Le había bastado la primera cita para saber que se estaba enamorando de Pedro. Hacía que se sintiera eufórica, como si pudiera bailar en el aire. Y además, por primera vez, sentía que había encontrado una ruta de huida de su vida. Dos semanas después de esa cita, le pedía matrimonio, contando con el permiso a su padre, y ella no había dudado en contestar que sí. Hasta que Pedro apareció en su vida, se había sentido atrapada, viviendo una vida sin sentido y sin posibilidad de encontrarlo. ¿Qué clase de trabajo podía encontrar una mujer que no sabía leer ni escribir, y que a duras penas se manejaba con los números? Llevaba una existencia rodeada de lujo, pero encerrada en una jaula. Apenas un año antes, había llegado a la conclusión de que debería entregarse a Dios y trabajar para Él. Las monjas que tanto se habían esforzado por educarla en el convento llevaban una vida simple y llena de paz. Las quería a todas, y seguía pasando mucho tiempo con ellas. Su padre estaría encantado de tener una hija monja, pero Delfina le había quitado la idea de la cabeza, aduciendo que era una decisión equivocada. Amaba a Dios, pero tomar los votos debía responder a una vocación, y no al intento de escapar. Aquel matrimonio iba a ser también un escape, pero sus sentimientos por Pedro eran tan fuertes que era imposible que se estuviera equivocando. Al final conseguiría librarse de la mirada de su padre, que todo lo veía. Era una pena que hubiera pasado tan poco tiempo con él desde su proposición, pero había estado muy ocupado con su negocio. De hecho, le había costado mucho despejar su agenda para la boda y la luna de miel. Delfina, aún con varios mechones de cabello en las manos, se agachó para besarla en la mejilla.
—Sé que lo quieres, y no quiero sembrar dudas en tu cabeza. Estoy siendo demasiado protectora. Me preocupo por tí.
—Siempre te preocupas por mí.
—Es parte del trabajo de ser hermana mayor.
Volvieron a mirarse en el espejo, y Paula supo que ambas estaban pensando en su madre. Falleció cuando ella tenía tres años y Delfina, que entonces solo tenía ocho, adoptó el papel de madre. Era ella quien la acunaba cuando lloraba, quien le curaba las heridas y los arañazos, besándolos para que se curaran antes. Fue su hermana quien le enseñó las cosas de la vida, quien la preparó para los cambios físicos de la adolescencia. No había persona en el mundo a quien quisiera más, o en quien confiara más que su hermana. Delfina colocó la última horquilla e intentó deshacerse de la melancolía.
—Está bien que no tengas dudas, después de todo el dinero que papá se va a gastar en la boda.
Las dos rieron. A su padre le gustaba gastar dinero, pero en aquella boda, había echado la casa por la ventana. En el espacio de cinco semanas, había organizado la que sin duda iba a ser la boda del siglo en Sicilia.
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