miércoles, 29 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 25

Era pequeña, sí, pero sabía lo que era un arma. Recordaba sacarla del cajón. Recordaba su peso entre sus manitas de niña, y recordaba el miedo que se le había agarrado al pecho, un miedo tan frío y con el mismo sabor metálico que el arma que tenía en la mano. La dejó donde estaba y salió  todo correr del despacho, demasiado asustada para contárselo a nadie, ni siquiera a su hermana. ¿Tendría su padre un arma porque necesitaba protegerse? Si era así, ¿Estarían su hermana y ella en peligro? ¿O la tendría porque él era el malo? Estaba demasiado asustada para preguntar, pero la burbuja en la que había vivido hasta entonces se pinchó en aquel instante. Empezó a prestar atención. A escuchar. Y nunca volvió a desobedecer a su padre. Con el sobre de las escrituras pegado al pecho, se volvió a mirar al hombre odioso del que, como una idiota, se creía enamorada, y pensó en una cifra.


—Quiero veinte mil euros.


—Paula…


—Veinte mil euros y firmo la escritura.


Él no podía dar crédito.


—¿Me estás ofreciendo la casa?


No quería volver a poner el pie en ella.


—Quiero efectivo.


—Es domingo.


—¿Tan estúpida me crees como para no saber qué día es? — espetó—. Consigue ese dinero. Tienes media hora.


—¿Dónde vas?


Abrió la puerta sin mirarlo.


—A firmar las escrituras con un testigo. Media hora, Pedro. Tráeme el dinero.


Empujada por tanta rabia y tanta humillación que el dolor que tenía en el corazón no era más que un latido de fondo, bajó al vestíbulo por la escalera y le pidió a una de las recepcionistas lo que quería. El director acudió enseguida y accedió a ejercer de testigo.


—¿Dónde quiere que firme? —le preguntó.


Menos mal que el abogado de Pedro había dibujado flechas fluorescentes en las páginas en las que había que firmar.


—Primero tiene que firmar usted —añadió el joven, ofreciéndole un bolígrafo.


Había dos espacios vacíos con flechas, y reconoció su nombre en uno de ellos. Aun así, dudó.


—¿Firmo aquí? —preguntó, avergonzada.


—Sí.


Firmó cuidadosamente, empleando la misma firma que había usado meses atrás, cuando pusieron la propiedad a su nombre. Le asqueaba pensar que se había tragado las mentiras de su padre como si nada. Porque todo habían sido mentiras. Lo sabía. Pero aquel no era el momento de darle vueltas a eso. Tenía que mantener la compostura un poco más.


—¿Tienes el dinero? —preguntó, nada más volver a la habitación.


Pedro guardó el móvil en el bolsillo. Había estado enviándole mensajes a su hermano por todos los medios para advertirle de que Paula lo sabía, y si aún no se lo había dicho a su hermana, no tardaría en hacerlo.


—Llegará enseguida.


—Bien —entró en la alcoba, cerró la maleta y la llevó a la puerta, con las escrituras todo el tiempo bajo el brazo—. Te las daré cuando yo tenga mi dinero —espetó al ver cómo las miraba Pedro.


No le gustaba aquel lado tan duro de Paula. Había esperado más de dos meses para que ese aspecto de su personalidad se revelara, pero ahora que lo estaba padeciendo, solo podía pensar en lo poco propio que era de ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario