha pedido que te lleve a su casa primero —contestó Marcos, que se había convertido en un buen amigo. Y añadió sonriendo—: Falta más de una hora para que empiece la ópera.


—Muy bien —dijo ella sonriendo a su vez y excitada por poder estar a solas con Pedro durante una hora. 


Se sonrojó al pensar en lo que podrían hacer en ese tiempo, ya que llevaban dos días sin verse, pues él había tenido que marcharse de forma imprevista a Irlanda. El coche se detuvo ante la casa. Ella se despidió de Marcos y desmontó. Mientras subía los escalones deprisa, la puerta se abrió y apareció Pedro, guapísimo con el esmoquin que se había puesto para ir a la ópera.


—Hola, ya era hora. ¿Por qué has tardado tanto? —murmuró él, antes de que ella se lanzara a sus brazos. 


Él soltó una carcajada mientras lo abrazaba. Ella aspiró su delicioso aroma, emocionada y excitada. Él la llevó al interior de la casa y cerró la puerta con el pie.


—Yo también me alegro de verte —dijo antes de besarla en la boca.


Se besaron apasionadamente. Ella le acarició el abdomen, mientras él la agarraba de las nalgas, con el mismo deseo desesperado de siempre. Pero cuando ella comenzó a desabotonarle la camisa con dedos torpes, ansiosa de acariciarle la piel, él apartó la boca, se separó de ella y la agarró de las manos para mantenerla a distancia.


—Espera un momento. Tenemos que dejarlo hasta después de la ópera —dijo mirándola a los ojos con una sonrisa tensa.


—¿Por qué? —preguntó ella, incapaz de ocultar su decepción. 


Él rió.


—No pongas esa cara —le acarició el labio inferior con el pulgar—. Tengo algo para tí.


La agarró de la mano y la condujo a la biblioteca.


—Siéntate —dijo soltándola de la mano. 


Se acercó a la caja fuerte y sacó un estuche de terciopelo. A ella se le aceleró el pulso mientras él volvía y se arrodillaba.


—Pedro… —susurró, tan asombrada que casi no podía respirar.


Él no había vuelto a hablar de casarse, por lo que ella supuso que había cambiado de opinión. Pero, cuando él abrió el estuche, donde había un anillo de diamantes, dejó de respirar del todo. Él la tomó de la barbilla y le levantó la cabeza para que lo mirara. Luego le acarició la mejilla.


—Respira, Paula —murmuró con voz ronca. Sacó el anillo, dejó el estuche y, con la otra mano, levantó los temblorosos dedos de ella. —Es el anillo de mi madre. He ido a Irlanda a buscarlo y a preguntar a mis hermanas si les parecía bien que me lo trajera.


—¿Ah, sí? —preguntó ella, aún aturdida. Tuvo que respirar porque se iba a desmayar.


Aún no conocía a Sonia ni a su hijo Joaquín, pero había entablado muy buena relación con Carolina, que parecía estar muy contenta porque su hermano saliera, por fin, con una mujer de verdad, por lo que pensó que era una idea magnífica que él hubiera ido a hablar a sus hermanas de su boda. 

lunes, 19 de enero de 2026

Te Necesito: Capítulo 60

 -¿Dónde vamos, Marcos? Creí que habíamos quedado con Pedro en la Royal Opera House —dijo Paula al chófer.


Esa noche se cumplían cuatro semanas en que Pedro y ella habían hecho el amor por primera vez en París. Y la regla seguía sin bajarle. Se decía que eso no significaba nada, ya que tenía un ciclo irregular, y a veces transcurrían seis semanas entre periodos. Claro que podía salir de dudas si se hacía una prueba de embarazo. Pero él no se lo había pedido. De hecho, no había vuelto a mencionar el posible embarazo, desde su vuelta de Australia hacía tres semanas, por lo que ella decidió esperar. Desde entonces, cada vez que hacían el amor, y lo hacían a menudo, Pedro usaba protección, por lo que ella se sentía apreciada pero insegura sobre cuál era verdaderamente la postura de él con respecto al embarazo. Supuso que él no quería presionarla, por lo que ella tampoco lo haría, ya que ni siquiera sabía qué pensar sobre el posible embarazo. Seguían en la fase de luna de miel de su relación. Tras tantos años sin ser consciente de sus necesidades sexuales, Paula había descubierto un aspecto de su personalidad que desconocía; un aspecto sensual, excitante, erótico e insaciable que intentaba satisfacer en cuanto se le presentaba la oportunidad. Sin embargo, lo más importante era que, por primera vez, se sentía verdaderamente miembro de una pareja. Su experiencia como esposa de Leandro había sido tan breve, además de marcada por la tragedia, que no tuvo tiempo de estar tranquilamente con él, de tener una conversación normal, como con Pedro.  Hablaban de todo, desde de en cuál de las residencias de él pasarían el fin de semana hasta de si comerían allí o irían a uno de los restaurantes de los que era cliente habitual.


La vida social de Paula había aumentado de forma espectacular. Marcos la iba a recoger varias tardes a la semana para conducirla a un acontecimiento en Londres o Dublín, incluso una vez a Milán, porque Pedro quería que lo acompañara. Al principio se ponía nerviosa. Estaba acostumbrada a organizar eventos, no a participar en ellos, pero pronto se volvió casi tan indiferente como él al hecho de viajar en su jet privado, tener chófer propio o codearse con estrellas de cine, políticos importantes, divas del pop, famosos deportistas y otros personajes. También se estaba habituando a la molesta atención de los paparazis. Pero los mejores momentos eran los íntimos en los que estaba a solas con Pedro. Ambos trabajaban mucho, por lo que las noches que pasaban juntos, generalmente en casa de él, le parecían un regalo especial. Seguía sin haberle sonsacado mucha información sobre sí mismo, pero le daba igual. Estaban empezando a conocerse, por lo que las grandes preguntas podían esperar. Le bastaba con estar con él y descubrir cosas pequeñas, como que sabía hacer un guiso irlandés, que se quedaba dormido, abrazado a ella, después de hacer el amor, o que se sabía de memoria la película Chicas malas, porque sus hermanas no paraban de verla en la adolescencia. 

Te Necesito: Capítulo 59

Ella observó una sala de estar de planta abierta, con cocina de mármol y acero. La vista de una inmensa piscina y de una playa con palmeras la dejó sin respiración. Pedro volvió a aparecer en la pantalla.


—Es preciosa.


—Ven conmigo la próxima vez. Te enseñaré a hacer surf.


—¿Cómo sabes que no sé? —bromeó ella. Y se alegró al oír su risa—. ¿Qué hora es ahí?


—Muy temprano —bostezó—. Fernando me ha dicho que estás muy ocupada.


—Sí, mucho.


Comenzó a hablarle de los nuevos clientes atropelladamente. De pronto, la necesidad de hablarle de lo que fuera le pareció fundamental. Al final se detuvo al ver que él bajaba la mirada.


—¿Qué pasa? —era capaz de notar el deseo en su ojos desde el otro extremo del planeta. Y lo sintió en su centro con la misma intensidad que hacía cinco días y que todas las noches desde entonces, en que se despertaba acalorada y sudorosa, con el sexo húmedo e hinchado y el recuerdo de la noche pasada juntos aún vívido.


—¿Qué llevas puesto?


Ella se mordió el labio inferior. Ahora deseaba llevar el salto de cama transparente que había estado a punto de comprarse para la llamada.


—El pijama.


—Enséñamelo —dijo él con voz cada vez más ronca.


Parecía que su incapacidad para vestirse adecuadamente para una video llamada de su amante no lo inmutaba.


—No es en absoluto sexy —dijo ella, casi tan avergonzada como excitada.


—Eso lo decidiré yo.


Ella levantó en móvil para que lo viera.


—¿Lo ves?


—Los cerditos voladores son excitantes —afirmó él con voz profunda y juguetona, que la recorrió el cuerpo entero y se le alojó en el sexo. 


—¿En serio?


Él rió de nuevo.


—¿Qué te parece perder también conmigo tu virginidad telefónica?


—Bien —susurró ella.


—¿Estás segura? Vas a tener que hacer lo que te diga. ¿No tienes dudas?


—No —consiguió decir ella.


El deseo le había hecho un nudo en la garganta equiparable al que tenía entre las piernas.


—Puedo hacerlo.


—Buena chica. Busca un sitio para apoyar el móvil de forma que te vea entera. Vas a necesitar las dos manos para lo que estoy pensando.


Al cabo de un par de minutos, ella consiguió colocar el móvil como él quería. Estaba tumbada en el sofá y seguía con el pijama puesto. ¿Cómo lograba él convertirla en un amasijo de desesperación con una simple mirada y una simple orden?


—Aunque me encantan los cerditos, creo que vamos a tener que librarnos de ellos. Quítate primero los pantalones —murmuró él.


Ella lo hizo y se quedó con la chaqueta del pijama y las braguitas. Percibió el olor a humedad que se desprendía de entre sus muslos. Pero lo que antes la habría avergonzado, ahora aumentaba su deseo.