viernes, 31 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 28

Paula estaba sentada en silencio junto a la hermana Josefina, en el viejo banco de piedra. A su alrededor, otras monjas y las voluntarias trabajaban en el huerto recogiendo fruta.


—Tendré que irme pronto —dijo de repente—. Mañana, quizás. 


Por más que le gustaría quedarse en aquel santuario de serenidad, necesitaba ocuparse de la vida real. Aun así, el tiempo pasado entre aquellos muros no había sido perdido. Había aprendido mucho de sí misma, y de su padre. Las preguntas que nunca había pensado, o que nunca se había atrevido a formular, se habían hecho. Y las respuestas le habían roto el corazón una y otra vez. La hermana Josefina la miró con una sonrisa.


—Te echaremos de menos.


—Yo también los voy a echar de menos —contestó, cubriendo la mano de la religiosa con la suya—. No sé cómo darles las gracias por haberme acogido.


—Aquí siempre serás bienvenida, niña —le dijo, y después de apretar un segundo la mano de Paula, se levantó—. Tengo que prepararme para vísperas.


Paula la vió alejarse pensando que podría ahogarse en las emociones que llenaban su corazón. Ojalá pudiera quedarse allí, pero era imposible. Llevaba tres semanas en el convento cuando se hizo la prueba que cambiaría el rumbo de su vida. Estaba embarazada. Llevándose una mano al vientre, respiró hondo. Ahora que el estupor por la traición de Pedro ya no era más que un dolor sordo, su camino se ofrecía despejado y la ansiada libertad estaba a su alcance. Después de dos semanas pensando, usando la experiencia de sus heroínas de la literatura, sabía qué tenía que hacer. Debía marcharse de Sicilia. Pasara lo que pasase, no iba a criar a su hijo allí. El brazo de su padre era demasiado largo, y estaría a su merced. Los dos lo estarían, su hijo y ella. Y jamás volvería a estarlo. Tampoco iba acudir a Delfina, a menos que ocurriera lo peor y fuera absolutamente necesario. Ojalá nunca tuviera que llegar a eso. Ojalá pudiera mantener la cordialidad con el enemigo. Había estado recordando su infancia en aquellas últimas dos semanas, en particular lo mucho que echaba de menos a su madre. Nunca, jamás, haría que su hijo pasara por algo así. A partir de aquel momento, estaría a merced solo de sus propias decisiones y elecciones. No respondería ante nadie. Sería como Alejandra Schulz y asumiría el control de su propia vida. Por aterrador que pudiera resultar, tenía que irse a Nueva York y empezar una nueva vida en la ciudad que el padre de su bebé llamaba hogar. Tenía una gran responsabilidad para con aquel niño, lo mismo que ella, y haría lo que fuera para que respondiera como debía. Nada deseaba más que empezar en esa nueva libertad, pero sabía que no estaba preparada para vivir en una ciudad tan aterradora como Nueva York ella sola, así que tomó su móvil para darle una instrucción:


—Desbloquear Pedro.


Como por arte de magia, el teléfono obedeció.

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