lunes, 20 de octubre de 2025

Falso Matrimonio: Capítulo 8

No se atrevió a dejar escapar un suspiro de alivio. Su padre era sobreprotector hasta extremos inimaginables, y que ya fuese una adulta no había cambiado nada. A diferencia de su hermana, con carrera y capaz de escapar de su padre y ser autosuficiente, ella no era así. Dependía de él para todo. Le había regalado una casa, pero si quería disponer de dinero para mantenerla y para sus gastos, tenía que seguir siendo tan obediente como lo había sido siempre, y esa era la razón de que estuviera cenando con él, en lugar de hacerlo sola en su casa. Quería a su padre, pero también le tenía miedo. A veces, incluso lo odiaba. Desde la adolescencia, su anhelo de libertad e independencia había ido creciendo en intensidad, pero nunca había hecho nada al respecto. Jamás se había revelado. Nunca le había dicho que no.


—¿No te importa?


—Es un hombre trabajador de una buena familia, no como su hermano, claro, y con buena reputación. Es muy rico, ¿Lo sabías? Millonario. Y tiene ya la edad en la que un hombre desea sentar la cabeza y encontrar esposa.


—¡Papá! —exclamó, con las mejillas ardiendo.


Su padre se sirvió más vino.


—¿Por qué no te iba a considerar una posible candidata a esposa? Tu pedigrí es impecable. Provienes de una familia siciliana, buena y adinerada, y eres tan hermosa como lo era tu madre.


Paula intentó que no se le notara lo poco que le había gustado aquel comentario supuestamente halagador, en particular cuando su padre había admitido admirar a Pedro hasta el punto de no poner objeción alguna a que saliera con ella.


—Es solo una cita —le recordó. 


Su primera cita.


—Tu madre y yo empezamos por una cita. Sus hermanos estuvieron presentes de carabina —alzó la copa hacia ella—. Sal, pero no te olvides de quién eres, de dónde vienes y los valores que te he inculcado. Son valores que un hombre como Pedro Alfonso sabrá apreciar.


Y apuró el vino.






Paula estaba sentada ante el tocador de su infancia mientras su hermana la peinaba. Era algo que Delfina había hecho cientos de veces, pero nunca en un día como aquel: El de su boda. Su padre había querido contratar a un famoso peluquero de Milán para la ocasión, pero ella se había salido con la suya. Quería que fuera su hermana mayor quien la peinase.


—¿Nerviosa? —le preguntó Delfina, mientras retorcía mechones de su hermoso cabello y los sujetaba hábilmente con unas horquillas adornadas con brillantes que, si todo lo que habían practicado funcionaba, brillarían cuando el sol o cualquier clase de luz las iluminara.


Paula miró a su hermana en el espejo.


—¿Debería?


—No sé —sonrió—. Yo nunca he estado enamorada. Solo me preguntaba que… ¡Hace tan poco que se conocen!


—Dos meses.


—¡Exacto!


—¿Qué sentido tiene esperar cuando los dos no tenemos ninguna duda de lo que sentimos? Quiero pasar mi vida con él, y nada va a cambiar ese deseo.

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