miércoles, 29 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 22

Pedro se levantó y caminó en busca de la botella de burbon.


—Lo siento si te hice daño anoche —se disculpó, con la voz tan firme como la mano con la que se servía el licor—. Intenté ir con cuidado.


—No estoy hablando del sexo —replicó. Lo que había considerado la experiencia más hermosa de su vida, había quedado manchada para siempre—. Aunque recordarlo también me hace daño. Deberías avergonzarte de tí mismo.


Tomó un trago.


—Y me avergüenzo. Debería haberme acordado de usar…


—¡Cállate!


Pedro cerró los ojos. Paula no había alzado la voz, pero había pronunciado aquella palabra con una fuerza tal que la sintió como un puñetazo en el estómago. Todas las maldiciones que conocía pasaron por su cabeza. Lo sabía.


—Te oí hablar anoche. Cuando te escabulliste a la terraza.


—¿Qué crees que dije?


—No te molestes en hacerme luz de gas. Sé perfectamente lo que oí —e imitando su voz, dijo—: «Fede, soy yo. Mira, no voy a poder seguir con esto mucho más. Yo ya he hecho mi parte. Mañana pondrá la casa a mi nombre. Tú tienes que hacer lo tuyo ya. Haz lo que sea necesario para recuperar el negocio, porque no sé cuánto tiempo más voy a poder mantener esta farsa».


La miró boquiabierto. No recordaba las palabras exactas que había dicho en el mensaje de voz, pero estaba seguro de que ella las había repetido con una exactitud apabullante. Inclinándose hacia delante hasta apoyar los codos en los muslos, le preguntó:


—¿Por qué?


La pregunta lo pilló completamente desprevenido y la miró sin saber qué decir.


—No perdamos más tiempo en mentiras —respondió ella ante su silencio—. Me he pasado el día escondiendo mis sentimientos, pero creo que no puedo seguir respirando el mismo aire que tú ni un minuto más. Pero, antes de irme, quiero saber por qué te has tomado tantas molestias. Te has casado conmigo para recuperar la casa de tu familia, tu hermano está intentando quitarle a mi hermana el negocio que fue también de tu familia. Todo eso, ¿Por qué? Si no querías que tu padre lo vendiera, ¿por qué no se lo compraste? No es que no pudieras permitírtelo.


—Paula…


—¡No! —explotó, pero su voz era fría como el hielo—. O me dices en este instante por qué has sido capaz de casarte conmigo por una casa, o llamo a mi padre y le hago a él la pregunta.


Pedro salió por fin del estupor. Paula había sido virgen en el dormitorio, pero ninguna de las hijas de Miguel Chaves era inocente en nada más.


—Déjate de numeritos, princesa, y no pretendas fingir que no sabes qué es lo que hizo tu padre.


Ella frunció el ceño.


—Déjame refrescarte la memoria —se acercó a ella—. Tu padre se acercó al mío en enero con una oferta para comprarle la casa y el negocio, pero mi padre la rechazó. No quería vender. El negocio llevaba en la familia Alfonso varias generaciones, y quería que siguiera siendo así, como también quería hacerse viejo con mi mamma en la casa en la que habían criado a sus hijos. Pero como tu padre no acepta un no por respuesta, recurrió a la extorsión para conseguir lo que quería.


—¡Mentiroso! —espetó.

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