viernes, 17 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 4

Mientras ella se ocupaba de la cafetera, Pedro se acomodó junto a la mesa que nunca deberían haber puesto en aquel sitio, y aprovechó la oportunidad para estudiarla. Mejor no reparar en todos los nuevos electrodomésticos que había por allí, o la furia que había logrado mantener bajo control estallaría, y su sed de venganza volvería a aflorar. Había estado a punto de ir directamente después de sellar su pacto con Federico. La paciencia nunca había sido su fuerte, pero sabía que no podía encontrarse con Paula Chaves hasta que tuviera sus emociones más controladas. Era más guapa de lo que se imaginaba. Pelo castaño con sutiles reflejos dorados que llevaba recogido en un moño desaliñado, un rostro de mejillas redondeadas, grandes ojos marrones, nariz pequeña y boca de labios generosos. También era más bajita de lo que se la había imaginado, pero parecía esbelta bajo la camiseta grande que llevaba. Tenía un aire de inocencia que encontraba risible, pero su atractivo le agradó. Así no le disgustaría seducirla.


—¿Dónde vive en América? —le preguntó mientras sacaba dos tazas de un armario, un armario en el que, hasta hacía apenas dos semanas, había una abundante selección de pasta. 


En la balda de al lado, estaba el libro de recetas de su madre. Ahora lucían adornos coloridos.


—En Nueva York.


—¿No es peligroso Nueva York?


—No más que cualquier otra ciudad grande.


Ella lo miró sorprendida.


—Ah. Yo creía que… —parpadeó varias veces y abrió la puerta de la nevera—. ¿Cómo quiere el café?


—Solo y sin azúcar.


El temporizador del horno sonó. Un sonido tan familiar para él que apretó los puños para controlarse. Su niñez había transcurrido al ritmo marcado por aquel temporizador y la voz de su madre que, poco después, los llamaba para cenar. Paula se colocó los guantes de horno y sacó algo que terminó de inundar la cocina con olor a pastelería. El café ya estaba listo, así que llevó las dos tazas a la mesa y se sentó frente a él. Cuando la miró, le sorprendió que ella se sonrojara tímidamente y bajase la mirada.


—¿Qué tal se está adaptando? —le preguntó.


—Muy bien —contestó, y volvió a levantarse—. ¿Una galleta?


—Estupendo.


Volvió con un tarro de cerámica y quitó la tapa.


—Las hice ayer, así que aún deben estar frescas.


Tomó una y la probó. La boca se le llenó con un pedazo de cielo.


—¡Están deliciosas!


Volvió a sonrojarse.

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