Los aplausos y silbidos de los invitados les despidieron al subirse al coche que los esperaba para llevarlos al hotel en el que pasarían su primera noche como recién casados. Al día siguiente por la tarde volarían a Antigua, en el avión privado de Pero, para su luna de miel. Su marido lo había organizado todo.
—¿Eres feliz? —le preguntó en aquel momento, tomando su mano.
Ella sonrió mirándolo a los ojos.
—Me siento en la cima del mundo.
—Ha sido un día mágico —contestó él, y le pasó el brazo por los hombros.
Paula apoyó la mejilla en su pecho e inhaló su olor a madera. Pronto, muy pronto, no habría ropa que sirviera de barrera entre ellos. Era un pensamiento que había tenido constantemente en la cabeza durante las celebraciones y que había llenado de mariposas su estómago. No podría decir si era la anticipación, la excitación o el miedo lo que predominaba en ella. Pedro sabía que era virgen. No es que lo hubieran mencionado de manera explícita, pero no era necesario, lo mismo que tampoco lo era enumerar las amantes que él había tenido a lo largo del tiempo. Su experiencia lograría que hacer el amor fuera menos doloroso para ella, o eso esperaba, pero también haría que su inexperiencia, quizás, lo desilusionase. Ojalá hubiera hablado de ello con Imma pero, teniendo en cuenta que ella también era virgen, sería como si un ciego guiase a otro ciego.
—Me ha parecido que tu padre también lo ha pasado bien —comentó él, interrumpiendo sus pensamientos.
Ella asintió y cerró los ojos. Que Pedro hubiera aceptado a su padre, tal y como era, resultaba un rasgo más de lo que amaba en él. Su padre podía ser dictatorial e intimidatorio, pero tenía la suficiente confianza en sí mismo para dejar que su padre se saliera con la suya sin sentir que su propia masculinidad corría peligro. Además, tenía tanto encanto que, cuando quería las cosas a su manera, sabía plantearlo de modo que no pareciera un desafío. Nunca había creído que existiera un hombre como él. Se irguió para poder besarlo suavemente en la boca.
—Hoy ha sido el mejor día de mi vida.
Él le devolvió el beso.
—Y el mío.
No tardaron en llegar al hotel situado en lo alto de un acantilado y que sería su nido de amor aquella noche. Era tan lujoso como todo lo demás de aquel día. Pedro le dió propina al mozo que subió su equipaje para aquella noche a la suite nupcial. El resto del equipaje estaba guardado en el hotel para su salida al día siguiente y, por primera vez aquel día… por primera vez en sus vidas… Quedaron completa y verdaderamente solos.
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