Poco después, se llenaba de invitados al enlace. Miró a su alrededor y sintió que le embargaba la satisfacción. Aquellas personas eran las más importantes para Miguel, personas con las que le gustaba mostrarse en público, personas a las que quería impresionar. Una vez Federico ejecutara su parte en la venganza, todas aquellas personas sabrían que Miguel había tirado su dinero en una farsa. Y, si en algún instante había sentido un rastro de culpa ensombrecer aquella pantomima, bastó con echarle una mirada a su madre para olvidarla. Estaba sentada en el primer banco junto a su tía. Habían llegado en avión aquella misma mañana desde Florencia. Su desplazamiento era lo único que no había dejado que Miguel controlase aquel día. El sufrimiento había marcado su rostro, antes joven y feliz, con unas líneas que ya nunca se borrarían. Le había sorprendido una boda tan repentina, pero tenía el corazón demasiado apesadumbrado como para hacer preguntas.
Aunque sus intenciones para con Paula hubieran sido auténticas, dudaba de que su madre hubiera tenido la energía emocional necesaria para invertir en la ceremonia, aparte de la mínima para ser únicamente una espectadora. De todos modos, y según le había referido el abogado de su padre, este había mantenido la extorsión al que le había sometido Miguel en secreto. Su madre desconocía la enorme presión a la que se había visto sometida su marido, y él y Federico habían decidido no contárselo. Cuando todo aquello terminase, después de que Paula pusiera a su nombre la propiedad de la familia, tal y como había prometido —¡Dios, qué fácil había sido todo! Ella misma lo había sugerido— debería considerar nominarse para algún premio al mejor actor. Ella también había sabido mantener bien su fachada de joven inocente, virgen y fácilmente impresionable. Sin duda estaba esperando a tener la alianza en el dedo para mostrar su verdadera naturaleza. Quizás había reaccionado en demasía ante su propuesta de matrimonio. Miguel, por otro lado, había fingido pensárselo, pero el símbolo del dólar había aparecido de inmediato en sus codiciosos ojos. Él le había sugerido que el negocio conjunto del que habían hablado previamente quedara en espera hasta después de la boda. En realidad, iba a quedar en espera indefinidamente porque, solo cuando Federico consiguiera recuperar su negocio, quedaría completa su venganza. Solo entonces se enfrentarían a Miguel y a sus hijas con la verdad, para que se dieran cuenta de que habían sido víctimas de su propio juego, con la diferencia de que, en aquella ocasión, la familia Chaves sería la perdedora. Un murmullo se extendió por la capilla. La novia había llegado. La puerta de doble hoja se abrió y el cantante de ópera inició su aria.
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