—Escucha, Paula. No vamos a hacer nada que tú no quieras. Como si no hacemos nada en absoluto. Si quieres que pare, no tienes más que decírmelo y pararé. No tengas miedo de herir mis sentimientos, ¿Vale?
Se volvió a mirarlo.
—De acuerdo.
Y se recostó de nuevo en su pecho tras dar otro sorbito a su copa. La vista era espectacular desde allí. Pedro apuró su copa y la dejó sobre la mesa, y con un dedo dibujó uno de los bucles de su peinado. Debía llevar montones de horquillas para que hubiera aguantado sin deshacerse todo el día, y por bonitas que fueran, tenían que resultar incómodas. Si quería hacerlo bien, tenía que conseguir que se sintiera tan cómoda y relajada como fuera posible. Tiró de la primera horquilla, que salió con más facilidad de lo que se imaginaba. Una a una, fue soltando su pelo hasta que sus bucles de seda cayeron uno a uno en su pecho, liberando un delicioso perfume, una delicada fragancia que le envolvió, deleitando sus sentidos. Cuando toda su melena quedó suelta, dejó que los mechones se fueran deslizando entre sus dedos.
—Me encanta tu pelo —murmuró, acercándoselo a la cara con los ojos cerrados, concentrado en su olor.
Paula se volvió a mirarlo, cada vez menos temerosa. Había hablado con un tono que le oía por primera vez, casi más sentido que sus declaraciones de amor.
—A mí me encantas tú —susurró.
Se miraron un instante a los ojos y, apretándola por la cintura, Pedro la besó. Si se hubiera lanzado sobre ella con uno de esos besos duros y exigentes que había visto en las películas, habría dado un respingo, asustada, pero no fue así. Su beso fue dulce y liviano como una caricia. Cuando hundió la lengua en su boca, sintió sus sentidos invadidos por un sabor nuevo sazonado con champán que le hizo pensar en chocolate negro y peligro. Ese era el sabor de Pedro, pensó. Tan intenso y embriagadoramente masculino como él. Cuando se separó de sus labios, frotó su naríz con la de ella.
—No te muevas —susurró, levantándose del sofá.
No hubo tiempo para preguntas porque, con un movimiento fácil y fluido, la tomó en brazos sin dejar de mirarla a los ojos con aquella sonrisa que le ponía el estómago patas arriba.
—Se supone que el novio tiene que llevar a la novia en brazos al pasar por la puerta —dijo, y entró con ella en brazos para dejarla sobre la cama cubierta de pétalos de rosa.
Pedro volvió a besarla, tomando su cara entre las manos.
—Recuerda —insistió en voz baja—. No tenemos que hacer nada que tú no quieras.
Quiso darle las gracias por aquella ternura, por su comprensión, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta, así que respiró hondo y se limitó a besarlo.
—Dame un momento —le pidió.
Le vió cerrar la puerta de la terraza, correr las cortinas y apagar las luces. Las llamas temblorosas de las velas llenaron la habitación con su suave resplandor, y sintió que sus temores seguían desapareciendo. Las facciones de Pedro se habían suavizado. Parecía más humano, menos un dios. De pie delante de ella, mirándola a los ojos, se quitó la americana, la corbata, los gemelos y, botón a botón fue desabrochándose la camisa. Cuando terminó, la dejó caer a sus pies.
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