miércoles, 29 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 23

Pedro se agachó delante de ella para mirarla a los ojos.


—Tu padre ha sido quien ha movido las cuerdas de la tramoya, haciendo que mi padre quedara enredado en ellas hasta el punto de no poder escapar. Cuando ya estaba a punto de perderlo todo, apareció de nuevo tu padre como un caballero de negro corazón, para hacerle una nueva oferta de dinero. Una oferta insultante, que apenas daba lo suficiente para pagar las deudas que la extorsión de tu padre le había obligado a contraer, pero que no tuvo más remedio que aceptar. Acabó vendiendo un negocio que llevaba varias generaciones en la familia, y la casa en la que había pasado toda su vida de casado para que tú y tu hermana pudierais tener una propiedad y un negocio legales.


Se rió en su cara antes de continuar.


—Porque esa era la cuestión, princesa: que tanto el negocio como la propiedad eran legales, y tu padre se aseguró de que sus manos sucias no aparecieran por ningún lado, ya que no quería que su hedor pudiera manchar a sus preciosas princesitas. No tuvo que usar armas, ni amenazas, para salirse con la suya cuando una extorsión y, después, un rescate podían proporcionarle lo que tanto ansiaba. Cuando fui a visitar a tu padre el día que te conocí, ¿Sabes lo que me dijo? —se acercó tanto que pudo ver las motas doradas de sus ojos castaños—. Nada. No dijo absolutamente nada. Para él, había sido algo insignificante. Solo negocios. Si arruinar la vida de mis padres hubiera significado algo para él, me habría impedido entrar en la casa y habría doblado el número de guardias que tenía para ti y para tu hermana. Pero no significó nada para él. Quería tener una casa y un negocio limpios para sus queridas princesitas, así que consiguió lo que quería y siguió adelante. Pero yo no puedo.


Paula se había quedado muy pálida. Tenía las pupilas dilatadas y los ojos muy abiertos, y abría y cerraba la boca, pero sin articular sonido alguno. Él se incorporó y la miró con desprecio.


—Mírate, así sentada, fingiendo estar sorprendida, cuando la compra de la casa la firmaste tú. Tú viste la cifra ridícula por la que se te vendía, viste el estado en el que se encontraba mi padre, pero firmaste. Y un día después, estaba muerto.


Fue hasta el bar, pero en el último momento no quiso ponerse otra copa. Tenía que mantener el juicio claro mientras consideraba cuál era la mejor forma de lidiar con la situación. ¿En qué demonios pensaba cuando le hizo aquella llamada a Federico? Todo lo que tenía que haber hecho era mantener la farsa unos cuantos meses más, como mucho. ¡Idiota! Paula aún no había puesto la casa a su nombre, y con aquella llamada cargada de culpa y desesperación lo había echado todo a perder.

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