Pedro estaba en su nuevo ático de Nueva York y contestó al mensaje vago de su hermano con otro igualmente vago. Soplaba fuerte el viento, y la sensación era de frío. Después de la ola inhumana de calor que había soportado la ciudad en las últimas semanas, la tormenta que se avecinaba era un respiro. La que no iba a amainar en breve era la que él tenía permanentemente en el estómago. Cinco semanas antes habría jurado que Paula le hablaría a su hermana de lo ocurrido. Pero en esas cinco semanas, Federico y Delfina se habían casado, así que no le había quedado otro remedio que reconocer que se equivocaba. Muchas veces había revivido su enfrentamiento, recordando desde la expresión de su rostro a su lenguaje corporal, diseccionando palabras y acciones, y no había otra conclusión a la que llegar más que la de que no sabía absolutamente nada de lo que había hecho su padre. Como tampoco podía interpretar de otro modo el horror que le había provocado lo que él le había hecho a ella. El sentimiento de culpa luchaba a brazo partido con la certeza amarga de que, aunque ella fuese inocente, también era una Chaves, y se había criado a la sombra del monstruo. Veintiún años a su lado, luego era imposible que su maldad no se le hubiera contagiado. Había hecho que los abogados revisaran la validez de las escrituras. Nada de engaños. Le había devuelto la casa. Es decir, que había conseguido cuanto se había propuesto. Vicenzu también estaba muy cerca de lograr recuperar el negocio familiar. ¿Por qué Paula no le habría contado nada a su hermana? Otra cosa más que no lograba entender, pero a pesar del resultado, no conseguía sentir satisfacción ni deseos de celebración. No cuando ella se había evaporado de la faz de la tierra.
No podía dejar de pensar en ella. Antes de la boda, su pensamiento solo lo ocupaba el recuerdo de su padre y su planeada venganza, pero ahora le consumía pensar solo en ella. ¿Dónde estaría? Se sentía como si hubiera caído en un limbo, esperando a que volviese a aparecer para poder seguir adelante con su vida. Había hecho lo que le había ordenado, manteniendo un perfil bajo, dedicado a la dirección de su negocio. Ella también había cumplido con la palabra dada. Si Miguel tuviera alguna noción de lo que había ocurrido entre ellos, lo sabría. Habría puesto precio a su cabeza. Había intentado llamarla, pero no había conseguido que recibiera su llamada. Lo había bloqueado. Después de un tiempo, la espera se hizo insoportable y contrató un equipo de detectives para que la encontraran. Volvieron con las manos vacías. Podía estar en cualquier parte.
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