lunes, 20 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 10

Aquella misma mañana, la había despertado el ruido de un helicóptero aterrizando en el helipuerto privado de su padre y, al asomarse por la ventana, vió a cinco chefs galardonados con unas cuantas estrellas Michelin, trabajando a toda máquina bajo una carpa montada al lado de la que estaba dispuesta para el ágape de la boda, para crear el banquete de sus sueños y el bufé que seguiría a lo largo de la velada. A ella le habría bastado con una boda sencilla, pero había aceptado el plan de su padre por hacerle feliz. A Pedro tampoco le había importado. Le satisfacía hacer lo que ella deseara. Sentía mariposas en el estómago al saber que, por un día, iba a convertirse en la princesa que su padre siempre había dicho que era, pero la mayor excitación provenía de saber que, en unas horas, sería la esposa de Pedro. Una mujer libre. 




Pedro atravesó el jardín de la villa para llegar a la capilla privada que quedaba al fondo de la finca, acompañado por su hermano.


—¿Qué cantidad de su dinero sucio se habrá gastado en esto? — preguntó Federico en voz baja.


—Millones.


Ambos sonrieron. A Pedro aún le costaba creer lo fácil que había resultado poner en práctica su plan. Había pensado que le costaría meses conseguir que Paula lo aceptara, pero al final de la primera cita, la tenía comiendo de su mano como un cachorrito. De hecho, tampoco podría decir quién se había entusiasmado más con el plan: Si la hija, o el padre. La insistencia de Miguel en pagarlo todo había sido la guinda, una guinda que no había querido perderse, de modo que apenas había mostrado una resistencia mínima a satisfacer su deseo. La desorbitada extravagancia que Miguel estaba mostrando en aquella boda hacía que Pedro no tuviera que fingir la sonrisa. Cada paso que daba por el transformado jardín de la villa era más ligero que el anterior. La venganza podía adoptar muchas y variadas formas, algunas más sabrosas que otras. Otro helicóptero que trasladaba a un nuevo grupo de invitados voló por encima de ellos al llegar a la capilla. El sonido de sus rotores había sido la música de fondo de la última hora. La capilla también había sido actualizada para la ocasión. Su exterior blanco había sido pintado de nuevo, los bancos barnizados, los ventanales de vidrio emplomado se habían limpiado hasta brillar, lo mismo que el resto de objetos religiosos. Cuando entraron, el cantante de ópera que habían contratado desde Nueva Zelanda para que cantase mientras Paula caminaba hasta el altar estaba ejecutando ejercicios vocales, acompañado al piano por un pianista de renombre mundial.

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