Paula, con la boca seca, le veía hacer, y se encontró con un cuerpo que rivalizaba con cualquiera de las magníficas estatuas romanas. Hombros anchos, cintura estrecha, tonificado sin estar excesivamente musculado, una piel dorada perfecta, sombreada alrededor de los pezones y en la parte baja del abdomen. De repente volvió a sentir saliva en la boca, y se irguió en la cama, incapaz de apartar los ojos, con un calor cada vez más intenso en el vientre. Y había algo más también, una especie de temblor en su pelvis… Pedro se quitó el resto de la ropa excepto los calzoncillos. Había notado que los temores de ella se habían ido disipando, pero al ver su erección, los ojos se le habían abierto de par en par. Despacio. Tenía que ir despacio. Demonios… Sabía que el deseo que le inspiraba no iba a ser fácil de manejar, pero nunca se había imaginado que iba a llegar a ser algo así. Sus besos, por inexpertos que fueran, le habían hecho algo que… Tomó sus manos. Solía llevar las uñas cortas, pero su manicura las había vuelto largas y con pequeños diamantes brillando en la punta, y sintió un estremecimiento al imaginarlas arañando su espalda, arrebatada de placer. «Contrólate», se ordenó. Aquel primer encuentro de los dos era para ella, no para él. Su placer era lo único en lo que debía pensar. La hizo levantarse y tomó su cara entre las manos para mirarla a sus preciosos ojos castaños.
—¿Estás preparada para que te quite el vestido, o quieres que pare?
Una tímida sonrisa se dibujó en sus labios y, sin decir una palabra, le ofreció la espalda, apartándose el pelo y recogiéndolo en lo alto de la cabeza. Una larga fila de diminutos botones cerraba la espalda del vestido, y necesitó unos cuantos intentos para abrir el primero. El segundo fue algo más fácil. Cuando llegó al cuarto, ya había desentrañado el misterio, pero se tomó su tiempo para ir besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Cuando llegó a la altura de las caderas, su respiración era más intensa y vió que se estremecía. El vestido ya estaba abierto, así que se lo deslizó hasta los pies. Paula salió de él y, tras un momento de inmovilidad, se dió la vuelta. Pedro cerró un instante los ojos, desconcertado, pero cuando volvió a abrirlos y se encontró con la mirada de Paula clavada en él, los fundamentos de su mundo se tambalearon. Delgada y de curvas suaves, con aquel delicado conjunto de encaje, estaba encantadora.
—Me dejas sin respiración —le susurró, acariciándole la mejilla.
Ella respiró hondo y rozó su pecho con las puntas de los dedos.
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