miércoles, 29 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 21

Sin embargo, a pesar de que su matrimonio no fuera real, a pesar de que la despreciaba, que no le dirigiera la palabra le resultaba insoportable. Paula volvió a mirar el reloj, lo miró a él, bajó las piernas y dijo:


—Sí, me has hecho daño, y sí, me preocupa que no hayamos usado preservativo. Ningún niño se merece nacer por una mentira.


No sintió satisfacción alguna al verlo retroceder horrorizado. Había esperado trece horas para enfrentarse a semejante cerdo mentiroso. Toda la ternura de la noche anterior, sus caricias, los besos apasionados… Nada había sido real. Había permanecido junto a la puerta de la terraza una eternidad, paralizada, inmóvil, incapaz de procesar lo que acababa de saber. Cuando por fin salió de la parálisis, volvió a la cama, el corazón destrozado, intentando desesperadamente pensar con coherencia. Entonces recordó el coqueteo que había percibido entre su hermana y Federico en la boda, y el estómago se le cayó a los pies. Tenía que advertírselo a Delfina. Tenía que pedirle consejo. Intentar comprender lo que su corazón se negaba a entender, pero que su parte racional no podía dejar pasar. Pedro no la amaba. Cuando volvió a la cama, oliendo a champán, fingió dormir y esperó a que él lo hiciera para levantarse y meterse en el baño con el teléfono. No sabía cómo tenía pensado Federico arrebatarle el negocio a Delfina, pero si su hermano servía de medida, no tendría escrúpulo alguno para lograr lo que quería conseguir. A juzgar por la sorpresa en el tono de voz de su hermana, el plan ya estaba ejecutándose, pero le prometió que esperaría hasta las cuatro de la tarde para enfrentarse a Pedro. Así ella tendría tiempo de trazar su propio plan de ataque antes de que él pudiera avisar a su hermano de que ya lo sabían.


Las trece horas que había pasado esperando habían sido las más largas de su vida, pero al mismo tiempo, le habían dado tiempo para pensar y prepararse. Por humillante que fuera admitirlo, Paula se había pasado la vida adormilada, demasiado asustada por la oscuridad latente en su padre para atreverse a hablar, a defenderse, por mucho que gritara interiormente. Se imaginaba que su matrimonio con Pedro la liberaría de la tiranía, pero lo único que había hecho era cambiar un infierno por otro. A medida que había ido avanzando el día, la sorpresa por la traición había mutado en furia ciega, una furia que necesitaba encontrar una vía de escape. Pensó en su heroína favorita, Elizabeth Bennet, la protagonista de Orgullo y Prejuicio, y se preguntó qué habría hecho ella en su situación. Elizabeth se habría erguido para enfrentarse a la situación sin dudar. Y eso había hecho ella, con una de las frases favoritas de su heroína en la cabeza: "Mi valor se crece con cada intento de intimidarme".


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