Miguel Chaves no veía nada de malo en los juegos que había jugado para arrebatarle los negocios a la familia Alfonso. Para él era solo eso: Negocios. Lo sabía porque no se había limitado a investigar únicamente el aburrido pasado de Paula. Antes de presentarse allí, había ido a ver a su padre con el pretexto de ofrecerle un acuerdo comercial. Si lo hubiera tratado con desconfianza, habría orquestado el encuentro con su hija en otro lugar, pero Miguel, tan arrogante en la justificación de sus propios actos, lo había recibido como si fuera un hijo perdido y hallado. Incluso había tenido el valor de mencionar los días de colegio con su padre. Oírle hablar de ello, de aquellos días de bromas y escapadas, olvidándose por supuesto de mencionar cómo les metía la cabeza en el váter a los chicos que se negaban a pagarle dinero por su protección, o la ocasión en que llegó a amenazar a su padre con una navaja si no le hacía los deberes… Cuando, al final de su reunión, Pedro mencionó como de pasada que le gustaría acercarse a la casa de su infancia para despedirse, Miguel llamó de inmediato a los guardias que custodiaban la puerta para hacerles saber que él podía entrar y que Paula lo permitía. Su falta de conciencia era tan llamativa como la falsa empatía de su hija. Pedro compuso una sonrisa antes de mirar a la mujer que era su enemigo, lo mismo que su padre.
—¿Lista para enseñármelo todo?
—Usted conoce esta casa mejor que yo. No me importa si quiere intimidad para despedirse.
Negó con la cabeza mientras se aseguraba de que en su mirada aparecían, a partes iguales, el interés por ella y el malestar por su situación.
—Nada me gustaría más que me acompañase… Si le parece bien.
Paula tardó un segundo, pero asintió.
Recorrer la casa de su infancia con Paula Chaves a su lado, sabiendo que su cuerpo gritaba a voces que se sentía atraída por él, le hizo controlar la risa que amenazaba con desbordarse. Aquello iba a ser más fácil de lo que se había imaginado. Hasta le daba rabia que estuviera cayendo tan fácilmente entre sus fauces.
—Pareces distraída, princesa.
Paula miró a su padre y sintió que las mejillas le ardían. Estaban en el comedor pequeño de la villa, en el que solo cabían doce comensales, su padre en su lugar habitual, en la cabecera de la mesa, ella a su izquierda, y tenía razón: Estaba soñando despierta con un pedazo de tío que había conocido mientras degustaban plato tras plato de delicatessen. En realidad, ella apenas era consciente de lo que se llevaba a la boca. Desde que Pedro se había marchado de su casa, andaba como entre nubes.
—Hoy he tenido una visita —le confesó, consciente de que no le estaba diciendo nada que no supiera ya.
—¿Pedro Alfonso?
—Papá… Me ha pedido que salga con él —le reveló.
Los ojos saltones de su padre se congelaron.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que me lo pensaría, pero quería hablarlo antes contigo.
—Buena chica. ¿Y tú qué quieres contestarle?
Cerró los ojos un instante.
—Que sí.
—Entonces, hazlo.
—¿En serio?
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