lunes, 27 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 19

Dios bendito, aquello era increíble. ¿De qué había tenido miedo? Aquello era… Era… Unas sensaciones que jamás había imaginado hicieron vibrar todas sus terminaciones nerviosas, llevándola más y más alto, a un lugar que no sabía que existiera. Justo cuando creía haber alcanzado la cúspide del placer, una marea de pulsaciones la sacudió, partiendo de su pelvis y volando por sus venas. Una oleada tan intensa que se descubrió murmurando el nombre de Pedro aferrada a él, rogándole que no parase, que no parase nunca… Pero incluso la más hermosa de las experiencias tenía que terminar, así que, justo cuando volvía flotando a la tierra, sus movimientos se volvieron más fuertes, más hondos, y se dio cuenta de que también él estaba llegando al clímax. Justo entonces gritó algo entre dientes que no entendió y la penetró una última vez, aferrándose al éxtasis como había hecho ella, para después emitir un gemido que parecía arrancado de su garganta y dejarse caer sobre su cuerpo. Permanecieron así un buen rato, con su respiración en el cuello, acariciándole el pelo.


—Te quiero —susurró Paula.


Él la miró con una expresión indescifrable, pero la besó y se tumbó boca arriba, tirando de ella para que quedase a su lado. El sueño la reclamó cuando sentía el corazón henchido de una felicidad que no sabía que existiera.


Pedro abrió los ojos. Todo estaba oscuro. Paula seguía a su lado, con un brazo rodeándole la cintura. Su respiración calmada y rítmica le confirmó que dormía. Respiró hondo. Se sentía mal, sobre todo porque era consciente de que lo que más deseaba era volver a hacerle el amor. Las cosas no tenían que haber salido así. No esperaba sentir nada parecido. Por nada del mundo se habría imaginado que hacerle el amor a Paula le dejaría la sensación de que algo fundamental había cambiado en él. Había logrado que aquel primer encuentro fuese bueno para ella, pero lo único que sentía él era culpa. Sus palabras de amor contenían tanta sinceridad que supo instantáneamente que él no iba a poder pronunciarlas porque no eran ciertas. Le iba a destrozar el corazón. Molesto consigo mismo, se liberó con cuidado de su brazo para levantarse de la cama. El champán que habían tomado seguía allí, en la mesita baja. Había perdido el gas, pero no le importó. Agarró la botella y bebió. Volvió descalzo y sin hacer ruido al dormitorio para sacar el móvil del bolsillo de la chaqueta y salir a la terraza. No se dio cuenta de que no había cerrado del todo la puerta al salir. Apenas un par de centímetros, pero se la dejó abierta. Apoyado en la balaustrada, marcó el número de su hermano. Saltó el buzón de voz. No se había dado cuenta de que estaban en plena noche.


—Fede, soy yo —dijo—. Mira, no voy a poder seguir con esto mucho más. Yo ya he hecho mi parte. Mañana pondrá la casa a mi nombre. Tú tienes que hacer lo tuyo ya. Haz lo que sea necesario para recuperar el negocio, porque no sé cuánto tiempo más voy a poder mantener esta farsa.


Colgó el teléfono y apuró lo que quedaba en la botella.



Paula se despertó sin saber por qué. Con la palma de la mano buscó a su lado, pero no encontró a nadie. Un olor que nunca antes había percibido asaltó su nariz. Era el olor que dejaba haber hecho el amor. Iba a llamar a Pedro cuando se dió cuenta de que las cortinas del ventanal estaban a medio descorrer y la puerta del balcón, entreabierta. Se levantó con intención de unirse a él, pero al llegar a la puerta, su voz se coló en el dormitorio y lo oyó absolutamente todo.

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