viernes, 17 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 3

Se acercó a ella con paso fluido y sonrió aún con más fluidez al mirarla, sus ojos ocultos tras los cristales de unas gafas de aviador. Su traje de paño gris tenía pespuntes hechos a mano en las solapas, llevaba una camisa azul con el cuello desabrochado y unos zapatos Oxford relucientes, así que Claudia se sacudió casi inconscientemente la harina que llevaba pegada a la camiseta negra mientras se reprendía por no haberse quitado aquellos vaqueros viejos, coloreados de verde en las rodillas después de haberse dado un buen tute quitando hierbas a primera hora de la mañana. Cuando el desconocido llegó a su altura, se deshizo de las gafas y le dedicó una sonrisa que le dibujó un hoyuelo en la mejilla, y que haría que hasta las rodillas de una monja se volvieran de gelatina. Una imagen muy acertada, ya que ella había contemplado durante un tiempo la posibilidad de ingresar en un convento, y las rodillas le estaban fallando.


—¿Señorita Chaves? —preguntó, y unos increíbles ojos verdes brillaron al ofrecerle una mano a modo de saludo.


Dios, qué voz… Profunda e intensa. Los dedos de los pies se le encogieron dentro de las deportivas. Una arruga desdibujó su entrecejo y, horrorizada, se dio cuenta de que lo había estado mirando boquiabierta, sin contestar a sus palabras ni estrechar su mano. Reponiéndose, estrechó su mano de dedos largos y sintió una descarga de calor correrle por las venas. Rápidamente se soltó.


—Soy Pedro Alfonso. Perdóneme por presentarme así, pero es que estaba en el vecindario. ¿Le importaría mucho si me despidiera de este lugar?


Entonces fue ella la que frunció el ceño. ¿Despedirse? ¿De qué narices estaba hablando? Pedro Alfonso volvió a sonreír.


—Esta propiedad perteneció a mis padres, y yo crecí en esta casa. Se la vendieron a su padre antes de que hubiera tenido oportunidad de despedirme.


—¿Ha vivido aquí?


No sabía nada de los anteriores dueños, aparte del amor que se palpaba por la propiedad.


—Los primeros dieciocho años de mi vida. Ahora vivo en América, pero este lugar siempre ha sido mi hogar. Es una pena que no haya vuelto a Sicilia a tiempo de despedirme, antes de que se firmara la venta.


Oh, pobre. Era una pena. Ella iba a menudo a la casa de su infancia. Debió tomar su silencio como una negativa porque se encogió de hombros y ladeó la cabeza.


—Lo siento. Soy un desconocido para usted, y esto es una tontería sentimental. La dejo en paz.


Cuando le vió dar media vuelta y empezar a andar, se dió cuenta de que se marchaba.


—Puede entrar.


Se volvió sorprendido.


—No quiero molestarle.


—No es molestia.


—¿Seguro?


—Seguro —contestó, e hizo un gesto con el brazo—. Por favor, pase.


Pedro la siguió, ocultando su expresión de satisfacción por lo fácil que le había resultado franquear aquellas puertas. Una semana de preparación y todo estaba yendo según el plan.


—¿Le apetece un café? —le ofreció al entrar en la cocina.


—Sería genial, gracias. Aquí hay algo que huele de maravilla.


Paula se sonrió.


—He estado haciendo dulces. Siéntese, por favor.


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