miércoles, 22 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 12

Tal era el odio que sentía hacia Miguel que su atención estaba puesta solo en él. Le vió sonreír como un pavo real mientras llevaba del brazo a su hija y avanzaba hacia el altar. Solo entonces miró a la novia. Llevaba el rostro oculto tras un velo de encaje siciliano, sujeto por una tiara de brillantes. Su vestido era el de una princesa, tal y como su padre quería. Escote en forma de corazón con unas pequeñas mangas de encaje y, partiendo de la cintura, una larga cola que sostenía su hermana y cinco preciosos niños a los que no conocía. Seguramente Miguel habría pagado su participación, como hacía con todo. Cuando Paula llegó junto a él y Miguel ocupó su asiento, Pedro levantó el velo, y lo que encontró debajo… La boca se le quedó seca. La hermosa mujer se había transformado en una princesa de una belleza arrebatadora. Mirar sus profundos ojos castaños era como emborracharse de chocolate derretido. Quizás se debiera a que era la primera vez que bajaba la guardia, dado que su plan había llegado a dar los frutos esperados, y por primera vez desde que la conoció, los grilletes con los que controlaba la atracción que sentía por ella, se abrieron. El deseo asaltó su vientre y su sangre, y no podía dejar de mirarla. Fue una tosecilla del cura lo que lo devolvió al presente, y la misa de su boda comenzó. Pero él apenas se enteró de nada. Estaba demasiado ocupado intentando desprenderse de los extraños e incómodos sentimientos que lo asaltaban. 


Aquel matrimonio era una farsa, se recordó. Un día, en un futuro distante, cuando su sed de experimentar la vida y de construir un imperio se saciara, se casaría de verdad. Su futura esposa sería una mujer digna de confianza, una compañera con la que poder criar a sus hijos, bañándolos en el mismo amor y seguridad que sus padres habían derramado sobre él. Su futura esposa sería la antítesis de Paula. Ella era la hija de su enemigo, una enemiga en sí misma también, porque había tomado parte en los sucios manejos que habían provocado la muerte de su padre. Era veneno. Para cuando intercambiaron las promesas, ya había logrado recuperar el control de su cuerpo y mirar a los ojos de color del chocolate derretido con tan solo una mínima incomodidad. Un deseo superficial era cuanto se podía permitir. Tenía que consumar el matrimonio, ya que no iba a darle a Paula razones para anularlo, pero ¿Sentir deseo auténtico por una mujer a la que despreciaba? La mera idea le ponía enfermo. 


La ceremonia pasó para Paula como el más maravilloso de los sueños. Un sueño hecho realidad. Cuando salieron de la capilla envueltos en los vítores de los invitados, dos palomas blancas alzaron el vuelo y ella, llena de felicidad, las vio alejarse. Después de las fotos, los novios y sus cien invitados caminaron hasta la carpa donde se iba a celebrar el banquete de bodas, todo un festín de siete platos. Otros cien invitados se unirían a la fiesta posterior.

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