El interior de la carpa solo sirvió para fomentar la sensación de que estaba en un sueño. Una gruesa alfombra cubría el suelo y cientos de luces brillaban suspendidas del techo, un techo de tela blanca sujeto por columnas romanas decoradas con rosas. Debía haber miles. Y cientos de globos también, en plata, oro, azul, rosa y verde pastel. Todo ello junto evocaba una atmósfera romántica y opulenta. Las mesas redondas vestidas con manteles blancos lucían unas delicadas hojas bordadas en hilo de oro, lo mismo que eran de oro los cubiertos y el filo de las copas. Cada invitado tenía una elegante silla reservada, excepto los novios, que se acomodarían en sendos tronos dorados. Aturdida, aceptó una copa de champán del batallón de camareros y allí, de pie junto a su guapísimo marido, que estaba deslumbrante con un traje azul marino, comenzó a saludar uno a uno a los invitados. No estaba acostumbrada a ser el centro de atención, así que dejó que Pedro se ocupara de la conversación. Esperaba que la confianza en sí mismo que mostraba acabara contagiándosele con el tiempo. ¿De dónde la sacaba? ¿Era inherente a crear un negocio multimillonario de la nada? ¿Sería algo que había desarrollado con el paso de los años? ¿O sería algo innato en él? Oyéndole hablar con uno de los socios de su padre, se dio cuenta de lo poco que sabía de él. En sus citas siempre hablaban del futuro, y había evitado preguntarle mucho por su pasado porque sabía que aún le dolía la reciente muerte de su padre. Cada vez que lo mencionaban, una sombra apagaba sus ojos verdes. Sintió un escalofrío en la espalda, pero no quiso ahondar en las razones. Era el día de su boda. Tenía el resto de su vida para conocer a su marido.
Pedro y su esposa, las manos unidas, los flashes de las cámaras rodeándolos, cortaron la exquisita tarta nupcial. Había disfrutado del día, y había interpretado el papel de novio devoto, mirando a su novia embelesado, tomándola de la mano siempre que le era posible, incluso dándole a comer un bocado del milhojas de bayas que les habían preparado y un breve beso en los labios después, que la había ruborizado. Había tomado la decisión de controlarse hasta que estuvieran casados, en parte para demostrarle a Paula —y a su padre— que sus intenciones eran honorables, y en parte para mantenerse centrado. Por otro lado, ella había aceptado con facilidad las exigencias de su trabajo, de modo que el tiempo que habían pasado juntos había sido muy poco, lo mismo que los pocos besos castos de buenas noches al despedirse. Le daba rabia que sus sentidos se aceleraran tanto con su perfume. Odiaba que sus labios le parecieran suaves y dulces. Que la mirara y sintiera que su libido despertaba. Lo mismo que detestaba que, después de haber pasado algunas horas, el deseo que había experimentado en la capilla hubiera vuelto a colarse en su cuerpo y que no hubiera modo de desprenderse de él.
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